La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 15.

A pie del avión esperaban no menos de 40 vehículos monovolumen con los cristales tintados. El personal de Ramiro el millonetis se bajó a la carrera y ocupó sus puestos. Ramiro el millonetis, bajó con cara de ningún amigo en el mundo y se subió a uno de ellos. Los tres mosqueteros lo siguieron en otro coche, que no querían enfrentarse a él en ese momento. Iban cabizbajos, mesándose los cabellos hacia atrás, con su traje de superhéroe apretándoles los huevos, que se había hecho pequeñitos, pequeñitos.

Óscar era el más afectado. Al problema de Ramiro se le unía el problema con Locatis. En su sueño inducido se había tirado a no menos de 25 hombres de distintas edades, condición económica y con detalles minuciosos sobre sus miembros y sus otras características corporales. A algunos de ellos los conocía y las dudas sobre la vida en general, se habían apoderado de su ánimo. Por su mente pasó la de irse a buscar Jorge y cogerse de la mano con él y salir pitando hacia el desierto del Gobi y perderse allí, entre las dunas, solos, sin nadie más, alejados del mundanal ruido, sin sexo. Bueno, o con sexo entre ellos, que tampoco iban a convertirse en monjes de clausura.

La caravana inmediatamente fue rodeada por otros tantos coches de la policía que los serviría de escolta. Era un problema de seguridad nacional y las precauciones eran las máximas. No estaba claro que los intentos de matar a la pareja se pudieran repetir. El servicio secreto había interceptado unas comunicaciones que resultaban cuando menos, inquietantes. El ministro del interior tenía los cojones de corbata, pensando que pudiera pasar algo a alguno de ellos dos. Y daba igual que Jorge el camarero hubiera dejado a su marido. Los malos podían pensar que lo mismo que se separan, se pueden juntar. Así que la única forma de solventar el peligro es cargándose a uno, al otro o a los dos. Muchos intereses económicos y políticos estaban en juego.

La primera parada de la caravana era el restaurante. Ramiro bajó como una exhalación. El camarero de la barra, nada más entrar, le lanzó el móvil que Jorge le había entregado e intentó huir. Pero el dedo acusador de Ramiro el millonetis, apuntándole al entrecejo, le dejó temblando, inmovilizado por unas cuerdas invisibles, en medio de la barra.

– Explícame por que has mirado con ojos turbios a mi marido.

– No me cae bien – susurró mientras notaba como se le escapaba un hilillo de orina y bajaba por sus piernas hasta encharcar sus zapatos. – me ha quitado el puesto de camarero principal porque es tu marido – explicó en un arranque de valentía.

– Te ha quitado el puesto porque es mejor que tú, imbécil.

– Sí señor.

– Hueles a mierda, quédate ahí a saborearlo.

– Si señor.

– Y se te puede ocurrir mirar con mala cara de nuevo a Jorge el camarero, que te mato. Escúchame bien: te mato.

– Se giró lentamente hacia el jefe, ex-dueño.

– ¿No te dije que guardaras el secreto?

– Yo no estoy para guardar secretitos.

– ¡¡ Óscar !! – bramó Ramiro, mientras tendía la mano hacia atrás.

Óscar apareció corriendo con unos papeles en la mano. Sabía de que iba su jefe y lo que necesitaba en cada momento. Muchos años de servicio íntimo lo avalaban.

– ¿Ves este contrato?

Se lo mostró al ex-dueño.

– Pues sí, la venta del local. Ya está.

– Léete esas cláusulas que tienes marcadas.

– Me da igual lo que diga.

– Te lo digo yo. Dice que si rompes la confidencialidad de la operación siquiera con tu mujer o marido, o con tus hijos legítimos o ilegítimos, pagarás una penalización del 250 % sobre el precio pactado.

– Vale. Vete a buscar el dinero. Ahí lo tengo, esperándote.

Ramiro sonrió de forma maléfica.

– Mejor vete a buscarlo tú. Después de recoger tus cosas y largarte.

– Ya las he recogido – el ex-dueño lo miraba ufano, muy seguro de sus argucias – tengo avión reservado a las Islas H5 y H8 en el Pacífico. Las he comprado para mí. Adiós Ramiro el millonetis. Yo se vivir, no como tú.

Ramiro sonrió otra vez.

– Quítate de mi vista.

El ex-dueño interpretó su invitación como una derrota de Ramiro el millonetis. Óscar, que sabía mejor que nadie como se las gastaba su jefe, miró al ex-jefe de Jorge el camarero con una cara de pena inmensa. “Ni los calzoncillos te van a quedar, pobre hombre”.

– Fito, cierra este sitio. No tiene objeto que esté abierto.

– Jefe, mejor es que…

– ¡¡¡Que lo cierres, maldita sea!!!

Fito dejó de respirar y se puso a ello.

