La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 12.

Fito colgó el teléfono. Miró a sus compañeros, serio, muy serio.

– Ya habéis oído ¿no?

Los aludidos asintieron despacio, poniéndose cara seria de repente.

– ¿Habéis traído el equipo?

Volvieron a asentir, con cara concentrada y los labios apretados.

– Vamos a ello. Llamemos al resto. Alarma general.

Los tres se encaminaron a sus habitaciones para coger su equipamiento. Luego fueron todos a la habitación de Manu a prepararse.

Óscar fue el encargado de dar la alarma a su equipo.

– ¡A las trincheras!

Fue el wasap que mandó a todos.

Se desnudaron por completo. Abrieron sus maletines especiales. Hacía tiempo que no lo necesitaban. Pero esto era una urgencia con posibles consecuencias fatales para ellos y para la economía mundial, por menos se habían organizado guerras mundiales.

Los pantalones ceñidos térmicos. La camiseta ceñida: térmica y anti-balas, delgada y eficaz. Lo mejor. Nadie la tenía más que los cuerpos de seguridad más especiales del mundo. Era material Top-secret. Ellos formaban parte de esa élite.

Música de James Bond, por favor.

La máscara.

Las gafas de visión de rayos Z, que atraviesan cualquier objeto. Algunas veces las llevaba por broma, para ver a la gente desnuda. “menudas decepciones te llevas” decía con sorna en esas ocasiones Fito, amante de los miembros grandes, largos, gordos, lo más, vamos. Los relojes ultra precisos, las pistolas enanas y precisas, silenciosas, indetectables. Las cerbatanas durmientes, como las llamaban, que lazaban unos dardos degradables que dejaban KO a los enemigos sin dejar rastro, porque a los 2 segundos, se volatilizaban. Las bombas del olvido, que cuando detonaban provocaban que los que estuvieran en su radio de acción no recordaran nada de nada de lo sucedido en la hora anterior y les creaba bonitas historias de sexo y lujuria para llenar esos huecos. A cada uno le creaba una historia adecuada a sus fantasías ocultas, para que las callaran y les sirviera a algunos de motivo de rezos y flajelaciones varias pensando en lo pecadores que habían sido en esa hora de desenfreno. Cuenta Manu una historia al respecto muy curiosa. Una vez en una misión, se encontraron con dos hombres de unos 60 años que tenían en su haber una ristra de conquistas femeninas de todas las edades. Las malas lenguas decían que llevaban más de 983 chicas conquistadas cada uno. Eran mala gente, que andaban montando líos para que los países en guerra siguieran en ello, porque les iba la venta de armas. Ramiro el millonetis tenía intereses opuestos. Intentaron matarlo una vez. Los tres mosqueteros y su equipo lo evitaron en el último momento. Los dos hombres estaban a pie del cañón, vigilando la operación. Óscar les lanzó la bomba del olvido. Los dos se quedaron así de éxtasis durante unos minutos, para que se les crearan los recuerdos mentirosos. Y resulta que su fantasía secreta era el montárselo el uno con el otro. Estaban enamorados y demás pero los dos callaban por el qué dirán. A raíz de esa operación, acabaron huyendo al poco a una isla perdida en el océano Pacífico, donde aún viven su amor recién destapado.

– El amor verdadero triunfó.

Con esta frase suele acabar Manu el relato de lo acontecido. A los más íntimos cuenta que a los diez minutos de la broma, después de mirarse y comprobar que los dos tenían el mismo recuerdo, uno con una mamada más así, y el otro con un gritito más allá, pero cuestión de minucias, pues se lo montaron en el ascensor del hotel de uno de ellos. Y cuando salieron una semana más tarde, en la que no abandonaron para nada de la habitación por eso de recuperar el tiempo perdido de dos vidas, una por cada uno, que ya tenían 60 tacos, pues los dos llevaban debajo de los pantalones unas medias de seda, negras, con una línea que las recorría de arriba a abajo, y un liguero estupendo de color rosa. Llevaban un juego de pendientes entre los dos, o sea: uno llevaba un pendiente en la oreja izquierda y el otro, el mismo pendiente en la oreja derecha.

Dejaron el tráfico de armas y se liaron a vender al por mayor medias de encaje para hombres. “Los hombres también usamos esos complementos”, decían muy serios y convencidos a quien los quería escuchar.

