La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 16.

La cosa no fue tan grave.

Un susto grande, pero un susto. Un susto, pero grande. Vaya, como una catedral de grande. Vamos, que casi la palma. Pero luego no era para tanto. Un susto que si no llega a ser por Juanma y Óscar, le hubiera podido costar la vida a Jorge el camarero.

– El beso de la vida – le dijo Juamna el chofeur para rebajar tensión, dándole un codazo en el costado. Óscar sonreía con pena, porque los tenía todavía de corbata.

– Le dimos el alta muy pronto. La droga que le administraron tiene efectos secundarios que no teníamos suficientemente documentados. Cometí una imprudencia – el médico daba explicaciones a quien las quería escuchar, Jorge el camarero, su hermano Carlitos y Óscar el secretario. Estaban en la habitación de Jorge.

– Mira que bien – sonrió triste Jorge el camarero tumbado en la cama del hospital – he servido de documentación. Lo podré poner en el currículum. ¿Eso me servirá para encontrar un trabajo?

– Lo siento Jorge el camarero. Me equivoqué al darte de alta. Debería haberte retenido aquí.

– Mira, y todo este mogollón se hubiera evitado – Jorge miraba a su hermano sin saber a qué se refería – no te hubieras enterado de lo del restaurante – explicó – seguirías con tu historia de amor empalagosa con Ramiro y yo no estaría en esta situación tan rara, viviendo en casa de mi ex-cuñado y visitando a su ex-marido en el hospital.

– Todo lo dices por ti ¿no? – le echó en cara su hermano, pero sin mala baba, solo con la intención de picarle y que se rascara.

– Ya estamos – Carlitos no estaba para sutilezas ni piques; su hermano le había dado un susto de muerte y no se perdonaba no haber estado más pendiente de él, aunque todo eso era para dentro, muy adentro, que para fuera, ni con tortura de grado 15, se lo sacaría nadie en voz alta. – Yo me preocupo por ti, y lo sabes. Te quiero, joder, y eres lo único que tengo en la vida. Y no te lo digo más, que luego te creces.

Jorge sonrió pero no dijo nada. Le dolía un poco la cabeza y quería dormir, pero no conseguía hacerlo. Si cerraba los ojos, sueños extraños, llenos de negrura y dolor visceral, le llenaban la mente haciéndole que cada intento de dormir se convirtiera en una pesadilla que dolía físicamente.

– Bebe un poco de agua, Jorge. – Carlos se levantó para acercarle a su hermano un vaso de agua y ayudarle a incorporarse para tomarlo.

– No tengo sed – se quejó amargamente.

– El Dr. Huertas ha dicho que tienes que beber mucho agua. Mucha.

– Me duele la cabeza.

– Eso no es excusa para no beber agua. Dice que la droga esa deshidrata.

– No tiene ni puta idea de lo que hace. Lo de las pesadillas, por ejemplo.

– Él sabrá más que tú, a pesar de todo.

– No tengo sed.

Carlitos pasó de las protestas de su hermano y se acercó con el vaso de agua y una pajita. Jorge el camarero intentó apartarlo, incluso intentó tirar el vaso al suelo. Pero Carlos se mantuvo firme como nunca lo había hecho con su hermano. Lo que vio Jorge en él, le quitaron las ganas de discutir. “Joder con el enano”. No se resistió y se dejó ayudar por Carlos y bebió un gran trago de agua.

– La mitad del vaso, bro.

Puso caras, pero volvió a encontrarse con la mirada de Carlos y bebió.

Quería preguntar, pero no se atrevía. Quería interesarse por Ramiro, pero no, no y no. Según él creía, le habían dado la misma droga en Rusia. ¿Se habría puesto fatal también? Algo recordaba Jorge que le había comentado el médico que la droga que le dieron a él tenía algo más. Ese algo más era lo que estaba despistando al Dr. Huertas, que según le habían dicho era uno de los mejores especialistas del mundo en el tratamiento de intoxicaciones de todo tipo.

– ¿Sabes como está Ramiro? – lo dijo muy bajo, como con miedo, sin mirar a su interlocutor. “al final ha sido sí, si, joder, sí, pero bajito”.

