Navidad 2016: Calendario 2017, por Dídac.

Es un clásico ya de estas fechas. Infinidad de calendarios nos intentan llamar la atención. Fotógrafos famososo, buenas causas, chicos atractivos.

Dídac me ha enviado esta propuesta. Es un calendario de agricultores franceses. Para que luego digan que en el campo no hay hombres atractivos.

Llevo tiempo pensando en mudarme al campo y estas propuestas no hacen más que animarme a hacerlo.

Mirad, mirad.

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Es un trabajo del fotógrafo Fred Goudon.

Y esta propuesta que me ha enviado Dídac, es la mejor excusa para desearos un Feliz año 2.017. Esperemos sea un año lleno de ilusiones, de buen rollo, de amor, de dinero, por qué no. De proyectos, de historias.

 

Navidad 2016: “Campana sobre campana”, por Dídac.

Hoy y mañana, Dídac es el protagonista.

Hoy, con este villancico típico. Quién no lo conoce. Es una versión un poco distinta de la habitual. Toca la Orquesta de RTVE.

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Agradecer como siempre a Dídac su ayuda.

Mañana volverá. ¿con qué? Sorpresa.

Diario de un hombre sin nada que contar. 31ª entrada.

Quien me iba a decir. Otra historia de Navidad. Tatojimmy estará contento.

No me gusta la Navidad.

Aquella que conté, fue la última. Después, solo en la Residencia, primero. Solo en casa, después. Con la familia, con mi mujer y mis hijos, porque era lo que debía hacer, más tarde.

Ni alegría. Ni tradiciones familiares. Navidades anodinas, eso es lo que creamos.

Mi ex mujer lo intuía. No forzó. Compensó a los chicos de otra forma. Ella sabe hacerlo.

Este año, igual que los demás. Solo en casa. Una cerveza. Un libro. Música. Nada que me pueda recordar que es Navidad. Solo algún recuerdo de aquella vez, con López, en el granero de Hernando. Aquel sexo desesperado, apasionado. Sin esperanza.

Un año más.

Eduardo me propuso pasarla juntos. Dije no. Se quedó triste. Pero no.

Eran las siete. Me senté en mi sillón. Antes, bajé las persianas, cerré la puerta con llave.

Me llamó el tío Juan. Hablamos. La única concesión a la familia. Cuando colgamos, dejé el móvil sin sonido.

Empecé con el libro. “Un perro”, de Alejandro Palomas.

Al poco, llamaron a la puerta. Pensé en no abrir. Insistían. Iban a quemar el timbre.

Me levanté un poco enfadado. Busqué las llaves mientras gritaba que ya iba, por si dejaban de llamar. Pero insistían, sordos a mis requerimientos. Me enfadé más.

Abrí.

Era Eduardo.

No podía ser otro. Me lo debía haber imaginado. Iba a decirle cuatro frescas. No pude. Me entró la risa. Se había pintado un bigote, iba con gafas de pega, un gorro de Papá Navidad, un gesto de niño bueno.

Él se me quedó mirando, la boca un poco abierta. Ojos sorprendidos que mudaban poco a poco hacia la burla. Entonces me di cuenta que había ido a abrir la puerta en calzoncillos. Encima, estaban gastados, rotos. Debería haberlos tirado hacía semanas, pero me daba pereza.

Son de estar en casa, dije como disculpa. Que vergüenza.

Se rió.

Me reí. No puedo con él.

No le dije que pasara, pero pasó. Cerró la puerta y me agarró de la mano para girarme y enfrentar nuestras caras. Me besó. Jodido Eduardo.

Me revelé.

No me gusta la Navidad. Mañana. Vete.

Y le conté lo de aquella Navidad. Le conté resumido mi vida. Mis frustraciones. Mi desgana. Como ya lo había escrito para tatojimmy, no me costó tanto. Era la primera vez que se lo contaba a alguien. Salvo Teresa.

Me escuchó. En silencio. Eduardo me escuchó. Me escuchó.

