Dos semanas en una nube.

Fíjate, quién me lo iba a decir.

Se llama Saúl.

Se acaba de ir a su casa. Ha estado el fin de semana aquí.

No sé por dónde empezar.

Si ahora me toco los labios, siento los suyos todavía. Es una sensación nueva. Leí una vez una historia de un chico que reconocía que no había estado nunca enamorado. No lo entendía. Yo no lo entendía. “Si quieres, está claro y si no quieres, también lo está”, pensaba.

Ahora sé que hasta hace un par de semanas, no he sabido lo que es el amor. Lo que he sentido por otros, no era eso. O es cuestión de grados, no lo sé.

Si ahora me llevo las manos a la nariz, siento su olor.

En las sábanas también está su aroma. Me he tumbado esta tarde y he sentido como si me abrazara, y ya no estaba.

Cierro los ojos y, joder, lo siento a mi lado, siento su respiración. Si esto me pasa dentro de un par de semanas, hubiera servido para hacer una película de esas de Navidad que tanto les gustan a los americanos. La magia de la Navidad.

Cierro los ojos, y sí, está sentado en la butaca de enfrente. En la silla a mi lado, mirando como escribo. Me sonríe, me mira con esos ojos marrones, profundos, con un toque de sonrisa perenne en ellos, una pizca de ironía, otra pizca de alegría, y sí, unos kilos de amor. Siento que me quiere, nunca lo había visto antes. Puedo decir, como ese chico de la historia, que no he querido nunca, y que no me han querido nunca hasta ahora.

Estar con él es… no sentir la necesidad de nada más. No necesitar hacer planes, ni siquiera hacer algo. Sentarnos uno junto al otro, o sentarnos uno encima del otro. Con la cabeza apoyada en su hombro, o él la apoya en el mío. Rozar su mano con mis dedos, juguetear con ellos, darnos un beso de vez en cuando. La música de fondo, o sin música. La tele de fondo, o en silencio. No quiero ver series, ni salir a correr por las mañanas. No quiero ni hacer la comida, ni tengo hambre. Solo tengo hambre de él, de mi amor.

Esto es una cursilada. Lo sé, lo sé, pero no lo puedo evitar. Estoy enamorado. Él se llama Saúl. Y creo que solo necesito respirar el aire que respira él. Mirar sus ojos, sus labios, su espalda. Juguetear con el pelo de su pecho o el de sus piernas. Sentir que éstas rodean mi cintura y mis brazos rodean su cuello. Quedarnos así toda la tarde, mirándonos. Apretujarnos el uno contra el otro. Sentir sus manos recorriendo mi cuerpo a la vez que las mías recorren el suyo.

Ducharnos juntos.

Desayunar juntos.

Ver la tele juntos.

Leer juntos.

Comer juntos

Dormir juntos.

Amarnos.

Pasear juntos.

Vivir.

Juntos.

Quién me iba a decir hace un par de semanas que hoy estaría hablándote a ti de amor. De mi amor. En tono pasteloso. De sentirme como un niño pequeño el día de Reyes, en el salón de casa, abriendo los regalos. Recuerdo que aún cuando supe que los reyes eran los padres, me seguía haciendo ilusión ver los regalos el día de Reyes. Algunos amigos los buscaban por casa para verlos antes. Pero a mí, no. Yo quería esperar a ese día. Levantarme, ir al salón y verlos. Ahí en el sofá, en una esquina, bien puestos. Que recuerdos. Subidón que me daba, aún con quince o dieciséis años. Así me siento ahora. Viendo este regalo inesperado. Quizás por ello me ha hecho tanta ilusión. Por no verlo, por no preverlo. Llegó sin hacer ruido, una noche de hace un mes o así.

Nos miramos.

Me gustó, es guapo.

Me gustó, tiene un cuerpo atractivo.

Me gustó, viste bien.

Me gustó, tenía un cierto rictus triste, melancólico.

Me gustó, pero como tantos otros que veo por la calle, en el trabajo, en el cine, en la vida.

No saludamos sin más.

Nos dimos la mano, sin más. Miento, sentí una pequeña descarga eléctrica.

