Diario de un hombre sin nada que contar. 31ª entrada.

Quien me iba a decir. Otra historia de Navidad. Tatojimmy estará contento.

No me gusta la Navidad.

Aquella que conté, fue la última. Después, solo en la Residencia, primero. Solo en casa, después. Con la familia, con mi mujer y mis hijos, porque era lo que debía hacer, más tarde.

Ni alegría. Ni tradiciones familiares. Navidades anodinas, eso es lo que creamos.

Mi ex mujer lo intuía. No forzó. Compensó a los chicos de otra forma. Ella sabe hacerlo.

Este año, igual que los demás. Solo en casa. Una cerveza. Un libro. Música. Nada que me pueda recordar que es Navidad. Solo algún recuerdo de aquella vez, con López, en el granero de Hernando. Aquel sexo desesperado, apasionado. Sin esperanza.

Un año más.

Eduardo me propuso pasarla juntos. Dije no. Se quedó triste. Pero no.

Eran las siete. Me senté en mi sillón. Antes, bajé las persianas, cerré la puerta con llave.

Me llamó el tío Juan. Hablamos. La única concesión a la familia. Cuando colgamos, dejé el móvil sin sonido.

Empecé con el libro. “Un perro”, de Alejandro Palomas.

Al poco, llamaron a la puerta. Pensé en no abrir. Insistían. Iban a quemar el timbre.

Me levanté un poco enfadado. Busqué las llaves mientras gritaba que ya iba, por si dejaban de llamar. Pero insistían, sordos a mis requerimientos. Me enfadé más.

Abrí.

Era Eduardo.

No podía ser otro. Me lo debía haber imaginado. Iba a decirle cuatro frescas. No pude. Me entró la risa. Se había pintado un bigote, iba con gafas de pega, un gorro de Papá Navidad, un gesto de niño bueno.

Él se me quedó mirando, la boca un poco abierta. Ojos sorprendidos que mudaban poco a poco hacia la burla. Entonces me di cuenta que había ido a abrir la puerta en calzoncillos. Encima, estaban gastados, rotos. Debería haberlos tirado hacía semanas, pero me daba pereza.

Son de estar en casa, dije como disculpa. Que vergüenza.

Se rió.

Me reí. No puedo con él.

No le dije que pasara, pero pasó. Cerró la puerta y me agarró de la mano para girarme y enfrentar nuestras caras. Me besó. Jodido Eduardo.

Me revelé.

No me gusta la Navidad. Mañana. Vete.

Y le conté lo de aquella Navidad. Le conté resumido mi vida. Mis frustraciones. Mi desgana. Como ya lo había escrito para tatojimmy, no me costó tanto. Era la primera vez que se lo contaba a alguien. Salvo Teresa.

Me escuchó. En silencio. Eduardo me escuchó. Me escuchó.

Me escuchó.

Me besó. De nuevo. Un beso de cariño. Dos. Tres. Cuatro. Ciento.

Vamos, me dijo.

Abrió la puerta y cogió unas bolsas que había dejado en el descansillo.

La cena, dijo.

Para un regimiento, pensé.

Empezó a parlotear. Habla y habla. Del tiempo, de Cristina, una compañera de trabajo, de Ramón, otro compañero. De la tele, de las tiendas, del súper, de las compras por Navidad, del tiempo, de aquella vez que nevó tanto, de lo que hacía que no nevaba. Yo callado. Mirando.

De su madre, aunque poco, porque se puso triste. Su padre sigue perdido.

¿Dónde hay una cazuela?, preguntó.

Al final me puse con él a lo de la cena. Con el horno en marcha, nos fuimos al salón.

¿No te piensas vestir?, preguntó.

¿Debo?

¿Me desnudo entonces? Para estar iguales.

No. Si se desnuda, tenía la batalla completamente perdida.

Vale.

Una copa de champán. La música seguía sonando. El libro en la mesita. Apagué la lámpara de leer. Empezamos a hablar.

Te están llamando.

Le iba a decir que no quería hablar con nadie. No me atreví.

Lo cogí. “Tere” en la pantalla, y una foto de mi ex mujer.

Me asusté. Ella sabe que no me gusta la Navidad. Llama siempre otro día. Pensé en que algo había pasado. Algo grave.

¡Si!, ¿Qué ha pasado?, contesté apremiado.

Por fin, exclamó ella aliviada.

Tenemos una emergencia, me soltó a las bravas. Los chicos de López. Te han estado buscando. Llámales rápido. Están desesperados. Es mejor que te cuenten ellos.

¡Papá se ha largado, el hijo de puta!

Era Pol. Estaba alterado. Muy alterado. No dijo ni hola. Vio mi nombre en la pantalla y saltó.

Voy, contesté. Cinco minutos, le dije para acallar sus protestas.

López es imbécil, pensé.

López es listo, dijo Eduardo, que lo había escuchado.

¿Listo?

No contestó.

Vamos, apremié.

Cogí las llaves. Abrí la puerta.

¿Y si te vistes?

Me miré despistado. Seguía en calzoncillos.

Mejor, dije como si nada. Me hubiera reído, pero no era el momento.

Mientras íbamos, miré el móvil. Decenas de mensajes y de llamadas. Casi todas de Oriol y Pol. Y de Tere.

Llegamos.

Pol estaba inquieto. Enfadado. Muy enfadado. No paraba. Insultaba a su padre sin descanso. Insultos que yo no conocía. Insultaba a su madre. Insultaba a todo el mundo.

Joder, no nos quieren, dijo Pol mirándome suplicante, con los ojos llorosos.

Oriol estaba sentado. Ido. ¿Fumado? No olía a hierba en la casa.

No hay nada en la nevera, dijo Eduardo. Está todo patas arriba. Hace cuatro días que estuvimos.

Llamé a López. Apagado.

Rellamé, rellame, rellamé. Apagado.

Coged vuestras cosas, dije rotundo.

No lo pensé. Solo lo dije. Miento. Sí lo pensé. Muy rápido. Pero pensé. Muchas cosas. Eduardo, los chicos. Mis hijos. No quería repetir experiencia. Fracasé una vez.

Eduardo me empujó hacia los chicos, mientras hacían las maletas. Me hizo un gesto con la cabeza. Entendí lo que quería. Pero no me salía. Insistió. Claudiqué.

Venid.

Les agarré a los dos por la cintura. Y los abracé. Me abrazaron.

No soy bueno en esto. Fracasé, les confesé.

No dijeron nada, me abrazaron más fuerte. Suspiré.

Eduardo nos miraba.

Vamos. Tenemos la cena en el horno.

Nos fuimos.

.

Néstor G

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