Me escuchó.

Me besó. De nuevo. Un beso de cariño. Dos. Tres. Cuatro. Ciento.

Vamos, me dijo.

Abrió la puerta y cogió unas bolsas que había dejado en el descansillo.

La cena, dijo.

Para un regimiento, pensé.

Empezó a parlotear. Habla y habla. Del tiempo, de Cristina, una compañera de trabajo, de Ramón, otro compañero. De la tele, de las tiendas, del súper, de las compras por Navidad, del tiempo, de aquella vez que nevó tanto, de lo que hacía que no nevaba. Yo callado. Mirando.

De su madre, aunque poco, porque se puso triste. Su padre sigue perdido.

¿Dónde hay una cazuela?, preguntó.

Al final me puse con él a lo de la cena. Con el horno en marcha, nos fuimos al salón.

¿No te piensas vestir?, preguntó.

¿Debo?

¿Me desnudo entonces? Para estar iguales.

No. Si se desnuda, tenía la batalla completamente perdida.

Vale.

Una copa de champán. La música seguía sonando. El libro en la mesita. Apagué la lámpara de leer. Empezamos a hablar.

Te están llamando.

Le iba a decir que no quería hablar con nadie. No me atreví.

Lo cogí. “Tere” en la pantalla, y una foto de mi ex mujer.

Me asusté. Ella sabe que no me gusta la Navidad. Llama siempre otro día. Pensé en que algo había pasado. Algo grave.

¡Si!, ¿Qué ha pasado?, contesté apremiado.

Por fin, exclamó ella aliviada.

Tenemos una emergencia, me soltó a las bravas. Los chicos de López. Te han estado buscando. Llámales rápido. Están desesperados. Es mejor que te cuenten ellos.

¡Papá se ha largado, el hijo de puta!

Era Pol. Estaba alterado. Muy alterado. No dijo ni hola. Vio mi nombre en la pantalla y saltó.

Voy, contesté. Cinco minutos, le dije para acallar sus protestas.

López es imbécil, pensé.

López es listo, dijo Eduardo, que lo había escuchado.

¿Listo?

No contestó.

Vamos, apremié.

Cogí las llaves. Abrí la puerta.

¿Y si te vistes?

Me miré despistado. Seguía en calzoncillos.

Mejor, dije como si nada. Me hubiera reído, pero no era el momento.

Mientras íbamos, miré el móvil. Decenas de mensajes y de llamadas. Casi todas de Oriol y Pol. Y de Tere.

Llegamos.

Pol estaba inquieto. Enfadado. Muy enfadado. No paraba. Insultaba a su padre sin descanso. Insultos que yo no conocía. Insultaba a su madre. Insultaba a todo el mundo.

Joder, no nos quieren, dijo Pol mirándome suplicante, con los ojos llorosos.

Oriol estaba sentado. Ido. ¿Fumado? No olía a hierba en la casa.

No hay nada en la nevera, dijo Eduardo. Está todo patas arriba. Hace cuatro días que estuvimos.

Llamé a López. Apagado.

Rellamé, rellame, rellamé. Apagado.

Coged vuestras cosas, dije rotundo.

No lo pensé. Solo lo dije. Miento. Sí lo pensé. Muy rápido. Pero pensé. Muchas cosas. Eduardo, los chicos. Mis hijos. No quería repetir experiencia. Fracasé una vez.

Eduardo me empujó hacia los chicos, mientras hacían las maletas. Me hizo un gesto con la cabeza. Entendí lo que quería. Pero no me salía. Insistió. Claudiqué.

Venid.

Les agarré a los dos por la cintura. Y los abracé. Me abrazaron.

No soy bueno en esto. Fracasé, les confesé.

No dijeron nada, me abrazaron más fuerte. Suspiré.

Eduardo nos miraba.

Vamos. Tenemos la cena en el horno.

Nos fuimos.

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Néstor G

La vida parece de otro color.

