La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 4.

Las 9,54 h.

La puerta de la casa de Ramiro el millonetis.

Jorge anda arriba y abajo esperando la limusina con su marido.

– Te vas a cagar, Ramiro el millonetis. Como te retrases más… pido el divorcio y me quedo tan ancho.

Por fin, el coche hace la entrada en la propiedad. No hay nada como una buena amenaza. La casa de Ramiro el millonetis es todo un casoplón de 4857 m2 y con 432 habitaciones y 43 cuartos de baño. Sus jardines se extiende a lo largo y ancho de 4958673 m2. Tres pisos de planta, más dos sótanos. 16 escaleras los comunican y 4 ascensores.

– Ya era hora, Ramiro el millonetis. Media hora de retraso.

– Mira a quien he traído – y detrás de Ramiro salió el Presidente del Gobierno. (Por favor, que suene el himno nacional).

– ¡Ah! Oye, pero íbamos a cenar en la intimidad.

– Cenamos los tres en la intimidad.

– Ramiro el millonetis, que no llevo calzoncillos – advirtió un poco escandalizado Jorge el camarero, que aunque parecía muy lanzado en esas cosas del sexo, al fin y al cabo le había dedicado durante los 25 años de su existencia un esfuerzo y una dedicación considerables, le daba un poco de corte que el Presidente fisgara sus movimientos de cadera sexual.

– Al Presi no le importará que nos despistemos un ratito al servicio. Allí tendremos intimidad.

– No, no os preocupéis, así despacho por videoconferencia con el ministro de asuntos de la propiedad intelectual.

– ¿Intimidad? – y Jorge el millonetis miró a su alrededor y señaló los 345 coches que seguían a la limusina de Ramiro. – Seguro que nos miran mientras follamos en el servicio. Entre tanto secretario y guardaespaldas, tiene que haber mucho hambriento. Y seguro que ahora mismo hay alguien en algún sótano secreto desviando algún satélite para que nos enfoquen sus cámaras de gran resolución y me pillen con el miembro al aire y babeando por tus huesitos. Y no, no me diga que no es verdad – atajó el intento del Presidente de decir algo – que lo he visto en la tele, en las series americanas. Imagínese de que color va a salir en la pantalla de infrarrojos nuestras zonas pudendas.

– Pero son muy discretos, no se lo cuentan a nadie.

– ¡Ah! O sea que nos van a mirar.

El Presidente carraspeó un poco molesto.

– Es por seguridad nacional.

– ¡La hostia! – exclamó Ramiro – qué morbo. ¿Has oído? Un polvo nuestro cuestión de seguridad nacional. Y la peña en esos centros de mando mirando el satélite con los puntitos nuestros de color y la puntita como de otro color, por lo del calor mayor, ya sabes a que me refiero.

– Cojonudo – exclamó sin mucha convicción un alicaído Jorge. Aunque en algún sitio de su cerebro, en dónde se controlan los deseos sexuales, algo se produjo porque sintió como unos calores repentinos y como unas durezas repentinas en cierta parte de su cuerpo. Asín que algo de morbo le daba la situación, aunque antes muerto que reconocerlo en voz alta. No daría su brazo a torcer por nada del mundo y haría sufrir un poco a su maridito y al Presindente.

Jorge el camarero se metió en la limusina resignado a no echar un polvo en los servicios del local al que iban. (Era un poco fingido, que sabía que al final caería el susodicho polvo). No le molaba nada la situación. “No, no, no y no”, se repetía una y otra vez. (50 % finjimiento, camino del 40%, que se calentaba el tema según pasaban los minutos).

– ¿Has reservado mesa? – preguntó atento Ramiro el millonetis, para ganar puntos, que él no disimulaba su excitación.

– No hace falta.

– ¡Ah! Claro. Es miércoles. Los miércoles…

– Eso es – concedió Jorge el camarero, riéndose por dentro y con anticipación de la cara que iba a poner Ramiro el millonetis cuando descubriera a dónde le llevaba a cenar.

El viaje duró apenas 10 minutos. Juanma el chofeur, abrió la puerta conteniendo la risa. Cuando salió Jorge el camarero, chocaron los puños.

