La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 19.

– Pero no me dejes así – dijo con un tono un poco desesperado Ignasi, el secretario del secretario de Óscar el secretario. Así era: tirado en el suelo del armario, rodeado de camisas y trajes que habían perdido su sitio. Con su pajarita mirando para Cuenca, los pantalones en los tobillos. Y su miembro, bien duro. Y su boca, salivando a mil por hora. Salivaba tanto que empezabba a hacer un pequeño charco en el suelo.

– Eres muy guapo, querido, pero el mundo me necesita.

Lo dijo con toda la pompa y circunstanca que el momento requería,

– Bájate el hinchazón que te necesito en cinco minutos, bien vestido y sin marcar paquete.

Esto último lo dijo como el hombre importante acostumbrado a dirigir el mundo de su jefe. Lo dijo mirando con cara de hombre responsable mientras se abotonaba su camisa y se colocaba bien los pantalones. Ignasi en cambio seguía espatarrado, entre trajes que colgaban de sus perchas y zapatos que reposaban en el suelo esperando su turno de ser usados por Jorge el camarero. Seguía espatarrado con sus propios pantalones y calzones en los tobillos, con la camisa abierta y la pajarita echada hacia atrás. Sus labios sensuales, especialmente rojos y ardientes, miraban a Óscar que sin perder un segundo en miradas de pena por dejar los dulces y apasionados brazos de Ignasi, salía como alma que lleva el diablo camino de la recepción.

– ¡Vístete, joder! – le gritó desde la puerta.

Aunque en un momento de lucidez, volvió sobre sus pasos y abrió el cajón de los calzoncillos rotos y usados de Jorge el camarero y cogió unos. No pudo contenere y los olió.

– Hummmm – dijo en un arranque.

– ¡¡Te he visto!! – dijo con tono acusica Ignasi, que para que negarlo, estaba como un poco resentido con su jefe que lo debaja con el culo al aire y con necesidades perentorias de que unas manos en concreto, las de Óscar, se pasearan por su cipote ardiente y babeante. – se lo voy a contar a …

Pero Ignasi no acabó. Porque se encontró con la boca de Óscar el secretario sobre su propia boca, porque le dio un beso de los que corta la respiración, porque con una mano agarró de esa forma el miembro turgente y palpitante de su ayudante en tercer grado, porque solo con ese hecho, el citado secretario en tercer grado exhaló un grito de placer, amortiguado eso sí, por la boca de Óscar. El grito claro, para los no avispados, fue provocado por un río de lava blanca que salía del tronco que el citado Óscar masajeaba suavemente.

– Esto solo es el principio, pequeño. Ya que no eras capaz de aliviarte por ti mismo, no me ha quedado más remedio. Ahora, apresúrate, te necesito. Ya te diré yo cuando puedes escaparte y volver aquí a esperarme con paciencia, y con el culo en pompa. Haremos un poco de teatro, yo me sorprenderé, te diré cosas guarras y tú te pondrás caliente, moverás el culo con pasión, invitándome y yo, aunque me resistiré y te diré más guarradas, al final te haré mío. Pero antes harás tu trabajo sin empalmarte.

– ¿Me lo prometes?

– Claro que sí. Aunque te advierto que mis promesas en estas cuestiones no valen nada.

– Te amo Óscar el secretario.

– Que bonito suena, pero no me creo nada. En todo caso, ya veremos.

Y salió a toda pastilla, dejando de nuevo a Ignasi con sus pantalones y calzones en los tobillos, esta vez su miembro estaba un poco más relajado, aunque sus labios estaban más rojos si cabe que la primera vez. Eso sí, ahora tenía sobre y alrededor, un mar de jerseys y camisas y trajes de Jorge el camarero, que debido a la explosión que Óscar había provocado en el joven, habían caído sobre él , como si quisieran acompañar la dicha de Ignasi.

– Vamos – dijo Óscar desde la puerta. Así que Ignasi, se empezó a vestir y tal. Aunque tuvo la idea de no hacerlo, de dejar sus pantalones donde estaban y quedarse a esperar, aunque luego pensó que tampoco le apetecía que si entraba alguien le viera de esa guisa. Dos minutos después pensó que tampoco estaba mal, que le daba morbo… ¿Y si entra Carlitos, el hermano de Jorge? A lo mejor no se me resiste. Y es que también estaba super enamorado de Carlitos, el hermano de Jorge, aunque solo se lo había dicho para sus adentros, muy adentros.