Había roto con mi novio hacía unos meses. No lograba olvidarme de él. Nunca me he sentido muy atractivo. No es que sea feo, pero algo hay en mí que me impide conectar con la gente. No con la gente, en general, sino con los que quiero ligar. No ligar de follar, sino con los que me gustan para partir piñones o como se diga. Es algo extraño. Si una persona me gusta de esa forma, me bloqueo por completo.

Con Kike parecía haberlo conseguido. Hasta dejé de ligar por las noches sin medida. En el amor soy un lelo, pero en el sexo, en el ligoteo, no me gana nadie. Como decía mi amigo Ernesto, soy un cazador.

Lo de Kike me dejó tocado. KO. No era capaz de reaccionar. Volví a las andadas, a salir hasta las tantas, buscando algo, no sé muy bien el qué, buscando ese algo y acabando siempre refugiado en el sexo. Todas las noches. Todas. Cada día con uno distinto. O varios. Me daba igual que fueran guapos, feos, demasiado mayores o demasiado jóvenes. Hasta caí en algunas compañías un poco denigrantes y en prácticas sexuales ciertamente poco recomendables, al menos si las haces con personas que no conoces.

Sebas me llamó para que pasara un fin de semana en su casa. Seguro que mi hermana le pidió ayuda para que no volviera a caer en el pozo. Y estaba cerca, muy cerca.

Me fui un viernes. Hola Sebas que tal. Que bien que viniste. Cenamos en casa de picoteo y nos pusimos al día. Sebas trabajaba al día siguiente y no quería salir esa noche. Pero yo no me iba a quedar en casa. En cuanto él se metió en su habitación, yo me escabullí para salir por allí de caza, igual que en mi casa. Pero Sebas no se anda con chiquitas. Me montó un zipote de antología. Me esperaba como si fuera mi padre. Me habló de la gente que me quería, de que les estaba destrozando.

– Si no lo haces por ti, hazlo por tu hermana, por tus amigos, por mí.

– No te pongas estupendo, que me has traído a una cita a ciegas. Te jode porque me he adelantado y me he ido a buscar mis particulares “citas a ciegas” – me defendí con toda la dignidad y siendo todo lo ofensivo que pude.

– Y además, tú no eres mi padre – le dije dándole la espalda y metiéndome en mi habitación.

Sebas no se lo merecía. Por la mañana le pedí perdón. No se hizo el remolón, que ya tiene callo de mis salidas de tono en mis épocas de bajón.

Esa misma mañana de sábado, para compensar y hacerme querer, le acompañé a visitar a unos clientes. Me mostré todo lo encantador que pude. Creo que alguna venta le ayudé a cerrar. Soy bueno en eso. Me dedico a eso, a vender, a relaciones públicas. Es un don. Un don que no sé utilizar para mi vida privada. O sí, aunque solo en el aspecto sexual.

Por la noche, reunión de amigos. A algunos ya los conocía de otras veces. A otros no, aunque de oidas sí. Uno con los que no había coincidido nunca era Cristian.

No me cayó especialmente bien. Nos dimos la mano y cada uno a sus cosas. No cruzamos ni una sola palabra. Ni siquiera recuerdo haberlo mirado. No me apetecía mucho esa reunión. Yo estaba centrado en adivinar por dónde iba a aparecer esa cita a ciegas que estaba seguro me había preparado Sebas. Predispuesto a darle una patada en los huevos y que se fuera con la cabeza gacha. De buenas formas, para que no se enfadara Sebas. Pero no me apetecía nada empezar una historia con nadie, que no fuera con mi ex, Kike. Ese era mi objetivo. Me di cuenta en esa reunión. Debía buscar a Kike y volver con él.

La noche fue pasando. Cervezas. ¡Cómo beben los amigos de Sebas! Era difícil seguir el ritmo. De hecho, esa noche me levanté no menos de tres veces a orinar. Y en abundancia. Menos mal que me pasé a la sin alcohol a la 7ª cerveza. Y eso que picamos algo en los locales a los que fuimos.