– ¡La reina de la hamburguesa! Mi restaurante favorito – exclamó alborozado el Presidente del Gobierno, dando un aplauso admirativo, acompañado de los ojos muy abiertos y la boca abierta.

– ¿Hamburguesa? ¿Es esto uno de esos sitios de comida rápida?

– ¿No has estado nunca? Pues hoy vamos a estrenarlo entonces.

– Vas a alucinar Ramiro el millonetis. Tienen una salsa barbacoa que es cojonuda. Y cuando te cae así por la comisura de los labios… las patatas fritas con mucha grasa y que coges con las manos y luego las manos llenas de sal y grasilla…

– ¿Qué? Yo la comeré con cuchillo y tenedor.

– Una mierda, cariño. A mordiscos, si no quieres que no te deje quitarme los calzoncillos de la misma forma. ¡Huy! Se me había olvidado que hoy no llevo calzoncillos, que te los he regalado este mediodía.

– Eso es …

– Vamos, que se me ha abierto el apetito – no queda claro a qué apetito se refiere aquí Jorge el camarero.

Entraron. Los escoltas del Presidente ya habían tomado posiciones. Solo había 4 mesas ocupadas cuyos ocupantes miraban con los ojos muy abiertos a todo el despliegue de personas que habían invadido el restaurante.

– ¿Y que van a tomar los señores? – preguntó el dependiente que debía tener algo metido en el ojo porque no hacía más que guiñarlo a Jorge el camarero.

– ¿Nos conocemos? – preguntó al final el dependiente, ya que Jorge el camarero se hacía el longuis. Pregunta retórica porque él estaba seguro de haber follado con Jorge el camarero hacía ya un par de años o así. Y no es que se acordara de todos los polvos que había echado, es que desde entonces no se había comido una rosca. Alguna sí, pero pocas. Ese polvo había supuesto un antes y un después en su vida.

– Seguro que sí os conocéis. Habréis follado en el pasado. Pero ahora solo lo hace conmigo. ¿Está claro?

“Ramiro el millonetis marcando territorio”. – murmuró Jorge el camarero, mirando al techo e intentando recordar el polvo con el del restaurante. “Mi marido está celoso ¡¡Ja!!”. “No me acuerdo del polvo con el de la hamburguesería, y lo debimos de echar, tiene cara de estar recordando un polvo”.

– Nos sentamos en esa mesa, por favor, que vaya el camarero – Ramiro decidió tomar la iniciativa, para que se notara que él había ido a sitios parecidos toda la vida.

– Perdone, aquí no hay camarero de mesas. ¿Qué van a tomar?

– ¡Ah! ¿Y entonces?

– Pues muy sencillo. Pides aquí, esperas y te dan una bandejita y te lo llevas – la explicación a cargo del Presidente de Gobierno.

– ¡Ah! – “Que cutre”, pensó para sí Ramiro el millonetis.

– Pero no me digas que no has venido nunca a un burguer.

– He comido hamburguesas, claro.

– No. Comer hamburguesas no es lo mismo que ir a un burguer.

– ¿Qué desean los señores? Que hay gente esperando.

– Pues que esperen. Hemos llegado antes – dijo un indignado Ramiro.

– Yo quiero una beicon cheese burguer, con doble de beicon y con pepinillo. Y unos nuggets de pollo y una ensalada de col y una pepsi-cola gigante. Y doble de patatas.

– ¿Asadas o fritas?

– De las dos. Estoy hambriento. El sexo me abre el apetito.

El chico que les atendía miró a Jorge con un poco de odio y rencor. “No se acuerda de mí, será gilipollas; y encima me pica hablando de sexo y mirando lujurioso a ese hombre que dice que ya solo folla con él. ¿Y qué le habrá visto? Yo estoy más bueno, dónde va a parar. Y seguro la tengo más grande”.

– ¿La hamburguesa, grande o pequeña?

– La carne siempre grande – Y guiñó el ojo a Ramiro. Y el dependiente de la hamburguesería meditó si saltar la barra y meterle un puñetazo a Jorge el camarero. Lo descartó por todos esos armarios de guardaespaldas que habían poblado el local.

– Y dura – apuntilló éste.

– Perdone, señor, aquí la carne siempre es tierna.