– Por cierto – Óscar había vuelto sobre sus pasos – ¿Tú eras el primo del tío, del cuñado, del abuelo del sobrino del subdirector del banco?

Ignasi tragó saliva como pudo. Sabía que su pariente era odiado y vilipendiado a partes iguales en esa empresa. Pero no podía negar nada, que al fin y al cabo, no era culpable de nada.

– Pero yo soy inocente.

– Luego te voy a castigar como te mereces.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – y se le puso dura de nuevo.

Y solo de pensarlo se fue de nuevo en ríos de lava ardiente, blanca a más señas, y no le quedó más remedio que morderse el labio, joder, que no podía ponerse a gritar como una perra en medio de una gran recepción de la que dependía el mundo. Aunque si Óscar el secretario hubiera permanecido a su vera, todo eso le hubiera dado igual.

Óscar salió de las habitaciones de Jorge a todo correr. Fue al punto de la escalera de donde partiría Jorge el camarero hacia la recepción. Allí estaba, radiante “Qué guapo está el jodido, y eso que está en los huesos”. “Si la paz del mundo no estuviera en juego, anda que no lo seccuestraba y me lo llevaba a una isla desierta”. Pero Óscar el secretario era un hombre responsable y apartó esos pensamientos pecaminosos de Jorge para llevarlos hacia Ignasi, al que había sacado una foto sin que se enterara antes de irse “está bueno el jodido, a ver si luego nos quedamos embarazados de gemelos”.

– Así mejor, Óscar, aparta a Jorge el camarero de tus pensamientos libidinosos – le susurró el Narrador al oído.

– Luego hablamos – amenazó Óscar.

Empezaba a sonar la música con la que la pantomima se puso en marcha.

Jorge el camarero sonreía como él sabía hacerlo. En el otro lado, Ramiro el millonetis, miraba a su amor con todo el arrobamiento que podía y algo más. “Está super colado”, no dejaban de pensar Manu y Fito, cada uno por su lado, pero que coincidían en el diagnóstico. Y es que cuando Ramiro el millonetis vio en el otro lado del hall a su Jorge, el corazón le empezó a latir, las mariposas se dispararon en el estómago y la vista se le nubló, joder, que es que se le llenaron de lágrimas. “Joder, como he podido perderlo”. “Joder”.

Agarró un papel que pasaba por allí en manos de alguien, y escribió rápidamente.

Perdóname. Te amo.

Y lo dobló y se lo dio a Manu.

– Vete corriendo y dale esto a Jorge.

– Yo creo que no es el mejor momento, no vaya a ser que…

– ¡¡¡Llévaselo!!!

Como no estaba allí Óscar que era el único en todo el mundo que pasaba de sus arranques de ira, Manu se plegó y fue.

– Corre, que eres un flojucho.

Y Manu corrió por los pasillos interiores y llegó sin aire al lado de Jorge.

– Ten.

Óscar miraba por encima del hombro para ver lo que ponía el papel.

Perdóname. Te amo.

– Un papel, un papel – solicitó presuroso Jorge.

Todos se dieron la vuelta para buscar un papel. Jimmy el GEO sacó una pequeña libreta que siempre llevaba y se la tendió a Jorge.

Te perdono”, escribió en la primera página.

– Llévaselo.

Manu volvió a correr como un poseso. “Ya suena la música, joder, corre” le apremiaba Óscar por su línea interna telepática.

Ramiro recogió el mensaje con ilusión y expectación.

– Me ha perdonado – dijo eufórico. – un boli, Dios, que no sé donde he dejado el mío.

Fito le alcanzó el suyo.

Vuelve a casa, por favor.

– Pero como le escribes eso, así de pronto. Trabájatelo un poco más – le recriminó Fito. – Manu díselo.

Fito agarró la libretilla y arrancó la página.

– Dile lo guapo que está.

– Oye, no mires así a mi marido.

– Estais en stand by, así que lo miro. Y además, es como si lo miraras tú.

– ¿Sí?