Acabaron de preparar todos los aditamentos. Las armas secretas y las súper secretas. Y las ultra secretas.

Abrieron las puertas de sus habitaciones justo en el mismo momento en que todo su equipo llegaba igual de pertrechado. Loca, que subía de tener una sesión de masaje y pedicura en el SPA del hotel se quedó con la boca abierta. Fito miró a Óscar y éste suspiró.

– Perdóname Loca.

El aludido fue a contestar pero mientras abría la boca, Óscar a la sazón su amor, le metió una pastilla en el gaznate que le hizo quedarse dormido al instante. Cuando despertara, a las cuatro horas, no se acordaría de nada. Eso sí, tendría una bonita historia de sexo y amor que recordar. Óscar solo esperaba que esa acción sexual fuera con él.

– La leche, esto es peligroso ahora que lo pienso.

Los ayudantes de los tres mosqueteros, llevaron al bello durmiente a la cama de Óscar. “Joder como sueñe con otro, la que se arma”, pensamiento recurrente en Óscar, pensamiento que, aunque menos insistente, tenían sus amigos también. Los pobres miraban a Óscar con cara de pena, así de soslayo, para que no se diera cuenta.

– Adelante.

Y como era tradición, los tres se morrearon por turnos, con mucha lengua y no menos intensidad.

Cada uno ocupó un lugar estratégico en las inmediaciones de la suite zariana que ocupaba Ramiro el Millonetis.

– Pepi y Jimena, al tejado.

– Ubaldo y Telma, a la terraza.

– Fede y Hermenegildo, a la piscina.

– Rebe y Kike, a la recepción.

– Gonzo, a la cocina. Ylenia, lo apoyas en la puerta trasera.

– Los demás, con nosotros.

– Todos a sus puestos.

Como por ensalmo, todos los citados desaparecieron sin hacer el menor ruido. En 34 segundos, estaban todos en sus puestos.

– Empieza la fiesta.

Óscar metió por debajo de la puerta un folio en blanco. Pues vaya tontería diréis. Pues no, queridos lectores, la hoja en blanco es uno de los útiles más novedosos de los servicios más secretos del mundo. Es una hora que incluye en su pautado, cientos de sensores, cámaras de vídeo y de fotografía de alta definición, unos potentes micrófonos capaces de escuchar hasta el roce de la pelambrera de los testículos de los hombres con sus calzoncillos, aunque éstos fuera de seda, seda, suaves y delicados.

– Es como la hoja en blanco de un escritor – explicaba ufano Fito en las clases que daba a su equipo – en ella se escribe, una vez puesta en circulación, la historia completa de los personajes protagonistas.

Los tres mosqueteros conectaron sus pantallas en las lentillas que llevaban puestas. En ellos empezaron a ver la habitación de Ramiro. Al fondo, estaba Ramiro sentado en el suelo, con la mirada perdida en la lámpara tipo araña que colgaba del techo. El rubio potente intentaba quitarle la ropa y demás. Lo amenazaba y luego le daba un caramelo.

– Venga, querido Ramiro, que vamos a follar, que me pones mucho.

– ¡¡Venga, joder, marica de mierda!! ¡¡Te voy a romper el culo!!

Pero Ramiro permanecía sentado con actitud beatífica, cara de niño bueno, apretando su camiseta cochambrosa, llena de lamparones de ketschup y mostaza y una mancha con tonos marrones, que sin duda eran restos de salsa barbacoa.

– Mi Jorge. Es la camiseta de mi Jorge.

– No te preocupes – le decía el rubio potente – la mando a lavar y mañana la tienes como nueva. Quien me iba a decir un tío tan millonetis como tú, que use camisas sucias en sus viajes de negocios al extranjero. Roñoso a tope ¿eh Ramiro el millonetis?

E intentaba quitarle la camiseta de nuevo, pero Ramiro se resistía con una fuerza extraordinaria.

– Joder, si me dijeron que la droga le dejaría KO.

Pero el rubio potente no había caído en cuenta de la fuerza del amor. Y esa camiseta representaba el amor de su Jorge el camarero.

– ¡¡Quita!! – volvió a gritar el rubio potente.

– ¡¡No!! – gritó sin cambiar un ápice su gesto beatífico Ramiro el millonetis. Con su Jorge el camarero en la mente, olvidando que no estaba con él en Moscú.