Es amigo de un amigo, que estaba de visita en la ciudad. Esa noche nos reunimos los amigos, noche de sábado, noche de cervezas y de picoteo.

En toda la noche no cruzamos palabra. Yo le miraba de vez en cuando. Me gustó, era guapo. Era atractivo. Un leve toque decaído.

Al despedirnos nos dimos otra vez la mano. Me salió sin querer, se la acaricié con el pulgar. De cerca parecía más triste. Era como para darle ánimos. Esta vez pareció que era a él al que le daba un calambre, porque apartó la mano de repente. Vaya, pensé, le doy repelús. Me olvidé de él en cuanto me di la vuelta para irme a casa.

Volvió el sábado siguiente.

La casualidad hizo que llegáramos antes que los demás al “Tómate otra”, el garito en el que habíamos quedado. Otro apretón de manos. Sin calambres.

Hablamos de esto y aquello. Del tiempo, de Trump, de Hilary. Yo le dije que tenía ganas de leer la última de Ruiz Zafón y el me dijo que echaba de menos a Harry Potter. Le gustan las bandas sonoras de John Williams, y yo le hablé de John Williams, el escritor.

Ese sábado parecía que su mirada era menos apagada. Se me pasó volando ese rato que estuvimos solos. Y fue bastante rato, que yo llevaba un libro para leer mientras esperaba a los demás. Llegó el resto y empezamos las rondas de cervezas. La algarabía, las chanzas, las risas. En el chino al que fuimos a cenar, ya nos sentamos juntos. Fue algo natural.

Ese domingo me llamó para comer. No le había dado el teléfono, así que debió pedírselo a mi amigo, su amigo.

No pasó nada. Hablar y hablar. Y comer. Fue otra vez en el “Tómate otra”. Yo lo miraba a hurtadillas: me gustaba, era guapo. Como muchos otros que me gustan todos los días. Recuerdo en esa época un acomodador de los cines. Y recuerdo un camarero de un bar cerca del trabajo. Y Eduardo, un compañero.

El fin de semana siguiente, fui yo el que viajé para darle una sorpresa.

Reconozco que esa semana, no dejé de pensar en él. Fui al cine, y no busqué al acomodador. Él ocupaba mi mente. En la cafetería, no miré al camarero: él ocupaba mi mente. Tampoco miré a mi compañero Eduardo. Ni a Chema, que se me había olvidado decir que, me tenía un poco obsesionado. Él no me hacía ni caso. Chema es guapo también. Atractivo. Pero sin conexión conmigo.

Me presenté en su casa. Sin avisar. Mi amigo, su amigo, me dio la dirección.

El momento clave fue cuando abrió la puerta y vi su reacción. Sonrió. Se esfumó todo resto de melancolía, de tristeza. Seguramente tendría planes, y no vi ninguna reacción de fastidio por tener que cambiarlos.

Nos dimos un beso en la mejilla. El primer beso.

Me hizo pasar.

Él iba descalzo.

Pasamos al salón y hablamos.

Salimos a dar un paseo por su ciudad.

Cenamos.

Nos miramos.

Al volver a casa nos dimos el primer beso de los otros. Fue breve, bonito. Volvieron las descargas eléctricas. Mi lengua pareció hincharse, mis labios ardían. Nunca en la vida había sentido nada igual.

– Vamos a dormir, estoy cansado.

Y era cierto, le notaba cansado.

Sacó la cama del sofá.

Él se fue a su habitación. Y me acomodé en el sofá-cama.

Apagué la luz.

Cerraba los ojos y lo veía a él. Su mirada ya no era triste, sino luminosa.

Al cabo de nada, unos minutos, sentí que se sentaba a mi lado.

– ¿Me dejas dormir contigo?

– Claro – le contesté aliviado: así no pensaba más en él, sino que lo sentiría allí.

Se acurrucó junto a mí y dormimos. El mejor sueño en años.

Por la mañana, su brazo rodeaba mi cintura.

Eso fue hace dos semanas. ¿O tres? El tiempo pasa ahora de una forma distinta. Las primeras dos o tres semanas en las que he vivido en una nube. El tiempo se mide distinto. El sol luce distinto. Llueve de otra forma. El frío es más cálido.

