Diario de un hombre sin nada que contar. 34ª entrada.

Sigo retrasado.

Todo ha cambiado. La vida. Los chicos.

En Nochevieja cenamos los tres. Solos.

Le dije a Eduardo. No me contestó.

Se consumó la huida.

Teresa llamó.

La madre de los niños, llamó. Está en Canadá. Un trabajo irrechazable y una pareja complaciente. No como López. No lo dijo, pero se le suponía el pensamiento. Tienen buen sexo, deduje yo. No como con López.

Los chicos hablaron con su madre. No quise escuchar.

Déjame unas semanas para asentarme y veré de traerme a los chicos, me dijo luego.

Los chicos arrugaron el morro.

La cena bien.

Nunca había tomado uvas. Ellos tenían esa costumbre. Me atraganté.

Se rieron. Yo no.

Luego salieron.

Yo me quedé en casa.

Los petardos en la calle. Muchos petardos. Miles de petardos. Algunos gordos. Algunos me hicieron saltar de la butaca.

Llamó Luis. A la 1,30. Feliz año y tal. ¿Y si nos lo montamos?

Vino a casa.

Nos lo montamos.

Me dijo que había visto a mi hijo Antonio. Ahora que estoy en el papel de padre adoptivo, tendré que ocuparme de mis hijos de verdad.

No sé cómo afrontarlo. Me dice mi mujer que hable con él. Dice que me quieren más de lo que pienso. No la creo.

Ese tema lo debes tratar tú, me dijo cuando intenté que fuera ella la que hablara con él.

Luis se fue antes que volvieran los chicos.

Oriol llegó pasado de vueltas. No me gustó.

Pol llegó contento. No me gustó. Es muy joven. Llegó muy tarde, tampoco me gustó.

Comimos poco. Se levantaron a las mil. Yo, poco antes.

Larga siesta.

Hablé con ellos. Por separado. No les gustó. Como decía López, es lo que tiene educar, que te miran atravesado a veces.

Llamé a Eduardo. Le dije de quedar a tomar algo. Se excusó. Intuyo que los chicos no entran en sus planes. Me animó a que ayudara a los chicos, pero luego, se ha asustado. O le ha surgido otro rollo. No le culpo.

Ya no tengo medio novio, está visto. Poco me ha durado. Tampoco sé si lo quería, pero me había hecho a la idea.

Elvira volvió a llamar. Fueron los dos días de mi vida que más tiempo he hablado por teléfono. Le dije de las aficciones de sus hijos por el alcohol y la hierba. Suspiró. Algo me temía, me dijo. No añadió nada más.

Que Elvira tenga su momento, después de la frustración que supuso López como marido, no me parece mal. Que tenga que pagar yo las consecuencias, no me parece tan adecuado. Lo que está claro es que los chicos no tienen la culpa de las deudas que tenga la vida con sus padres o conmigo.

Morata marcó el domingo.

Bien.

Y Kovacic.

Bien.

No vi el partido.

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A José Mari no le quedó claro.

David le desconcertaba.

Estaba bañándose en la piscina. Hacía calor.

José Mari volvía del trabajo, con su traje, su maletín con los papeles que debía gestionar esa noche antes de la reunión que tenía a primera hora de la mañana. No fue consciente del calor que hacía hasta que vio a su amigo en la piscina, chapoteando, disfrutando. Fresquito. Mojado.

Se acercó y lo saludó.

  • ¡Qué envidia!, le dijo.

David sonrió pícaro mirándolo. Lo cogió de la corbata y lo empujó hacia la piscina. José Mari tuvo los reflejos suficientes para soltar el portafolios y saltar para caer de pie. Lo miró desconcertado.  Pensaba a la velocidad de una locomotora de AVE sobre las intenciones de su amigo. Cuando llegó hacía una semana de improviso, él pensó que quería tema. Cuando se conocieron en aquella fiesta de Benidorm, hablaron mucho y se abrazaron, y se besaron con cariño en las mejillas. Había mucha gente. Pero David se fue al baño y  no volvió. Desde la barandilla de la terraza, vio como se subía a un coche con otro hombre.