Todo muy agradable, la verdad. Aunque no supe disfrutar de ello. Kike estaba en mi cabeza y las mil y una estratagemas que se me ocurrían para reconquistarlo. Si Sebas o mi hermana me hubieran podido leer la mente, me habrían degollado en el sitio. Lo pasé fatal cuando me dejó y ellos lo sufrieron conmigo. De hecho, si estoy vivo, es por ellos. Las tonterías que pude pensar y hacer aquellos días. Desesperado por haber perdido al que me parecía era el único hombre que querría estar conmigo. El único con el que había podido conectar de esa forma.

La reunión llegó a su fin. Y la cita a ciegas sin aparecer. Me fui despidiendo de todos. El último fue Cristian. Me miró a los ojos al estrecharme la mano. Me asusté. Me sentí desnudo. De una forma espiritual. Me pareció que leía dentro de mí. Y luego ese roce de su pulgar en mi mano. De nuevo fui brusco, porque aparté la mano como si me hubiera dado un calambre.

Sebas me miró de tal forma que empecé a pensar en la posibilidad de que me estrangulara con la mente.

– Que desagradable has sido – me escupió en cuanto nos quedamos solos.

– Me ha mirado – me defendí.

– Y yo te estoy mirando.

– Es distinto.

No me supe explicar, pero era verdad. Nadie me había mirado así. Todo lo que dije, sonó como muy infantil. Pero no siempre, como he repetido ya tres o cuatro veces, me siento cómodo en cuanto aparece el tema de las relaciones o del amor. Relaciones personales “privadas”.

– ¿Ese era con el que me querías emparejar?

– Ni se me ocurriría. Lo quiero demasiado. Y ya ha sufrido bastante.

Eso último me ofendió un poco.

Sebas no me habló en toda la noche. Era mi sino, enfadarle cada noche y disculparme por la mañana.

– Si quieres le llamo y le pido perdón.

No me contestó. Solo me miró con cara de pocos amigos. Interpreté esa mirada como un no. Creo que acerté.

Y el caso es que al volver a mi casa el domingo al mediodía, empecé a pensar en ese hombre. No sé por qué. Lo intentaba apartar de mi cabeza, pero allí aparecía de nuevo. Esos ojos marrones. Esa mirada profunda. El roce de su dedo pulgar sobre el dorso de mi mano.

Volví el sábado siguiente. Me lo pidió Sebas, por uno de los clientes a los que le había acompañado a visitar. Parecía que había preguntado por mí. No podía negarme, después de los enfados que le había producido a mi amigo el finde anterior.

El cliente firmó el pedido. Sebas contento. Me miró de una forma extraña. Ahora que lo pienso, no le he preguntado por ello.

– Si quieres, no hace falta que vayamos con mis amigos. Te noté poco integrado el sábado pasado. Podemos hacer otra cosa. Ir al cine, o al teatro, que hace mucho que no voy.

– No, está bien. Iremos. Son tus amigos. Me gustan. Estaba en mis cosas, solo eso.

Después de comer, él se fue a ver a una tía suya a la residencia dónde vivía. No era cuestión de acompañarlo. Yo me adelanté con un libro al local en dónde habían quedado. Ahí me encontré con Cristian, que había tenido la misma idea.

Le estuve observando un rato en la distancia. También leía. Tomaba un chocolate bien espeso. Me hacían gracia los bigotes que le quedaban cuando bebía. Luego se los recogía con la lengua, sin apartar la mirada del libro.

Me fijé en sus gestos. En su cara. Parecía sentir las tribulaciones de los personajes de su libro. Estaba abstraído completamente.

Al final levantó la cabeza y me vio. Sonrió al reconocerme. Parecía sorprendido. Seguramente Sebas no le había dicho que estaba en la ciudad de nuevo. Nos dimos la mano y empezamos a hablar.

Me resultó fácil entablar conversación con él. No me suele pasar. Saltábamos de un tema a otro, de libros, de películas, de política, hasta de fútbol.

