La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 7.

– Deja el restaurante. Trabaja para mí.

– No.

– Te necesito.

– No es verdad

– Tengo un puesto para ti.

– No es cierto.

– Sí.

– No tienes puesto de camareros.

– Compro un restaurante.

– No quiero que hagas cosas de ricos. Quiero labrarme mi futuro.

– Te puedes dejar ayudar.

– No. Quiero hacerlo por mí mismo.

– Pues no vuelvo al restaurante ese.

– Es lo mejor.

– No, quiero volver.

– No vuelvas.

– Peeeeeeero…

– Corrompes mi trabajo. Ya solo me quieren por el espectáculo.

– ¿Y si compro el restaurante?

Jorge se paró en medio de la calle.

– ¿Has intentado comprarlo? Que te conozco.

Ramiro bajó la mirada.

– Lo has intentado. Y el idiota de mi jefe te ha dicho que con lo que gana ahora, ni de coña.

Ramiro movió la cabeza de lado a lado, remoloneando, diciendo que sí, pero sin que se notara mucho.

– Como has podido hacerlo sin decirme nada. No me gusta eso.

– Pero es que te noto que no eres feliz.

– Pues sí, lo soy, solo que… pues eso, que ya no estoy en el restaurante por mi hacer como camarero sino por mi hacer contigo en el baño. Si sabía que iba a ocurrir…

– ¿Sabías que nos íbamos a convertir en un espectáculo circense?

– No, sabía que no era buena idea de que fueras. Ese primer día te tenía que haber puesto en tu sitio y no dejar que me liaras.

– Lo pasaste bien.

– No se trata de eso, joder.

– Ya.

– ¿Y que hacemos?

– Pues voy a dejar el trabajo y buscaré otro.

– Y te pasará lo mismo.

– No, porque no vas a aparecer.

– Si eres famoso, que me dijo el otro día mi tía Kaleshi, esa que tiene 98 años pero que está como un sol de verano, que menuda pareja hacíamos. Que le habían dicho que íbamos a salir en el libro Guiness.

– Yo quiero ser camarero, joder. No actor porno. Para eso ya tenemos a Adri. Además, no creo que para tus negocios sea buena cosa.

– Huy, que va. Salvo tu amigo Enrique… por cierto, el otro día te cruzaste con él y no le diste a oler tus sobacos.

– Ramiro, por favor. Paso de Enrique, que es tu amigo, no el mío.

– Se la tengo jurada.

– Pues perdónale, así no tengo que hacer la pantomima esa de quitarme las deportivas cada vez que le veo y estás tú delante.

– O sea que si no estás…

– Pues no, si no estás no le doy a oler mis pies ni mis sobacos. Ni le digo hola.

– Pues muy mal.

– Voy a dejarme de duchar una semana y que huela. Así lo zanjamos.

– Es buena idea. Me pone caliente el olor a…

– ¿El olor a qué? No me estarás poniendo los cuernos, que yo no huelo nunca a sudor…

– Algunos días…

– ¡¡QuÉ!!!!

Jorge levantó el sobaco y respiró con ansias.

– No huelen.

– Hoy no, pero el otro día…

– ¿Qué otro día?

– No me acuerdo exactamente.

– Te lo estás inventando.

– Lo juro por Snoopy.

– ¿Snoopy? Pero ¿Quién jura por Snoopy hoy en día?

– Yo.

– Podías jurar por Pocoyó.

– ¿Y quién es ese?

– Déjalo, me agotas.

– ¿Y dónde me llevas?

– A pasear. No andamos nada.

– Estoy cansado, voy a subir a la limusina.

Jorge se dio la vuelta.

– Juanma, vete a casa, que volvemos andando.

– Ni se te ocurra.

– Claro que sí. ¿A que le notas fuera de forma?

– Mejor me callo, por si me toca alguna piñata – contestó prudente Juanma.

En ese momento, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis empezaron una lucha silenciosa pero sin cuartel a base de quién duraba más mirando al otro con cara resolutiva.

– ¿Entonces me voy? – inquirió al cabo de 20 minutos Juanma el chofeur.

– No.

– Sí.

– NO.

– S´SSSSSSSSSí.

– Que te despido.

– No lo va a hacer. Volvemos andando cogidos de la mano.

– Coño, eso me gusta.

– ¿Lo ves? Adiós Juanma. ¿Era así cuando lo conociste? Me tienes que contar como os enrollasteis.

– Ni se te ocurra – amenazó Ramiro a Juanma muy seriamente apuntándole con el dedo.

– Cuando se vaya de viaje, te cuento.

– No, porque me vas a acompañar.

– No está dentro de mis funciones.

– A partir de mañana sí. O sea que haz el equipaje que nos vamos mañana.

– ¿Mañana? – Jorge se paró y retuvo a Ramiro girándolo para enfrentar su mirada.

– ¿No te lo había dicho?

– Claro que no.

– Yo creo que sí, pero se te habrá olvidado. Con tantas comandas que debes recordar todos los días…

– No me toques las pelotas, Ramiro.

– Huy, pues ahora que me lo dices, me apetece.

– ¡¡NO!! Hoy no hay tema.

– No podemos dejar a la ciudad sin nuestro polvo habitual de las 23,30. Así que no te hagas el estrecho.

– Hoy no hay polvo de las 23,30 h. no me has dicho que mañana te vas. ¿Y cuanto vas a estar fuera?

– Tres días.

– ¡¡Tres días!! alucinante. ¿Y qué hago yo?

