Diario de un hombre sin nada que contar. 22ª entrada.

Iba a comprar el pan. Me he propuesto ordenar mi vida. Comida en casa, sana, con fundamento.

Hoy, lentejas. Después, un trozo de merluza. Sano.

A ver lo que dura.

Estaba en lo del pan. He visto a un hombre de refilón mientra iba al pan. Me ha llamado la atención. Era muy descarado girarme y mirarlo de frente. Me ha dado la impresión de que iba mal encarado.

En la panadería he mirado.

Efectivamente, iba mal encarado. Eran las cuatro de la tarde. Si llegan a ser las cuatro de la mañana, me echo a correr. Puedo ponerlo como ejemplo de que no me gustan todos los hombres. Si fuera él el único sobre la faz de la Tierra, me hago monje. Qué horrible ejemplar. Qué gesto de asco llevaba. Daba miedo. Daba grima.

El otro día vinieron a verme Yago y su novio Bernabé. No conocía a Bernabé. Yago es un buen amigo. Se iban a quedar en casa unos días.

La primera noche cenamos fuera, con Didac. Vino solo, no trajo a su VIP. Así mejor, sino hubiera parecido que estaba de vela de las dos parejas. Luego fuimos a casa a tomar la última. Didac se quedó. Dormimos abrazados.

Todo bien. Agradable Bernabé. Me gustó conocerlo.

Pero se pelearon el segundo día. La primera noche follaron. Con sordina. Aunque se oía algo. Didac se reía.

Por la mañana, se pelearon. También con sordina. Pero no se escapó al oído fino de Didac.

Fue incómodo. Lo de la pelea. Tensión en el desayuno.

El amor es así: un día blanco, otro día negro.

Les llevé de turismo. Andábamos por la calle, les explicaba esto y aquello de las casas y las iglesias por las que pasábamos. Ni palabra decían. Ni se miraban. Yo seguía con el paseo, sin decir nada al respecto. Hablando de flores, de árboles y de hombres que se cruzaban. Ninguna reacción. No me gustan esas situaciones. Entramos en el Museo provincial. Allí jugamos al gato y al ratón, cada uno a su ritmo. Me cansé de disimular que no me daba cuenta de su mosqueo. Me aparté de ellos.

En algún rincón, firmaron la paz. Albricias.

Salimos como si nada. Ahora sí comentaban. Alegría. Carantoñas. Tomamos un refrigerio en una terraza, y se pusieron a bailar pegados. Bonito. Me seguí haciendo el tonto y no dije nada al respecto del cambio.

Yo no bailé pegado. Eché de menos a Didac.

Me pedí otra cerveza.

Se han ido antes de tiempo. De repente: nos vamos, dijeron. Un plan repentino, dijeron. Sonreí de nuevo y otra de tonto Néstor. Que pena, les dije. Yo sé que querían fumar la pipa de la paz sin tener vecinos y sin guardar silencio. Estorbaba. Menos mal, porque si no, me hubiera tenido que ir de mi casa para dejarles tranquilos.

Adiós amigo Yago, adiós Bernabé, novio de Yago.

López, te has librado de acogerme.

No, López no, que se ha ido ya su mujer. Está ido.

Luis. Así hubiera tenido tema. O Eduardo. No he contado lo de Eduardo.

Luego me he quedado vacío. Solo. Cansado. Tardaré en recuperarme. No sé por qué, la visita de Yago y su novio me han dejado hundido.

Si se lo digo a Didac, seguro me dice que necesito un novio.

Si se lo digo a Luis, un polvo.

Lo de Eduardo, para el próximo día.

.

Néstor G

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