La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 2º interludio.


– Pero ¿Qué haces aquí?

El narrador miró incrédulo a Carlitos, que se había aparecido de repente, y sin camiseta. “¡Qué bueno está el jodido; y eso que no se le ven las piernas de bailarín”.

– ¿Cómo has pasado? – decidió ponerse digno, después de los desencuentros que tuvieron días atrás.

– Te he visto hacerlo cientos de veces.

– No lo he hecho cientos de veces.

– Las que sean. Y me he decidido a venir.

– ¿Me echabas de menos? – preguntó un ilusionado narrador, que no había podido mantener su pose de hombre duro y enfadado.

– NO – Carlitos levantó el mentón como si fuera altanero y chulo y él no necesitara a nadie en el mundo, ni fuera capaz de querer a nadie que no fuera él mismo.

Pero el narrador se quedó expectante.

– Sí – reconoció Carlitos, aflojando de repente su cuerpo, incapaz de mantener la mirada del narrador por más tiempo.

Dicho esto, sonrió como un pillastre cualquiera y se lanzó a los brazos del narrador que, en un principio quería haberse mantenido ofendido y duro, pero que al final no lo consiguió y abrió los brazos para recibir el cuerpo de Carlitos que saltaba para rodearlo con sus piernas, y abría también la boca para recibir la boca de Carlitos, ansioso por besar a su narrador preferido.

– Me he puesto muy celoso cuando te has ido con el hijo de la matrona del bar.

– Pero era solo sexo.

– No es verdad, que te ha gustado.

– Es que está en mi mundo y no tengo que saltar la pantalla, que es jodido y cansa.

– Si es la primera vez que lo haces.

– No. El otro día probé.

– No.

– Sí.

– Me hubiera dado cuenta.

– Estabas dormido.

– ¿Viniste mientras dormía?

– Sí. Me gusta verte dormir.

– Joder.

– Y me metí en la cama contigo y te abracé.

– Me tomas el pelo.

– No.

– Pruébalo.

– ¿Cómo?

– No sé.

Pero a Carlitos se le iluminaron los ojos.

– Mira, puedo probarlo.

Y sin bajarse de los brazos del narrador, que aprovechaba para sobarle el culo, como le ponía el culo de Carlitos, éste sacó del bolsillo de sus vaqueros un Pen y se lo tendió al narrador.

El narrador levantó las cejas sorprendido. Esta vez sí que dejó el sobeteo del culo de Carlitos e hizo que bajara al suelo.

– Creía que lo había perdido.

Carlitos levantó los hombros en un gesto rápido para hacerse perdonar.

– Son mis borradores.

– ¿A sí? – tono inocente, aunque un poco falsete.

– Que bobadas digo, lo has cogido a posta. Lo has leído. Quería saber como va la historia y si había escrito algo de ti.

– La historia ya sé como va. No sé si lo sabes pero yo estoy en la parte del mundo en que sucede. Tú estás en este lado, y solo puedes contarlo.

– No sabes lo que pasa en todos lados.

– Claro que sí. Tengo visión nocturna.

– ¿Visión nocturna?

– Ya me entiendes. Nos lo contamos todo.

– Na, tú lo que quieres es saber lo que tengo previsto escribir sobre ti.

– Es que quiero tener mi propia historia.

– ¿De bailarín?

– Y de amante. Y de chico guay que sufre por amor y el desprecio de mi familia. Y que fuerte que vas a escribir sobre Óscar y el Loca. Tienes previsto escribir antes sobre Loca que sobre mí.

– Es que es muy tierno.

– Pero si es un …

– Loca. Si es que le va el nombre. Pero es muy buena gente.

– Eso es cierto. Y que fuerte lo que está pasando ahora. ¡¡Qué emocionante!!

– ¿Te gusta?

– Mucho. Escribes muy bien.

– Zalamero – contestó el narrador poniéndose rojo de felicidad. Aunque no lo reconocería ante nada ni nadie, le gustaban los halagos de Carlitos. Los de Carlitos y los del vecino del décimo, y los de la tienda de chuches, y los del camarero del “Tómate otra”, y los de la abuela Felisa…

– Cuchi, cuchi.

El narrador, llevado por su felicidad, olvidó de repente todo lo que había estado pensando esos días atrás sobre la inconveniencia de liarse con uno de sus personajes.

Eso luego te llevará a favoritismos, narrador”.

Es cierto, se contestaba”.

Pues ya sabes, a cortar por lo sano”.

Pero es mono”.

Lo has creado tú”.

No es cierto. Los personajes están ahí, a la espera de que alguien cuente su historia.”

Eso son chorradas.”

Lo que tú digas”.

Pero es que es mono y muy majo”.

Pues escribe sobre él”.

Pero no da para una historia”.

Ya veremos”.

No sé”.

Es mejor que lo dejes”.

Me ha dejado él”.

Pues mejor”.

Vale, lo dejaré estar. No iré a buscarlo”.

Y no fue a buscarlo, sino que Carlitos dio el paso. Y ya que lo había hecho… tonto sería si no aprovechaba y paseaba sus manos por ese torso desnudo tan… tan… ¡¡ayyyyyyyyyy!! ¡¡Qué torso!! ¡¡Que piel!! Sus músculos, sus formas…

– Narrador, te quiero, te he echado de menos.

– Mentiroso. Si te acabas de liar con el hijo de la matrona.

– Pero no es lo mismo. Eso solo era sexo. A ti te quiero. ¡Te lo juro!

Y el narrador, que con cuatro palabras bonitas acababa rendido a los pies de quien sabía decirlas con tono preciso y ritmo adecuado, sacó la bandera blanca y se lanzó a por él. Otra vez. Se abrazaron y cayeron al suelo, donde rodaron a derecha e izquierda, adelante y atrás, besándose y girando sobre sí mismo, como si estuvieran continuamente enrollando las alfombras de la mansión de Ramiro el millonetis. Y mira que tiene alfombras el citado palacete.

– ¿Y de verdad que me quieres?

– Claro.

– Entonces si te digo que no pienso escribir sobre ti…

Carlitos se soltó del abrazo del narrador y se levantó de un salto.

– ¿Estás de coña? – el tono de Carlitos ya no tenía nada de zalamero ni de encantador de serpientes. Había pasado a ser seco y duro.

El narrador penso en mentir vilmente. Pensó en escribir algo para contentarlo. Pero decidió en esos dos instantes en que duró el silencio tras la pregunta de Carlitos, que no empezaría una relación con un personaje, basado en una mentira.

– No. No lo estoy. Es lo que hay.

Carlitos dio un portazo y cruzó de un salto al lado de las historias. El narrador se quedó sentado en el suelo, mirando hacia donde había desparecido su personaje, sintiendo como poco a poco su calentura bajaba y su boca protestaba por el alimento perdido.

– La vida está jodida. Ya no puedes amar ni a uno de tus personajes.

Y se echó a llorar. Porque el narrador era muy triste. Estaba muy triste. Era muy triste. Todo, era y estaba muy triste.

Y solo.

– La soledad del escritor – murmuró entre estertor y estertor de sollozo.

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