La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 6.

En la oficina de Ramiro empezaron a correr las porras. Que si se lo montarían en el ascensor, que si en los servicios de la 1ª planta. Que si en los del restaurante. ¿En el de señoras o en el de caballeros? Cuando Ramiro organizaba una comida improvisada en el restaurante donde trabajaba Jorge, las apuestas iban sobre si aguantaría hasta los postres o si deberían esperar a que acabaran su encuentro para empezar a comer. Si los alaridos de guerra empezaban antes de entrar al comedor, la peña se distribuía por los locales de alrededor para tomar unas cañas y unos pinchos, que si no la espera se hacía muy larga. Porque prisa, lo que se dice prisa, no se daban. Al final, el jefe de Jorge preparaba unos suculentos pinchos para atrapar a los comensales de después y que no se fueran a la competencia. Pero los gritos eran tan desmesurados que algunos, mordiéndose las uñas de la envidia, se iban igualmente. Pero el dueño encontró la solución: montó una terraza fuera y ponía una barra supletoria allí. Ponía la música a tope, para molestia de los vecinos, y al loro.

Un vecino en especial estaba muy enfadado por la situación. Y amenazó con denunciar las molestias ocasionadas por los aullidos de placer de la pareja, así los llamó, y del bullicio de la clientela esperando a que el tema amatorio del día acabara. Y el público que se iba aficionando a ir a comer, aunque no fuera invitado de Jorge. Las mesas de la barra siempre estaban ocupadas, con muchos esperando a que quedara un sitio libre. Incluso había parroquianos que se juntaban unos con otros, como si se conocieran, pero no lo habían hecho con anterioridad, aunque en algunos casos nació una fuerte amistad con el lazo de unión de las artes amatorias de la pareja más famosa de la ciudad. Sin prensa, eso sí, pero los mentideros estaban llenos de dimes y diretes sobre el tema.

– Es que acabo de salir de trabajar, joder, que trabajo de noche – dijo a los municipales el quejoso vecino.

“Y me jode tanto folleteo sin comerme yo una rosca”, pensó,. Que no lo dijo en voz alta, aunque la municipal que le tomaba nota de la denuncia se lo olía.

Era la queja continua, la primera, y el pensamiento, el segundo, del vecino del primero. Y algo de razón tenía el hombre. Que ahí la terraza llena de personal, ansioso por comer (en todos los amplios sentidos de la palabra) y con una cerveza tras otra para hacer tiempo… algo de jarana era inevitable que se produjera. Y los gritos de los camareros anunciando el pincho que salía en ese momentos. “Pinchos de boniato con judías picantes”. “Pinchictos de beluga con sifón de altamira”. ¡¡Nos los quitan de las manos!!

– Este es el tercero – gritaba uno de repente. Se referían a “polvo”, que no a los pinchos.

– Yo he contado cuatro – decía otro.

– Así no comemos ni a las seis.

– Pero que potencia amatoria. Que cuerdas vocales, si se podían haber dedicado al belle canto – dijo una que se las daba de entendida, aunque no había pasado de “Carmen”.

Al final, el dueño del restaurante, por mediación de Carlitos, el hermano de Jorge el camarero, contrató al Richard, un chapero de renombre en el vecindario para que estuviera de guardia. Si el vecino protestaba, él subía con cara de chico bueno y morboso. Bueno estaba, morboso también era y era buena gente y se le notaba, y morboso (ya lo he dicho, pero es que es muy morboso, lo digo por experiencia), para que negarlo, también era. Así que solo cogía el ascensor y se comportaba como él era.

¿Ascensor para el primero, diréis? Es que el Richard era un poco vago, alguna pega debía tener el hombre.