“Así que mi marido no se acuerda del polvo contigo” – “toma dignidad”, pensó Ramiro para sí.

– ¡¡Ramiro!! – recriminó Jorge lo de la dureza de la carne, que del pensamiento no se había enterado.

– Es cierto.

– Que habla de hamburguesas, no de perritos calientes.

Ramiro puso cara de póker.

– ¡¡Salchichas!!

– ¡Ah! ¿Eso es un perrito caliente? Mira, siempre me lo había preguntado. Yo es que lo de caliente lo había tomado por…

– Querido Ramiro, sobran las explicaciones. Que va a pensar la gente – dijo un divertido Presidente del gobierno.

– Tengo un largo camino de enseñanza contigo – se quejó amargamente Jorge. Y lo hizo con mucho dramatismo, pero con mirada de cordero degollado por el amor supino y empalagoso. Un poco de insulina, por favor.

– Te vas a cagar mañana. Mañana elijo yo el plan.

– Pero no vamos a hacer cosas de ricos.

– Hoy hacemos cosas de pobres.

– De gente normal.

– Pues lo mío va a ser de gente normal también.

– Es mi turno – dijo el presidente del Gobierno – yo quiero una doble grande, sin lechuga con doble de tomate, y una loncha de beicon. Kas de naranja grande y unas patatas de esas asadas – se calló un segundo. – Y una ensalada, que si no mi mujer me echa la bronca.

– Señor, solo queda usted – el cajero se quedó mirando a Ramiro el millonetis con expectación y un poco de admiración, que al final, tras muhco darle vueltas, lo había reconocido de la tele. “A ver si me deja buena propina, que éste está forrao, que lo dicen en la tele y lo que dicen en la tele es verdad verdadera”.

Ramiro miraba y miraba los carteles, pero no se enteraba de nada. Que si menú con bebida, que si las patatas fritas, las asadas, las gajo, las marinadas, las ali-oli, las bravas, las sin nada, las sin sal pero con un toque de picante, las sin picante, pero con una gotina de sal. Las ensaladas y sus salsas, los no sé que de pollo y sus salsas, el ketchup y la mostaza, que no era de Dijon, joder, y los refrescos. La hamburguesa, la doble, la simple con beicon, la con queso. La de las dos cosas, la doble con cebolla, sin lechuga, con pepinillo en vinagre, pero sin vinagre, la doble de queso pero simple de beicon, la doble de todo, la triple “quién coño tiene la boca tan grande”.

– Yo quería un Ribera del Duero Reserva del 34.

– ¿Le va bien una birra?

– ¿Birra? – Ramiro miró al dependiente como si fuera un extraterrestre “Me da que no va bien lo de la super-propina”, pensó el susodicho.

– Sí, le gusta la cerveza. Ponle una birra.

– ¿Cerveza? Yo quiero vino – se quejó a su marido.

– Cerveza. Hazme caso.

– ¿Cerveza? – se giró al Presidente del Gobierno que esperaba ansioso su pedido.

– Cerveza. – aseveró con rotundidad.

– Pues cerveza.

– ¿Y de comer?

– Pues…

– Una doble, con queso, pepinillo y cebolla. Le pones también muchas patatas fritas, como 3 raciones, que le gustan. Y ponme unos postres variados. Así picamos el Presidente y yo, que no hemos pedido nada de postre.

– Son 21 con 65.

– No, cóbreme todo.

– Eso es todo.

– ¿Todo?

– Ya pago yo – dijo el Presidente que se lo estaba pasando de cine – las cuentas pequeñas no se me resisten.

– Perdone usted. – preguntó un hombre que estaba sentado en una mesa del fondo y que se había acercado a por una cola, que tenía mucha sed. – Pero su cara me suena. – se dirigía al Presidente del Gobierno – ¿De la sauna de la esquina?

– Va a ser que no, querido. ¿Me cobra? – se le había helado la sonrisa al Presidente.

– ¿Tú y yo no hemos follado hace como tres años…?

– Me confunde con otro – el Presidente sonreía un poco incómodo – Mire, su mujer le llama.

– A mí las caras no se me despistan.

