Navidad 2016: “Una Navidad sin nada especial”, por Néstor.

Las Navidades.

Tatojimmy insiste.

No tengo imaginación. Escribiré sobre algo que me pasó. Hace ya muchos años. Tendría 17 o 18.

Mis padres con toda la familia. Mis tíos, mis primos. Un pretendiente: el de mi tía.

Nochebuena era, se suponía, día de tregua. Mi tía Esme estaba pegada con su hermano, mi padre, por mi madre. Un galimatías, pero es fácil.

Mi madre era muy meticona. Le gustaba mandar. Le gustaba poner la música para los demás, para que bailaran. Por eso acabamos mal ella y yo. Sin hablarnos. Y eso que no se enteró de casi nada. También se metía en la vida de su cuñada, mi tía. Mi tía era la pequeña. Me sacaba, me saca pocos años. 8 o así. No hablo casi nunca con ella, aunque la quiero mucho.

Me recordaré para llamarla un día de estos.

Mi madre empeñada en que se enoviara con Hernando, uno del pueblo. Hernando era agricultor, tenía tierras. Trabajador y honrado. Y se duchaba. Esto era importante para mi madre. Hernando era soso. Era feo. Sin chispa.

Mi tía necesitaba chispa. Ella tenía a raudales. Hernando la aburría. Se miraban y no pasaba nada.

Mi madre para cambiar el paso le invitó a la cena de Nochebuena. Para que surgiera lo que tenía que surgir.

Mi tía que se entera, arma la de San Quintín.

Se niega a ir.

Mi padre se pone hermano mayor y cabeza de familia y dice que tiene que ir.

Vas sí o sí. Es nochebuena.

Mi madre frotándose las manos en la trastienda.

Y mi tía cede al final. Cedió, pero no volvió a hablar a mi padre. Eso sí, después de llamarle calzonazos, medio hombre y cosas así de bonitas. Lo menos que le dijo era que solo hacía lo que mi madre dictaba. Cosa que era cierta. Lo mío, cuando nos pilló mi viejo, las tortas que me llevé y demás, fue por mi madre. Ella era muy suya, muy de misa, y muy de decir “esos desviados condenados al infierno de Satán”. Era muy dramática también.

Mi padre no era así. Incluso hubiera jurado que tenía un poco de pluma. Pero mamá ponía la música.

Aquella Nochebuena, mis primas Mª Carmen y Luisa, tampoco se hablaban. Algún tema de novios. Los padres de cada una, con cada una. Saludos glaciales.

Mi madre silbaba en la cocina, ajena a todo esto.

Mi padre, como silbaba mi madre, también silbaba. Alegre. Despreocupado. Navidad, Navidad. Que bonita.

Mi tío Pedro y su mujer, Tomasa, estaban en paz con todo el mundo. No eran tontos y vieron el ambiente, así que se pusieron en medio de la mesa, para separar bandos. Para que no les quitaran el sitio, a las 8 estaban en la mesa. No querían que pasara lo que ocurrió en la familia de Ubaldo, “el letargo”. Estaban como en mi familia, enfadados. Y se pusieron mezclados. Empezaron a tirarse migas de pan en broma, con intención, pero en broma. Las bolas de migas crecieron y se endurecieron. Al final, volaron las piernas de cordero, con su jugo y todo. Una pena: los corderos del pueblo son los mejores. Y la mujer de Ubaldo, era una gran cocinera.

Mis padres felices por la navidad. Parloteaban alegremente. Nadie les escuchaba. La tía Mercedes, por parte de mi madre, se alió con ellos.

El tío Eustaquio, con la prima Luisa y con mi tía Esme.

Paula, otra prima, se puso con MªCarmen y con la tía Esme.

Había más gente, no recuerdo los bandos. Yo miraba de reojo todo esperando el momento.

Mi madre gritaba de vez en cuando eso de: “Es Nochebuena, alegría y felicidad, hay que perdonar”, o algo así. Ni puto caso. Al revés: después de la arenga, la tensión crecía.

Miradas atravesadas. Indirectas a través de la mesa. La mediana terciaba si se ponía la cosa caliente. De la mediana, no pasaba un solo trozo de pan al otro extremo. Ni las indirectas.

No comimos mucho.

Era todo más falso que falso.

Mi madre gritó eufórica, sería por el moscatel: “Está siendo una noche perfecta”. Su hermano Juan, la miró de medio lado, cansado de bobadas:

Eres tonta o nos llamas tontos a los demás. Te vas a quedar sola, Mª Ángeles.

Premonitorio: mi madre se quedó sola. Con mi padre, pero sola.

Yo por mi parte, me alié en el bando del otro extremo de la mesa a los de mis padres. Ya había pasado lo de López. Ya me había zurrado mi padre con saña. Ya me habían separado de López, privándonos del amor. Ya me habían mandado lejos.

Era la primera vez que volvía a casa por vacaciones, desde mi exilio en la capital. Me escabullí cuando la cosa en casa empezó a calentarse y los mediadores empezaron a perder la batalla de la paz y la armonía. Nadie se dio cuenta, más que la tía Esme, que era mi mariliendres, mi casamentera, la que había preparado mi cita secreta con López, que había regresado a casa por Navidad.

Fue bonito. En el granero de Hernando. Por cierto, Hernando se quedó dormido en una silla, pese a que la cosa casi acaba en conflicto internacional. No se enteró de nada. Hernando, estaba en el bando de mis padres, claro. Dormido pero con sus valedores ante el corazón de mi tía.

López y yo en el granero. En una esquina, resguardados. Calentitos por una estufa que misteriosamente estaba encendida y caldeaba ese rincón separado y escondido.

Nos besamos apasionadamente, al vernos.

Nos desnudamos sin glamour, con prisas.

Nos tiramos uno encima del otro. Sintiendo nuestros cuerpos.

Todo muy pasional, con prisas, por si nos interrumpían como en nuestro anterior intento.

Lo volvimos a hacer. Un poco más tranquilos.

Y por tercera vez.

Nos quedamos dormidos. Yo sobre su pecho. Abrazados.

Repetimos. Luego, al amanecer.

Otra pequeña siesta. Abrazados. Él sobre mi pecho.

Así nos encontró tía Esme, cuando vino a buscarnos por la mañana. Nos dio un beso en la mejilla y nos sonrió.

Fue una sonrisa de despedida. Esa misma tarde cogió el autobús de línea y se marchó del pueblo. Sin despedirse de su hermano, menos de su cuñada.

López se fue a la mañana del 26. No volvió tampoco al pueblo.

Yo aguanté hasta el 7 de enero.

No volví a pasar la Navidad con mis padres. Probé la pasión de la que me privaron y no vi nada desviado ni malo en ello. Vi algo hermoso. Vi amor. Y vi la tristeza en que nos sumió a López y a mí. Y luego vi, más tarde, los caminos llenos de mentiras e infelicidad a la que aquella intolerancia nos empujaron a López y a mí.

Las siguientes Navidades, según me contaron mis hermanos, las pasaron ellos solos. El tío Juan se encargó de organizarlo y les dejó claro a su hermana, mi madre, y a su cuñado, mi padre, que ni se les ocurriera ir.

Luego, los años siguientes, el tío Juan les levantó el castigo. Pero por mis hermanos. Mi tío Juan me llamaba y me decía que volviera. Se lo agradecí pero nunca acepté.

Mi tío Juan venía a verme a menudo. Siempre viene a verme, aún ahora.

Mi tío Juan. Es un buen hombre. Le quiero.

Es una historia de Navidad normal y corriente.

Tatojimmy, he cumplido.

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