Y el vecino, nada más verlo, ponía ojos de pantera a punto de saltar sobre su presa. Y saltaba sobre Richard, que lo recibía con los brazos abiertos y se revolcaban en la escalera mismo, para que iban a entrar a la casa. Y los vecinos salían todos al rellano para ver las incidencias de la acción y algunos hasta aplaudían al final o en medio de una acción memorable. Una de ellas era Dña. Filomena, la del cuarto, que bajaba por las escaleras en bata y con sus zapatillas de gato (por el diseño, no por el material) que disfrutaba de la acción como una niña chica. Le recordaba su juventud, con su marido ya fallecido. “Mi Paco”, murmuraba con una sonrisa mientras veía al vecino del primero montárselo con el chico ese, el Richard, que parecía muy complaciente. Un día intentó incluso que subiera a su casa y le hiciera lo mismo, pero el Richard le dijo que solo se ponía así con otra polla de por medio. Ella le dijo que si era necesario, se compraba un dildo de esos. Pero el Richard, fiel a sus principios, le dijo que no, que la polla debía ser natural.

– Soy muy de pollas – le dijo con una sonrisa. – Pero le acepto la invitación a un chocolate con bizcochos, que su vecino no tiene ningún detalle, y eso que no paga mis emolumentos.

– ¿Y cuanto cobras?

– 150 la hora o fracción.

– Una pasta. Es casi mi pensión.

– Es que soy muy bueno.

– ¿Y no tendrás un amigo más baratito y que no sea tan de miembros viriles?

– Es que solo me muevo entre miembros viriles. Es mi pasión, ya se lo he dicho.

Richard bajó la cabeza para que no se le notara que había mentido. Pero es que el Sebas, que le iban las mujeres y se dedicaba en exclusiva a ese ámbito profesional, no creía que estuviera a la altura de Dña. Filomena. La señora le caía bien, que al fin y al cabo le aplaudía sus acciones y le invitaba a un chocolate con bizcochos todos los días que había faena con el vecino del primero.

Le dolía que Doña Filomena se quedara tan triste. Un día al irse, que tenía otra chapa en el otra punta de la ciudad, le dio un beso en los labios.

– ¡No se quede tan triste, Doña Filomena! Que se me parte el corazón.

– Es que me traes tantos recuerdos… mi Paco era muy parecido a ti, pero claro, no le iban los miembros viriles – necesitó aclararlo, no se fuera a creer el Richard que su marido era tan igual al Richard que también le iba lo otro.

– Y quisiera sentirme mujer una vez más antes de morirme.

– Si usted es muy joven todavía. Y está como una rosa a punto de florecer.

– Si eres poeta y todo.

– Na, es que me gusta leer poesía. Tengo un amigo, que le gusta mucho leer, y suelo ir a su casa y nos tumbamos en el suelo y leemos juntos. Es un buen tío que su novio se ha largado por negocios y está muy triste.

– ¿Y os lo montáis?

– No – aseguró rotundo, mirando alrededor, por ver si le escuchaba alguien. No debía haber contado nada, que luego, a lo mejor Adri Kilmer lo leía y mandaba un matón para darle una paliza o algo, que era muy celoso del amor del Jaime ese.

– Y ese novio del tal Jaime. ¿Cómo se va por ahí, dejándolo?

– Es que es un actor famoso.

– ¿Lo conozco? – preguntó esperanzada la señora del cuarto.

– Eh… no, no creo. Es que es actor porno.

– Ah. Y me imagino que de pollas, o sea que es como tú, amante de los miembros. Una pena, porque a los que les va las hembras, si los tengo fichados. – Richard puso cara de susto al escuchar a Doña Filomena “esta mujer no me da más que sorpresas”- Es que en algo hay que pasar la tarde, mi querido Richard.

– Agggggggggggggggggggggggggg ggggggggggg gggggggggggggg aggrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Chis pum.

– Ya han acabado, debo irme. Ha acabado mi guardia y tengo faena dentro de un rato.

Y Richard bajó las escaleras de la casa a punto de escuchar los aplausos de la concurrencia. Los unos esperando a que acabaran para entrar al comedor, que ya había hambre, y el resto de los parroquianos, por ser parte del espectáculo. El comedor se llenaba todos los días esperando que la acción tuviera lugar y disfrutar de los ruidos.

Un día en que no estaba prevista la visita de Ramiro, un comensal estaba tan empeñado en escuchar los jadeos y los gritos de placer, que el jefe de Jorge le pidió por favor que entrara en el servicio y se pusiera al tema.

