La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 17.

– Joder, está todo por hacer. No tenemos nada, ni a los anfitriones. No se puede preparar una recepción de esa envergadura en 3 días, Óscar.

– Nosotros podemos.

– Sí, una mierda. Cuatro Reyes. Dieciseis Presidentes de gobierno, treinta Primeros Ministros y treinta y cuatro ministros. Cuarenta y ocho secretarios de estado, alcaldes, presidentes de comunidad, ricachones y proletarios. Todos juntos y todos dispuestos a hablar con todos. Escritores y pintores varios, actores y directores. Hasta viene Ernesto el escritor y sus hijos y Adri Kilmer, el famoso porno star y su pareja, que para mí son más VIP que todos los anteriores, todo sea dicho.

– Y encima, la excusa es una pareja de casi recién casados que llevan 15 días separados. Y uno de los cónyuges, por cierto, no sabe que dentro de dos días, saludará al Presidente de Estados Unidos como el maridito de Ramiro el millonetis. Es más, a ver quién es el listo que va a convencerlo con la mínima posibilidad de que no le salte los ojos con un sacaojos.

– ¿Sacaojos?

– No se me ocurría otra cosa – dijo Fito mesándose la cabeza, que el cabello no, que se había rapado al cero después de la operación Rusia.

– ¿Quién va a ir a convencer a Jorge?

– Yo no, desde luego. Amo a mis ojos – explicó Fito.

– Pues habrá que hacerlo cuanto antes. Con lo de la droga, ha adelgazado un huevo y el smoking no le sentará bien.

– Ni los calzoncillos rotos.

– Por favor, dejemos las frivolidades. El juego de los calzoncillos rotos es historia. Fue divertido mientras duró.

Llegó el jefe de protocolo del Gobierno de la nación. Y el de la comunidad autónoma. Y llegó el de la embajada de USA. Y el de la embajada de Inglaterra, que su Primer Ministro se había apuntado, para saludar a la pareja de moda, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. También hicieron acto de presencia el de la Unión Europea y el de la República Francesa. Y el de la italiana. Y el de Mónaco, que el Príncipe también asistía, eso sí, sin novio ni esposa.

En realidad todo era una excusa para tratar el tema del ataque a Ramiro el millonetis en suelo ruso y las implicaciones políticas que eso conllevaba. Alta política de la buena. Los de protocolo sentaban las bases de convivencia. O sea, se pegaban ellos primero; que si mi Presidente a la derecha, que si el mío en la cabecera, que si nos sentamos, que si de pie, que no, que el mío es bajito, pues el mío es alto, que si el mío es gordo, que si tal, que si cual… el mí saluda antes a Ramiro, no el mío, pues el mío lo hace con Jorge el camarero, pues el mío va antes al servicio, pues… que si tal, y cual y vuelta al tal.

Su separación había sido silenciada absolutamente. Algún periodista se había olido algo raro, pero le habían dado una exclusiva sobre la búsqueda de Enrique, el oledor de sobacos y nombrado intrigante mayor del Reino.

– Viene el Rey – anunció de repente Manu, colgando el teléfono.

– Uno más. La reunión de los de protocolo puede pasar a los anales del boxeo.

Ramiro el millonetis estaba en su habitación. Solo miraba por la ventana.

– Ramiro, debes ir a la oficina. Hay multitud de cosas que debes decidir.

– Suspende todo. Di la verdad: he engañado a mi marido y éste me ha dejado.

– No digas sandeces.

– No va a ir.

– Déjalo de mi cuenta. Vamos, vístete.

– No Óscar. Esta vez no me vas a convencer. Estoy desolado, hundido – e hizo un gesto dramático de lo más teatral llevándose la mano a la frente y mirando al cielo.

– Debes decidir… todo va a ir adelante.

– Hazlo tú. No tengo cuerpo.

– Pero yo no sé…

– Lo harás bien. Los tres mosqueteros sois invencibles.

– Ramiro.

Pero éste cerró los ojos y se puso el auricular para escuchar por enésima vez el Requiem de Mozart.

