Diario de un hombre sin nada que contar. 46ª entrada.

Didac me obliga a escribir.

No tengo ganas de discutir, así que escribo.

Semana Santa.

Mudanza.

López volvió a la ciudad. Obligado por la empresa.

Los chicos volvieron con su padre. Obligados. O no.

Luis se fue a Oslo. Porque quiso.

Eduardo ha cambiado de oficina. Porque lo pidió.

Le ha sustituido Ana. Vieja compañera.

Yo me quedé en casa. Apenas salí. Apenas comí.

Me he quedado vacío. No hay nada que me empuje a vivir.

Los chicos me llaman a menudo. Comemos algunos días. Pero no están en casa.

La casa está vacía. Me agobia pero a la vez, me protege. No tengo ganas de salir. No tengo ganas de ver el fútbol. Me siento en la butaca del salón, me aflojo el nudo de la corbata y me quedo mirando la pared.

El pequeño me manda un wasap todas las mañanas nada más levantarse. Me ayuda a empezar el día. El día que no lo mande, me parece que me quedaré en la cama.

Sin noticias de Luis.

Sin noticias de Eduardo.

Ayer me llamó Sergio, mi hijo pequeño. Viene a verme.

Le pregunté a Teresa.

No sabe nada.

No la creí. Le envía ella. Está preocupada.

Preocúpate ahora por tus hijos, me dijo. No les eches como siempre.

A lo mejor tiene razón.

Estoy apagado. No tengo ganas de nada.

Didac acaba de llegar. Me está mirando desde la puerta de la habitación. Vigila que escriba. Me ha obligado a hacerlo. Se ha presentado aquí nada más leer el capítulo repetido. Mi cabeza está confusa.

Me ha preparado la cena.

No tengo ganas de comer.

Se queda a dormir.

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Néstor G.