– Pero eso no es justo ni legal.

– ¿Legal?

– Es un engaño.

– A medias, que tú estás aquí.

– Pero Ramiro no, y los gritos son por los dos juntos, no sé si me entiende.

– Pues le llamas y pones del altavoz.

– Es que…

– Es que va a dejar un pastón de propina. Y ha comido solomillo, o sea que es una buena mesa, ya lo sabes.

– Pero si ya llenamos todos los días. No es tan…

– Es que vamos a perder a un cliente, y se empieza por uno, y vete tú a saber…

– Pero la peña debe venir por la comida.

– La peña que venga, que pague, sea por lo que sea. ¿O me vas a perdonar el sueldo?

– No se ponga así, jefe.

– Pues al baño. Y a gritar.

Y Jorge se fue al baño. Y estuvo como ensayando un rato, pero no le salía. Se la estuvo cascando, pero no era lo mismo. Es que ni se ponía a tono.

Pero en esto llamó Ramiro su maridito. Y lo primero que le dijo es:

– Vete al baño que quiero follarte en la distancia. – Más que nada porque estaba en Nueva York viendo al Presidente de los Estados Unidos en la sede de la ONU, para disculparse por no haberlo invitado a la boda.

– Las premuras de tiempo, ya sabe. No quería ponerle en un compromiso – se disculpó en una conversación telefónica unos días después del evento.

– Pues iré en dos semanas a conocer al novio. Te aviso con tiempo – le dijo un poco antes de la llamada desesperada de Ramiro a Jorge en los baños del restaurante.

– ¡Ah!

– Quiero conocer al novio ese que le ha cazado. Con los que lo han intentado. Tengo un amigo que me había pedido recomendación al respecto. Y me ha dolido mucho decirle que era una pieza que ya estaba cazada.

– ¡Ah!

Y se pusieron las cámaras de los móviles. Y empezaron el tema, sexo en Nueva York, lo titularon, pero en lugar de señoras buenonas, y a veces con un poco de mala baba, ellos dos, buenonos y dispuestos y enamorados. Y con un buen feeling que para qué.

– Agggggggggg

– aggggggggg

– agggggggggggggggggggggg

– aggggggggggg

– Sigue, sigue mi amor, ahí, que me gusta tocarte.

– Agggggggggg

– agggggg

– aggggggggggggggggggggg

– Quiero verte más de cerca Ramirito.

Y Ramirito acercaba el teléfono.

– Agggggggg

– agggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggggg

– aggggggg agggggggggg

– aggggggg

– ehhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

– ¡Joder!

– ¡Qué polvo más bueno!

– Agggggggggggggggggggggggggggggggggg

Chis pum.

La comunicación se cortó de repente. Por un movimiento extraño, Jorge intuyó que el móvil de Ramiro había caído a la taza del water.

– Una pena. Es el quinto en un mes.

Y suspiró. No por el móvil perdido, sino por el agotamiento que le había producido la acción. Se había superado: 1 hora. Y el cubículo del baño no era de lo más cómodo.

– Tengo que pedir que lo reformen para nosotros, ahora que somos atracción turística.- aunque ya se imaginaba al dueño diciendo algo así como: “No hay presupuesto”.

Jorge acabó de vestirse. Una pena que ese día no le pudiera dar sus calzoncillos rotos y ahora sucios a Ramiro. Se los subió y sonrió pensando en lo mucho que los iba a disfrutar cuando volviera de USA.

– Va a alucinar.

Salió del baño, cabizbajo. Se había dado cuenta de que lo echaba de menos, y no por el polvo, que también. No por la piel con piel, por sus manos buscando en su cuerpo. No por las suyas recorriendo el suyo. No por nada de esto y otras cosas en las que no vamos a entrar ahora. Lo echaba de menos por las peleas, por picarle, por los abrazos, por cuando le sonreía, por cuando se peleaban de aquella forma. Por cuando se comportaba como un niño chico y ponía cara de pilluelo, por cuando se negaba a levantarse para ir a trabajar, porque estaban tan agustito en la cama abrazados. Por como se revelaba cuando Óscar el secretario entraba como una manada de búfalos en celo para sacarlo de la cama y meterlo en la ducha.