– Sí – contestó rotundo.

Hoy no ha salido el sol hasta que te he visto.

– Eso está bien – aprobó Manu.

– Pues corre.

– No podíamos decir a alguien que llevara…

– Corre. Eres el mensajero real. El de confianza. Estos mensajes no se pueden encomendar a cualquiera.

Manu empezó la carrera, aunque esta vez se lo tomó más tranquilo. Hasta que sonó el teléfono y vio que era Ramiro.

Corre, joder – le gritó sin decir ni hola.

Y como si le hubieran puesto un reactor en el culo, en dos segundos y medio estaba al lado de Jorge.

– Me está jodiendo la recepción, no voy a poder tomar ni un canapé luego. Me está dando flato – se quejó amargamente a Óscar por línea interna telepática, que no le hizo ni caso.

Tú si que estás guapo, Ramiro. Y cuando sonríes más. Tu sonrisa alimenta mi alma. Sin verla cada mañana, muero.

– La respuesta – dijo tendiendo el cuaderno y mirando para otro lado para hacerse el interesante.

– Óscar podías relevarme – propuso Manu.

– Largo – gritaron a la vez Óscar y Jorge.

– Empezamos. Que bajen los actuantes.

La música subió. Ramiro se resistió pero vio por un hueco que el Presidente de USA lo esperaba con los brazos abiertos, pero literalmente abiertos, a los pies de la escalera, para abrazarlo a él y a su marido. Leyó la respuesta de Jorge y se sonrió. Cogió el boli que por si las moscas ya no soltaba por nada, y escribió a toda prisa:

Es tu sonrisa la que ilumina la estancia. Podríamos apagar todas las luces, mientras estés tú.

Y empezó a bajar miantras Manu corría y corría hacia Jorge. Éste se demoró un poco, esperando.

– Ten – Manu tendió la nota a Jorge el camarero antes de caer desplomado y ya en el suelo, quitarse los zapatos – Joder es que son nuevos – se disculpó ante Óscar.

Ramiro ya llevaba un tercio de la escalera. Sonreía a todo el mundo. Jorge aún no había emprendido el camino. Hubo un invitado, asentado a pie de la escalera que empezó a decir en voz media que Jorge no iba a venir.

– Se han separado, que yo lo sé – decía ufano a los que lo rodeaban. Era su momento de gloria, pensó. Si luego resultaba verdad, todos se acordarían de que él lo había pronosticado.

Jorge leyó el mensaje y quiso escribir algo, pero Óscar, al que le habían chivado el comentario, con mucha firmeza, lo empujó hacia la escalera.

Jorge empezó a sonreír. Cuando ya le podían ver los invitados, hizo un gesto como de asustarse ante tanta concurrencia y darse media vuelta. “Teatro, puro teatro, que buen actor era Jorge el camarero”. La gente empezó a reírse espoleados por el gesto de Ramiro que siguiendo la broma gritó:

– No te vayas, que son muchos pero majos.

Jorge hizo el paripé de quitarse el sudor de la frente y empezó a bajar con aire desenvuelto. A mitad de escalera le gritó a Ramiro, quién ya estaba casi en el salón.

– Si no llegas a estar tú, me largo a todo correr. Dais miedo – dijo señalando a los invitados.

Cuando el traductor hizo su función y tradujo las bromas al Presidente de USA, empezó a dar palmadas de felicidad.

– Amazing, very amazing – dijo mostrando su blanca dentadura, blanca de anuncio, y dando más palmas.

– I’m very happy to see you again. Your boyfriend is perfect. Nice to meet you, George the waiter.

Y se fundió primero en un abrazo a Ramiro, su amigo de toda la vida, y después, se giró para recibir a Jorge el camarero, que llegaba son una sonrisa digna de un actor de Hollywood que acaba de recibir el Oscar.

– Bla, bla, bla – dijo Ramiro.

– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla – contestó el Presidente USA

– Bla – terció Jorge el camarero.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar con el fin de que se movieran todos por el salón para empezar a saludar a la gente.

– Un brindis – dijo el Presidente USA chapurreando el español con un acento americano insufrible, que ni Aznar después de pasar un fin de semana en cassa de Bush.

