La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 5.

 

La fiesta no acabó para nada en la hamburguesería. Luego llegaron a casa y siguieron con el tema. Jorge quitó a dentelladas la camisa sucia a Ramiro. “Como me pone verte guarro”. Y luego hizo lo mismo con la corbata. “Cómo me pone verte guarro”. Y le quitó los pantalones en la escalera y los calcetines en el pasillo, casi delante de la puerta de su habitación.

– Huy, perdón. Creía que había entrado un pelotón de la policía o algo así. Me había hecho la ilusión de encontrarme con un grupo de de aguerridos policías, macizos, dispuestos a conquistarme. Pero no hay pelotón ninguno. Ni policía ninguno. Solo vosotros jugando a las prendas. Prendas guarras, además. Que decepción.

Era Carlos que se había asomado a la puerta de su cuarto para ver que era ese ruido tan estruendoso. Aunque en realidad se lo imaginaba con un margen de error del 0,000001 %. Pero como estaba un poco amargado y solo, le entraron ganas de tocar un poco los huevillos.

– ¡Qué decepción! – repitió un poco decepcionado doblemente: por la nula reacción de sus interlocutores a su amargura y porque no fueran 100 policías altos y dispuestos a jugar con él a los médicos.

Los amantes siguieron sin hacerle ni caso.

– Moriré soltero y virgen.

– No me toques los cojones, que no eres virgen – le espetó su hermano con un calcetín de Ramiro en la boca y mirándolo de refilón, que no le apetecía perder por completo de vista su objeto del deseo.

– Ya me pongo los cascos a todo volumen. O mejor, me voy a dar un paseo por Sebastopol. Será la única forma de no oíros. Hasta me ha parecido oíros en la tele, cuando hablaba el Presidente del Gobierno… soy un incomprendido. Ni mi hermano me entiende. Ni mi cuñado me entiende. Las dos únicas personas de mi vida a las que quiero.

Puso su mejor cara de víctima.

– agggggggggggg

– aggggggggggggggg

– agggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg

– Ves, ni caso. Siguen a los suyo y les da igual que yo les vea.

– Agggggggggg

– agggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggGGGGGGG

– La hostia, que potencia. Mi hermanito es mi héroe – afirmó a quien quiso escucharle, que era nadie, porque todo el personal de la mansión habían salido corriendo para escapar de los alaridos de la actividad amatoria de Ramiro el millonetis y de su marido, Jorge el camarero. No era que molestara exactamente, más bien les daba envidia. Aunque alguno aprovechaba y se llevaba al pariente o la parienta, y se inspiraban con ellos para una bonita noche de sexo, pasión y amor. Y sexo. Y sexo. Y pasión. Y amor. Y sexo.

– Porque los señoritos se quieren mucho – repetía Rebeca, la ama de llaves, sentada en la mesa de la cocina.

– Y yo no me como una rosca. – repetía dolido Carlos, el hermano, a pie de la acción, que aunque quería irse de allí, algo le retenía a pie de acción.

– Pero eso, Carlos, querido, es otra historia. La tuya, que no la de tu hermano – afirmó el narrador, ya que no había ningún personaje a mano para que lo dijera. Ningún personaje que estuviera libre, que Ramiro el millonetis y Jorge el camarero seguían a lo suyo, pero para el caso, pues no había nadie a mano.

– Pues es injusto – dijo de repente Carlos al narrador, girándose del todo y mirando fijamente a la pantalla del ordenador. – Es injusto porque con un par de líneas que les robemos a esos pesados, no pasa nada. Además, la gente odia leer de personajes que se aman por las esquinas que son la leche de guays, guapos, ricos…

– Oye, oye, que tu hermano no es rico. Y eso a la peña les gusta. Fíjate sino las series esas de Melrose Place y la de Sunset Boulebard, y la de Los ricos también lloran.

– Y Pasión de Gavilanes, pero es… es que los Gavilanes estaban muy buenos y salían siempre sin camiseta y eso es un aliciente.

– Le decimos a Jorge que se quite la camiseta. Mira, ahora mismo, se la acaba de quitar. Parece que nos escucha. Y está bueno.

– Pero mi hermano no me pone. ¡Es mi hermano, joder!

– Pero está bueno. Los lectores lo agradecerán.

– No va al gimnasio.

– Más natural. A mí no me gustan los cuerpos así muy de gimnasio.

– Por eso no lo has mandado a hacer pesas.

– NO. No va a hacer pesas porque no le gusta. Y lo sabes, que lo conoces mejor que yo.

– No tiene casi pelo en el pecho.

– A muchos les gusta así. ¿A ti te gusta el pelo?

– Bueno, un poco, pero sin pasarse.

– ¿Ves? Tu hermano está bueno. Gusta a los lectores. A muchos al menos.

– Ramiro tiene mucho pelo.

– ¿Te gusta?

– ¡¡No!! Por favor. No es mi estilo.

– Mira, ya está desnudo también.

– Joder, que no quiero mirar como trajina mi hermano.

– Es cierto, no debe ser agradable. Es como ver a tus padres.