– ¡¡Quita esa mierda o te parto la cara!!

Y levantó la mano para asestarle un collejón.

En ese momento, empezaron a suceder una infinidad de cosas. Por la puerta de atrás, llegó una decena de furgonetas negras de la que bajaron al menos 30 hombres y mujeres en proporciones sin determinar. Sus comunicaciones cantaban a los cuatro vientos con una falta de discreción absoluta, todo seguramente debido a que se creían los amos del territorio y sin oposición a sus acciones, que su destino era la suite zariana de Ramiro el millonetis.

– Deben sacar al millonetis ese esposado por la puerta de delante, para que lo vea la prensa. En pelota picada y con el cebo también en pelotas. Servirá como escarnio público y como advertencia a los demás. Como castigo le embargaremos sus bienes en el país con lo cual el estado ingresará una ingente cantidad de dinero que nos vendrá muy bien. Recordad que el Presidente nos ha prometido 15 días de vacaciones en las playas del Mar Muerto.

– ¡¡Bien!! – gritaron contentos y felices los hombres y mujeres que formaban el pelotón encargado de la historia.

– Con los gastos pagados.

– Bien.

– ¿Y las furcias también pagadas?

– Igor, no seas impertinente – contestó el jefe de la unidad al soldado que había hablado.

En el mismo momento, la puerta principal era tomada a la vez por un considerable número de policías uniformados que hacían que contenían una ingente cantidad de medios de comicación mundiales. Ahí estaba la CNN, la CBS, la KJU, la TYP, la TRW, la FOX, la BBC, la BBV, la BMW, la RPL, la ÑÑÑ, la TRE, la TVR, la TV1, la UIYLÑKJUI8, la URE, la frt, entre otras.

El personal de recepción del hotel sacó sus armas. Los botones, chicos jóvenes y estupendos, cambiaron su uniforme de botones, con muchos botones y un gorro típico, por un traje de hombre rana, muy ajustado, marcando los abdominales y bultos más abajo sin determinar. Salvo el de Vladimir, que era muy evidente, que se le marcaba hasta la cicuncisión del miembro en cuestión, que no era ni grande ni pequeño, pero sí que era muy resultón.

– Si es que das la nota – le decía siempre su supervisor de acciones especiales, antes y después de beneficiárselo en los servicios del cuartel de entrenamiento y del mismo hotel, cuando estaban los dos en comisión de servicio.

– Eres mi perdición – le decía al oído mientras jadeaba en su mete y saca incensante.

Y lo era porque sabía que de descubrirse, irían a galeras los dos. Pero el uno no podía vivir sin meter su miembro dentro de los orificios del otro, y el otro no podía vivir sin el miembro del uno dentro de él.

– Estoy vacío sin ti – se decían al unísono, como si lo hubieran ensayado, pero no era el caso, aunque al final, parecía que lo era porque de tanto decirlo, ya sonaba a ensayado.

Los ascensores se pararon.

Los huéspedes del hotel que no eran personal encubierto de los servicios secretos, fue dirigido con mucha sutileza, hacia la salida para que se dieran una vuelta por la Plaza Roja.

– Los autobuses están a la derecha. Por favor, diríjanse hacia allí.

Timoteo que no le apetecía, pasó olímpicamente hasta que se encontró con el cañón de un kalasnikov apuntándole a los pelillos de la nariz.

– Me has convencido – le dijo al chico que le apuntaba, un rudo ruso del campo, con sus pecas y todo, gesto adusto que le puso un ciento. Aunque algo en la mirada y en el arma, le aconsejó no intentar ligárselo.

– ¡¡Vamos!!

El pequeño ejército que entraba por detrás se desplegó silencioso y rápido.

Los tres mosqueteros veían todo en sus pantallas incrustadas en las lentillas y transmitido a tiempo real por sus hombres desplegados en los puntos neurálgicos del hotel.

– Se impone acción inmediata de huida y distracción.

Se miraron los tres y asintieron. Volvieron a hacer el grito de guerra particular: se morrearon por turnos, para acabar en un morreo a tres, bien apretados.

– ¡¡Venceremos!!

– ¡¡A por ellos, que son pocos y cobardes!!

Y dieron al botón en sus móviles que desencadenaba la respuesta a la agresión que se avecinaba.

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