Nunca lo pensé, de verdad. Se que va a ser difícil. Estamos conociéndonos. Luego irán saliendo los defectos, las manías. Unas cosas me gustarán de él, y otras no. De mí habrá muchas cosas que no le gustarán, seguro. Pero mientras en nuestras miradas siga resplandeciendo esa luz que se encendió hace apenas unos días, los defectos no serán más que anécdotas y las virtudes serán grandes castillos inexpugnables.

Quién me lo iba a decir, madre mía.

Nuevo casting para modelo de calzoncillos.

Néstor está indignado con su Madrid y Cristiano, la BBC y lo demás. Me lo acaba de decir en un correo para que no publique una entrada de su diario que me había mandado. En su lugar me pide que persevere en el casting de modelo de calzoncillos. Ya le he dicho que es imposible que le quite nadie el puesto a Cristiano. Pero bueno, por intentarlo…

Las propuestas de hoy, buscadas a todo correr para sustituir a la proclama incendiaria sobre el Real Madrid de ayer, que me había enviado Néstor, son interesantes y excitantes, por qué no decirlo.

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Ahora me quedo esperando el siguiente capítulo del diario de Néstor.

Diario de un hombre sin nada que contar. 24ª entrada.

Fútbol. El Madrid ganó al Lisboa. Nada que ver con el partido del Calderón.

BBC ni leches.

Zidane no tiene cojones. Que digan lo que quieran.

Noticias al respecto.

El lunes se habla de Cristiano y de los ataques homófobos de Koke. La respuesta de Cristiano: Maricón sí, pero con dinero. Interpretable. Una pena Koke.

Miércoles: Cristiano se despertó un día especial con tres rubias en la cama. Eso es márketing. Hay que limpiar la imagen de marica de Cristiano. Una pena, Cristiano.

Jueves: Fotos de Cristiano paseando con una mujer en París. Oh, París.

Morata sigue con su despampanante novia. La anterior también lo era.

Márketing. Todo márketing.

No hay maricas en el fútbol. Eso no se lo cree nadie.

Me dice Didac que si Cristiano resultara marica, lo tendría que defender.

No entiendo por qué. Hay maricas bellas personas y otros que son insufribles, cabrones, chulos. Lo uno no quita lo otro.

Sucesos. UN director de banca muere de un tiro.

Podría haber sido yo. Me ha afectado mucho la noticia.

Hay días en que no me gusta estar en este mundo.

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Néstor G

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 8.

Y se fue. Ramiro. Y se fue por la mañana pronto. Pronto, pronto, que ni habían aparecido las primeras luces en el cielo, ni se las esperaba en varias horas.

Y Juanma el chofeur subió al avión. Resignado, que le había dado penita dejar a su mujer y sobre todo a su pequeño, Bruno, de 15, que estaba un poco perjudicado después de un accidente en el campo de fútbol. “Tengo que enterarme bien de lo sucedido” Juanma no se acababa de tragar las explicaciones que le habían dado sobre el tema. “A la vuelta le pido a Manu el teléfono de Javi el policía y que investigue”.

Y Óscar el secretario también subió al avión.

Y Locatis, el novio del secretario.

Y Manu y Fito, el resto de Los tres mosqueteros. Así se conocía en el ambiente al equipo de asesores y asistentes más cercanos a Ramiro el millonetis.

Y otros 35 personas de séquito. Todos de absoluta confianza de Los tres mosqueteros.

Jorge no. Jorge se quedó tirado en la cama con la almohada entra las piernas, un pañuelo en la mano, y lágrimas en los ojos.

– Te echo de menos – lloró y relloró y requetelloró a la media hora de irse Ramiro el millonetis.

– No puedo vivir sin ti – lloró y relloró y requetelloró una hora después.

– Ayyyyyyyyyy – gritó un tiempo indeterminado después, pero fue poco, desde luego.

Y las lágrimas en sus ojos, y la almohada entre sus piernas.

– ¿Por que te has puesto la almohada ahí? – preguntó su hermano entrando en la habitación como un torbellino dispuesto a que su hermano dejara de llorar y le dejara dormir.

– Déjame en paz – clamaba Jorge.

