La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 8.

Y se fue. Ramiro. Y se fue por la mañana pronto. Pronto, pronto, que ni habían aparecido las primeras luces en el cielo, ni se las esperaba en varias horas.

Y Juanma el chofeur subió al avión. Resignado, que le había dado penita dejar a su mujer y sobre todo a su pequeño, Bruno, de 15, que estaba un poco perjudicado después de un accidente en el campo de fútbol. “Tengo que enterarme bien de lo sucedido” Juanma no se acababa de tragar las explicaciones que le habían dado sobre el tema. “A la vuelta le pido a Manu el teléfono de Javi el policía y que investigue”.

Y Óscar el secretario también subió al avión.

Y Locatis, el novio del secretario.

Y Manu y Fito, el resto de Los tres mosqueteros. Así se conocía en el ambiente al equipo de asesores y asistentes más cercanos a Ramiro el millonetis.

Y otros 35 personas de séquito. Todos de absoluta confianza de Los tres mosqueteros.

Jorge no. Jorge se quedó tirado en la cama con la almohada entra las piernas, un pañuelo en la mano, y lágrimas en los ojos.

– Te echo de menos – lloró y relloró y requetelloró a la media hora de irse Ramiro el millonetis.

– No puedo vivir sin ti – lloró y relloró y requetelloró una hora después.

– Ayyyyyyyyyy – gritó un tiempo indeterminado después, pero fue poco, desde luego.

Y las lágrimas en sus ojos, y la almohada entre sus piernas.

– ¿Por que te has puesto la almohada ahí? – preguntó su hermano entrando en la habitación como un torbellino dispuesto a que su hermano dejara de llorar y le dejara dormir.

– Déjame en paz – clamaba Jorge.

– No te dejo en paz, no me dejas dormir.

– Pero si roncas cuando follamos y hacemos más ruido.

– Pero es que a eso ya me he acostumbrado. Y así sueño que yo follo y me corro por la noche. Me da gusto levantarme empapado en leche por la mañana.

– Guarro. ¿Esas cosas te he enseñado?

– ¿De verdad quieres que te conteste a eso?

– Guarro.

– ¿Yo? No. ¡Vosotros! Yo un pobre chico de 19 años, inocente. Casto y puro. Inocente.

– Si follaste a los catorce por primera vez. De inocente nada. Y de casto, vamos, lo que yo de monja.

– Inocente.

– Una mierda.

– Lo que tu digas.

– Buaaaaaaaaaaaaaa.

– Y dale. Pero si no se ha ido más que hace una hora y un poco. No me jodas.

– Es que le echo de menos. ¡¡Tres días!! ¡¡¡TRES DÍAS EN SILENCIO, SIN SUS AULLIDOS DE PLACER!!! Sin su piel para acariciar, sin su miembro para…

– ¡¡Calla!! Recuerda que soy inocente. Y sobre todo recuerda que eres mi hermano y hay cosas de tu vida de las que no debo enterarme.

– ¡¡ES QUE LO ECHO DE MENOS!!

¡¡¡¡¡¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!

– Pero si estuvo hace unas semanas en USA. Y tardó 5 días en volver. ¡¡Seis Días!!

– Es que es a más. Esos cinco días los aguanté. Pero estos tres más… buaaaaaaaaaa.

Cogió aire, mucho aire.

¡¡¡Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!

– Hala. Hoy no pegamos ojo, lo veo. Cambianos el “aagggggggg” por el “buaaaaaaaaaaa”.

– No tienes nada que hacer mañana. Te da igual dormir ahora o más tarde.

– Oye, que voy a ensayar. Que bailo a tiempo completo. ¡No te acuerdas? Claro que solo importa lo tuyo, lo de los demás no es sustancial.

– Me da igual.

– Ya lo sé, ya. Eres tú y tu maridito. Solo eso. A los demás que nos den. Los demás te importan un pimiento pasado.

– Eres injusto. Te he traído conmigo.

– Más bien Ramiro, que a ti te la traía floja. Todavía me acuerdo cuando le decías: “A mi padre le gustaría que en el paquete de salida viniera mi hermano Carlitos” y añadías poco después.

Pero nada, es una idea de mi viejo”. Y tú ahí, follando con Ramiro. A tu pobre hermano, al cual nadie le quería en esa casa, nadie le comprendía, y todo por hacer piña contigo, que si me hubiera adscrito a la cohorte de tus hermanos mayores, otro gallo me hubiera cantado. Kikiriki, kikiriki.

– Eso no es cierto. Viniste mucho antes de que follara con Ramiro. Y yo te he querido siempre, y te quiero, y sabes que si te pasara algo me moriría. Y perdona, pero no podrías haberte adscrito al bando de tus hermanos mayores, porque ellos no saben ni que existes. Pasan de ti como de la mierda. Y yo, desde pequeño, te acogí en mi seno, te cuidé, te acuné por las noches, jugaba contigo a todas horas.

