Diario de un hombre sin nada que contar. 43ª entrada.

López llamó para venir de visita. Sería por lo del día del padre. No esperaría que sus hijos echaran cohetes.

Dijo de ir a comer con los chicos. Ningún problema por mi parte.

Luego dijo de llevárselos el fin de semana.

Ningún problema por mi parte.

A los chicos no les apetecía.

Creo que a pesar de todo, le echan de menos. Al final, cedieron. El viernes por la tarde, se fueron. Los tres. Una casa rural o algo así.

A López le gusta el campo. Antes iban mucho a casas rurales.

No le vi bien a López. Muy desmejorado. Ojeroso. No lo está pasando bien. Quise preguntarle si tiene a alguien. Ya no necesita ocultarse. Ya no está con Elvira. Vive lejos. No le ven los chicos. No encontré el momento cuando llegó. Luego, el sábado temprano me mandó un wasap de cortesía y aproveché.

No está con nadie, dijo.

No se lía con nadie, me respondió a la pregunta pertinente.

No está bien.

Dice que me echa de menos. Por lo del pino en pelota picada. O por lo del sexo telefónico. O por lo del sexo real, eso sí, con copitas de más.

Seguimos hablando por wasap.

Dijo que a lo mejor se llevaba a los chicos en Semana Santa.

Dijo que se avergonzaba de sí mismo.

Luego me he enterado que en el trabajo, le obligan a venirse de nuevo. Y viviendo en la misma ciudad, queda raro que los chicos no vivan con él.

Un poco tramposo por su parte. Pero no se lo echo en cara. No nacemos sabiendo hacer las cosas. Y para nosotros, no fue fácil. Muchas veces pienso si no nos hubieran pillado y nos hubiéramos ido juntos a estudiar fuera. ¿Hubiéramos seguido juntos? No seríamos igual que somos ahora. No hubiéramos estado todos esos años sin tener sexo con hombres. ¿hubiéramos sido una buena pareja?

Eso sí, no hubiéramos tenido a nuestros hijos.

Los chicos parecieron pasarlo bien. Me iban informando. Pensé que si estaban a gusto, no me echarían de menos, no se acordarían de mí. Me gustó que lo hicieran.

El sábado aproveché e invité a Luis a cenar en casa. Pedí algo al restaurante de mi calle. Estaba incómodo. Él estaba incómodo. Debió pensar en una cena romántica. Menos mal que me arrepentí de poner una vela en la mesa. Para romper el hielo, le hice desnudarse. Curioso, así estuvo más a gusto. Como si su desnudez alejara el compromiso y acercara la cena al sexo y la alejara del compromiso emocional. Me sorprendió ver, cuando se desnudó, que se había depilado. Una vez le dije que me ponía cachondo no ver un solo pelo en el cuerpo. Tonterías, me decía. Pero al final, me había dado gusto.

No llegamos al postre.

Mejor dicho, el postre lo tomamos en la cama. Las natillas las tomé sobre su cuerpo desnudo.

Volvimos a ser delicados.

Fue bonito. Y esta vez no se quejó de nada.

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Néstor G.

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