– No te dejo en paz, no me dejas dormir.

– Pero si roncas cuando follamos y hacemos más ruido.

– Pero es que a eso ya me he acostumbrado. Y así sueño que yo follo y me corro por la noche. Me da gusto levantarme empapado en leche por la mañana.

– Guarro. ¿Esas cosas te he enseñado?

– ¿De verdad quieres que te conteste a eso?

– Guarro.

– ¿Yo? No. ¡Vosotros! Yo un pobre chico de 19 años, inocente. Casto y puro. Inocente.

– Si follaste a los catorce por primera vez. De inocente nada. Y de casto, vamos, lo que yo de monja.

– Inocente.

– Una mierda.

– Lo que tu digas.

– Buaaaaaaaaaaaaaa.

– Y dale. Pero si no se ha ido más que hace una hora y un poco. No me jodas.

– Es que le echo de menos. ¡¡Tres días!! ¡¡¡TRES DÍAS EN SILENCIO, SIN SUS AULLIDOS DE PLACER!!! Sin su piel para acariciar, sin su miembro para…

– ¡¡Calla!! Recuerda que soy inocente. Y sobre todo recuerda que eres mi hermano y hay cosas de tu vida de las que no debo enterarme.

– ¡¡ES QUE LO ECHO DE MENOS!!

¡¡¡¡¡¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!

– Pero si estuvo hace unas semanas en USA. Y tardó 5 días en volver. ¡¡Seis Días!!

– Es que es a más. Esos cinco días los aguanté. Pero estos tres más… buaaaaaaaaaa.

Cogió aire, mucho aire.

¡¡¡Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!

– Hala. Hoy no pegamos ojo, lo veo. Cambianos el “aagggggggg” por el “buaaaaaaaaaaa”.

– No tienes nada que hacer mañana. Te da igual dormir ahora o más tarde.

– Oye, que voy a ensayar. Que bailo a tiempo completo. ¡No te acuerdas? Claro que solo importa lo tuyo, lo de los demás no es sustancial.

– Me da igual.

– Ya lo sé, ya. Eres tú y tu maridito. Solo eso. A los demás que nos den. Los demás te importan un pimiento pasado.

– Eres injusto. Te he traído conmigo.

– Más bien Ramiro, que a ti te la traía floja. Todavía me acuerdo cuando le decías: “A mi padre le gustaría que en el paquete de salida viniera mi hermano Carlitos” y añadías poco después.

Pero nada, es una idea de mi viejo”. Y tú ahí, follando con Ramiro. A tu pobre hermano, al cual nadie le quería en esa casa, nadie le comprendía, y todo por hacer piña contigo, que si me hubiera adscrito a la cohorte de tus hermanos mayores, otro gallo me hubiera cantado. Kikiriki, kikiriki.

– Eso no es cierto. Viniste mucho antes de que follara con Ramiro. Y yo te he querido siempre, y te quiero, y sabes que si te pasara algo me moriría. Y perdona, pero no podrías haberte adscrito al bando de tus hermanos mayores, porque ellos no saben ni que existes. Pasan de ti como de la mierda. Y yo, desde pequeño, te acogí en mi seno, te cuidé, te acuné por las noches, jugaba contigo a todas horas.

– Pero porque me invitó Ramiro. Tú solo dijiste: “Es una idea de mi viejo, que si no te mola, pues na, que se joda”. – Carlitos no estaba por la labor de dar su brazo a torcer. Necesitaba un poco de cuerda, pero hoy Jorge no estaba de humor para darle cuenta.

– ¡¡Porque lo se lo pedí, no te jode!! Digo que se lo pedí, me lías y ya no sé ni lo que digo. Si no ¡¡De qué!! y la prueba es que nadie de tu familia vino a la boda.

– Estaban celebrando el habernos perdido de vista. ¿No te enteraste que se fueron de cena papá y los tus hermanos?

– No lo sabía ¡¡Qué capullos!!

– Creo que el subdirector del banco hizo más por mi venida a esta casa que tú.

– ¿Ese imbécil? Lo que me faltaba por oír. No te pases ni un pelo.

