Navidad 2016: “La Lotería”.

Él no hubiera hecho eso. No. Él hubiera sido más comedido en la celebración. ¿O no?

A Juanma no le gustaban las celebraciones grandiosas ni hacer ostentación de la riqueza. Olivia le decía que eso era porque no tenía ninguna riqueza.

– No tienes dónde caerte muerto, Juanma.

– Escribe por favor JuanMa, con la “M” Mayúscula.

– Bueno.

Olivia se levantó ofendida de la mesa ante la que estaban sentados y se fue.

– Ni que fuera “El millonetis” – se fue pensando Olivia sobre su amigo JuanMa.

Éste seguía mirando la televisión. Ni se inmutó ante la huida de su amiga. Todos los 22 de diciembre a partir de que saliera el Gordo de la lotería, o el Segundo premio o el Tercero y los demás importantes, decenas de personas se acercan a la administración vendedora, o al bar o la tienda, para tener su minuto de gloria en la televisón o en la radio. En el periódico. Y JuanMa, ahí, en la tele, pendiente.

– Seguro que la mitad no les ha tocado.

Acababa de llegar Timi. Se sentó en dónde hasta hacía unos minutos estaba sentada Olivia.

– Joder, Timi, deja de quitar la gracia a las cosas. Déjate llevar por el espíritu de la Lotería.

– Lo único que quieren esos es ir a Sálvame”. Como no pueden, hacen el payaso cuando aparece una cámara.

– Bobadas – desacreditó JuanMa.

– A mí desde que echaron al calvo… no es lo mismo – siguió Timi, no haciendo caso a lo que decía el otro.

A JuanMa, le fastidiaba, pero en este caso le tenía que dar la razón a su amigo: no era lo mismo sin el calvo. Era como más mágico.

– Si hacen anuncios muy bonitos – apuntó una señora sentada en la mesa de al lado, a la que no conocían pero que estimó oportuno participar en el debate.

– Yo voto por el calvo – terció el señor de la pajarita azul, sentado en la otra mesa, que estaba enamorado en secreto de la señora y que buscó ese momento para hacerse el interesante.

– Yo por la señora esa que se le va la cabeza.

– Yo por el del bar que le deja el décimo.

De repente, la mitad de los clientes del bar se creían con autoridad para participar en ese debate. JuanMa los miró a todos desesperado. Le hubiera gustado gritar que le daba igual la opinión que tuvieran todos ellos. Y le hubiera gustado decirles que se callaran un rato, que le gustaba disfrutar de ese momento, le gustaba ver a los que salían en la tele e imaginarse que era uno de ellos. Y luego, pensar lo que haría con el dinero.

“Lo primero es cobrarlo”, se decía. “Al banco. Estoy seguro que ese día todos los bancos de los alrededores, abren las sucursales a todo correr para recibir los décimos premiados.”

¿Y después?

– JuanMa, mira a ver si te ha tocado de una puta vez y así dejas la tele libre el día 22 de diciembre.

Pepa acababa de hacer su aparición estelar. Como siempre exhuberante en lo físico y en lo humano. Grandilocuente en gestos y en volumen de voz.

– Ya se acaba de joder todo – murmuró para sí JuanMa, con ganas de mandar a todos a hacer gárgaras. Le habían jodido su tradición. Su momento “sueño que soy millonario y me hago una paja mental de alegría y felicidad por el premio, y bla, bla, bla.”

– Te estás cagando en todos nosotros – le espetó la Pepa, dándole una palmada en la espalda que casi lo manda a la esquina contraria del establecimiento.

No podía negarlo, y no lo haría: se estaba cagando en todos sus muertos. Y no lo diría, pero tampoco lo ocultaría: odiaba a la humanidad en ese momento.

– Mide tus fuerzas Pepa, que casi le das media vuelta.

Volvió a la televisión. Dejó de prestar atención a lo que pasaba con sus amigos y con la gente de alrededor que se animaba a participar de las risas que sus amigos se estaban echando a cuenta de la Lotería y de la afición de JuanMa por el tema.

– Me voy a dormir – dijo de repente levantándose, cogiendo el abrigo en el mismo movimiento y dirigiéndose a la salida, dejando a sus amigos estupefactos.

Corrió a casa. Fue al armarito en donde guardaba los papeles. En una pequeña funda marrón, estaba los décimos que jugaba. La cogió y se fue al salón, a la tele.

– Joder.

De repente se le había secado la boca.

Sacó los décimos.

– ¡Joder!

Su corazón aceleraba.

Era el décimo que le había dado Patrick. Patrick era su amigo de Madrid.

– ¡Joder!

El pecho le iba a estallar. Su corazón latía a cien. Sudaba. El teléfono de repente, empezó a llenarse de decenas de pitidos anunciando wasaps.

Pero JuanMa no podía atender a nadie. Le costaba respirar. Se soltó el botón del cuello de la camisa y se dio de si el cuello de la camiseta. No le llegaba el aire.

– Tranquilo. Tranquilo.