Me miraba a los ojos. Mientras hablaba. Pero esta vez no me pasaba como el fin de semana anterior. Ahora me gustaba. Me dio por pensar que a Cristian le importaba lo que decía. Le importaba conocerme, por eso me miraba así. Intentando ir más allá de lo que decían mis palabras.

Todo esto lo he pensado después. En ese momento, solo hablaba, aprovechaba también yo a mirar sus ojos, y cuando se despistaba, el resto de su cuerpo. Objetivamente no está bueno, pero… por alguna causa, me gustaba. Es cierto que con muchos cuerpos peores me he acostado. Incluos con algunos he repetido. Y el tan recordado por mi Kike, no era nada de mi gusto, obviando que éramos novios y que lo quería.

Por cierto, a esas alturas de la tarde, Kike había desaparecido ya de mi cabeza. Cristian lo había echado a patadas. Incluso en un determinado momento me lo imaginé alejándose de allí, de mi mente, con las manos en la entrepierna doliéndose de la patada que le había dado Cristian. Y lo mejor de todo, es que me gustó la escena.

Vinieron los demás y empezamos con las cervezas y las chanzas grupales. Luego fuimos todos a un chino a cenar y seguimos hablando.

Sebas se desentendió de mí y se dedicó a beber y comer y a reírse con el resto del grupo.

Yo me dediqué a Cristian. Y me alegra decir que él se dedicó a mí.

Se me hizo corta la noche.

– Adiós, adiós, hasta la próxima.

Había llegado la hora de la despedida. Noté a Cristian con ganas de pedirme el teléfono o algo. Pero no se atrevió. Y yo… no sé por qué, me hice el interesante y lo dejé pasar. Miento. Yo quería tambiñen perdirle el teléfono pero no me atreví. Así que el uno por el otro… en fin. Pero esa noche, no pegué ojo, precisamente por eso, por no haberle pedido el teléfono. “Tengo que verlo otra vez”, me repetía dando vueltas en la cama.

Por la mañana, lo primero que hice fue pedírselo a Sebas.

– A ver que haces. No es como esos a los que te ligas.

No me atreví a preguntar, pero a Sebas le importaba de verdad Cristian. Todavía no he encontrado el momento de preguntarle. Pero lo haré.

El caso es que armándome de valor, le llamé. Le debí pillar corriendo. Jadeaba. Creo que por eso y por pillarle de improviso, le salió un tono de sorpresa agradable al decirle quien era. Fue reconfortante. Porque yo estaba como un flan pensando que me mandaría a la mierda.

La primera idea era irme en el tren de las 3,15 h. Al quedar con Cristian, lo cambié para el de las 17,45 h. al final me fui en el de las 21,56 h. Y porque era el último.

No me atreví a darle un beso de despedida. Pero me hubiera gustado. Las dos últimas horas de estar juntos, no hacía más que mirarle los labios, preguntándome cuándo los podría besar. Pero me acojoné. Si me hubiera visto Ernesto: “El cazador acojonado” o “El cazador cazado”. Y me hubiera merecido sus chanzas.

Tampoco me atreví a proponerle ningún plan para otro día. Y él no pareció que estaba interesado en hacerlo. Así que un apretón de manos de despedida, muy formal todo, una última mirada perdida a sus labios, y me subí al tren sin planes de futuro. Un poco frustrado, pero con alegría en el cuerpo, con una sonrisa interior y toda mi visión estaba tamizada por una luz verde esperanza. Y algunos corazones salían volando por las esquinas y vi incluos un par de ángeles con sus arcos y sus flechas, apuntándome al entrecejo.

En el viaje de vuelta, me dio por pensar en que no le interesaba. Era una tontería obsesionarse con él. Mejor pasar página y no tener un Kike 2. (Pero yo seguía viendo a esos ángeles y sus cflechas) Era mejor salir de ligue por las noches, sexo sin compromiso, algo para mitigar la soledad y ya. El amor me había hecho sufrir demasiado. (Pero cada tres minutos aparecían en mi imaginación, como por ensalmo, los labios de Cristian).

