La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 14.

Ramiro se despertó de repente. Miró a sus hombres que lo rodeaban expectantes.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó con la voz pastosa y todavía medio atontado.

Óscar el secretario le explicó sucintamente lo acaecido en las últimas horas.

– Ponme con Jorge, rápido – ordenó con voz pastosa.

Su corazón latía a mil por hora. “A su Jorge lo habían atacado”. Cuando pillara al Enrique el oledor de sobacos, se iba a enterar. Y al zar de todas las Rusias le iba a meter un petardo en su culo de marica frustrado que se iba a enterar el bobo de él. ¡Ah! Y su familia. Como se enterara del gili que se había puesto de perfil para ganarse la herencia que nunca en ningún caso le correspondería… “le voy a colgar de los dedos meñiques de sus asquerosos y malolientes pinreles. Y Enrique, a olerlos.”

– ¡Cariño!

Óscar le había pasado el teléfono.

– ¡Diga! – una voz bronca y hosca había contestado – ¿Cuando nos hemos morreado para que tenga esas confianzas conmigo? ¿Eh?

Ramiro buscó la mirada de Óscar el secretario, pero éste se había desplomado en una butaca para meditar cinco minutos lo que su Locatis estaba diciendo en sueños. “Dame fuerte, Carlos. Así, así. Mire subdirector, mire, no se pierda detalle. Ahora le damos fuerte a Vd.” “¡Ay! Manuel. Adoro esa polla de 456 cm. Me la trago entera”. Óscar levantaba las cejas y tenía ganas de echarse a llorar, pero pensó que, todavía vestido de hombre de acción, no era conveniente.

– ¿Quién cojones es usted? – bramó Ramiro frustrado, que había recuperado la consciencia plena y de paso la mala leche.

– ¿Y tú quien cojones eres que llamas así?

– Quiero hablar con mi marido, Jorge el camarero.

– ¡Ah! Eres el follador de la noche. Aquí el agente Perales, de los GEO de la Policía. En misión de protección total de Jorge el camarero, decretada por Javi, el comisario de policía más perspicaz del Universo.

– ¿Y qué cojones hace cogiendo el teléfono de mi marido? Le voy a meterrrrrrrr…

– ¡¡Ramiro!! – Jorge le había arrebatado el móvil al policía. – estaba duchándome, perdona. Javi el policía me ha puesto guardaespaldas. ¡Qué fuerte! Han detenido a un mafioso que iba a matarme en el hospital.

– ¿Estás bien? ¿A un mafioso? ¿Qué ha pasado? Mando al ejército si es necesario. Llamo al presidente USA en un momento y los SEALs están ahí en 5 minutos.

– Na. Estos armarios son la leche. Le han hecho picadillo. En realidad eran varios esbirros a sueldo. Todo está en orden.

– Ni te muevas de allí. Voy de camino. Óscar se encargará de protegerte.

– Oye, oye, tranquilo. Preocúpate de ti que me han dicho que estás maltrecho. Que se ocupe mejor de ti.

– Eso no importa.

– Sí importa.

– Ni te muevas.

– Me voy a currar. No aguanto aquí.

– ¡¡Ni se te ocurra!!

– Claro que se me ocurre. El médico me ha dicho que me active.

– ¿Y si te pasa algo?

– Voy con 34 policías cubriéndome las espaldas. Y que hombres. ¿Te lo había comentado? Unos armarios de hombres, todo músculos y más atractivos… como me ponen estos GEO’s.

– Ni se te ocurra mirarlos.

– ¿Por qué no los voy a mirar?

– Solo me miras a mí.

– Solo te deseo a ti, pero mirar… este garrulo que te ha contestado, tiene metro y medio de espalda. Alucina. Y tiene unos bíceps que…

– ¡¡Que te calles!! Que no lo mires.

– Pero es feo – bromeó Jorge. – aunque está cañón – picó un poco más a su marido. Se lo estaba pasando bien.

– Jorge el camarero, que me enfado.

– Ramiro el millonetis, pues te desenfadas. Ya veo que estás bien y de buen humor.

– No estoy para chistes.