Por las peleas.

Y luego las reconciliaciones.

Por la cara que ponía cada vez que le decía de ir al burguer.

Por como se manchaba la camisa una y otra vez. Por como no acertaba a abrir los sobres de ketchup y se los tenía que abrir él.

Por cuando iban al servicio y salían de improviso y se encontraban a los padres llevándose a sus hijos corriendo, tapándoles los oídos.

– Que poca imaginación. Con decirles que es el ruido de un elefante encerrado.

– Dos elefantes..

– Pues dos elefantes.

– O dos cerdos.

– Pues dos cerdos.

Y se reían. Y decían a la concurrencia: “Hoy no hay función, se siente”.

Y el resto de la concurrencia prorrumpía en quejas.

– Es horario protegido – se excusaban señalando a los niños muy enfadados con sus padres por sacarlos en el mejor momento del restaurante “Serán bobos los viejos, si ya sé lo que eran esos gritos”, decían para sí, aunque callaban, que sabían que a lo mejor, sus progenitores no estaban preparados para saber que sus retoños sabían más de sexo que ellos mismos.

– Por favor, por favor. Es que sois nuestra esperanza. Es la prueba de que es posible el amor y la pasión. Si ya lleváis 8 meses y estáis como si os hubierais conocido ayer.

– Diez – respondía orgulloso Jorge. – que el noviazgo fue largo.

– Y conocer, conocer, todavía no nos conocemos. Nos queda mucho. Y tenemos ganas de hacerlo, eso es lo importante.

– Y encima con noviazgo largo – le daba un codazo Esther a su novio Alberto.- ¡¡Dos meses!!

– Si mi amor, pero es que no quiero que te escapes.

– Bobo. – contestaba una enfadada Esther. – Y encima dicen que no se conocen todavía, pero que quieren hacerlo. ¿Quieres conocerme, pichurri?

– Pero si ya te conozco.

– ¿Qué me gusta más, la merluza o la Lubina?

– Pues… – Alberto dudaba y presentía que si no acertaba, algo se rompería en el restaurante – La Lubina.

– ¿Ves? No me conoces. No como pescado. Te abandono. Anulamos la boda.

Así éramos nosotros – animaba Ramiro a la pareja. – Y acabamos casados por el obispo.

– ¿Éramos? Somos. – apuntillaba Jorge.

Y el público aplaudía sin reparo. Que buena pareja hacían. Los dos guapos. Uno rico y uno pobre. Uno de veintitantos y otro de unos cuantos muchos más. Los dos con buena figura. Uno con algunas canas perlando su cabellera, el otro con mechas de colores variados, dependiendo del tiempo y de las ganas de ir al peluquero. Los dos con unos labios dispuestos a besar, con una mirada limpia, con una sonrisa para cualquiera que se cruzara en su camino, salvo para el subdirector del banco, que a ese ni agua.

– Así hacen juego con tus canas – le decía para picarle por lo de las mechas, cuando se las ponía blancas.

Y se picaban.

Y se peleaban.

Y se reconciliaban.

Todo eso recordaba ahora saliendo del baño el pobre Jorge, cansado, no por la acción en el baño, que también, sino porque no tenía a Ramiro al lado para darle el aliento de vida que necesitaba. No se había dado cuenta hasta ahora, en la lejanía, de lo que lo necesitaba, de lo que lo amaba.

– Quien me iba a decir a mí, con lo que he sido.

– Y con lo que él ha sido – apostillaba Óscar. – y sé de lo que hablo, huy si lo sé.

Ni los aplausos de la clientela del restaurante donde trabajaba le animó. Ni la sincera felicitación de ese cliente que se había empeñado. Ni siquiera la propina generosa (4.500,00 Euzaros) le hizo levantar el ánimo. Bueno, la propina al menos le hizo sonreír y le dio un calambrazo en la columna.

– A medias – le dijo el jefe.

– Una mierda.

– Que te denuncio a hacienda.

– Que me largo.

– Vale, vale – reculó el jefe – no te pongas así, que era broma.

Chis pum.

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