Los tres mosqueteros se miraron. No estaba previsto. Fito fue el encargado de correr como alma que lleva al diablo a las cocinas para que los camareros salieran a la voz de ya con unas copas de cava, al menos para los principales invitados.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar para hacer tiempo.

– Blablablabla, blablabla, blablabla? – preguntó Ramiro.

– ¿Blablablabla? – Apuntó Jorge.

– Hablas inglés – dijo en español un asombrado Presidente USA.

– Of course.

– Bla, bla, bla, bla – dijo Ramiro mostrando su orgullo por Jorge el camarero. Su orgullo y su amor.

– Lovely, the best couple in de world of all the time – les dijo sonriendo. Y para premiar dicha afirmación, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, se miraron con arrobamiento y juntaron los labios con delicadeza.

Y en ese momento, algo se paró en la Tierra. Los dos recibieron una descarga eléctrica que les recorrió el espinazo. Nadie se percató de ello, salvo Óscar el secretario. Eso le hizo concebir fundadas esperanzas de que la cosa se arreglaría esa misma noche y que ni siquiera iba a ser necesario usar la cinta de la radio del obispado con una sesión de sexo enlatada.

El Presidente de USA, fue entonces cuando levantó la copa y alguien acercó un micrófono. Fue el traductor oficial el que lo cogió.

– Recuerda que el médico dice que no debes beber todavía, Jorge – le murmuró al oído Óscar.

El aludido lo miró de reojo y asintió imperceptiblemente.

– Levantemos la copa, queridos amigos, por nuestros anfitriones, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis. La mejor pareja del mundo de todos los tiempos. Los anales de nuestra civilización no recogen un caso igual. Nos han dado ganas a todos de amar, de tener hijos. ¡¡Por ellos!!

Y todo el salón levantó las copas.

– Por Jorge el camarero y Ramiro el millonetis – dijeron todos al unísono.

– Hacéis que tengamos esperanza en la raza humana – dijo un sonriente Presindente USA que agarraba la mano de su mujer con fuerza.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero se miraron e hicieron un gesto de beber, auuque solo se mojaron los labios, pero el Presidente de USA, ajeno a las secuelas de la droga que les invitó a beber la copa de un trago. Entonces a Óscar se le ocurrió que podían enlazar sus brazos para beber como hacen los novios. Y casualmente, se pusieron de tal forma que dieron la espalda a los invitados y Óscar les dio el cambiazo de las copas llenas por otras vacías.

– Bebed – les indicó a Manu y Fito.

– No jodas – señaló Manu, todavía recuperándose de las carreras y con una flojera en las piernas preocupante, a parte de un dolor de pies del 15.

Pero Óscar era inflexible en su mandamiento, en su mirada. Y Manu bebió sin pensar, que no tenía ganas de discutir.

Y llegó el momento de saludar a los invitados. Para llegar a todos, Ramiro el millonetis se fue por la derecha del salón y Jorge el camarero por la izquierda. Cada uno con su séquito. Óscar y sus secretarios se encargaron de éste último, y Ramiro llevó a Fito y Manu y sus propios ayudantes.

– Bla, bla, bla.

– Bla.

Una risa sincera de Jorge charlando con el alcalde de París y su marido.

– Blablabla, bueno, bueno.

Y una sonrisa cómplice de Ramiro con el Primer Ministro Británico.

– Y tal y cual – le dijo la Jefa de Alemania.

– Y cual y tal – contestó afable Jorge el camarero dándola un beso en la mejilla y hizo suspirar a la Sra. Merkel. “Qué majo es este chico”, se dijo la canciller. Incluso pensó que debía acelerar la legalización del Matrimonio entre presonas del mismo sexo en su país. Jorge que algo intuyó, le dio otro beso en la mejilla y la sonrió con cara de cordero degollado. La canciller alemana suspiró.

– Y bla, bla – dijo muy seguro el primer ministro belga.

Una carcajada de Ramiro el millonetis con un apretón de manos así como muy intenso.

– Y tal y cual – comentaron Jorge y el primer ministro italiano.

– Y cual y tal – se dijeron Ramiro el millonetis y el alcalde de Lisboa.

