Abrazándome fuerte.

La miré ahí, en el ataúd. Está cerrado, pero tengo su imagen prendida con chinchetas en el tablón de mi corazón. Se me encoge el alma. Se ha ido sin hacer ruido. Sin molestar. Como ella quería. Durmiendo.

Tardé en amarla. Amor. No sabía lo que era. No te enseñan esos conceptos en la escuela. En las novelas el amor es grandilocuente, pleno de purpurina y fuegos artificiales. Estómagos llenos de mariposas. A veces esas mariposas recurrentes se convierten en sanguijuelas y los fuegos artificiales tornan en dramas llenos de negrura, de amargura, de dolor.

Pensé que no la amaba. No había pomposidad en lo nuestro. Al menos no la había en mí. Ella siempre sonreía, me acariciaba el rostro, me besaba los labios. Me sonreía. Ella sabía que no era amor lo que me unió a ella al principio. Era necesidad, era una escusa para huir del miedo, del oprobio, de la vergüenza. Ella en cambio, era todo amor, desde que me miró directamente a los ojos en aquella cafetería, al lado de su amiga Carmela. Allí me sonrió por primera vez. Allí pensé que sería una buena opción.

Y lo fue.

Día a día me fue conquistando. Sin mariposas, sin fuegos artificiales. Con paciencia. Cuanta tuvo conmigo cuando me despertaba por las noches, asustado, lloroso, sudoroso.

Ella sabía, pero callaba. Me acariciaba la cabellera empapada de sudor y me sonreía.

Se acercó Borja. Mi hijo mayor. Se sentó a mi lado. Es igual a su madre. Tiene su misma sonrisa, él sabe, lo sé. Sabe lo que la he amado. A mi manera. Parco en gestos. Lo sabe. Todo. Sabe lo que estoy sufriendo. Lo que he sufrido toda mi vida. Me pasa la mano por la espalda, despacio. Me coge la mano. Me la aprieta, como hacía ella. Me da un beso en la mejilla. Ella también lo hacía. Sonrío. Se me escapa una lágrima.

Ahora lo sé. No pude amarla más. Lástima que ya sea tarde para ser yo quien apriete su mano, quien la bese en los labios, en la mejilla, cada instante.

Saúl se sentó al otro lado. Saúl es nuestro segundo hijo. Es igual a mí. Repartimos los genes. Lo hicimos bien.

Íbamos al parque los sábados. Los niños corrían con Rusty, el perro que teníamos por entonces. Corríamos, jugábamos con la pelota. Llegaba un momento en que me hacía el cansado y me sentaba en un banco. Me quedaba como mirando al infinito. Pero en realidad lo mira a él, que acababa de llegar con su esposa. Se sentaban en otro banco, un poco distante, pero no demasiado. Abrían un libro cada uno y leían al calor del sol. Ella leía. Él me miraba de soslayo.

Yo lo miraba a él. JJ. Él me miraba a mí. Nada más que mirarnos. Nada más.

Que hubiera pasado si nuestros tiempos fueran los de ahora. Si no hubiéramos sido unos cobardes. Recuerdo que cuando nos conocimos, lo nuestro sí tuvo fuegos artificiales. Lo nuestro sí llenó nuestros estómagos de mariposas. Sí hubo drama. Mucho. Y mucho amor.

Pero su padre intuyó algo. El mío también. Mucho drama.

Nos separaron. Éramos jóvenes y cobardes.

Un día, muchos años más tarde, por casualidad, nos vimos en el parque. Sábado a las 12. Y todos los sábados, tácitamente, nos veíamos allí. Él con su mujer, yo con la mía, con mis hijos, mi perro. Él con los suyos. Nos mirábamos sin decir nada. Sin un gesto de reconocimiento. Con apocamiento. ¿Con miedo? Era el momento de pensar qué hubiera sido de nosotros, de nuestra historia, si nos hubiéramos fugado.

Debo confesar que cada sábado, sentía una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo. No apartaba de él su mirada. Y él no la apartaba de mí. Estoicos. Sin una mínima señal que hiciera pensar a nadie que nos conocíamos. Llegaba un momento en que su mujer, o la mía, nos sacaban de nuestra nube particular. Plegábamos velas y partíamos hacia nuestras vidas.

Saúl se levanta con gesto decidido. Se aleja. Ni siquiera lo miro. Me estoy emocionando.

Pensé en abandonarlo todo y buscar a JJ. Fugarnos. Recuperar el tiempo perdido. Pero no. No. Abandonar a Elvira, a los niños. No. Esas veces debí poner nombre a lo que sentía por mi mujer. Amor. Debí poner nombre a lo que sentía por mis hijos: Amor. Perder amores por recuperar otro. No era una opción. Aunque entonces solo llamaba amor a JJ.

Estaba con la cabeza gacha. Llorando. Ahora sí. Me saltaba la duda: ¿Se sintió amada? No se lo demostré lo suficiente, lo sé. Soy tan… miserable. Ella que me salvó la vida. Me la salvó. Ella y mis hijos.

Sentí que Saúl se había vuelto a acercar. Sentí que venía con alguien. Pensé que no estaba capacitado en ese momento para ver a nadie, así, tan de cerca. Debí decir algo al respecto, como que mejor más tarde, que perdonara. Todo entre estertores de dolor. Me dolía tanto en ese momento que ella pudiera haberse sentido poco querida… con lo que la amaba.

– Ella lo sabía. Que la amabas.

Sentí un click en mi cabeza. Esa voz era conocida. Sonaba distinta. El tono. Los años. Pero la cadencia de sus palabras era igual. Levanté la vista y lo vi. Hacía años que no nos habíamos cruzado. No sabía como gestionar la situación. Me sentía como si traicionara a Elvira. Miré a mis hijos que me sonreían. Joder. Saúl también tiene la sonrisa de su madre.

– Ella nos pidió que lo buscáramos.

No pude contenerme. Me sumí en un mar de lágrimas. Nunca he llorado así. Me costaba respirar. Me ahogaba. JJ se arrodilló y me abrazó. Mis hijos se sentaron a mi lado y me rodearon con sus brazos. Éramos casi una piña. Con los ojos cerrados me la imaginé mirándonos. Sonriendo. Parecía decirme que todo estaba bien.

Y quizás sea así: todos mis amores juntos. Ella prendida con chinchetas en mi corazón. Ellos, abrazándome fuerte.

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