Óscar montó en el coche y se fue a ver a Jorge el camarero, que había alquilado un apartamento en el centro para él solo. Apartamento que apenas abandonaba. Carlitos le llevaba comida una vez al día, que apenas probaba.

– Jorge, abre la puerta.

– Jorge. – insistió al cabo de cinco minutos sin respuesta.

– Joder, deja de aporrear la puerta. ¿No entiendes que no quiere verte? – gritó un vecino que quería dormir un poco.

Óscar respiró hondo y se fue.

Jorge estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Miraba al frente, pero sin ver nada. Tampoco había nada que ver, que enfrente solo había una pared desnuda, matizada de vez en cuando por desconchones debidos sin duda a los niños de el anterior inquilino.

– Eran unas bestias – le dijo el dueño del piso.

– Puedes pintar la casa, si quieres, te dejo – le comentó magnánimo.

Jorge asintió despacio, empujando al dueño fuera de su casa. Solo quería quedarse solo y en silencio. “Las paredes las va a pintar Santa Rita, no te jode”.

Lo del silencio, a los cinco minutos, se dio cuenta de que era una quimera. Se escuchaba todo lo que pasaba en los pisos de arriba y abajo. No eran precisamente silenciosos los habitantes de esa casa. Pero en realidad, como le importaba una mierda lo que los demás hicieran, pues no le molestaba en exceso, salvo cuando el niño de tres pisos más arriba, se ponía frenético a chillar a las 4 de la mañana y nadie en esa familia parecía saber que hacer con la criatura para que se callara. Luego empezaban a despertarse el resto de los vecinos y unos a despotricar contra los padres, otros llamaban a Herodes, y otros requerían la presencia de un médico para que le aplicara la eutanasia a ese niño. Al final, llevaban los defensores del aborto a ultranza y se preguntaban por qué no abortaron los padres de los padres de la criatura, que al fin y al cabo, eran los culpables de todo.

– Los padres al paredón.

– Repitamos los fusilamientos del dos de mayo, aunque sea 3 de marzo.

Los días pasaban sin nada reseñable. Carlos llegaba sobre las dos con unos taper de comida. Intentaba charlar con su hermano, pero como éste le daba tan poca coba, se iba echando leches. Le desesperaba la actitud de Jorge. Y no soportaba verlo así. No sabía que hacer y eso le desesperaba más si cabe. Y encima, había vuelto a la sequía sexual. El chico de la matrona había desaparecido y nadie había llegado para sustituirlo. Y el narrador estaba ofendido con él, justamente ofendido, reconocía para sí Carlitos, y ya no le daba coba. Y encima le hacía parecer como un pasota en el relato, así que procuraba no enfadarlo más, no fuera a ser que lo convirtiera en un asesino a sueldo, en cómplice de Enrique el oledor de sobacos o algo peor. “En amante de Putin, no será capaz”.

Tenemos a Ramiro en su habitación, escuchando al Requiem de Mozart a todas horas y mirando por la ventana.

Tenemos por otro lado a Jorge, tirado en el suelo, mirando la pared de enfrente, sin música ni nada que hacer. Nos informan los servicios secretos que lo más apasionante que pasa son los pedos que se tira el vecino del 5º, que se oyen en todo el edificio.

– ¿Y huelen?

– No me han informado al respecto.

Tenemos a los tres mosqueteros organizando una recepción con los mandamases mundiales, que querían venir a postrarse ante los novios del siglo. Novios que ya no lo eran. Aunque eso era el secreto mejor guardado del reino. Qué digo del reino, de universo. Las escuchas de los servicios secretos estaban atentos a cualquier dicho al respecto, para atajarlo en cuanto se produjera. Eran tantos los intereses económicos y políticos de esa reunión, que la excusa para celebrarse no podía evaporarse. Los rusos estaban maquinando para que alguno de los representantes político se borraran del evento. Pero todos querían presenciar el amor incondicional que había traspasado fronteras entre Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

– El presidente de USA se queda a dormir el en casoplón de Ramiro.

