Lo que eres. Una idea de Dídac.

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“Who we are”

Ryan Calhoun

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¿No estás cansado de mirarte en el espejo por las mañanas, por las noches, y no reconocer a quién ves reflejado en él?

Sabes quién eres. Lo sabes. Nadie más lo sabe. Solo te permites contarlo a ti mismo, por la noche, en la cama, cuando el reino de los sueños conquista la realidad de la vida. Ahí, sueñas con levantarte esa mañana y cambiar las cosas. Sueñas con que le dices al tipo del espejo que eres como eres.

“Soy como soy, querido”.

“Soy lo que soy”.

“Soy yo”.

Y sueñas con lanzarte a la calle y mirar las cosas desde ese nuevo yo. Mirar a la gente con esa nueva mirada. Con tu espíritu, no el otro.

Pero tienes miedo.

A algunos les oyes, bla, bla, lo que vas a sufrir, lo que tal, que si eres, que si son… pero eres lo que eres. Que fácil ¿No? Ser lo que uno es.

Bueno. También tuviste miedo al presentarte aquel examen. Y cuando fuiste a aquella entrevista de trabajo. Cuando empezaste a nadar con cinco años. Y nadaste, y trabajaste ese verano en el chiringuito de la playa, y aprobaste el examen.

No sé. Es difícil. Es… complicado. ¿O es tan sencillo como… ser?

La vida es corta. El tiempo pasa. Un suspiro. Dejar de ser tú un minuto más es derrochar la vida. Hoy estás otra vez en el espejo, te miras, no te reconoces, pero sabes que eres tú. No amas, pero lo necesitas, como respirar. Tienes miedo de quererte… pero es tan fácil hacerlo…

Mañana, cuando te despiertes, hazte el favor de decirte: voy a ser. Y sé. Y diles a todos esos que les has oído decir que si tal, que si cual, que… vas a estar bien. Vas luchar por ti. Que a veces las cosas no van a ser fáciles, pero cuándo lo son en realidad. Y que por la noche, agotado de buscar, cansado de ser, llegues a casa y te sientes en la cama antes de acostarte, te sentirás bien, te notarás un poco feliz. Más feliz que no siendo. Más feliz que ser alguien al que no reconoces. Y esa noche, soñarás con fuegos artificiales, correrás por una playa desierta a la sombra de las palmeras y sentirás que en algún lugar, hay un corazón latiendo esperanzado por hacerlo pegado al tuyo.

Diles a todos que vas a estar bien. Que vas a ser lo que eres. Ese será tu primer éxito. El primero de muchos.

Muchas gracias Dídac por la idea y por la música.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Interludio.

El narrador y Carlitos estaban en la cama. Cansados. Había sido una noche tremenda de sexo, amor y gin tonics sin medida.

– Se ha acabado la ginebra – se quejó Carlitos.

– Pero yo tengo algo para ti – y el narrador se señaló su nabo tieso, pero muy tieso.

– Y yo también tengo algo para ti – y Carlitos se señaló su no menos tieso calabacín.

Y sus labios se encontraron de nuevo, y volvieron a empezar por sexta vez esa noche. Ya no era muy de noche, que el sol salía ya y empezaba a bañar con su luz las copas de los árboles.

Y sus miembros duros, duros, pidieron que les hicieran caso. Y Carlitos y el narrador se instalaron en un placentero 69.

– ¡Unas fresas!

El narrador se levantó de repente y fue a la nevera. Sacó unas fresas relucientes y un bote de nata. Y sirope de chocolate.

– Me muero – gritó Carlitos al ver a aparecer al narrador con esos útiles. Sintió tanto placer Carlitos que casi se le escapa su leche, solo de pensar en el tema y la situación. Y es que además le gustaban las fresas y la nata, vaya que sí. Y el pedazo de calabacín del narrador, no nos pongamos puritanos.

– Aguanta, mi bailarín.

Las fresas ocuparon un lugar en la espalda de Carlitos. Y un poco más abajo. Y luego, las fresas y la nata, ocuparon otro lugar alrededor de su fierro y sus colgantes amigos. Flores de nata en la cresta del fierro y una fresa. Y la boca del narrador que lamía y relamía los restos de la nata, el jugo de la fresa y el chocolate del sirope.

Y Carlitos con los ojos desorbitados, emulando a su hermano y su cuñado, gritaba y gritaba.

Y luego cambiaron las tornas. Y fue la lengua del bailarín la que hizo los honores al fierro del narrador, y a su espalda, y a más abajo, buscando, horadando la mina para sacar todo el placer y hacer gemir al narrador por activa y por pasiva.

Y qué ricas las fresas, por Dios”, pensó Carlitos.

– Agggggggggggggg – gritó en un momento dado el narrador.

– Aggggggggggggggggggggg – volvió a gritar.

– Se me escapa – apretó los labios y las piernas.

– Se me ha escapado – susurró agotado el narrador.

– ¡¡Bien!! – gritó un eufórico Carlitos.

– He aguantado y tú no. ¡¡He ganado!!

El narrador recuperó fuerzas rápidamente. Se medio incorporó y miró fijamente a Carlitos. Éste puso su mejor sonrisa pillina, e hizo amago de salir corriendo. Pero el narrador lo agarró del tobillo y tiró hacia sí.

– No, no, por favor – Carlitos en modo afectado de mentirijillas, con una gotas de dramatismo llevándose las manos a la frente.

– No, no por favor – el narrador le dio la vuelta para enfrentarse al fierro ardiente. Y a fuer que era verdad que ardía, palpitaba y babeaba.