Te echo de menos – leyó en la libreta Jorge el camarero, mensaje que había traído uno de los secretarios de los secretarios de Manu. El chico se llamaba Iván y tenía una mirada de esas que rompen voluntades. “Joder, como elige el jodido Manu”, pensó para sí Jorge el camarero. Sin poder evitarlo imaginó lo que hubiera pasado unos meses antes si se lo hubiera encontrado en sus noches de salir de caza. “Éste hubiera caído fijo”.

– No es tu tipo, Jorge el camarero – le susurró Óscar el secretario.

– Tú que sabrás.

– Estaba colado por ti.

– ¿Tú eres mi tipo?

– Está claro que no, ni te acordabas de lo nuestro.

– En aquella época…

– De otros si te acuerdas.

– Coincidiría un día loco.

– Días.

– ¿Repetimos? – preguntó un ahora muy asombrado Jorge el camarero.

– El alcalde de Burgos – presentó Óscar el secretario, en su papel protocolario.

– Ya nos conocemos, del día de la boda. Bla, bla, bla, bla – dijo afable Jorge.

– Y bla, bla y espero contar con vosotros en próximas fechas. Me han contado que les gusta el baile regional y hay un bailarín que baila unas jotas estupendas y se llama Saúl que vendrá este año al festival de folclore, en el mes de Julio. Y luego en octubre, el fin de semana cidiano y bla, bla, bla…

– Me han dicho que Burgos está precioso.

– Precioso.

– Y bla, bla, bla…

Y el alcalde de Burgos se separó.

– ¿Cuántas veces? – Jorge volvió al tema.

– Varias – zanjó radical Óscar el secretario.

– El primer ministro de Israel.

– Bla, bla, bla.

Y mientras Jorge el camarero, escribió en la libreta: “¿Uno en los servicios?

– Corre – le dijo a Iván, el de la mirada desarmante. E Iván corrió, que estaba en forma. Y en un plis plas, tendió la libreta de los mensajes a Ramiro el millonetis.

Ramiro el millonetis leyó.

A Ramiro el millonetis, se le hizo el cuerpo gaseosa.

Ramiro el millonetis escribió un que ocupo toda la página de la libreta. Fue a mandar la respuesta pero se lo pensó mejor y escribió en la página siguiente.

Ahora.

Tendió de nuevo la libreta a Iván, joder que ojos, para que cursara los mensajes. Pero volvió a pensar un segundo y volvió a escribir.

En los del ala oeste.

Miró la libreta, miró los tres mensajes, volvió a mirar la libreta, volvió a pensar un segundo y cursó los mensajes, ahora sí.

– Vuela – indicó a Ojos Iván.

– ¡¡Espera!!

Abrió la libreta por enésima vez y escribió:

Corre que se me escapa.

– Vuela.

E Iván voló. Sobre todo por si se arrepentía de nuevo.

Y Ramiro el millonetis se escaqueó con la ayuda de sus secretarios.

Y llegó al servicio indicado.

Y estaba nervioso. “¿Vendrá?” dudó en su mente. Y pasaron diez segundos sin recibir noticias, se puso más nervioso.

Y los GEO rodearon inmediatamente ese ala de la casa.

Y Javi el policía se hizo cargo de la situación.

Y Jorge el camarero llegó poco después.

Y Ramiro el millonetis sonrió.

Y se besaron.

Y Javi el policía sonrió.

Y Óscar el secretario que había seguido preocupado a Jorge el camarero, que no le dijo ni esta boca es mía, solo leyó y salió pitando hacia el servicio, sonrió aliviado.

Y los GEOS sonrieron también, que les gustaba el tema.

Y sin que nadie dijera nada, se dieron la vuelta para dejarles intimidad.

Y Ojos Iván miraba a todos sin decidirse en quién posar su mirada. Óscar el secretario pensó en decirle algo, en hacerle algo, pero recordó que tenía a su propio secretario en pelota picada en algún armario de la casa. “No, joder que le dije que se vistiera y viniera. ¿Dónde está, por cierto?”.

– Quizás pueda escaparme un segundo y darle un par de morreos.

Y a ello fue después de indicar a Ojos Iván que se quedara con los idem bien abiertos para que todo fuera bien.

– ¡¡Joder!! – se quejó Ojos Iván, que sabía que eso significaba que se quedaba sin polvo.

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