Sin mediar más palabrería, Ramiro salió del restaurante y montó en su coche.

– Juanma, llévame a casa.

El chofeur cogió la directa y sobre dos ruedas, tardó menos de tres minutos en dejarlo a la puerta de su casoplón.

– ¡¡Jorge!! – gritó en el hall.

Jorge bajaba por la escalera cargado con una maleta, una mochila y una bandolera con su portátil. Se paró a mirar a Ramiro el millonetis, que de repente, se le había apagado el volumen de su atronadora voz y su ira se había esfumado ante la visión de su Jorge. Lo vio desmejorado. Muy pálido. Notó que había estado llorando. Notó que no estaba bien “voy a llamar al médico ese que ha dicho que está bien y se va a cagar”.

Jorge también miraba a su Ramiro. No le gustó lo que vio, porque lo vio triste, con unas ojeras como nunca le había notado. Y muy pálido, con los hombros hundidos.

– Me has traicionado, Ramiro.

Éste se arrodilló, abrió los brazos y lo miró fijamente.

– Perdóname.

Lo dijo con tanta dulzura, que a Jorge le empezaron a temblar las piernas. Dudó en su decisión. Pero era cabezota, bien lo sabía su padre. Y era orgulloso, eso no lo sabía casi nadie, porque a casi nadie había tenido oportunidad de mostrárselo. Y si pasaba por alto ese desprecio que le había hecho Ramiro, no se podría mirar en el espejo nunca más. Las mañanas serían oscuras, porque se había traicionado a si mismo, como los demás lo habían hecho antes con él.

– Solo tenía una cosa, Ramiro. Y me la has quitado. Debo salir a buscarlo.

– Por favor – suplicó.

Jorge levantó a duras penas la maleta y empezó a bajar nuevamente las escaleras. Quiso poner un gesto rudo y hierático. Pero cuanto más se acercaba a Ramiro, que seguía de rodillas, con los brazos abiertos, más pena el embargaba el alma. Y al pasar junto a él, no pudo por menos que agacharse y posar un suave beso en sus labios, justo un par de segundos antes de echarse a llorar.

Continuó su camino hacia la puerta, lento, arrastrando como podía la maleta, cuyas ruedas se negaban a rodar. Arrastrando su pena, su desamor, el orgullo herido, cosas todas ellas que pesaban un quintal, demasiado para sus escasas fuerzas.

No miró atrás. No vio como Ramiro se hacía un ovillo en el suelo y se echaba a llorar, con sus dedos tocando sus labios, ahí donde Jorge había posado su último beso.

Eduardo, un miembro del personal, se reía para sus adentros. Y sin ser consciente, dijo en voz media:

– El pavo ese ha hecho la comedia del siglo. Se va todo digno por unos meses de folleteo y sacará unos cuartos al jefe. A vivir tocándose los cojones.

Ramiro se levantó como un rayo y lo enfrentó.

– ¿Sabes lo primero que hizo ese del que has hablado con tanta ligereza? ¿Sabes la condición que me puso para formalizar nuestra relación?

Eduardo tragó saliva y negó lentamente con su cabeza.

– Me hizo firmar un papel ante notario que si la cosa salía mal, no le daría ni un euro. Así que no hables mal de ese que se va, porque nunca le llegaremos ninguno a la suela del zapato.

Ramiro enfiló la escalera camino de su habitación, mientras Jorge seguía su andar, siguiendo el camino de salida de la mansión.

Cuando solo le faltaban unos metros para salir de la propiedad de Ramiro el millonetis, las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, sin sentido. Juanma y Óscar estaban en la puerta y lo vieron. Montaron los dos en el coche y fueron a recogerlo. Lo subieron y lo llevaron a toda leche al hospital.

– No respira. Joder, no respira – gritaba Óscar rompiéndole la camiseta e iniciando un masaje cardíaco.

– Atención, hombre joven en parada cardíaca – anunció a la red de emergencias Juanma con falsa calma a través de la radio que llevaba en el coche – Es Jorge el camarero que ha abandonado el hospital esta mañana. Dr. Huertas.

– Preparados para recibirlo – contestaron desde el hospital.

Óscar seguía afanándose sobre el pecho de Jorge. Y lo alternaba con el boca a boca, pero no percibía resultados positivos.

Nunca podría olvidar esa sensación de posar sus labios en la acción de reanimación de Jorge el camarero. Esos labios que había besado hacía unos años y que le habían parecido los más intensos y vivos que había probado nunca, ahora, estaban sin vida, secos.

– ¡¡Joder, Jorge!! – gritó desesperado. Y sin poder evitarlo, sin buscarlo, le plantó un morreo como no había hecho nunca antes. Un beso desesperado, lleno de vida, lleno de desesperación. Lleno de las lágrimas que le caían irremediablemente de sus ojos.

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