Diario de un hombre sin nada que contar. 32ª entrada.

¿Ves? López es listo. Sus hijos están en tu casa, como quería.

Miré a Eduardo. Noté un gesto como de enfado.

Asentí con la cabeza mientras miraba que la pularda en el horno estuviera a punto. No, necesitaba veinte minutos más. La saqué, la rocié con el jugo. Le eché un poco más de vino blanco.

Los chicos, en su habitación, deshaciendo las maletas.

Fui a verlos.

Pol colocaba las cosas de los dos. Oriol, ido. No reaccionaba.

Vamos, ayúdame, le dije en tono suave. Como sugiriendo, como si se lo pidiera. Le costó, pero al final se levantó. Me cogió la mano que le había tendido. Se la apreté.

¿Queréis puré de patata? Del de Maggi, que es el que os gusta.

Sabes que nos gusta el puré de patata Maggi, dijo con los ojos muy abiertos Pol, saliendo al pasillo, como si le hubieran tocado los seis aciertos de la primitiva.

He comido muchas veces con vosotros en casa, me defendí.

Papá no lo sabe, dijo Oriol.

Y es el que me gusta a mí, insistí.

Por eso me quedé con el tema, apostillé. Me seguían mirando con la boca abierta.

Se miraron. Cada uno en un lado del pasillo. Hubiera jurado que hablaban. Y que se relajaban. Por un lado me gustó. Por otro, no, porque sabía lo que me iba a tocar. No sé si estoy preparado.

Llamó Tere.

Les he traído a casa, le expliqué.

Lo harás bien, me dijo. No te comas la cabeza. Son buenos chicos.

No estoy seguro. De mí, no de que no sean buenos chicos, aclaré.

Lo harás, lo sé. Te conozco mejor que nadie.

Fui a replicar, pero me sentí cansado de repente.

Habla con Oriol, está hundido, murmuré para que no me oyeran. Tienes mano, la animé.

Vale.

Y mira de llamar a su madre.

Saludad a la tía Tere, grité, y le tendí el teléfono a Oriol.

Sabía que ella lo animaría. Era buena. Mi ex es una de las personas más maravillosas del mundo. Nos hemos separado hace unos años. No puedo amarla de la forma que ella necesita, pero la quiero. Y una de las pocas cosas seguras que tengo en la vida, es que ella me quiere, que me querrá siempre. Que si la llamo porque estoy mal, cogerá el primer avión y estará a mi lado, dejando lo que sea. No quería escribir de esto. No he escrito cosas sobre ella. Conversaciones con ella. Estoy con la guardia baja. Será por la Navidad. Jodido tatojimmy, jodido Didac que me convenció para escribir en su blog. Jodido Eduardo que ha resquebrajado mi coraza, aunque sea una rendija.

Pol vino y se sentó, mirando a su hermano hablando con la tía Tere. Seguía tenso, estudiando la cara de Oriol. Ésta iba recuperando su tono normal, la vida, sus ojos empezaban a brillar. Me acerqué por detrás de Pol y lo abracé.

Relájate, ya me preocupo yo.

Se encogió de hombros. No se daba por vencido.

Os vais a quedar aquí, le dije. Entre todos, haremos las cosas.

No es tu trabajo, tío. Los que…

 

Tienes personas que te quieren. Oriol, yo. La tía Tere. Tienes amigos. Con eso lo tenemos todo ganado. Tus padres te quieren también. Lo sabes. Pero tienen sus problemas. Deben solucionarlos. La vida no ha sido fácil para ellos. El pasado a veces viene a cobrar sus deudas.

Tú los has arreglado, no sé por qué papá no lo ha hecho igual.

No, no las he pagado del todo, mis deudas con el pasado, no. Están en mi cabeza.

Necesito vuestra ayuda, gritó Eduardo desde la cocina.

Oriol seguía con Teresa. Ya sonreía. Pol y yo nos fuimos a la cocina. Eduardo casi quema la pularda. Casi quema el puré de patatas. Casi se corta un dedo al abrir una lata de espárragos.

¿No eras cocinillas?, me burlé de él.

Todos tenemos un mal día, se defendió.

Pol y yo nos pusimos a la tarea de arreglar la cena. Eduardo se apoyó en el quicio de la puerta, mirándonos y sonriendo. El bobo de él lo había hecho a posta.

Me acabo de acordar que tengo que irme, dijo quitándose el delantal. Unos amigos han venido de sorpresa de fuera y…

Buen intento, le amenacé con el dedo. Si sales por la puerta de la calle, no volverás a pisar esta casa. Y puedes ir pidiendo traslado de oficina en el trabajo.

Bien dicho, tío Néstor. Eduardo miente muy mal.

Oriol le pasó el teléfono a su hermano. Se le notaba mejor.

Ayúdame con los entremeses.

Pol reía con Teresa.

Eduardo colocaba la mesa.

Oriol y yo, con los canapés y un revuelto.

¿Te importa que vengan mis colegas Vane y Justin? Sus viejos trabajan, pidió Pol.

Abre otra lata de espárragos, dije como toda respuesta.

Guay.

¿Quién baja al súper a por más pan?

.

Néstor G

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