Y casi lo consigo. En casi toda la semana siguiente, apenas pensé en él. Y no salí de caza. “Estaba cansado”, era mi excusa principal.

Hasta que el viernes, justo después de llegar a casa agotado, después de un día duro de trabajo, con ganas de tirarme en una butaca con una cerveza y mirar la tele sin fijarme en nada, llamaron a la puerta. Y mira por dónde, ése al que había apartado de mi cabeza, no sin algún esfuerzo, por lo menos al principio, estaba en el descansillo, mirándome fijamente.

Me sentí como pocas veces en mi vida. Parecía que mis pulmones de repente, habían desarrollado una capacidad nueva de recibir aire. El corazón latía con mejor ritmo y mi ánimo subió unos cuantos grados. Desapareció el cansancio en un decir “flash”. Hasta noté como mis ojos se alegraban. Incluso lo hicieron tanto que se humedecieron ligeramente, aunque sin llegar a lagrimear. Que vergüenza si empiezo a llorar a la puerta de mi casa, recibiendo a ese hombre que me hacía temblar las piernas. Estaba descalzo, yo ando siempre descalzo en casa, y te juro que los pies me empezaron a sudar. Y eso que los tenía fríos.

Le hice pasar. Le indiqué le camino del baño, que se meaba, y luego, nos dedicamos a nuestro deporte favorito: hablar. Y en mi caso a mirarle los ojos. Y el resto del cuerpo. Y sus ojos. Y todo él.

También salimos a cenar. Llamé a mi hermana para que nos acompañara y presentarle, pero declinó la invitación. Aunque el sábado sí comió con nosotros.

Y paseamos.

De vez en cuando al andar, se rozaban nuestras manos. No he sentido nunca esto de verdad. Se me erizaban los vellos.

No sé ni lo que es.

Luego hicimos la cama del sofá-cama que tengo en el salón y allí le dejé. Me fui a mi habitación con la intención de dormir. Al entrar en casa me había venido todo el cansancio que había aparcado por la sorpresa de la visita de Cristian.

Pero no me pude dormir. Saber que estaba en la habitación de al lado… necesitaba tocarlo. Necesitaba abrazarlo.

No os he contado que al llegar a casa, después de cenar, nos dimos nuestro primer beso. Beso, beso, me refiero. El mejor primer beso de mi vida. Fue muy corto, pero… bueno, indescriptible.

Casi dos horas después, me levanté decidido. Fui al salón y me senté en la cama. Cristian se despertó. Le pregunté si podía dormir junto a él. Me abrió la cama y me metí a su lado. Creo que no debió despertarse del todo. No me atreví a abrazarlo, como me había imaginado hacer durante las dos horas que había intentado dormir. Pero por la mañana, al despertar, me di cuenta que lo había rodeado con mi brazo. Y no estaba pegado a él, pero casi. Y menos mal, me hubiera dado mucho corte que notara mi erección matutina. Erección al 110, como nunca.

No sé que más que contar.

Solo decir que después de ese fin de semana en mi casa, sentí miedo. Otra vez. Pasé la semana dando vueltas, esquivando sus mensajes o llamadas. Pero el viernes, me encontré de nuevo en el tren camino de su casa. Esta vez no fui a la de Sebas.

Hasta hoy.

Cuando no estoy con él tengo mucho miedo. Me dan ganas de no arriesgarme. Me he enamorado. Y creo que no lo he hecho tan fuerte nunca. No tiene nada que ver con lo de Kike. Y si Kike casi me llevó a desear mi muerte, no quiero pensar si Cristian me dejara como lo hizo el otro.

Pero es tan placentero sentirse querido de esa forma. Querer de esa manera.

La vida parece de otro color.


La otra parte de la ecuación, la podéis leer aquí:

Dos semanas en una nube.

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