  • Qué buena pareja hacen – le dijo Yaniris, la anfitriona de la fiesta. – Van para dos años.

Se intercambiaron algunos wasaps de vez en cuando. Caritas sonrientes, algún corazón que David el enviaba de vez en cuando. y de repente, un día, se lo encuentra en la puerta de su casa, sentado sobre su mochila, esperando.

La segunda noche, José Mari intentó besarlo. Pero David lo esquivó con mucho arte.

La tercera noche, parecía… pero no.

Ya no lo intentó más.

Pero ahora, mientras él se miraba el traje, mojado hasta la cintura, con ganas de jugar en el agua, David subió las escaleras de la piscina, andando despacio, seguro de sí mismo, moviendo muy lentamente su culo que sabía atractivo. Caminaba inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado, como jugando, como queriendo mirar hacia atrás para comprobar que José Mari lo seguía, pero sin hacerlo.

José Mari dudaba. ¿Era la señal esperada? ¿Había ocurrido algo en los últimos días que explicara ese cambio de actitud?

Al final decidió seguir a David. Porque además, sentir su ropa interior  mojada, dentro de sus pantalones mojados, le había puesto muy, muy caliente. Y ver caminar a David por detrás, no ayudaba a serenar su espíritu.

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Lo siguió y dejó de pensar. Lo siguió hasta su habitación. Y ahí en medio de la cama, tumbado boca arriba, se lo encontró, completamente desnudo, empalmado, con sus calzoncillos en la mano.

  • Ven.

José Mari fue, mientras se desanudaba la corbata.

Cuando David le quitó la camisa arrancando los botones, José Mari lo tuvo claro. Lo que pasaría al día siguiente, seguía sin estar nada claro. Pero decidió preocuparse de eso al día siguiente.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 11.

– ¡¡Policía!!

No hubo “abran la puerta”. Los GEO directamente la derribaron. Entraron. Con sus cascos, sus chalecos antibalas, las armas apuntando a lo que pudieran encontrarse. Andaban con las piernas flexionadas, dispuestos a saltar cual tigres de Bengala a la yugular de la presa.

– ¡¡Quietos parados!! ¡¡Ni moverse!! ¡¡Ni pestañear, que te veo, julandrón!!

Otro grupo asaltó la casa por la ventana. Cristales rotos, los helicópteros a toda máquina, una maravillosa secuencia de acción de película con presupuesto.

– ¡¡Cuidadín!!

25 hombretones de 2 metros de altura y 1.25 metros de anchura, apuntaron con sus armas a todo lo que se movía y lo que no, en ese apartamento de 37,50 m2.

– ¡¡No he hecho naa, no he hecho naaaaa!! ¡¡¡¡¡¡Soy inocente!!!!!!! – gritó el amigo Pau con los calzoncillos en la mano y el teléfono con el que le sacaba fotos a Jorge en la otra, y una necesidad imperante de apretar el culo para que no se le escapara nada. El estómago le empezó a hacer unos ruidos preocupantes, la cabeza le empezó a dar vueltas de tanto girarla y mirar a todos esos macizorros que le apuntaban como si fuera un delincuente peligroso. Y se echó a llorar como un niño peque, mientras la orina se escapaba, que no era capaz de mantener todas sus necesidades fisiológicas sobrevenidas bajo control.

Jorge tirado en un colchón, con la mirada en “Mundo Maravilloso” y el cuerpo para el arrastre. Las pupilas le daban vueltas y vueltas como en un dibu animado.

Javi el policía, que entró el último con 7 miembros de su equipo, miró de arriba a abajo a Jorge. Hizo una señal a los médicos que les seguían. Luego centró su atención en Pau. Lo miró también de arriba a abajo, quedándose al final con sus ojos. “La verdad es que tiene un polvo el rubito éste; uno o dos, incluso”.

– Pues es cierto que tienes un polvo. Aunque con tu carácter… psss, todo se queda en un intento fallido. Porque lo de tu pilila así tan pequeñita, y el charco a tus pies… – lo señaló con pena – será por el cague. Yo estaría cagado en tu lugar, amigo Pau. A mí no se me levantaría de nuevo en la vida. Con los comentarios tan elogiosos que escuché en su momento respecto a la belleza y prestancias de tu miembro.

– ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! – repetía una y otra vez.

– ¡Soy inocente! – volvió a decir para romper el silencio de dos segundos que se había hecho en la estancia.

– ¿Y de qué piensas que te creemos culpable? – preguntó con cara de inocente Javi mientras se quitaba el chaleco antibalas y el casco. Agarró una silla y se sentó a horcajadas apoyándose en el respaldo frente a un Pau todavía de pie, pero que temblaba como si tuviera 45 de fiebre. La vista de Javi el policía estaba a la altura del miembro ahora poco viril del rubio de revista, que se movía para todos lados debido a la poca estabilidad de su dueño.

– No, de nada. ¡Soy inocente! – volvió a gritar. – Y no me mires la pilila, que se me asusta.

– Siéntate, que te están hablando – el jefe de los GEO lo obligó a sentarse en otra silla enfrente de Javi el policía. – Y miraremos lo que nos de la gana ¿Te enteras, güevón?

– No parece que tu amigo esté en buen estado – habló Koldo, uno de los hombres de Javi el policía.

– Está borracho. Siempre lo ha sido. En el instituto estaba todo el día por los suelos. No hacía más que tropezarse con la gente, con sus piernas, era un patán. Y lo sigue siendo. ¡Es un borracho, joder! Borracho, borracho, borracho. ¡¡Qué sí!! – gritó un desesperado Pau viendo que sus acusaciones no tenía mucha credibilidad por parte de Javi el policía ni de su gente que lo miraban con gesto de estar viendo una película de “El Gordo y el Flaco”.

– Me dicen que te lo has ligado en el bar “La Piltrafa”.

– ¿Yo ligármelo? Tengo mejor gusto. Todo es mentira.

– ¿Sabes quién es? ¿Lo conoces?

– Para nada. Se me pegó en la calle. Me seguía como si me quisiera robar o algo. Parece un pordiosero. Mira que calzoncillos lleva. Todo rotos, por favor. Sin nada de glamour.

– Sí, sí, rotos. Pero Armani – se mofó Koldo.

– Debo de estar mal porque me había parecido oírte que en el Instituto era no sé que, o no se cuanto. Bla, bla, bla. O sea que lo conocías. Que mala memoria, en dos minutos se te ha olvidado lo que dices. Anda. – Javi sacó su móvil – ¡Mira! Me acaba de llegar esta foto.

– ¿Puedo vestirme? – Pau intentó levantarse de la silla. – La silla está fría y se me está quedando el culo helado y me están esperando en casa para cenar. Los abuelos, ya sabes.

– Contesta a la pregunta, imbécil – el jefe de los GEO lo volvió a empotrar en la silla.

– No sé nada. ¡Soy inocente, inocente, inocente!

– Vaya. Ya que has tocado la pantalla del móvil, espera, voy a aprovechar a mandar tus huellas. Es un sistema muy novedoso. Para comprobar, ya sabes.

– No sé de que me habla.

– Si es que no te he dicho que venimos del “La piltrafa”. Y hemos encontrado allí a la matrona del lugar y su marido. Nos ha contado cosas. Y pues mira, hemos cogido una muestra de la mermelada de frutos del bosque que hacen allí. Y chico, tenía una droga, la KIOY 4756. Alguien ha echado unos polvitos en ella… ¡¡Anda, mira lo que me trae mi compañero Koldo!! Mira que sobrecito con estos polvitos… ahórrame el análisis.

– Es de Jorge. Me lo metió en el bolsillo. Se da a la droga dura.

– Pero si no lo conoces. – Javi el policía movió la cabeza de lado a lado, con pena – O sea que la bolsa tendrá sus huellas y no las tuyas.

– Lo habré encontrado en el bolsillo. Y lo habré sobado bien. Tengo esa manía.

– Vaya hombre. Está en tus pantalones.

– Esos pantalones no son míos.

– Yo no veo otros pantalones por aquí.

– Pues no son míos. Son de Jorge el camarero.

– Has venido desnudo.