– Te vienes conmigo.

– Tengo mi trabajo.

– Te coges tres días.

– Eso hay que avisar.

– Dices que te has puesto malo.

– Y a las 12,05 h. con las noticias en la radio, sabe toda la ciudad que Ramiro el millonetis y su maridito, Jorge el soplapollas, están de viaje de negocios a París.

– Nos vamos a Moscú.

– ¿Moscú? Pero eso está lejos, y hace frío, y allí no les gusta los maricas como nosotros.

– Los maricas ricos les gustan un poco más.

– No me jodas.

– Ven.

– ¡¡No!!

– Nos lo pasaremos bien.

– Pero allí tendremos que follar en silencio, no mola.

– Eso sí, que no creo que si damos el espectáculo en plena Plaza Roja, el amigo presidente de todas las Rusias esté muy complacido y se haga el sordo.

– Cojonudo. Encima debo estar pendiente estos tres días que no te detengan por marica.

– No me van a detener.

– Eso dicen todos el día antes de que los detengan.

– No seas aguafiestas.

– O a lo mejor, un grupo de esos que patrocina el gobierno, te da una paliza y no te puedes defender.

– Va Juanma conmigo. Y llevo escolta. Los tres mosqueteros y el resto del equipo.

– ¿Los tres mosqueteros? Menuda escolta, si no tienen media hostia.

– Que te crees tú eso. No sabes de ellos nada. Te sorprenderías.

– Bobadas.

– Y loca.

– ¿Locatis? Ese si que es una gran escolta – se burló Jorge el camarero.

– Es que me da pena separarlos. Quiero que Óscar esté contento.

– O sea que ellos van y yo no.

– Oye, oye, que no vas porque no quieres.

– ¿Quién ha dicho que no quiero?

– Pues nada, vienes.

– No voy.

– Mira, me sacas de quicio.

– No puedo ir. Trabajo.

– Pero si me has dicho…

– Que quiero ir, no que pueda.

– Deja el trabajo, trabaja para mí.

– Joder, que no.

– Esto, perdonad, queridos jefes. – Óscar había aparecido de repente – esta discusión no lleva a ninguna parte y todos esperamos el polvo de las 23,30 h.

– No hay polvo.

– Claro que lo va a haber – dijo Óscar el secretario. – porque nosotros, Loca y yo aprovechamos para hacer nuestro propio polvo. Es que nos servís de inspiración y de tapadera. Con vuestro concierto, lo nuestro son susurros imperceptibles. Y la radio del obispado va a retransmitir hoy el polvo para animar a las gentes a que hagan más el amor y tengan hijos.

– Follar no quiere decir…

– Oye, oye, Ramiro el millonetis, que ya me sé la teoría. No me sermonees. No pagues la discusión perdida con Jorge conmigo.

– ¡¡No he perdido!!

– Sí lo has hecho – apoyó Juanma a Óscar.

– ¿Y tú no te habías ido?

– Con lo interesante que estaba. Y como no sé si al final mañana me voy a Moscú o no, pues estaba a la expectativa.

– Te vienes.

– No se va.

– ¿Qué más te da, si vas a trabajar en bicicleta?

– No voy a ir a trabajar a un restaurante de camarero, en una limusina.

– Deberías no ir a trabajar y venirte conmigo.

– Tengo una responsabilidad, Ramiro. Como tú tienes la tuya. Tu diriges muchas empresas y yo sirvo comidas en un restaurante. Tú a tu nivel, yo al mío. Te casaste conmigo y sabías lo que era y en lo que iba a trabajar. Así que ahora no te hagas el sueco.

– Y si me permitís, es lo que da vida a vuestra relación.

– ¡Cállate! – dijeron al unísono.

– ¡¡Bien!! – se dijo triunfante Óscar. Ya sabía que después de ponerse de acuerdo para mandarle a tomar el aire del norte, lo siguiente sería que se agarraran de la mano y corrieran hacia la casa para ponerse al tema. – Solo llevamos 10 minutos de retraso. Eso lo recuperan en un pis pas – le dijo a Manu, el segundo mosquetero, que esperaba ansioso con los técnicos de radio obispado.

– ¡Diez minutos y empezamos! – gritó a su vez al personal. – Todos a sus puestos.

Y todos se pusieron en sus puesto. Micrófonos a punto, los auriculares en las orejas, el personal de servicio del casoplón en las esquinas dispuestos a solventar cualquier petición tanto de los actuantes amatorios, como del personal de la radio del Obispo que estaban dispuestos y preparados para tomar el sonido con todo detalle del polvo de las 23,30 h. de Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, famosos ya en el mundo entero e inspiración de numerosas parejas que habían perdido el ritmo de su actividad sexual.

– ¡Vamos! – Dijo Jorge tirando de Ramiro.

– ¡Vamos! – Dijo Ramiro tirando de Jorge.

Lo único que uno tiraba por la calle arriba y el otro tiraba hacia la limusina.

Juanma lo solucionó en un pispas, haciendo un movimiento envolvente con el coche, ayudado de Óscar que sin comerlo ni beberlo los empujó al coche y cerró la puerta. Dio dos golpes en el capó y Juanma el chofeur arrancó sin contemplaciones.

– ¡Ya van! En la limusina. Ha costado, sí. Pero hazme caso, va a ser memorable. Dile a mi Loca que voy, que se prepare. Que se ponga ese liguero que le gusta tanto y me pone tanto. Lo vamos a flipar nosotros también.

Chis pum.

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