– Pues yo, que decirte, después de que me han secuestrado, me han desnudado, me han casi violado, me han sacado fotos con tus calzoncillos rotos, me han drogado, que tengo la cabeza que parece una pista de bolos, me han humillado, un cerdo del que estuve pillado en el Insti me ha engañado vilmente y delante de mi hermano, que ha pasado de mí y se ha ido a follar con el hijo de la matrona, que está muy bueno, pero vamos, que…

– ¡¡Ya te he pedido perdón, joder! – se oyó decir a Carlitos de fondo. – no pensaba que esto era una novela de intriga y misterio, solo creía que era de amor empalagoso. Yo pensaba que te ibas de motu propio o como se diga y yo me quité de en medio con el hijo de la del bar. Quería tener mi ración de azúcar, tengo derecho. No pensaba que esto iba a convertrse en una novela de John Le Carré.

– ¿Por qué grita Carlitos?

– Está enfadado porque el hijo de la matrona se ha ido hoy a Londres a estudiar y no volverá hasta dentro de 5 años. Para una vez que pilla, el pobre.

– Estoy preocupado por vosotros, imbéciles – se desgañitó Carlitos.

– Lo que yo te digo.

– Eres… – no le salió un insulto convincente, así que… se las piró.

Se pudo escuchar en todas partes, nítidamente y con potencia, el portazo que dio Carlitos al salir de la habitación de su hermano.

– Perdona al pobre – dijo magnánimo Ramiro el millonetis.

– Ya hablaremos de esa paga que le das a mis espaldas. Que me he enterado. Ese cuartito que le pagas. Ya, ya hablaremos.

– No se de que me hablas – Ramiro intentó disimular .

– Ya, ya. Bueno, te dejo, que si no, no llego a mi turno.

– Pero estás enfermo, no tienes que ir – Ramiro empezaba a tragar saliva con dificultad. Notaba la tormenta. Notaba como llegaba irremisiblemente. Miraba a Óscar suplicando, pero éste pasaba del tema. Estaba concentrado en Locatis y su ración de sexo inducido.

– Voy a ir porque si no dejo colgado a mi jefe. Y tú, como jefe que eres de una gran empresa, deberías estar conmigo y solidarizarte con los problemas que le causo a mi jefe si no voy a trabajar.

– Seguro que se arregla – a Ramiro le empezaba a apretar el cuello de la camisa. – Además, estás enfermo y así no se puede trabajar. El médico te dará la baja, seguro. Esas cosas pasan en las empresas.

Jorge no contestó. Ramiro podía escuchar como Jorge se estaba vistiendo. El ruido del roce de los pantalones al subirlos por las piernas, el sonido de la hebilla del cinturón. Debía haber dejado el teléfono en la mesilla para tener las manos libres.

– ¡¡No vayas a trabajar, joder!! – gritó por el teléfono atrayendo la atención de Óscar, el secretario, que mudó de un blanco nuclear pensando en los dichos de su novio en sueños pornográficos, a un blanco súper nuclear al añadir a esa cuestión el tema de que el matrimonio de Ramiro el millonetis, su jefe, ahora felizmente casado, y Jorge el camarero, el hombre que les había quitado al equipo de Ramiro un gran problema de encima, y que amenazaba de repente con volver. Con lo bien que vivían ahora, joder.

– Jorge el camarero. O el matrimonio. “¡Al carajo! Todo se va al carajo.” – murmuró entre dientes Óscar el secretario todavía vestido de súper-héroe.

Óscar cogió el teléfono y llamó a Carlitos. No tenía a nadie más allí en quien confiar.

– Carlitos, debes impedir que Jorge vaya a trabajar.

– Ni de coña.

– Joder, es una emergencia nacional.

– Que le peten a mi bro. No me da la gana.

– Olvida esas cosillas que te han podido pasar.

– No olvido. Estoy enfadado.

– Hazlo por mí.

– ¿Por ti?

– Por Ramiro.

– Que me dejéis en paz. Estoy solo, solo. Nadie me quiere. Y para uno que parece que me mola y follamos, se las pira. Y mi tonto hermano no me perdona un error de apreciación de situación. Que le den. Le deseo todos los males.

– ¡¡Carlitos!!

Carlitos había colgado sin mediar palabra. Y por si las moscas, apagó el móvil.

– Estoy solo, bua. Estoy solo, bua. Estoy más solo que la una, bua – cantaba yendo por la calle camino de la casa de Ramiro, que a su cuartucho en el centro, no quería volver que sabía que vería los calzoncillos del hijo de la matrona que se había guardado. Y eso le produciría irremediablemente otro ataque de llantina sin solución.