– Se habrán perdido.

– ¡Anda! Mira, si me fijo en la foto ésta en la que estás intentado dar un beso a Jorge en el sitio ese… ¿Cómo se llamaba?

– La piltrafa – le ayudó Pau.

– Que buenas son las tortitas allí.

– Prefiero el chocolate con tostadas y mantequilla.

– ¡Vaya! Pues parece que si lo conoces.

– Lo habré oído en los anuncios de la radio.

– ¡Hostia, Koldo! – le dijo con todo su sarcasmo – que el hombre éste escucha la radio y se aprende los anuncios de sitios dónde nunca ha estado.

– Ni va a estar – siguió Koldo con la farsa.

– Ni va a estar.

– No sé de que me hablan.

– Espera que ahora se va a hacer el tonto por ver si cuela luego lo de que es tonto y no entiende lo que es la responsabilidad de los actos.

– Esto es un secuestro ¿No, Javi? – preguntó con voz inocente el jefe de los GEO.

– Tiene toda la pinta. Y posiblemente con chantaje añadido, con petición de rescate, envenenamiento y alevosía.

– ¿Nocturnidad? – propuso Koldo.

– Pues sí.

– Era de día. No me joda.

– ¡Ah! ¿Cuándo era de día?

– Ahora.

– No, nosotros nos referíamos a antes. Además ¿No has dicho algo de que ibas a cenar con tus abuelos? Cena es por la noche. Noche, es nocturnidad.

– La nocturnidad son 10 años más ¿verdad?

– 10 años y un día. Es importante el día.

– Así ya hacen – Koldo sacó una calculadora del bolsillo – 37 años y un día.

– Así que suma, 25 años que tiene el amigo Pau y 37 años que va a cumplir, dan un total de… ¡¡Hostia, que viejo!! Ya no va a poder ligar con nadie por las noches cuando salga. Con lo que le gusta zascandilear de cama en cama.

– Pues tú no me vas a la zaga. Que te conozco de vista.

– ¿Me conoces? Ahora dime que hasta hemos pasado una noche de pasión y lujuria. Tú y yo juntos.

Pau bajó la cabeza.

– Me rechazaste.

– Vaya por Dios. No te acuerdas de los polvos pero te acuerdas de éste menda que te rechazó. No sé como pasó eso, con lo que me pones. Si no tuviera que meterte en la cárcel, le diría a mis compis que nos dejaran ahora mismo y nos lo montábamos juntos. Así además animaba a tu cosita, que sige sin coger color la pobre.

– Pues nos lo montamos. Que me pones mucho. ¿Hace? – Pau miraba implorante a Javi mientras el jefe de los GEO tenía su manaza apoyada en su hombro. “¡¡Hostia que manaza!!”, pensaba Pau.

– ¡El chico está bien! Solo necesitará descansar un montón de horas. E hidratarlo – informó el médico de la ambulancia.

– Pues ya sabes, lo montas en la ambulancia y al hospital. Tino, vete con Juani y cuidad de que no le pase nada. Poned celo en el tema, que me huele a chamusquina.

Koldo se acercó a Javi y le dijo al oído.

– ¿No es demasiado para tan poca chicha?

– ¿Sabes quién es?

– Pues uno que te dio calabazas a ti hace años. Cada vez que nos lo encontramos, me lo cuentas.

– Vaya, hombre, yo contando mis tristezas. Pues es Jorge el camarero, el marido de …

– ¡¡Hostias!! Si le pasa algo nos cortan la picha.

– Si quieres que te la corten, yo digo que ha sido idea tuya y…

– No, no. Casi mandaría a los GEO para que cubran el hospital entero.

– Es buena idea. No sabemos lo que puede abarcar la conspiración. ¡¡Conspiración para delinquir!! otro delito. Eso son 3 años y dos meses y 12 días. Koldo, suma, por favor.

Así son 40 años, 2 meses, 13 días. Bueno, 14, que el 13 da mal fario.

– Jubilata ya. Ya no hay ligues en los bares. Se te va a pasar el arroz. Cuando salgas no te van a poder embarazar, querido Pau.