– Yo creo que Ramiro no puso pegas por si se daba que nos lo montábamos tú y yo ladrando como perros.

– Pero… pero qué cosas dices. ¡¡Carlos!!

Jorge se levantó de un salto de la cama y se encaró con su hermano “Carlos, mírame a los ojos”, que estaba sentado en una esquina de ella. “Carlos, no te escabullas, que te vas a enterar, no te jode”. “Carlos que me has cabreado”.

– Siempre te he querido y mucho, y lo sabes. Y si no hubieras podido venir a esta casa, no me hubiera casado. Y lo sabes. Por mucho que quisiera a Ramiro, tú venías conmigo.

– Va, va, ya será menos.

– Oye, que me estoy cabreando. Con este tema no me gusta que me piques.

– Te cabrean las verdades – Carlitos le guiñó un ojo a la nada, aunque estaba mirando a la pantalla del ordenador.

– ¿A quién le guiñas el ojo? Me estás sacando de quicio.

– Al narrador.

– ¿Qué? ¿Qué narrador?

– Cosas mías. Como ya has dejado de llorar, nos vamos a duchar y a ir de desayuno especial.

– ¿Qué?

– Sí, que como ya has dejado de mirarte el ombligo “que se me ha ido mi marido, que me ha dejado solo, bua, bua, bua, que la almohada entre mis piernas que si tal y que si cual. Pues ya está. Un cabreo es la mejor solución.

– ¿Y quién te dice que voy a querer salir contigo por ahí? Después de todo lo que has dicho.

– En lo que he dicho, algo de razón hay. Y tú lo sabes, porque se te está pasando el cabreo demasiado deprisa. Así que ponte las pilas y a la ducha. ¿O quieres que te frote la espalda?

– Una mierda.

– Ya, es que estoy tan bueno, que a lo mejor luego no puedes ponerte duro con nadie más.

– Pero qué te crees… que bobo eres. Presumido. Chulo de mierda. No me extraña que luego no folles con nadie.

– ¿Y como lo sabes?

– Me lo dijo el narrador.

– ¡Ah! ¿Y qué más te dijo?

– Nada.

– Me mientes.

– Como tú. Que “he hablado con el narrador”, como si eso se pudiera hacer.

Carlos fue al encuentro de su hermano para echarle la bronca con la cara pegada a la suya, pero una bronca, bronca, por dudar de su palabra. Dudar de que hubiera hablado con el narrador, que lo hiciera casi todos los días. Es más, que el narrador saltaba los límites de la pantalla cada noche para acostarse con él. Y entonces se dio cuenta de que no podía hacer eso: si insistía en lo del narrador, le tomaría por loco, y le volvería a llevar al psiquiatra. Y no quería pasar por eso de nuevo. Como el impulso ya lo había tomado, no le quedó más remedio que besar a su hermano en la frente y decirle, con un tono de coña, no se fuera a pensar.

– Te quiero hermanito.

– ¡Ah!

– Que expresivo. Podías haber dicho “yo también te quiero”. Pero no. “¡Ah!”

– Ya lo sabes – contestó un poco azorado Jorge.

– Si, lo sé, porque si espero que me lo digas alguna vez…

– Si te lo digo…

Carlos se quedó serio mirando a su hermano. Éste no pudo resistir la mirada, porque nuevamente sabia que él tenía razón.

– Vete anda, que me voy a desnudar para ducharme.

– ¿Te da corte? ¿Que te vea en pelotas? Estás fatal. Te digo:

Primero: ya estás desnudo y te veo la pilila. No te tapes ahora, bobo.

Segundo: te he visto desnudo un ciento de veces.

Tercero: nos hemos bañado juntos desnudos otro ciento de veces.

Cuarto: aunque te parezca mentira, no me pones lo más mínimo, aunque hiciera abstracción de que eres mi hermano.

Quinto: sí, me voy a mi cuarto de baño. Pero no me voy porque estés desnudo y me de corte verte, o peor, te lo dé a ti mostrarte. Me voy porque me estoy cagando, y eso sí que sí, lo hago solo en la intimidad.”

Y sin volver la cabeza atrás, se largó, apretando un poco el culo, todo sea dicho, que se le escapaba.