– Hermógenes, querido – apuntó Jorge el camarero – no has follado desde que lo hiciste conmigo en la era cuaternaria y has echado dos polvos más en tu vida. No te las des de ligón. Lo conoces de la tele.

– ¡Ahhhhhh! Será eso. ¿De Vis a Vis?

– De The Flash. Es el padre de Flash. Pero no lo comentes por ahí que está todo el reparto en mi casa de incógnito.

– ¡Ah! How – do – you? Do?

– ¿Pero que dice este señor? – preguntó el Presidente con evidente tono de sorpresa. Evidente y comprensible.

Jorge le cogió al presidente el billete de 50 que le tendía al camarero sin mucho éxito hasta entonces. Y sin mediar palabra lo metió en la caja y le dio el cambio al Presidente. Para acabar de despertar al camarero, que se había quedado con la cara transpuesta, no se sabe muy bien si por tener delante al supuesto padre de Barry Allen o por el esfuerzo de haber intentado contestar a un intento de ese señor de decir una frase en inglés con acento de Misouri. El caso es que el dependiente siguió con esa cara de bobo, porque se había esfumado definitivamente su sueño de tener ese día una super-propina del super millonetis (según decían en la tele) Ramiro el millonetis, que iba a un burguer como una persona normal a comer una burguer en compañía de un señor que iba a las saunas a ligar pero que salía en la tele en una serie de tormentas. Flash = Rayo = Tormenta. Es que iba por las tardes a clases de inglés.

– ¡Hala! A la mesa. ¿Ya tenemos todo?

El presidente y Jorge empezaron a prepararse la hamburguesa. Que si un poco de ketchup, que si mostaza no, pero luego quizás una gotina, que si aceite para la ensalada que si poca sal. ¿Un sobrecito de pimienta, por favor? Muchas gracias. ¿Un poquito más de salsa barbacoa? Estos nuggets están cojonudos. ¡Que buena pinta tiene la hamburguesa! Es que aquí las hacen al momento, están de muerte. Pues vendré con los niños un día. Les va a encantar.

– Ramiro ¿No comes?

Ramiro se había bloqueado. Miraba a sus compañeros de mesa como se preparaban la hamburguesa. Como comían patatas, como echaban sobres y sobres de ketchup a las patatas y como las comían con los dedos. Luego de echar salsas y demás encima de la carne, apretaban el pan sobre ella y abrían mucho la boca y para adentro. Y todo se esparramaba por todos lados, y la salsa y las patatas y que la hamburguesa se escapa del pan… lo recolocaban con la mano y luego se chupaban los dedos. Y vuelta a empezar, y habla que te habla con la boca llena, y risas y dale que te dale.

Ramiro el millonetis, que se fijaba en todo, mucho, mucho, cogió un sobre de ketchup. Lo intentó abrir como les había visto hacer a Jorge y al Presi con tanta maestría. Pero no acertó por un costado. Lo intentó por el otro, pero tampoco lo consiguió. Dejó el sobre en la mesa y lo miró para ver si se inspiraba. “No tiene que ser tan difícil abrir un sobre de ketchup. Hasta un niño de 6 años lo hace”. No le echaba más de 6 años al niño que había en una mesa cerca de ellos y que lo miraba con los ojos muy abiertos y con una sonrisa de “por fin he encontrado a un adulto más patoso que yo”.

– ¿No quieres ketchup? – preguntó solícito Jorge a su marido. Eso sí, con un cierto tonito de guasa, que se estaba quedando con las dificultades de Ramiro.

– Sí, sí, ahora me echo.

Y se miraron con cara sonriente. La de Jorge un poco divertida, muy divertida, la de Ramiro, un poco mosca. “Este me está devolviendo la de aquella encerrona del primer día, de la comida con toda la prensa y demás”. Eso le hizo coger fuerzas y volver a intentar abrir el sobre del ketchup. Fue a uno de los lados libre de intentos y con alegría, notó que parecía que la presión del contenido bajaba, así que parte había salido ya. Lo que no esperaba es que esa parte del contenido estuviera sobre su camisa de Armani y sobre su corbata de Paco Rabanne.

Jorge, atento, le pasó una servilleta de papel rápidamente, extendiendo la mancha roja por toda la camisa y la corbata.

