Diario de un hombre sin nada que contar. 34ª entrada.

Sigo retrasado.

Todo ha cambiado. La vida. Los chicos.

En Nochevieja cenamos los tres. Solos.

Le dije a Eduardo. No me contestó.

Se consumó la huida.

Teresa llamó.

La madre de los niños, llamó. Está en Canadá. Un trabajo irrechazable y una pareja complaciente. No como López. No lo dijo, pero se le suponía el pensamiento. Tienen buen sexo, deduje yo. No como con López.

Los chicos hablaron con su madre. No quise escuchar.

Déjame unas semanas para asentarme y veré de traerme a los chicos, me dijo luego.

Los chicos arrugaron el morro.

La cena bien.

Nunca había tomado uvas. Ellos tenían esa costumbre. Me atraganté.

Se rieron. Yo no.

Luego salieron.

Yo me quedé en casa.

Los petardos en la calle. Muchos petardos. Miles de petardos. Algunos gordos. Algunos me hicieron saltar de la butaca.

Llamó Luis. A la 1,30. Feliz año y tal. ¿Y si nos lo montamos?

Vino a casa.

Nos lo montamos.

Me dijo que había visto a mi hijo Antonio. Ahora que estoy en el papel de padre adoptivo, tendré que ocuparme de mis hijos de verdad.

No sé cómo afrontarlo. Me dice mi mujer que hable con él. Dice que me quieren más de lo que pienso. No la creo.

Ese tema lo debes tratar tú, me dijo cuando intenté que fuera ella la que hablara con él.

Luis se fue antes que volvieran los chicos.

Oriol llegó pasado de vueltas. No me gustó.

Pol llegó contento. No me gustó. Es muy joven. Llegó muy tarde, tampoco me gustó.

Comimos poco. Se levantaron a las mil. Yo, poco antes.

Larga siesta.

Hablé con ellos. Por separado. No les gustó. Como decía López, es lo que tiene educar, que te miran atravesado a veces.

Llamé a Eduardo. Le dije de quedar a tomar algo. Se excusó. Intuyo que los chicos no entran en sus planes. Me animó a que ayudara a los chicos, pero luego, se ha asustado. O le ha surgido otro rollo. No le culpo.

Ya no tengo medio novio, está visto. Poco me ha durado. Tampoco sé si lo quería, pero me había hecho a la idea.

Elvira volvió a llamar. Fueron los dos días de mi vida que más tiempo he hablado por teléfono. Le dije de las aficciones de sus hijos por el alcohol y la hierba. Suspiró. Algo me temía, me dijo. No añadió nada más.

Que Elvira tenga su momento, después de la frustración que supuso López como marido, no me parece mal. Que tenga que pagar yo las consecuencias, no me parece tan adecuado. Lo que está claro es que los chicos no tienen la culpa de las deudas que tenga la vida con sus padres o conmigo.

Morata marcó el domingo.

Bien.

Y Kovacic.

Bien.

No vi el partido.

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