– No he hecho nada – voz suplicante, llorosa, implorante.

Javi suspiró.

– Jefe – Paca se acercó con el móvil de Pau – este móvil es una mina. Mira lo que hay aquí. Y acaba de llamar Henar, que ya tiene los correos electrónicos.

– Borro todo. No vais a encontrar nada. Os jodéis. – le salió así de repente un pronto chulito. Pero la pilila seguía sin coger cuerpo.

– Ya hijo, pero todo está en los servidores. Una pena. Ahora veremos quien te ha dado estas instrucciones y que os proponíais. Y como no has colaborado ¡¡Koldo!! que no hemos sumado lo de obstrucción a la justicia. ¡¡Toma ya!! Otros 2 años y pico.

– Me da pena el chico.

– Ya. Es cierto. Pero sabes, es que Jorge el camarero me cae bien. Aunque me diera calabazas. Y míralo ahí tirado. Y es buen tío, que conste, y lo ha pasado mal, que sé que estuvo a punto… bueno, eso es otra historia.

– No tienes suerte en el amor – se burló Koldo.

– Ni en el amor ni en el folleteo. Le dije a Hernán el otro día y me dijo que no era su tipo.

– A Hernán no le gustan los hombres.

– Es un pequeño detalle sin importancia. El caso es que me dijo que no.

– Vaya – dijo Koldo moviendo la cabeza de lado a lado.

– Ya hemos localizado las escuchas que había instaladas y hemos detenido a dos maromos de esos de cara marcada y mala hostia.

– ¿Marcada por la mala hostia, dices?

– Eso también. No se han tomado muy bien lo de la detención. Han intentado agredir a dos de mis compañeros – explicó el jefe de los GEO.

– Vaya por Dios. Complicidad en atentado a funcionario público.

– Oye, oye que no he hecho nada de eso.

– Por eso es complicidad, porque no has cantado a la primera y no nos has dicho de que va esto.

– Yo soy inocente.

– Y dale.

– Henar me está mandando los correos. Es de alucinar lo que habían montado en este tema. Y todo para joder a Ramiro el millonetis y al pobre Jorge éste, tu amigo. – lo de “tu amigo”, lo dijo con un poco de rintintín.

– No te equivoques. No somos amigos. Me gustaba.

– ¿Ya no?

– Está casado. Y con Ramiro el millonetis. ¿Sabes tú la mala baba que se gasta ese hombre?

– Si ahora lo único que hace es recorrer todo el país follando a grito pelado.

– Pues ya verás cuando se entere de que estos – señaló despectivamente a Pau – han secuestrado a su amado Jorge y lo han drogado. Y querían fotografiarlo desnudo manteniendo relaciones sexuales con su antiguo compañero de clase Pau Molar de las Ruidades.

– Esto está quedando largo Javi. Deberíamos trasladar al detenido a comisaría y interrogarlo con todas las de la ley. Y cerrar el capítulo. El narrador está cansado.

– Vale. ¿Están preparados los electrodos en la sala especial?

– Por supuesto.

– Si eso le vais afeitando los huevos para que luego se pueda poner mejor y tal para las descargas.

– ¿Qué me van a hacer? ¡Ah! No, eso es de coña. Que estamos en un país civilizado.

– ¿Ves? La propaganda del Estado funciona. La gente se ha creído eso de que no usamos la tortura genital en los interrogatorios.

– Joder, Javi. Me acaba de llegar esta foto de uno al que violaron el otro día en la cárcel de Jienpocuelos. ¡¡Mira como lo han dejado!!

Javi abrió mucho los ojos al ver lo que le enseñaba Koldo.

– Tenías un buen culo, Pau. Es cierto, es uno de los culos más bonitos que he visto en mi vida. Por el voley, seguro. ¡Te lo juro, de verdad! Tu culo me pone a cien. Que digo a cien ¡¡A mil!! Pero… siento decirte que… lo siento, será inevitable que, míralo tú mismo.

– Es que después de esto, por mucho que quiera, cuando salga dentro de 41 años 5 meses y 34 días, ufff, es que no habrá forma de que pueda… ya me entiendes.