– No, eso no puede ser.

– Ramiro les invitó en su entrevista en la Casa Blanca.

– Joder, que marrón . Eso sí que no podemos disimularlo. Jorge no va a volver a la casa, ni de coña. Y sin sus famosas sesiones de sexo…

– ¿Y si les pedimos a los de la radio del obispo la grabación aquella que hicieron para animar a la cópula y la procreación?

Óscar suspiró.

– ¿Y si los drogamos con la droga de la sonrisa tonta?

– Sí, no te jode. Mira como están con su última dosis de droga.

– Ufffffff. Mejor ni tocar.

Todo iba adelante. Todo estaba casi perfilado y preparado. Javi el policía se encargaba de organizar la seguridad. El mismísimo ministro del interior había delegado en él.

– Confío en tí, Javi el policía. Eres joven pero con una intuición de campeonato. Llevas sangre de policía y cabeza de policía.

– Y Javi el policía se rascó suavemente encima de la oreja, rezando mentalmente porque ese marrón no se convirtiera en un barullo capaz de sepultarlo de por vida.

Y por fin llegó el día de la recepción.

Quedaban tres horas.

Por la puerta de la casa de Jorge habían pasado todos los que podrían haber convencido de algo a Jorge. Hasta encomendaron al subdirector del banco a que fuera, por ver si el asco que le producía, lo hacía reaccionar. Pero nada. Locatis organizó un numerito en la escalera, sin ningún resultado. Óscar se pasó cada dos horas, por ver si lo pillaba en un momento bajo de defensas. Carlitos hizo guardia en el rellano, pero sin atreverse a entrar más que la visita de la comida, pero nada. Y Jorge seguía sin casi probar bocado.

Al final Óscar tuvo una idea. Desesperada, pero idea.

– Vamos a ello.

– Los GEO tomaron el edificio. Dos corpulentos hombretones echaron la puerta abajo.

Jorge el camarero, los miró con indiferencia.

– Hola Jimmy y Juan. ¿Cómo estáis?

– Jorge el camarero, no nos gusta verte así. Nos jode que te salváramos la vida para esto.

– La vida es así de cruel.

En un plis plas revisaron la casa. Javi el policía entró entonces para dar el visto bueno. Y detrás, llegó el presidente del Gobierno.

– Jorge el camarero.

– Presi, que honor. No soy un buen anfitrión, ya me perdonarás.

El presidente del gobierno entró despacio y se sentó en el suelo al lado de Jorge el camarero. Su asistente vino a la carrera detrás, con unas bolsas de comida.

– Quería comer una hamburguesa a gusto, y me he dicho: voy a ver a Jorge el camarero. Me he comido las mejores hamburguesas en tu compañía.

– ¿Quiere ligar conmigo?

– Ya me gustaría, pero ya sabes que lo mío es la discreción y las saunas.

– Así que eras tú.

– Pero no lo digas a nadie.

– Ten te he traído tu burguer con queso y beicon.

– De verdad…

– No seas así, que no me gusta comer solo. Y el ministro de sanidad no me deja comer estas cosas. Así que ya que me escaqueado, acompáñame.

– Está bien. Pero no le voy a votar, que conste.

– Ni falta que hace. Comamos una burguer y dejemos los votos para otro momento.

Y empezaron a comer. Se pasaron los sobres de ketchup y hablaron de esto y aquello. Se pasaron los sobres de mostaza y rieron sobre aquella vez que el Presidente se pegó un traspiés que dio con sus morros en el suelo.

– Te juro que me sentí ridículo, todo el mundo mirando, las cámaras grabando. Al día siguiente en el Congreso pedían mi dimisión por patoso.

– Me acuerdo que saliste en todas las noticias.

– Mi mujer me hizo la prueba de alcoholemia al llegar a Palacio. ¿Tu te crees?

– ¿Y habías bebido?

– Qué va. Si no bebo nada.

Y bla, bla, bla.