– Y así la cocinera me pone algo de comer, que estoy hambriento.

Jorge el camarero estaba listo. Y salía del hospital.

– Javi el policía, necesito tu ayuda. Necesito que impidas que Jorge el camarero vaya a currar.

– El médico ha dicho que está bien.

– Es por razones de seguridad.

– Está todo controlado. 67 GEO’s rodean ya su lugar de trabajo.

– Es que si va a trabajar se va a armar la marimorena. Con Ramiro.

– Lo siento, Óscar, no puedo hacer nada. Eso son temas conyugales y no tengo jurisdicción.

Jorge se despidió de las enfermeras y los médicos que tan amablemente le habían tratado. “Qué lástima que esté casado, el Dr. Huertas tiene un polvo de 11”.

– Por favor – insistió Óscar perentoriamente.

– No puedo. Está todo el dispositivo listo. El ministro del interior lo vigila personalmente. El presidente lo ha declarado prioridad nacional. Y va a venir a comer con Jorge en el restaurante. Esto no lo digas, que es información reservada.

– Pues eso, que coma. Pero que no trabaje.

– Es que quiere dar sensación de normalidad y que le sirva como un día normal. Va a invitar a todos los ministros, va a ser un consejo de idem de tapadillo. ¿No es guay? Y luego a los postres, pues en lugar de perderse en el baño con Ramiro el millonetis, pues se pierde en su mesa para tomar un cafecito y un chupito de hierbas.

Mientras tanto, Jorge el camarero andaba por la calle. Sonreía. Miraba a los árboles aún sin hojas, en busca de incipientes capullos que anunciaran el despertar definitivo de la primavera. Miraba a los niños corretear por la calle delante de sus padres “No te manches, Guillermito, que ya tienes una edad”, gritaba una madre desesperada al ver a su hijo de 15 rebozándose en el barro. Saludó al kioskero, Luisito, un hombre cabal que de pequeño le guardaba los cromos de Superman y todo superhéroe que tuviera mallas ceñidas al cuerpo. “Así te das una alegría, que ya bastante tienes con tus padres y tus hermanos mayores”, le decía guiñándole un ojo. Y Jorge sonreía y le daba un beso en la mejilla, que Luisito estaba muy solo el pobre, desde que su mujer le abandonó por una actriz muy famosa de los años 70. Luisito estaba cerca de la jubilación, no pensemos.

Según se acercaba al restaurante, se fue encontrando con algunos clientes habituales que lo saludaban sorprendidos.

– ¿Qué pasa? – preguntó a uno.

– Pensaba que estabas de viaje en Rusia.

– A no, yo no viajo con mi marido. Tengo que trabajar – y sonrió seguro de sí mismo y orgulloso de su sentido de la responsabilidad.

Al cliente se le heló la sonrisa, porque no le cuadraba nada lo que decía Jorge el camarero con lo que decía el jefe de Jorge el camarero. Pero se calló, no era su problema. Pero por si las moscas, enfiló la calle alejándose lo más posible del establecimiento.

– Parece que va a llover – le dijo a un viandante al que no conocía de nada, pero tenía que desahogarse de alguna forma. El cliente que había hecho mutis, no era de los que se callaran por gusto, era de lengua suelta, y la boca cerrada le producía una urticaria del 15.

– Hola a todos – dijo Jorge el camarero al entrar en el local.

Óscar jugaba con el teléfono de Ramiro, contando los minutos que faltaban para que Jorge llamara hecho un basilisco. Había intentado hablar con el jefe de Jorge, pero no había cogido el teléfono.

Los parroquianos que estaban en la barra se giraron para saludar a Jorge el camarero. El compañero que estaba trabajando, lo miró con gesto de sorpresa y un pequeño matiz de asco.

– Vienes a ver como va el negocio, no te fías – le espetó de malas formas.

– Virgilio, tómate una tila – le contestó gozoso Jorge. Respiró profundo, contento por estar de nuevo ahí, al pie del cañón.

– ¿Y toda esa pasma de fuera y de dentro?

– Tchhhhh – le dijo un armario de 2,10 que leía el periódico por disimular.