– ¡¡No!! confesaré todo. – Pau sudaba asustado sin dejar de mirar la pantalla con la boca muy abierta, un estertor incontrolable en su ano y los ojos moviéndose desbocados, como si fuera la niña del exorcista. – Lo confieso. He drogando la mermelada. Y he traído aquí a Jorge el camarero. Quería follar con él, pero no ha querido quitarse los calzoncillos esos rotos que lleva. ¡¡Son una cutrez!! Pues no ha habido forma. No he podido hacer nada.

– ¿Y quién es tu jefe?

– Lo organizó todo Enrique, en del Club de Tenis. El de la fiesta. Odiaba a Jorge el camarero. Dijo que le jodió un ligue, una tal Jimena a la que quería beneficiársela. Y un negociete. Ramiro el millonetis no quiso ayudarlo por culpa de Jorge el camarero. Y además, no hace más que repetir que le huelen los sobaco y los pies, pero te juro que en la vida le han olido. En el instituto se duchaba dos veces al día. Y te juro que he metido la nariz por comprobarlo, y no le huelen. Jorge siempre ha sido muy limpio. Yo se lo decía al tal Enrique, pero no me hacía ni caso. Y quería que un tal Hernando se quedara con el puesto de Jorge. Una prima en quinto grado del tal Ramiro el Millonetis, también está implicada. Y la hermana de Jorge el millonetis, que no le puede ni ver. Todos a una, como en Fuenteovejuna, gritaban en las reuniones. Yo no quería. Les decía que Jorge era majo. Me caía bien, siempre. Eramos íntimos en el instituto. Les decía que lo dejaran en paz, que con lo que le iban a hacer a Ramiro el millonetis en Moscú, bastaba para joderles el matrimonio, la vida y todo y que sacaran tajada del tema.

– ¿Que ha pasado? – Carlos entró como un vendaval en la casa – ¿Donde está mi hermano? Estoy muy preocupado.

– Si, si, Carlitos. Preocupadísimo. Por eso te has echado el tercer polvo de la mañana con el hijo de la matrona del bar. ¿Cómo se llamaba, que se me ha olvidado?

– La piltrafa.

– Gracias, Pau. ¿Ves como si te sabías el nombre? Si es que no hay como ponerse a declarar y colaborar con los amigos. Una pena que no podamos tener un affaire tú y yo.

– Me gustas Javi el policía. ¿Me irás a ver a la cárcel? Me han dicho que lo haces con algunos presos que has detenido.

– No te engañaré. No iré a verte. Solo he ido a ver a mi amigo Ghillermo. ¿No te he dicho? Nos hicimos novios hace un par de días. Hemos estado conociéndonos 3 años. Pero ya nos hemos decidido.

– Y otros 6 de noviazgo, 15 de preparativos, 25 de preparación al matrimonio. Así os casáis a los 56 – bromeó el jefe de los GEO.

– Que majo eres Edelmiro. La boda será pronto, pero no te voy a invitar.

– Menos mal que Ghillermo es buena persona y sé que me va a invitar.

– Pues no decías lo mismo cuando meneabas la cabeza al enterarte que iba a verlo a la cárcel.

– No me lo perdonarás en la vida.

– Nop.

– Precintad el escenario, recoger todas las pruebas y nos vamos. Llevad a este joven tan apuesto a comisaría.

– ¿Me puedo vestir?

– Es que me gusta verte desnudo. Me pones tanto… – dijo Javi levantándose y enfilando la puerta para irse.

Una vez en la calle, Javi cogió el móvil y marcó.

– ¡Fito! Misión cumplida. Jorge está a salvo.

– No, no, no ha pasado nada. Lo han drogado.

– Sí, sí, está en el hospital durmiendo.

– No. Aún drogado, no ha dejado que le quiten esos andrajosos calzoncillos que lleva puestos. ¿Por qué suspiras?

– ¡Ah, es una prueba de amor! Vaya. Se lo diré a Ghillermo.

– Por cierto, ojito, que hay algo con Ramiro el millonetis. ¿Qué está con un rubio despampanante? Es la conspiraciónm de los rubios. Ufffffff, pues yo entraría pero ya. Creo que debéis poneros el traje de super héroe recordando viejos tiempos.