– ¡Vaya! Te has manchado todo. Huy, lo que me pone verte así – e hizo una caidita de ojos digna del imperio romano, o de los griegos. O de un francés con ganas de practicar.

– ¿Sí? – contestó inseguro Ramiro. “¿Me está tomando el pelo?”

– ¿Me estás tomando el pelo? – añadió en voz alta tras pensárselo durante unos segundos.

– ¿Yo? – Jorge imprimió todo el tono de inocencia del que fue capaz a su pregunta.

– ¿Te estás vengando?

– ¿Yo? ¿Tengo algo de que vengarme? – pregunta retórica en tono de guasa retórica.

– No, no, por si acaso. “Me la estás dando con queso, cabrón”.

– Se me ha quitado el apetito.

– No puede ser. No seas tonto, hombre. Ya te preparo yo la hamburguesa. Un poco de ketchup, un poco de mostaza, y cerramos. La salsa barbacoa mejor para los nuggets. Y para las patatas un poco de ketchup. Espera que te meto unas pocas patatas en la hamburguesa, está cojonudo así. Ahora apretamos bien y… ya puedes comerlo.

– ¿Me podías pedir un cuchillo y tenedor?

– Pero Ramiro, no seas así. Con la mano, que si yo puedo, tú también – el Presidente acabó su perorata animadora dando una suave palmada en el hombro de Ramiro el millonetis, con su mano manchada de salsas varias y un poquito de grasa. Ramiro el millonetis miró resignado, primero la mancha de ketchup en la pechera de la camisa, luego la grasa y sustancias varias en la hombrera de la misma y después al presidente del Gobierno que en ese momento abría la boca para darle un muerdo de impresión a su hamburguesa.

Y por el rabillo del ojo vio a su marido que se relamía mirándolo fijamente y con cara de deseo carnal. Ramiro suspiró deseando que llegara el momento del post-postre en los baños. “Fijo que nos lo montamos; pero antes habrá que acabar de cenar”.

A Ramiro no le quedó otra. Había que cenar si quería lelgar a lo otro. Primero calibró el grosor del bocadillo en cuestión. Lo apretó bien porque no le acababa de cuadrar con la abertura máxima de su boca, salvo que se tratara de… vale, mejor eso lo dejamos para otro momento, no vaya a ser que escuche algo el niño de la mesa de al lado, o los niños del señor de la sauna, que están mirando la escena muy atentos. Y giró la hamburguesa en sus manos, buscando el mejor sitio para hincarle el diente por primera vez. Por fin encontró un sitio que le pareció adecuado y abrió bien la boca y cerró los ojos. Se acercó la hamburguesa y pegó un mordisco. Sería injusto decir que no pilló cacho. Cacho, pillo. Poco, pero pilló. Lo que pasa es que casi solo de pan, porque al apretar demasiado y de mala forma, la inexperiencia tiene estas cosas, el contenido se movió y por eso de la gravedad y de la acción de las diversas salsas, cayó al envoltorio de cartón sobre la mesa.

– Esto no es lo suyo, querido Ramiro – Jorge podía haber sido más jocoso, pero en realidad le estaba empezando a dar pena y sobre todo… le estaba poniendo a cien. “Siempre me ha molado los indefenso”, pensó para sí Jorge.

– Cada uno tenemos unas habilidades. A mí no se me resisten las ostras. Las aspiro como un campeón. No hay nadie que me gane a comer ostras.

– ¡Ostrás! – el Presidente se rió de su propia gracia. Ramiro no le pilló la gracia y Jorge solventó el problema diplomático con una sonrisa diplomática y un par de palmas diplomáticas.