– Hola jefe, ya estoy aquí. Que ayer no vine, que es que…

– Si ya sabía que no venías. Tranquilo, me avisó el dueño.

– Viene tormenta – susurró en su intercomunicador el armario que jugaba a las tragaperras al lado de Jorge el camarero y su jefe.

El aire del interior del local empezó a cargarse de electricidad. Ylenia y Yasmina, clientas habituales, salieron por patas. A Juan Antonio le costó más, que ya no andaba como antes. Los años no pasan en balde. Pensó en tomarse el café de un golpe, pero tuvo que dejarlo casi sin probar “Está ardiendo, un euro veinte a la basura”.

– ¿El dueño? – preguntó suavemente Jorge el camarero, mirando con ojos penetrantes a su jefe, al que hasta hacía 34 segundos creía el dueño del tinglado.

– Claro.

– El dueño eres tú, a no ser que tengas un gemelo.

– Claro que no, no te hagas el tonto conmigo – y le guiñó el ojo – A los diez días de trabajar aquí, me lo compró tu marido. Me pagó la hostia, que yo no quería, pero es que me dio 10 veces más de lo que vale, y me dijo que conservaba el puesto de jefe, que debía hacer que no pasaba nada.

– Y entonces mentecato, ¿Qué dices ahora? – le espetó el policía del periódico, que no se pudo aguantar y que el tal jefe de Jorge le había caído como una patada en los cojones, nada más verlo y sobre todo, cuando haciéndose el tonto le tocó el paquete disimuladamente.

– Me está diciendo que… – Jorge hizo una pausa valorativa, más que nada porque no sabía que decir a continuación. Estaba un poco confuso.

– Sí, y Ramiro el millonetis llamó hace dos días y dijo que no contáramos contigo, que te ibas con él de viaje.

– Llamaría Óscar el secretario.

– No sé quien es ese, salvo que sea el tío ese que sale con ese chico tan expresivo, tan loco. Pero ese no me dice más que hola y adiós y cuanto es.

– Ramiro, mi marido, es el dueño de este local – dejó caer suavemente la noticia, para masticarla, para poder tragarla.

– Si. Así que puedes irte a casa, a tocarte los cojones, que es lo que hacen los maridos de los ricachones.

– Que puedo irme a casa a tocarme los cojones. A hacer de marido de un ricachón.

– Eso es lo que hacen los mantenidos. – contestó ufano el jefe, que de repente había decidido vengarse de Jorge el camarero y su indiferencia cuando coincidían en los vestuarios.

Los policías se miraron negando con la cabeza. En el centro de control preparaban ya las alternativas que se podrían producir cuando la furia de Jorge el camarero estallara. “¿A dónde irá?” Se preguntaban nerviosos por los problemas de seguridad que eso acarrearía.

– Vigilando la casa de sus padres, el cuartucho de su hermano en el centro, la mansión de Ramiro el millonetis.

– Y la sauna – propuso Javi el policía, que alguna vez en tiempos pasados, se lo había encontrado allí. Y recordaba que había gente que cuando entraba en ira supina, necesitaban un desahogo rápido y discreto.

Óscar seguía jugueteando con el móvil. Su ansiedad crecía. Su mundo se iba a la mierda. Otra vez a recorrer el mundo buscando un sustituto a Jorge el camarero. Otra vez la furia diaria, a todas horas de Ramiro el millonetis. Otra vez llamadas a las 4 de la mañana por asuntos urgentes, tales como la compra de lapiceros para la oficina, o el cambio de los archivadores, que ya estaban viejos.

– Ramiro mi marido el dueño de esto – Jorge paseó la mirada por las paredes y el techo – y no me entero hasta ahora. Y todo el mundo lo sabe, porque a todos se lo has contado.

– Para una vez que me sale un negocio redondo, no voy a presumir. Ya he cobrado, que lo demás me da igual.