Se lo repetía una y otra vez.

– A ver si me va a dar un siroco y la palmo rico.

Estaría gordo que el bueno de JuanMa, toda la vida obsesionado con la lotería de Navidad, y cuando le toca, la palma sin poder haber comparado la realidad con los cientos de sueños que había tenido al respecto año tras año.

Poco a poco se fue relajando. La boca seca, eso sí. El cuello de la camiseta dado completamente de sí. La camisa desabrochada hasta el ombligo.

Comparó el décimo que tenía con el que veía sobreimpresionado en la tele.

– ¡Joder!

Era el mismo número.

Corrió a por el teléfono que tenía en el bolsillo del abrigo.

Miró los wasaps.

Su amigo Patrick de Madrid:

Tío que nos ha tocado.

¿No me has visto en la tele?

Alucinante.

Que pena que no estés.

Con lo que te molan estas bobadas.

JuanMa se entristeció. Para una vez que le toca, no puede ir a tomar champán y celebrarlo ahí, frente a la cámara.

– No es lo mismo – se repetía – Joder, podía haber tocado en la administración de la esquina.

De repente tuvo una idea. Fue a un baúl en el que echaba recuerdos y cosas que no sabía dónde meter. Rebuscó y encontró un gorro de esos de cartón y algunos collares de papel de colores. Y un matasuegras. Y unas gafas de pega. Y un bigote.

Se lo puso todo. Se miró al espejo y su reflejo le dijo:

– Payaso.

Colocó el móvil en un soporte y puso a grabar vídeo.

– No, no, espera.

Canceló la grabación.

Fue corriendo al armarito de la cocina y sacó una botella de cava que tenía desde hacía 5 ó 6 años. Estaba caliente, pero eso molaba. Buscó unos vasos de plástico. “Tienen que ser de plástico”.

Volvió al salón y puso el vídeo de nuevo.

Costaba abrir la botella. El corcho estaba pegado. Al final lo consiguió. Pegó un petardazo de impresión. Salió una chorrotada de líquido amarillento y espumoso que acabó, parte sobre la mesa y otra parte sobre la butaca de echar la siesta. No prestó atención y se dedicó a saltar mirando a la cámara, con la botella en una mano, el vaso en la otra, bebiendo sorbos de un líquido asqueroso, calentorro. Y saltando. Siempre mirando a la cámara. El gorro en la cabeza, las gafas de pega puestas, los collares en el cuello.

– Oé, oé, oé.

– Oé, oé, oé.

Estuvo casi 10 minutos con el vídeo. Distintos saltos, mirando a cámara, acercándose y pegando un grito. Riendo y contestando a una entrevista imaginaria de un periodista imaginario de una tele imaginaria.

De repente, se quedó parado, cansado.

Se dio cuenta que no había tenido el décimo premiado en la mano, mientras hacía su representación. Pensó en repetirlo, pero no tenía ganas. No le había gustado tanto coomo él esperaba.

Estaba cansado. No, en realidad estaba decepcionado.

Tuvo un momento en que su conciencia le dijo que todo lo que estaba haciendo iba contra sus principios de no celebrarlo con ostentación y algarabía. Ser modesto. Pero apartó el pensamiento con un manotazo.

Vio el salón desordenado. El suelo pegajoso. Su butaca de la siesta con manchas de un color oscuro que adivinaban dónde estaba la mitad de la botella.

– ¡El décimo!

Miró desesperado a todas partes. No lo veía. Miró la funda marrón en dónde estaban el resto de los décimos. No lo encontró.

Otra vez la ansiedad. Otra vez le faltaba el aire.

Fue recorriendo el salón. Levantando las revistas viejas y los tiraba. Los almohadones del sofá, los de las butacas…

No estaba.

Se estaba volviendo loco. Se apretaba la cabeza con las manos, parcía que le iba a estallar.

Joder.

Se acordó que había estado en la cocina. Fue corriendo.

Miró en el armarito.

Miró en el otro armarito, el de los vasos de plástico.

Miró en el del cristal.

En el de los platos.

La desesperación estaba al límite.

Abrió el frigorífico.

Ahí estaba.

– Si no he abierto el frigo – murmuró.

Recordó que pensó en sacar algo de picar con el cava. Pero luego rectificó: “eso no hacen el la tele”, pensó.

Agarró el décimo y lo metió en la cartera.

Y con ella en la mano, se fue a su habitación. Pensó en cambiarse de ropa y salir a buscar una sucursal bancaria abierta. Pero recordó que el premio no había tocado en su ciudad, sino que lo había hecho en Madrid.

– Como no vayas a Madrid…

– ¿Y por qué no? – se contestó.

Cogió las llaves del coche y salió de casa sin mirar atrás.

Total, así de paso, a lo mejor llegaba a alguna celebración. Y con más gente, seguro molaría más.

Patrick, voy para allá, escribió en un wasap.

Y para allá que fue. A cobrarlo, pero sobre todo, a celebrarlo.

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