Carlitos no contestó. No porque no quisiera entrar en el tema, que lo tenía ganas, a pesar de que Óscar le había dicho por activa y por pasiva que ni se le ocurriera citar de momento a Ramiro el millonetis. Si no le hubiera contado que a Ramiro le ingresaron en una habitación de ese mismo hospital poco después de su indisposición. Óscar estaba tan asustado con lo que le había pasado a Jorge que inmediatamente llamó a Ramiro para que se preparara para ingresar en el hospital para que le hicieran una revisión.

– Esa droga que te dieron no saben lo que produce. Jorge casi la palma hace unos minutos.

– ¿Cómo está Jorge? No te muevas de su lado. Lo que necesite. ¿Me oyes? Te hago responsable de lo que le pase, Óscar el secretario. Como le pase algo te despido. ¿Me oyes?

Y fue milagroso, porque le dio un desmayo al poco de llegar al hospital. El Dr. Huertas estaba muy contrariado por todas las consecuencias desconocidas que estaba teniendo esa droga.

– Óscar, mira a ver como está Jorge.

– Bien.

– Mira.

– Ya he mirado.

– Me duele la cabeza y no tengo ganas de discutir.

– No discutas.

– Vete a ver.

– Me ha dicho el doctor que…

– Vete a ver.

– Llamo a Carlitos.

– No, vete. No me fío. Y quédate con él.

– Está bien, tranquilo. Y me quedo contigo. Carlitos se ocupa de Jorge.

– Vete. Y mira.

Óscar se rindió y fue.

– Pero no me quedo – le dijo muy serio y sin dar opción a debate.

Entró en la habitación. Carlitos se había quedado medio dormido. No era de extrañar, no había pegado ojo en casi tres días, los que llevaba Jorge ingresado. Miró a Jorge, que intentaba dormir. Lo vio ojeroso y con la tez blanquecina. Y muy triste. Tenía los ojos entornados, como si durmiera. Pero si lo hacía, era evidente que no era un sueño tranquilo. De repente, su cara se contraía en muecas que parecían grotescas si no fuera porque tenía todo el cuerpo en tensión. Era como si estuviera viviendo una película de terror desde dentro, siendo la próxima víctima del malvado de turno.

Se acercó a la cama y se sentó al lado de Jorge. Empezó a acariciarle la cara, suavemente. Parecía que se relajaba. Pero esa piel que hacía tanto tiempo había acariciado en otras circunstancias muy distintas, le removía por dentro sentimientos que le embargaron durante semanas, meses, incluso años: el lapso que tardó en apartarlo de su cabeza. “¿De verdad lo he apartado? Jodido el Ramiro que se fue a fijar en él, joder, joder, joder”. En aquel entonces, Jorge el camarero era un joven muy apuesto, con un aura de conquistador y buen amante. Pero un joven a la vez, dominado por inseguridades y por una soledad íntima y profunda. El alcohol y drogas varias viajaban por su sangre cada noche. Quizás era eso lo que le daba ese aura especial. Y llegó una noche y se miraron y juntaron sus bocas, primero, y luego sus cuerpos. Una noche larga llena de sexo, y que, por la parte de Óscar, llegó a convertirse en amor. La parte de Jorge se declaró en una muesca más en la culata de su rifle. Jorge a la mañana siguiente ni se acordaba de él. Óscar sabía que lo había disfrutado. Sabía que con pocos había pasado toda la noche. Y con pocos, porque luego, todas esas aventuras pasaban de unos a otros en los sitios de “caza”, había tenido ese toque de sensualidad, hasta podríamos decir de cariño. Esos besos suaves a veces, otras apasionados. Esa lentitud en recorrer su cuerpo con sus dedos, o con su lengua. El sexo de Jorge normalmente era duro, sin concesiones a la delicadeza. Sus besos profundos, llenos de lujuria y sin nada de ternura. Incluso gustaba de los azotes, de darlos y que se los dieran. Alguna vez tuvo algún problema con ello, por no medir la fuerza o el gusto de su pareja de turno por el tema.

Los dos fueron abandonando poco a poco las rutinas de la caza nocturna. Quizás porque ninguno encontró lo que buscaba. O en el caso de Óscar, porque lo había encontrado, que era tener experiencias, vivir, como decía entonces. Luego llegó su trabajo, llegaron los tres mosqueteros, y llegaron otras experiencias distintas.