La lengua del narrador se posó suavemente en la fresa del fierro de Carlitos. Éste inclinó la cabeza hacia atrás. “Por favor”, suplicaba. Y “Por favor”, el narrador cerró su boca sobre el fresón del bailarín. Éste apretó también sus magníficos muslos de danzante, pero no pudo contenerse y aguantarse. Y de su fierro manaron litros y litros de leche, disparados como salvas de ordenanza, 21 salvas. Todas recogidas amorosamente por el narrador.

Las campanas sonaron en sus cabezas. Los tambores. Las trompetas y las trompas. El cielo era azul verdoso y la luna brillaba a las 12 del mediodía. Un piano tocaba una bonita melodía de amor. Y los cuerpos exhaustos de Carlitos y de “el narrador”, recogían fuerzas sobre la cama de este último.

– Tengo que acabar con tu hermano y Ramiro.

– Déjalo para mañana y sigamos jugando a los médicos.

– Vale – contestó eufórico el narrador, al que, ante las dos opciones, no pareció que las dudas se apropiaran de su espíritu.

Bruno y Pol, de Merlí. 20ª parte.

2ª temporada, capítulo 7.

Hoy aparece un profesor sustituto: Joaquim. O Quima. Un transexual.

Y Pol sigue con su elección sexual del momento. Se avecina tormenta.

Y Bruno y Oliver están en el debate de como afrontar ser gay y el tema de la lucha por los derechos, el Orgullo sí o no, y demás.

Y todo acaba en un partido de fútbol épico que no hay que perderse.

Es un capítulo maravilloso.

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Diario de un hombre sin nada que contar. 49ª entrada.

Didac insiste en que vivamos en su casa.

El sábado por la tarde las cosas parecían un poco mejores. Me levanté de la cama. Pol estaba en su cuarto, a la espera. El trabajo.

Me puse a ello. Era mejor eso que mirar al techo y angustiarme por las sombras reflejadas en él.

Didac preparó algo de comer.

Esperaba que me miraran con pena o algo así. Pero no fue el caso. Eso me hubiera hundido.

Pol me dio un beso en la mejilla.

Didac me dio un beso en los labios.

Deberías ducharte, me insinuó.

Lo hice.

Salimos los tres a dar una vuelta, por la noche. Me engañaron para ir al cine. Una de esas de coches y velocidad, buenos y malos. Sin complicaciones. Estuvo bien.

Luego Pol, nos invitó a una hamburguesa. Era su cumpleaños, se me había olvidado.

Lo estrujé entre mis brazos y lloré. Me abrazó. Así estuvimos un buen rato. Le pedí perdón. No dijo nada, solo me volvió a abrazar.

El domingo nos quedamos solos Didac y yo. Me levanté y me quedé mirándolo con una taza de café en la mano. Dejó de trabajar y se acercó a mí. Me quitó la taza, me quitó el pijama, se desnudó él también, despacio, mirándome; volvimos a la cama.

Me hizo el amor. Despacio. Muy despacio.

Rozó con sus labios todo mi cuerpo. Al principio no me apetecía. Le dejé hacer, sin más. Pensé que se aburriría y lo dejaría. Pero perseveró. Despertó mi sensibilidad, despertó mi cuerpo, mi espíritu también. Casi no tocó mi miembro. Nunca había hecho el amor así.

Sentí sus labios en el cuello. En la nuca. En la espalda. En algunos puntos de la columna consiguió que una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo. Besó mis tobillos, mis pies. Lamió los muslos de mis piernas, por fuera, por dentro. Me puse rígido, otra descarga eléctrica. Se puso encima mío. Sus piernas entre mis piernas. Incorporado ligeramente sobre sus brazos, mirándome a los ojos. Me sonrió. Se acercó a mí, poco a poco, sin dejar de mirarme. Se puso sobre sus codos, su cara casi rozaba la mía. Su mirada casi hacía daño, de tan cerca que estaba. Casi sentía sus labios sobre los míos, aunque no se rozaban. Casi sentía su sonrisa dentro de mí. Casi sentía su querencia en mi corazón. Sentí como sus dedos acariciaban suavemente mi rostro. Sentí la barba de varios días, la mía. Me di cuenta que a él le gustaba eso, la barba de varios días. Me alegré de no haberme afeitado. No fui consciente de que se acercaba más y más, hasta que sentí sus labios posarse en los míos. Sentí su pecho rozando el mío. Sentí su miembro acomodándose al lado del mío. Los sentí duros. Palpitaban. Sus labios me besaron. Su cuerpo entero besó el mío. Ahí fue cuando mis brazos despertaron y rodearon su cuerpo. Acariciaron su espalda, su culo, sus piernas. Acariciaron su pelo, mientras nos besábamos.

Rodeé con mis piernas las suyas.

Rozábamos nuestros cuerpos, lentamente. Nuestras bocas no dejaban de buscarse. Nuestras manos persistían en acariciar el cuerpo del otro. Hubo un momento en que sentí que su miembro se ponía más duro. Sentí sus palpitaciones. Y en respuesta, el mío hizo lo mismo. Sentí el calor de su semen un momento antes que el mío saliera. Nunca he tenido un orgasmo tan delicado y a la vez tan placentero. Seguimos besándonos. Seguimos juntos, pegados. Solo hubo un momento en que paró para incorporarse unos centímetros y mirarme a los ojos. Le devolví la mirada. Vi mucho amor. Vi mucho cariño. Vi decisión.

Seguimos en la cama, juntos, abrazados, acariciándonos. No hubo palabras. No hacía falta.

El lunes pude ir a trabajar.

Un día de estos, hablaremos.

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Néstor G.