Jorge aprovechó para volver a montar la hamburguesa con las manos, claro. Y para limpiarse utilizó la camisa de Ramiro. “ya está manchada amor”, le dijo con voz sugerente. “Me pones mucho, sucio. Cómete la hamburguesa que luego yo te como lo que quieras amor”. “Te voy a limpiar la camisa a lenguetazos”. Todo eso en modo pensamiento pero que su marido había leído a la perfección. Ramiro empezaba a estar muy caliente. En realidad, caliente estaba hacía ya un rato largo. Empezaba a estar necesitado. Ramiro se puso a ello, que ahora ya tenía un aliciente para comer la hamburguesa pringosa y ya medio fría. Pero al morderla de nuevo, esta vez pilló carne, sí, pero se escapó por un lateral un disparo de ketchup y mostaza que volvieron a caer sobre su camisa. Pero esta vez no le prestó la menor atención. Siguió al tema mirando de reojo a Jorge, y relamiéndose, sin saber determinar este narrador con certeza si lo hacía porque al final le gustaba la hamburguesa, o estaba más pendiente del postre en forma de marido. Aunque recapacintando al respecto, creo que algo de gusto le cogió a comer hamburguesas.

– No hay nada como el estímulo de una buena sesión de sexo en los servicios – dijo el Presidente, que parecía tonto, pero que había pillado todas las indirectas, miradas, y coñas marinera de la pareja y que estaba perfectamente informado por los servicios secretos, de las actividades de sus dos amigos. La verdad es que el servicio secreto tampoco descubrió nada del otro mundo, que eso estaba en todos los corrillos del país.

– Límpiale luego a lametones, lo has prometido, y a fe que tienes mucho que limpiar – añadió el Presidente dirigiéndose solo a Jorge. Ramiro estaba tan ocupado en comerse la hamburguesa, las patatas, los nuggets y la ensalada de col que le había robado a su marido, que no se enteró de las complicidades del presidente y de Jorge, el camarero, su marido a la sazón.

– Estás caliente Ramiro.

– Jorge, por favor, que está el Presidente. No me mires el paquete.

– No te lo estoy mirando.

– Y ¿cómo sabes…?

– ¡¡Bien!!

– Dios, he caído en mi propia trampa.

– Donde las dan las toman.

– Pues dámelas todas y te las tomo todas. O como sea.

Y Ramiro cogió de la camisa a su pareja y tiró de ella camino de los servicios. Esta vez fueron los escoltas del presidente los que hicieron de barrera protectora. En concreto dos de ellos, Matías y Mario, las dos M como los conocían en el ambiente.

Aggggggggg

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– Hacen mucho ruido, Presidente, sería conveniente que diera una rueda de prensa para disimular los ruidos de sus amigos – le dijo al oído un estirado secretario con un tonito un poco sarcástico. El Presidente tomó nota para cortarle los cojones cuando llegaran a Palacio.

– Eso está hecho.

Se levantó satisfecho cogiendo una patata frita de las de Jorge, que con las prisas de ir al servicio se las había olvidado y caminó resuelto hacia la prensa.

– Queridos amigos periodistas, he de comunicar a la Nación que la hamburguesa que me acabo de comer…

agggggggggg

agggggggggggggg

agggggggggggg

aggggggggggggggggggggggggg

– … estaba cojonuda.

– ¿Y esos ruidos?

– Yo no oigo nada.

Agggggggggggg

agggggggggggggggg

– ¿Ustedes oyen algo acaso? Como les estaba diciendo, hay que salir de casa y comer cosas buenas de la tierra, hamburguesas y pollo, buen pollo.

– ¿Ha dicho polla, Presidente?

– Pollo. He dicho pollo. Que polla y pollo no es lo mismo.

– ¿Y qué es más sabroso, Sr. Presidente?

– Eso va en gustos, querido Eustaquio. A mí personalmente me gusta más el pollo. Pero a Vd. me comentan que gusta más de las pollas.

– Eso no es de su incumbencia.

– No, claro. Pero es que el camarero de servicio en la hamburguesería me ha dicho a ver si podía interceder por él, que está un poco necesitado y se ha fijado en Vd. querido Eustaquio. Pero si no le apetece, le digo que no hay nada que hacer…

Aggggggggggggg

Aggggggggggggg

Aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg.

– ¿Lo han oído ahora?

– Yo querida, no he escuchado nada. Eustaquio, querido ¿Qué le digo al camarero? Por la cara que pone, le voy a avisar para que salga y se lo monten en la furgo esa de las antenas.

– Prefiero en los servicios.

– ¡Huy! Una lástima. Me han dicho que hay una avería en los servicios.

Aggggggggggggggggggggggggggggggggg.

Huy.

Chis pum.

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