Óscar en el rellano, señalando el reloj disimuladamente.

El Presidente asiente.

– Debo pedirte algo, querido amigo.

– ¿El voto?

– Eso ya te he dicho que te lo perdono. De momento.

– A ver. – dijo resignado.

– Necesito que vengas a una recepción y que hagas de marido feliz de Ramiro. El mundo te necesita.

– Eso no es posible. Ramiro…

– Ya sé la historia, Jorge el camarero. Y lo siento. Porque me caes bien y quieres con locura a Ramiro, lo sé.

– Pero no puedo renunciar a mi orgullo, a…

– Yo renuncio todos los días a un montón de cosas, incluido mi orgullo. Anda que no tengo que dar mi brazo a torcer, y eso que dicen que mando en la nación. Y se ríen de mí y me engañan, y yo engaño. Es la vida.

– Tú eres político.

– De momento. Mañana vete tú a saber. Pero te necesito. Es la puta verdad. Ramiro y tú sois la razón por la que tanta gente ha dicho que venía a la reunión. Porque además sois los damnificados por aquella operación de la mafia y de los servicios secretos rusos. Todos vienen para saludaros y daros un abrazo y las gracias.

– Ramiro no va a querer.

– De Ramiro ya me ocupo yo. Te necesito de mi lado.

– ¡¡Qué alguien cierre la puerta joder!! – gritó el vecino del cuarto – A ver quien paga luego la factura del gas.

– ¡¡Cállate majadero!!

– ¿Como puedes aguantar…?

– Huy, tranquilo presi – el Presidente miraba asustado hacia la escalera – es mucho peor otros días. Hoy porque hay mucha policía y muchos estarán escondidos debajo de la cama, rezando porque no haya un registro y le pillen el costo.

– ¿Vamos Jorge el camarero? Estoy en tus manos. Van a ir amigos tuyos, Ernesto el escritor, con Arturo y Tomás. Adri Kilmer. Tu hermano Carlitos. Alex Monner. Pablo Rivero.

– Vale acepto. Pero mañana me dejas invitarte a otra hamburguesa en nuestro burguer preferido.

– Hecho. Tú y yo solos.

El Presidente se levantó e hizo una señal a Óscar el secretario.

Y en un plis plas, entraron maquilladores, manicuras, sastres, con una remesa de calzoncillos rotos y unos cuantos smoking para vestir a “novio Jorge”.

– Joder, Óscar. No, esto no.

El Presidente sonrió.

– El protocolo, ya sabes. Las cámaras de televisión, y un chico guapo como tú que tiene que lucir sus atractivos.

El Presiente levantó las manos y todo el mundo se paró. Se acercó a Jorge el camarero y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias.

Jorge el camarero sonrió.

Y todo el mundo volvió a ponerse en marcha.

– ¡¡¡Óscar!!! Hay un tío que se ha metido en la ducha conmigo. Me dice que me frota la espalda.

Óscar se sonrió.

– ¿Quieres que vaya yo?

– Joder, no, que tú seguro que me violas por los viejos tiempos.

– Pues no te quejes.

– ¡¡¡Óscar!!! ¡¡Qué estoy en los huesos!! ¡¡¡Joder!!! No puedo ir así a la recepción. ¿Quién se ha quedado mis carnes? Llama a la policía para que las busque.

– ¿Llamo a los armarios, esos amigos? Recuerdo que te serenan el ánimo.

– Ya están ahí Jimmy y Juan, los GEO del ariete. Esos son peores.

– Aquí estamos, para lo que gustéis – contestaron sonriendo.

– Ni se te ocurra. ¡¡Joder!! Que me está frotando el culo.

Elevó la mirada al cielo, agradeciéndole la vuelta de las quejas continuas de Jorge el camarero.

– ¡Hay esperanza! Ahora solo ayúdame a organizar un plan para que esos dos bobos se junten de nuevo y nos den una serenata esta noche. Si me das ese deseo, te prometo que … no sé que prometerte… ya se me ocurrirá algo.

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