En el local solo estaba el camarero de la barra. Todos los parroquianos había huido. El personal de cocina había salido por la puerta de atrás, junto con los camareros del comedor. Y el de la barra estaba, porque no podía escaparse, que dónde hablaban Jorge el camarero y el jefe era por el hueco para salir. Estaban también los policías de la escolta de Jorge el camarero. Fuera, el cordón visible de policías, estaba tenso, esperando. El cordón invisible, vigilaba las rutas de escape posibles con las mirillas de sus rifles de precisión. Jorge sacó su móvil despacio, como a cámara lenta. Miró a su jefe, miró al policía del periódico que le hacía gestos para que pasara del tema “Tranqui”, le pareció entender en sus labios “en todo caso lo ha hecho por amor”. Pero Jorge no veía nada. Lo veía, pero le daba igual. Ramiro el millonetis le había traicionado. Le había quitado lo único que no le habían arrebatado antes: la dignidad de sentir que hace su trabajo por sí mismo, que no necesita a nadie. Y ya no tenía eso. Ahora era un mantenido de un millonetis, que había pagado a todo el mundo para que le rieran las gracias.

Buscó el teléfono de Ramiro. Marcó.

Óscar lo sintió incluso antes de que empezara a vibrar. Cerró los ojos desesperado. Empezó a sonar, primero muy bajo.

– Es Jorge, pásamelo – dijo Ramiro despertando de su sueño inquieto al reconocer el tono especial que le había adjudicado.

– Amor – dijo contestando apresurado, rezando porque pudiera torear el problema que ahora veía cuan grave era.

¡¡¡¡Como has podido hacerme esto, Ramiro!!!! – bramó Jorge sin ningún preámbulo, sin vaselina.

No se que te habrán contado… ni quien…

¡¡¡¡Como me has podido joder de esa forma, Ramiro!!!! – volvió a bramar Jorge el camarero.

– No es para tanto, si me escuchas…

¡¡¡¡Como me has podido mentir de esta forma!!!!!!!! – esta vez había bajado un poco el tono, más que nada porque le picaba la garganta un poco, hubiera necesitado beber un trago de agua, pero no era cuestión de cortar el ritmo.

– No te pongas así, te echo de menos, cariño.

¡¡¡Ni cariño ni pollas!!!!

Se hizo el silencio. Ramiro pensó que se había cortado, pero no, comprobó en la pantalla que todo seguía igual. Jorge miró con los ojos inyectados en sangre a su alrededor. Miró con un odio supino a su ex-jefe.

– Jorge, cariño – murmuró con toda la dulzura que pudo Ramiro el millonetis.

– Jorge, dime algo. Mira, en cuanto vuelta, creo que llegaré en un par de horas, lo hablamos. No es para tanto. No te enfades. Es que no quiero que, es que te quiero tanto que necesito…

– Ramiro, te dejo.

– Pero mira, Jorge, cariño, amor, es que me pones a cien…

– Ramiro, cariño, te quiero más que a mi vida. Te amo. Te deseo como no he deseado a nadie. Pero te dejo. Lo nuestro se ha terminado – hizo una pausa valorativa – y lo has terminado tú, lo has jodido todo.

Jorge, no te pongas así – ahora era el tono de Ramiro el que iba subiendo de volumen. Se estaba poniendo nervioso porque conocía a Jorge lo suficiente para saber que estaba hablando muy en serio.

– Has pisoteado mi vida, mi autoestima. Te lo dije. El primer día: “no voy a hacer cosas de millonetis”. “Yo con mi curro, pobre pero digno”. Me dijiste: “compro el local”. Te dije: “No”.

– Pero yo tengo también derecho a tener mi opinión.

– En mi vida y en mi autoestima, no.

– Jorge.

– Ramiro.

– Jorge, perdóname – Óscar levantó las cejas al escucharlo, la primera vez que se lo escuchaba a su jefe.

– Adiós.

– ¡¡¡¡Jorge!!!!

Pero Jorge había colgado. Apagó el teléfono y se lo dejó al camarero de la barra.

– Cuando llegue el dueño, se lo das. Te vas a cagar idiota, por mirarme con ojos turbios cuando he entrado. Vas a saber lo que es tu jefe – se volvió al que hasta hacía unos minutos creía su jefe – y tú, te vas a quedar sin calzoncillos. Te vas a quedar en pelotas, como cuando ibas al vestuario a verme cambiarme. Así vas a quedarte cuando venga Ramiro, por traicionarlo.

Sin decir nada, salió del local.

Salió a la calle, respiró el ambiente de ese barrio por última vez. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar sin levantar la mirada del suelo.

– El paquete se mueve al este, por c/Almanzor – se escuchó en el servicio de vigilancia.

– Recibido.

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