– Pero porque me invitó Ramiro. Tú solo dijiste: “Es una idea de mi viejo, que si no te mola, pues na, que se joda”. – Carlitos no estaba por la labor de dar su brazo a torcer. Necesitaba un poco de cuerda, pero hoy Jorge no estaba de humor para darle cuenta.

– ¡¡Porque lo se lo pedí, no te jode!! Digo que se lo pedí, me lías y ya no sé ni lo que digo. Si no ¡¡De qué!! y la prueba es que nadie de tu familia vino a la boda.

– Estaban celebrando el habernos perdido de vista. ¿No te enteraste que se fueron de cena papá y los tus hermanos?

– No lo sabía ¡¡Qué capullos!!

– Creo que el subdirector del banco hizo más por mi venida a esta casa que tú.

– ¿Ese imbécil? Lo que me faltaba por oír. No te pases ni un pelo.

– Yo creo que Ramiro no puso pegas por si se daba que nos lo montábamos tú y yo ladrando como perros.

– Pero… pero qué cosas dices. ¡¡Carlos!!

Jorge se levantó de un salto de la cama y se encaró con su hermano “Carlos, mírame a los ojos”, que estaba sentado en una esquina de ella. “Carlos, no te escabullas, que te vas a enterar, no te jode”. “Carlos que me has cabreado”.

– Siempre te he querido y mucho, y lo sabes. Y si no hubieras podido venir a esta casa, no me hubiera casado. Y lo sabes. Por mucho que quisiera a Ramiro, tú venías conmigo.

– Va, va, ya será menos.

– Oye, que me estoy cabreando. Con este tema no me gusta que me piques.

– Te cabrean las verdades – Carlitos le guiñó un ojo a la nada, aunque estaba mirando a la pantalla del ordenador.

– ¿A quién le guiñas el ojo? Me estás sacando de quicio.

– Al narrador.

– ¿Qué? ¿Qué narrador?

– Cosas mías. Como ya has dejado de llorar, nos vamos a duchar y a ir de desayuno especial.

– ¿Qué?

– Sí, que como ya has dejado de mirarte el ombligo “que se me ha ido mi marido, que me ha dejado solo, bua, bua, bua, que la almohada entre mis piernas que si tal y que si cual. Pues ya está. Un cabreo es la mejor solución.

– ¿Y quién te dice que voy a querer salir contigo por ahí? Después de todo lo que has dicho.

– En lo que he dicho, algo de razón hay. Y tú lo sabes, porque se te está pasando el cabreo demasiado deprisa. Así que ponte las pilas y a la ducha. ¿O quieres que te frote la espalda?

– Una mierda.

– Ya, es que estoy tan bueno, que a lo mejor luego no puedes ponerte duro con nadie más.

– Pero qué te crees… que bobo eres. Presumido. Chulo de mierda. No me extraña que luego no folles con nadie.

– ¿Y como lo sabes?

– Me lo dijo el narrador.

– ¡Ah! ¿Y qué más te dijo?

– Nada.

– Me mientes.

– Como tú. Que “he hablado con el narrador”, como si eso se pudiera hacer.

Carlos fue al encuentro de su hermano para echarle la bronca con la cara pegada a la suya, pero una bronca, bronca, por dudar de su palabra. Dudar de que hubiera hablado con el narrador, que lo hiciera casi todos los días. Es más, que el narrador saltaba los límites de la pantalla cada noche para acostarse con él. Y entonces se dio cuenta de que no podía hacer eso: si insistía en lo del narrador, le tomaría por loco, y le volvería a llevar al psiquiatra. Y no quería pasar por eso de nuevo. Como el impulso ya lo había tomado, no le quedó más remedio que besar a su hermano en la frente y decirle, con un tono de coña, no se fuera a pensar.

– Te quiero hermanito.

– ¡Ah!

– Que expresivo. Podías haber dicho “yo también te quiero”. Pero no. “¡Ah!”

– Ya lo sabes – contestó un poco azorado Jorge.

– Si, lo sé, porque si espero que me lo digas alguna vez…

– Si te lo digo…

Carlos se quedó serio mirando a su hermano. Éste no pudo resistir la mirada, porque nuevamente sabia que él tenía razón.

– Vete anda, que me voy a desnudar para ducharme.

– ¿Te da corte? ¿Que te vea en pelotas? Estás fatal. Te digo:

Primero: ya estás desnudo y te veo la pilila. No te tapes ahora, bobo.

Segundo: te he visto desnudo un ciento de veces.

Tercero: nos hemos bañado juntos desnudos otro ciento de veces.

Cuarto: aunque te parezca mentira, no me pones lo más mínimo, aunque hiciera abstracción de que eres mi hermano.

Quinto: sí, me voy a mi cuarto de baño. Pero no me voy porque estés desnudo y me de corte verte, o peor, te lo dé a ti mostrarte. Me voy porque me estoy cagando, y eso sí que sí, lo hago solo en la intimidad.”

Y sin volver la cabeza atrás, se largó, apretando un poco el culo, todo sea dicho, que se le escapaba.

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