Diario de un hombre sin nada que contar. 30ª entrada.

Fue espeluznante.

Peor de lo esperado.

Tres hombres a la deriva. Solo unos días después de la fuga de Elvira. Se ha fugado. Ha quemado las naves.

Plan de emergencia: Eduardo ha ido al súper. Con Pol. No había nada en la nevera. Nada en los armarios. Nada.

López estaba en el salón, tumbado en calzoncillos y calcetines. Mirada perdida. Patético.

Le he mandado a la ducha. A sus calzoncillos y al resto de ropa, a la lavadora.

Ori ha llegado colocado. Eso era lo que vi en sus ojos y que me adelantó su profesor. Se ha echado a llorar al enfrentarse con mi mirada. Ha sabido de inmediato que lo sé.

Oriol era un gran estudiante. Un chico listo. No era guapo pero tenía un cierto atractivo para las chicas. Era abierto, sin dobleces. Sociable.

¿Qué ha podido pasar?

No necesitaba hacerse el interesante con nadie. Conquistar a nadie. No necesitaba meterse en drogas ni en tonterías. No tenía problemas en casa. Ni de salud.

Como si se necesitara algo de eso para caer.

Hablaré con él. Otro día.

Yo controlo, Néstor, te lo juro, me dice, suplicando con el tono de voz, para que le crea.

Se lo he escuchado a tantos que al poco murieron de sobredosis o de accidente yendo bien puestos. O que se fueron consumiendo poco a poco.

Por favor, me suplica con la mirada.

Lo abrazo. Ori se pega a mí. Nadie me ha abrazado así. Hemos estado mucho tiempo. Yo acariciándole el pelo por detrás, dándole besos en el cuello. Él, sollozando incansable. Como incansables eran sus brazos apretándome contra su cuerpo.

Volvieron Pol y Eduardo. Pol nos vio y bajó la cabeza, yéndose a continuación a colocar la compra.

Eduardo me ha contado luego que López se había sentado en la mesa de la cocina, mientras ellos colocaban las cosas. Está ido.

Hablé con Oriol. Con Pol. Se comprometieron los dos a tirar del carro.

Intenté hablar con López.

Estaría bien que los chicos se fueran contigo.

Me enfadé.

Son tus hijos. Respondí.

Te quieren.

Y yo los quiero.

Pues está todo dicho.

Pero son tus hijos. Te necesitan a ti.

Necesitan alguien que los entienda.

Que los escuche, pregunté.

Da igual.

López.

Así te querrán un poco menos, porque tendrás que educarlos. Acabarán por quererte lo mismo que los tuyos.

No sé de que vas, me enfadé.

Piérdete, me escupió.

Eduardo me cogió de la mano y tiró de mí. Solo sentir sus dedos acariciarme, me relajaron. Iba a saltar sobre López. Hacía mucho tiempo que nadie me sacaba de quicio de la manera en que lo hizo él.

Nos despedimos de los chicos. Volví a abrazar a Ori. Y a Pol por primera vez ese día. Me sorprendió: al separarse del abrazo, me dio un beso en la mejilla, pero pillando un poco de la comisura de los labios. Recordé que desde pequeño, con su madre se besaba en los labios. Le puse las manos en las mejillas y le besé suavemente en los labios.

Sonrió.

López se había escondido en su habitación.

Quedan cuatro días para Nochebuena. Pobres.

En el ascensor, me acurruqué entre los brazos de Eduardo.

Se estaba bien.

.

Néstor G

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