– ¿Mis padres? ¿Mis padres en faena?

– Claro.

Carlitos se echó una gran carcajada.

– ¿De qué te ríes?

– Mis padres no hacen esas cosas.

– Hombre, al menos cuando os concibieron.

– Mira, no te metas en jardines… eso además no es de esta historia, como me dices a mí con mis tribulaciones.

El narrador se quedó con la cara torcida. Su mente estaba a cien, pensando y pensando. “Aquí hay tomate” “Aquí hay una historia”.

– Vale, dejamos el tema de tus padres – pero mentalmente se lo apuntó para investigarlo y empezar otra historia. “Los padres de Jorge el camarero”.

– Mejor – Carlitos seco. Se olía que el narrador retomaría el tema cuando Jorge y Ramiro no dieran más de sí.

– Volvamos a la camiseta de Pasión de Gavilanes y a tu hermano y tu cuñado.

– Que no es lo mismo.

– Pero ves, se quitan, más que en Pasión de Gavilanes. ¡Míralos! Están desnudos por completo y… ¡¡Oh!!

– ¡Bah! No es lo mismo – dijo Carlos mirando ostensiblemente hacia otro lado.

– Y mira que piernas más bonitas tiene Jorge.

– Las tiene bonitas sí – reconoció a regañadientes Carlitos. – Tiene unos muslos el jodido… y eso que no hace baile.

– Quítate tú la camiseta. Estás mazado. Y tienes unas cacho piernas…

– Es por el ballet.

– Venga, desnúdate. Para los lectores.

– No, que hacer frío.

– ¿Ves? Así no llamamos a los lectores. Deberías enseñar los pectorales, tus piernas de bailarín, que tienes unas señoras piernas, repito. Esos labios carnosos estupendos y ese metro casi 85 que tienes de planta. Y tu sonrisa.

– Oye, oye ¿Me has visto desnudo?

– Pues claro.

– ¿Y te gusto?

– Estás muy bueno. Y me caes bien.

– Pero no tengo pasta.

– Tu hermano tampoco. No seas llorón.

– Eso es cierto, que me sigue pasando una paga de chichimoni. Menos mal que le pongo ojitos a Ramiro y le digo un par de Guay, guau al oído, y me suelta algo más. Aunque para lo que gasto… pero tengo que ahorrar por si un día aparece un adonis que me quiera.

– Pero si tú solo quieres follar. Además, que pasa ¿Quieres conquistar a la peña con el dinero? Pues si que tienes confianza en ti.

– Pero como no gusto a la peña, para un “aquí te he visto y no me acuerdo”, pues buscaré un novio, así follo. A parte, a veces tengo miedo de quedarme solo.

– Pero si eres muy guapo.

– Pero debo ser soso.

– Que va, si me pones mucho.

– Pues pasa la pantalla y montémonoslo aquí mismo, en el jardín de Ramiro.

– Eso no se puede hacer.

– Woody Allen lo hizo.

– Pero porque era Woody Allen.

– Y tu eres… perdona, que me he olvidado de tu nombre.

– Mi nombre no importa. El tuyo es importante, que eres un personaje de la historia.

– Pero si no me has puesto más que nombre de pila.

– Me gustan los nombres de pila. Además, una vez puse el apellido de tu padre, lo que pasa es que no me acuerdo.

– ¿Ves? No tienes respeto por mi. Si no te acuerdas tú, se va a acordar el personal.

– Pues te bautizamos rápidamente.

– A ver que chorrada se te ocurre.

– Carlos de la Torre Estrusado.

– No me cambies el apellido. El primero era Herdaqués.

– Vaya. Me has puesto a prueba, tú sí que te acordabas. Bueno, pues “de la Torre” pasa a ser el segundo. ¿Te parece?

– Para lo que sirve… no me dejas protagonismo.

– Claro que sí. Estoy preparando una gran historia para ti. Y no te quejes que llevas casi dos folios por el morro. Tú y yo.

– Pero es porque te apetecía salir.

– Eres tú el que me has hablado. ¡Ah! Claro. Ya lo entiendo. Era para que te sacara más. Ha sido una estratagema.

– Aggggggggggggggg – Jorge.

– agggggggggg – Ramiro.

– agggggggggggggggggggggggggg – a dúo.

– ¿Y voy a gritar así de placer cuando hagas mi historia? Si es que me ponen los dientes largos estos capullos.

– Más. Vas a gritar más. Te lo digo yo.

– Pues entonces me borro de la historia.

– Si es que esta no es tu historia. Pero como te has empeñado…

– No, no. Me borro de esta historia y de todas las demás.

– No puedes, porque tengo cosas bonitas sobre ti. Vas a ser un gran bailarín y vas a triunfar.

– Pero yo quiero follar.

– Ya follarás.

– Quiero follar ahora.

– No hay nadie cerca.

– Pues haz que vengan.

– No se puede hacer así, hacer aparecer a personajes como por arte de magia.

