Diario de un hombre sin nada que contar. 35ª entrada.

No es justo.

No quiero niños. No quiero responsabilidades. No quiero pareja estable. Me agobia todo. Lo de la pareja estable parece solucionado. Eduardo el desaparecido.

Nunca he conseguido ser lo que quería. Aquellas Navidades, López. Antes, aquella vez que nos pillaron mis padres y nos montaron la mundial, haciéndonos creer que éramos malos, unos desviados. Unos mal nacidos, como dijo mi madre a mi padre cuando creía que no los escuchaba. Mejor muertos, te digo, dijo ella. No los quiero ver juntos de nuevo, apostilló. Y si Néstor no cambia, para mi como si no hubiera nacido. No quiero tener nada con un pederasta. Porque son abusones todos, te lo digo, cariño. Violará a sus hijos, es así. Los sodomizará.

Los sodomizará. A los niños. Aquello me quedó grabado. Sodomizará. Suena apocalíptico.

Prácticamente no volví a verles después de aquello. De aquella Navidad. Pero su semilla prendió en algún lugar de mí. Y sigue ahí. Aunque follo con hombres, aunque creí querer a Roberto. Y a algún otro. Aunque reconozco que Eduardo me gusta y creo que empezaba a quererlo. Ahí está todo. Esa semilla de mi madre. Ahora lo veo, me alejó de mis hijos.

A López le pasa parecido. Alguna vez lo he hablado con él. Borrachos. Es la única forma en que se sincera. Hemos tenido sexo en estos años. Nada seguido. Sin caricias, sin besos. Le repelen.

Sexo sin caricias. Sin besos. No es lo mismo.

A sus hijos no los ha besado después de los 5 años.

Él sí tuvo contacto con sus padres. Le machacaron con aquello durante años, hasta que murieron.

En mi caso, enseguida llegó Teresa.

Nos casamos, la dejé embarazada. Éramos muy jóvenes. La quise. Me quiso. La quiero, me quiere. Ella sabía. Ella sabe. Es mi confidente.

Tuvimos tres hijos.

Varones.

Si al menos hubieran sido chicas. Igual pensaba López.

Una vez me dijo Teresa que había hablado con mi madre. La llamó. Logró ponerla nerviosa. Estaba afectada. Me contó que le dijo que no dejara que me acercara a los niños. Los va a sodomizar. Es un pederasta, como todos los desviados. No te engañes, querida, sentenció.

Teresa me abrazó.

Ahí entendió por qué no quise tener nada con ellos. Por qué no los invité a la boda, y sí a mis tíos, a mis primos.

Me abrazó. Me entendió. Me siguió queriendo y yo a ella. Pero las semillas sembradas por mi madre a lo largo de mi vida, quedaron dentro de mí. No podía acercarme a mis hijos. Tenía miedo. ¿Y si mi madre tenía razón? Era la pregunta que siempre subyacía en mi mente. Nada concreto, ningún deseo al respecto, nada. Pero la semilla germinaba. Los miedos. Y pensar que la gente creería eso de mí. El qué dirán. El miedo a descubrir a quienes habría llamado mi madre. Para avidarlos. Me vigilan, pensaba en noches de pesadilla.

Mis hijos no saben la historia. Solo saben que parecía no quererlos. Solo veían que era distante. Lo notaban y pasaron de mí. Yo sufría, seguramente ellos también. Pero no lo sabía. No lo sé.

Un día hablé con Teresa, con los niños ya mayores.

No es justo que te dediques a mí. No te puedo dar lo que necesitas.

Yo sabía que ella se había enamorado de otro. La conozco como ella me conoce a mí. No era justo.

Ella dijo que no al principio. La miré a los ojos, como muchas veces hemos hecho. Y supo que lo sabía y supo que era lo que debíamos hacer.

Se fue. Los chicos con ella, primero, luego se largaron cada uno por su cuenta. Sin malos rollos, pero sin emoción.

Entiendo lo de López. Puedo fingir que no, pero lo sé.

Elvira no es Teresa.

López tuvo contacto con sus padres hasta el final. Los míos sembraron en mí tres o cuatro semillas. Los de él, cientos. Siempre machacáncole. Sobre él y sobre mí. Porque sus padres y los míos eran uña y carne. Mi madre, siempre al mando. Encizañando.

No fui al entierro de ninguno. Ni de los de él, ni de los míos. Nadie me lo recriminó. No hicieron testamento, me tocaba mi parte de la herencia. Todos creían que me desheredarían, salvo la legítima, claro. Mi hermano Cástor me sugirió que renunciara, ya que no los había hecho mucho caso.

Casi le pego un sopapo. Que no les hice caso, me dice.

Cástor es como mi madre.

Me quedé mirándolo.

Renuncia tú, le dije. Ya te han dado en vida.

No acabó bien aquello. Intentó robarnos al resto de los hermanos. La disculpa era quitarme mi parte. Los demás no tragaron.

Lo denuncié.

Lo condenaron por alzamiento de bienes. No fue a la cárcel por poco.

Reconozco que no tuve bastante e insistí. Luego me di cuenta que intenté que pagara todo lo que arrastraba de mis padres. De ser un aprovechado, sí tenía la culpa. De lo que me hicieron ellos, no. Aunque nunca me defendió, nunca se puso de mi lado. Nunca me dio una palmada de apoyo. El resto igual, no fue el único. Me quedé solo. Con mis tíos, Esme, Juan. Mis primos. En la distancia, pero estaban conmigo. Yo con mi mochila de miedos, de semillas sembradas por mi madre para destrozarme. Con miedo a abrazar a mis hijos, por si alguien pudiera pensar que mis intenciones eran otras.

López está ahí, luchando contra esos demonios. Verse solo con los chicos en casa, le ha asustado. La pregunta que se habrá hecho: ¿Y si ellos tienen razón?

No la tienen. Es difícil apartar definitivamente esas ideas con las que nos han machacado de pequeños. Lo hicieron quienes debían cuidar de nosotros, personas en las que confiábamos, a las que queríamos, las personas que nos dieron la vida.

Ellos me dieron la vida, sí. Y me quitaron la mitad de ella. Se la quitaron a mis hijos, a Teresa. Vete tú a saber lo que eso conllevará después en ellos.

Hoy he ido a buscar a Pol y a Oriol al colegio. Soy el tío Néstor. Él único que ha ido a buscar a un chico de quince y a uno de diecisiete. El único al que le han dado un beso con la mayor naturalidad del mundo. Me he sentido bien. Les he preguntado, hemos hablado, me han contado, les he contado. Me han presentado a algunos compañeros que se han acercado a ellos. A un profesor que me ha susurrado Pol que se rumorea que es homosexual. Podías ligártelo, ha bromeado. Así me enchufas, se ha cachondeado. Me han presentado a la profesora de Ciencias. Todo eso me lo perdí de mis hijos.

Me dijo una vez un psicólogo al que fui, que debía perdonarlos. A mis padres. Era la forma de olvidarme de ellos y del mal que me habían hecho.

No creo que pueda hacerlo nunca.

Antonio, Enrique y Sergio. Son mis hijos. Veintitrés el mayor, veintidós y veintiuno. Seguidos les tuvimos. Y el mismo día que nacieron, les perdí.

Así que no, no les perdonaré en la vida.

.

Néstor G

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