– Ya me contarás. Solo te recuerdo que estáis en Rusia.

– Un beso Fito. A ver que regalo de boda me haces.

– Te aviso con tiempo.

– Chao.

Diario de un hombre sin nada que contar. 33ª entrada.

 

Voy retrasado. Ahora no tengo tanto tiempo.

Todo salió bien.

Fue una noche agradable. Nochebuena. La más agradable desde que era niño.

Oriol se reía a gusto. Ya estaba con nosotros. Su cabeza también.

Dijo de irse por ahí, le dije que mejor no. A cambio, vinieron algunos de sus amigos a casa. A algunos ya les conocía. Es curioso, no conocí a casi ningún amigo de mis hijos.

Los amigos de Pol vinieron a la cena. Vane y Justin. Resulta que sus padres son clientes del banco.

Y una amiga de Eduardo que estaba sola.

No sobró comida, fuimos un regimiento.

Faltó algo de bebida.

Faltaron dulces navideños. No se me ocurrió.

Eduardo se fue a su casa. Le dije de quedarse, pero me dijo que no. A lo mejor se ha asustado, pensé.

Los chicos durmieron bien.

Yo no, por eso sé que ellos lo hicieron. Fui a verlos varias veces. Estaban relajados.

Me levanté a las 6 a poner una lavadora, cansado de dar vueltas en la cama. Mi ropa, la de los chicos. Y una camiseta que se había dejado Eduardo, no sé muy bien en qué momento.

De paso, limpié la casa.

Colgué la ropa.

A las 9, estaba agotado. Apenas había dormitado un par de horas. Me senté y me quedé traspuesto.

A las 10, llegó Eduardo con churros y chocolate.

¡A desayunar!, gritó desde la puerta, dándome un beso.

Los chicos se desperezaron yendo a la cocina.

¡Churros!, dijo sonriendo Oriol.

Elvira no les dejaba comerlos, alguna manía suya. Yo a veces, les invitaba a escondidas. Me gustan los churros.

A comer nos fuimos de restaurante.

Lo pasamos bien.

Luego, Eduardo dijo de ir al cine. Los chicos dijeron que sí. Yo fui a echarme a casa.

Volvió Eduardo. Oriol y Pol se quedaron con unos amigos. Cada uno los suyos.

Volverán pronto, me dijo Eduardo sin que le preguntara.

Se sentó sobre mí y me besó.

Me dieron ganas de decirle que se viniera a casa a pasar unos días. No me he atrevido.

Le fui a proponer quedarse esa noche, para pasar un rato. Tenía preparadas las respuestas por si decía que los chicos se dieran cuenta, o tal. “¿Y sí…?”, hubiera preguntado. “Lo saben. No son tontos”, cantestaba yo sin dejar acabar.

En cambio preguntó primero.

¿Y esto va a ser para siempre?

El tono. Fue el tono. Debí darme cuenta.

No contesté. No tenía respuesta. Se fue a preparar la cena.

La cena en media hora, les dije a los chicos por wasap. Me dieron el Ok.

Teresa llamó.

Teresa me dijo que hablara mucho con todos. Con todos y de todo. No se me da bien, le dije.

Ya echo de menos la soledad.

No sé si me gusta que de repente, tenga medio pareja, y medio dos hijos nuevos.

Didac me llamó. Dijo que se sentía orgulloso de mí. Una cena de parejas, eso es lo que tenemos que hacer, propuso.

Me había imaginado que Eduardo volvía con una pequeña maleta. Me imaginé también que no me había dado cuenta cuando se había ido a por ella. Pero solo se asomó a la habitación para avisar de la cena. Los chicos ya estaban.

Tenía ganas de jugar con Eduardo.

Eduardo no.

Al final, todo se ha complicado. Mi vida era aburrida. Ya la echo de menos. Ya no hablo ni de mi Madrid. Campeones del Mundo. No lo he disfrutado. Ahora, la cagamos en Copa. Y lo del Sevilla.  Suspiro de alivio con el Málaga. Pandilla de chulos.

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Néstor G