Jorge entreabrió los ojos. Hizo un amago de sonrisa.

– Te colaste por mí, Óscar el secretario.

El aludido levantó ligeramente las cejas e hizo un gesto que podría interpretarse de asentimiento, pero que en caso de necesidad, podía haber significado cualquier cosa. Resignación. “No es el momento”.

– Y yo no me enteré de nada.

– Ya hemos hablado de esto. Déjalo, da igual. ¿Cómo estás?

– No puedo dormir. Entro en una caverna cada vez que cierro los ojos. Veo monstruos y sangre, mucha sangre. Se me encoge el cuerpo. ¿Cómo está Ramiro?

– Bien. Está bien. No le ha afectado tanto.

– Me alegro. No le digas nada de mí, por favor. No quiero que se preocupe. ¿Me acercas un poco de agua?

Óscar se levantó y llenó un vaso de plástico con la botella que había en una de las mesas. Volvió al lado de Jorge y le ayudó a incorporarse para que bebiera.

– Está preocupado por ti, Jorge. Me ha enviado él.

– No voy a basar una relación en la pena, Óscar. Tomé la decisión adecuada.

– No es pena. No te digo nada sobre tu decisión.

– Me ha traicionado. Era lo único que tenía, Óscar. Mi orgullo. Y me lo ha quitado.

– Te quiere, Jorge. Y se arrepiente.

– Tú también me quieres. Y también te arrepientes de no habérmelo dicho antes. Podríamos haber sido felices, lo sé.

– Pero es distinto. Nuestro tiempo pasó. Ramiro y tú sois la pareja perfecta. Y lo sabes. Le quieres como nunca me hubieras querido a mí.

– Déjalo. Nuestro tiempo sí que ya ha pasado. Fue bonito, pero… se acabó.

– No seas así.

– ¿Has venido a convencerme?

– He venido porque está preocupado por ti. Porque estamos todos preocupados por ti. Todos te queremos ¿sabes?

– Dile que estoy cojonudo. Me alegra que él esté bien. Y gracias. Yo también os quiero a todos.

– Se lo diré.

– No, por favor. No le digas nada. Dile que estoy bien, nada más. No le digas que hemos hablado. Prefiero así.

– Jorge…

– Por favor.

Óscar asintió despacio.

Le hubiera gustado hablar más con Jorge, contarle que Locatis y él lo habían dejado. Locatis, después de esos sueños tan variados que tuvo, decidió que no era digno de Óscar.

– Te he puesto los cuernos. Y no con uno, sino con 456 en una noche. Lo siento.

Óscar le fue a decir que todo era fruto de la droga, pero… su sentido de la responsabilidad y todo lo que estaba en juego en el ámbito de los negocios y de la política internacional, le hicieron callar. Locatis no era precisamente una persona discreta a la que se pudiera confiar secretos de estado. Y el nuevo estado de Jorge… por qué no decirlo, le hizo albergar alguna esperanza, si es que no se arreglaba con Ramiro.

– Debes perdonarle, Jorge. Ramiro te ama y tú lo amas con toda tu esencia. Lo sé, te conozco.

– Lo nuestro ha acabado – sentenció con seguridad. – dile que estoy bien. Solo eso.

Jorge volvió a cerrar los ojos.

Carlitos se había despertado. Se levantó asustado, al ver que alguien estaba junto a su hermano. Instintivamente cogió una barra que se había agenciado, por si venía alguien a atacar a su bro.

– Me has asustado – susurró al oído de Óscar.

– Acaríciale, le tranquiliza. Y no temas, el hospital está tomado por la policía. Javi está pendiente de todo.

Se levantó y salió de la habitación. Anduvo despacio, camino de la habitación de Ramiro. Tenía que arreglar esto. Pero no sabía como.

Él también estaba cansado de todo.

– Menos mal que esta no es mi historia. – se dijo antes de entrar en la habitación de Ramiro.

– Está mucho mejor.

– ¿Ha preguntado por mí?

Dudó en qué contestar, pero por una vez, fue fiel a otra persona que no fuera su jefe.

– No. – bajó la mirada – Estaba adormilado por los somníferos – matizó para que no fuera tan brusco como había parecido – no se dio cuenta de que estuve a su lado.

Ramiro se giró en la cama, para ocultar su decepción.

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