– Me engañas. Quieres hacer de mi un triunfador en lo profesional y un apestado en lo personal. Solo, sin nadie. Eso te parecerá muy literario y dramático y cosas de esas, pero para mí es una jodienda una jodida jodienda. Ni se te ocurra. Acabaré llamando en mi camerino a Adri Kilmer para que me haga una paja rápida contra 200 euros. O al Richard ese, el que se ha quedado con el negocio tras la espantada del Adri.

– Adri Kilmer está fuera, no puede venir a hacete una paja. Y el Richard está muy ocupado ahora. No da a basto con toda la clientela que dejó Adri y con la suya propia.

– ¿Dónde está? Adri, quiero decir.

– En USA, grabando una serie porno.

– ¿Ves? No hay nada que hacer. No puedo tener sexo ni con un chapero.

– Pero puedes llamar a un amigo de Adri, Justin. Es muy bueno. O eso dicen. Va tras los pasos de Adri y Richard. – el narrador miró desde su atalaya al otro lado de la pantalla como preparaba Carlitos su cara más dramática – No te me pongas dramático e intenso, que no cuela.

– ¿Os lo habéis montado? – hizo caso omiso a la reprimenda del narrador. Le interesaba más su momento portera.

– No, para nada – pero Carlos no creyó ni una palabra al narrador. Y este narrador tampoco lo se creyó o se lo creyó o como se diga, que se había puesto nervioso de repente y le bailaban el orden de las palabras. Se estaba mintiendo a sí mismo, pero era por si Adri Kilmer lo leía y volvía hecho un mar de celos y le montaba el número. “Encima del Richard ahora te lo montas con ese novato, el Justin ese, con nombre de inglis”

– No me creo nada. Suenas a mentiroso.

– Yo no miento. – el narrador ha cruzado los dedos.

– Ya. Pues llamaré al Richar ese. Yo quiero alguien con experiencia.

– Vale.

– Dame su número de teléfono.

– 65034????

– ¡Si te lo sabes de memoria!

– Que va, lo tengo apuntado aquí. – mintió nuevamente el narrador.

– Vale, vale.

– Aggggggggggggggg – gritó Ramiro.

– agggggggggggggggggggggggg- contestó Jorge.

– agggggggggggggg – ridiculizó Carlos.

– Que potencia tiene tu hermano. Mira…

– Años de práctica. ¡Y no miro! No insistas. Se ha tirado a todo lo que tenía polla y que fuera mayor de 18 años. Y como Ramiro ha hecho lo mismo, tienen entrenamiento. No como yo.

– Pues con lo guapo que eres, será porque no quieres.

– Chico, eso me digo yo. Porque soy guapo a rabiar. Mucho más guapo que mi hermano. No va a parar. Y mucho más guapo que el Óscar ese y que Locatis. Y mira, ahí les tienes, después de tirarse a todo lo que tiene polla mayor de 18 años, ahí les tienes, esperando que saques tiempo para escibir su empalagosa historia de amor.

– Si no quieres no la cuento.

– Cuenta, cuenta. Así me dejas en paz.

– Si yo te dejaba en paz, pero eres tú el que se ha empeñado en hablar conmigo. Te recuerdo que te ibas a dar un garbeo por ahí. Está escrito.

– Pero se me han pasado las ganas. Estoy depre.

– Yo también un poco.

– ¿Ves? Deberíamos montárnoslo. Así nos consolamos.

– A lo mejor tienes razón. Emulemos a Woody Allen.

– ¿En tu lado de la pantalla o en el mío?

– En el tuyo, descarado, que al menos tenemos una habitación guay para montárnoslo. No veas como tengo la casa de sucia y desordenada. Y la nevera está vacía. Desde que se fue Adri no levanto cabeza.

– Pues pasa para acá – dijo un ilusionado Carlos.

– Pero a lo mejor no te gusto – al narrador le entraron dudas.

– Que sí que me gustas. Estoy un poco enamorado de ti – reconoció haciendo una caidita de ojos irresistible. – Vente. No seas bobo. Tengo chocolate en la habitación.

– ¿Y te puedo embadurnar el cuerpo con él y luego lamerte?

– Pues claro. Es uno de mis sueños eróticos.

– ¿Y… y…?

– Vente coño, que estás caliente.

– ¿Cómo lo sabes?

– Se te nota a través de la pantalla.

– ¿Sí?

– Sí.

– Voy.

– Ven.

– Que voy.

– Que vengas.

– ¿Sí?

– ¡Sí!

– ¡Qué nervios!

– Joder, que pesado.

– Voy.

Y por fin, fui.

Egggggggggggg

eggggggggggggggggggggg

ugggggggggggggggggggg

ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

– ¿Ves? Nosotros somos más variados en nuestros gritos – dijo un sudoroso Carlitos incorporándose del suelo.

Después de decir eso, se quedó apoyado sobre el pecho desnudo del narrador. Y se quedó profundamente dormido.

En un momento de la noche, Carlos abrió un ojo y se dispuso a hacer una pregunta.

– Oye, narrador. ¿Por qué hablas refiriéndote a ti en tercera persona?

– ¡Ah! – contestó el narrador un poco despistado.

– ¿Ah que?

– Bésame.

– Y Carlos le besó.

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