La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 20.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero iniciaron sus juegos en los servicios del ala oeste sin demora. Se lanzaron a buscar sus bocas, sus manos discutían por llegar primer a la piel del otro y los ropajes volaron en todas direcciones. Sus miembros palpitantes vibraron al reencontrarse y los gritos empezaron a subir de intensidad a velocidad de vértigo.

– Se me escapa – exclamó un desesperado Ramiro el millonetis.

Óscar el secretario, corriendo en busca de su secretario en segundo grado para un polvo rápido.

Ojos Iván vigilaba, aunque de vez en cuando se le iban los ojos hacia el cuerpo bien esculpido de uno de los GEOS. Ya se había olvidado de su deseo de comerle entero a Óscar el secretario o alguno de los otros mosqueteros. Que quería escalar rápido en el escalafón de la empresa y sabía que sus ojos y otras partes de su cuerpo le abrirían puertas tan rápido como él fuera capaz de abrirse de piernas. También abría bien la boca, vaya que sí.

Los invitados a sus cosas. Los Presidentes de gobierno haciendo corrillos, los Jefes de estado, los ministros, los reyes, los alcaldes y presidentes de comunidad.

Pero de repente, una nube cubrió todo el salón. La luz parecía que bajaba de intensidad y unos personajes siniestros se quitaron sus capas de normalidad y dejaron ver sus caras de mal follados.

Enrique el de sobacos, el subdirector del banco, unos primos lejanos de Ramiro el millonetis, tres o cuatro candidatos defenestrados que un día optaron al corazón de Ramiro el millonetis y a su cuenta corriente, los hermanos de Jorge el camarero y unos cuantos acólitos aburridos llenos de ansias de venganza y con mucho resentimiento dentro. Y también, un pelotón de soldados suicidas enviados por el Zar de Rusia, que ya se sabe que no era muy partidario de Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero.

– ¡¡Ohhhhhhhhhh!! – se oyó en el salón, todo el mundo abría muy bien la boca, sorprendido por la obra de teatro que les habían preparado los anfitriones – ¡¡Que guay!! – repetían unos a otros después del segundo ¡¡Ohhhhhhhhh!! generalizado.

El oledor de sobacos se puso en la escalera que dominaba todo el salón. Optó por una estética próxima a los malos de Batman, así con la cara pintada que se debía creer que era lo que se llevaba en el mundo de los malos.

– Quietos parados todos. Que no se mueva nadie.

Fue un grito que pretendió ser aterrador y que resulto un gritito de gallo de corral anciano y con resfriado.

– Si os portáis bien, no os pasará nada – sonrisa meléfica. Había pensando en que brillara uno de sus dientes, pero no encontró la forma de hacer que el efecto especial en directo. Así que se conformó con que en la versión para televisión de pago, se incluyera como extra.

Los invitados miraban al oledor de sobacos, expectantes con el giro que tomaría la obra de tratro.

– Sois víctimas de un engaño. Y lo vamos a desenmascarar. No ponerse nerviosos que no va a pasar nada, si os portáis bien. Mis hombres tienen orden de no mataros, de momento.

Intentó imitar una risa de malvado, pero le salió patético. Los invitados aplaudieron entusiasmados, “Qué gran idea lo de la obra de teatro”.

– Jorge el oloroso y Ramiro el imbécil, son un fraude. A Jorge el Camarero le huelen los sobacos y a Ramiro el imbécil, le huele el aliento por su mala conciencia. ¡¡Y os han engañado!! ¡¡No están juntos!! Su pareja es un fraude.

Y enseñó a la concurrencia una foto en la que el que estuviera muy cerca podía observar a Jorge el camarero sentado en el suelo de su cuchitril de crisis, lloroso, ojeroso y solo. Ojos Iván, que era el único que estaba cerca de la escena, se fijó en que la foto la tenía que haber hecho el subdirector del banco, cuando le llamaron para ver si Jorge reaccionaba ante una de las personas que más odiaba en la Tierra. Fue a decirlo, pero se encontró un un rubio inmenso pegado a su espalda, con una pistola apuntando a su sien derecha, y que marcaba un paquete del 19 al menos, que había metido casi entre sus muslos.

– ¡Joder! – se quejó Ojos Iván.

– Ni respires – le susurró el tal Rubio con miembro erecto y acento ruso, al que por cierto, sí le olían los sobacos.

Lo que me pone ese olor a macho”, suspiró para sí Ojos Iván, al que ni siquiera el acojone del momento le vencían las ganas de un buen revolcón. Algo tuvo que sentir el miembro viril del Rubio con olor de macho entre sus muslos, pugnando por abrirse camino a través del pantalón y del calzoncillo hacia el agujero de la felicidad de Ojos Iván. “Corrijo, no es del 19, al menos del 22, la pija del Rubio”.

No se sabe de dónde lo hicieron, pero entre la gente aparecieron un número abundante pero indeterminado de lo que parecían soldados con sus pasamontañas y sus armas en ristre, las de fuego, que las otras las llevaban ocultas, apuntando a los más ilustres de los invitados. La cosa, en apenas unos minutos, había cambiado radicalmente. De una fiesta alegre y dicharachera, había pasado a un secuestro en toda regla, con sus caras ojipláticas, y sus miedos. Algunos ilustres invitados menos curtidos en los peligros de la vida y el poder, aflojaron sus esfínteres sin poder evitarlo. Los más valientes o incoscientes, se envalentonaron e intentaron enfrentarse a sus particulares hombres encapuchados. Pero todo estaba bajo control de los asaltantes.

– Hoy os iban a poner esta cinta de un polvo de Jorge el maloliente y de Ramiro el alitosis – se le había ocurrido de repente el cambio de motes. El oliente Enrique, se sintió bien consigo mismo. – pero era falso. Como todo en esta fiesta. Aquí están las familias de los interfectos que os lo confirmarán. ¿Quién mejor que ellos, sus familias, para indicaros lo malnacidos que son Ramiro el alitosis y Jorge el maloliente?

Una ola de tristeza y desesperanza recorrió el salón. No hace falta mucho para convencer a un grupo de personas de algo. Solo que las circunstancias te animen a hacerlo y que el lider hable con la energía suficiente y con la seguridad pertinente. Y Enrique el oliente de sobacos, llevaba muchos meses entrenándose para un evento como éste. El rencor de los desprecios de Ramiro y la envídia por el rápido ascenso de Jorge, lo habían animado a dar el paso y prepararse para ello. Aunque el empuje definitivo se lo dio el no rotundo de aquella hembra de la alta sociedad en la que había puesto sus esperanzas

– Aggggggggg.

Fue solo un ligero susurro.

– Aggggggggggggg.

El segundo fue más largo, y un poco más potente.

– Agggggggggggggggggg.

Algunos empezaron a sentir la brisa de la esperanza, los más próximos al ala oeste.

– Aggggggggggggggggggggg…

– Es una cinta, no os dejéis engañar.

– La tienes en la mano, gañán – dijo alguien de la concurrencia.

– Gañán tú, no te jode – gritó Ojos Iván, enardecido de repente, y dispuesto a enfrentar el peligro por la gloria de sus jefes. – Agggggggggggggg – gritó de repente Ojos Iván, emulando a sus jefes, pero es que el pollón de su vigilante se había colado dentro de él. Pero dentro, muy dentro. Y de verdad, nadie en el mundo habían visto nunca esos ojazos llenos de placer y armonía etérea. Si de normal los ojos del tal Iván era una cosa digna de estudio, en ese momento, eran algo cercano a la novena maravilla del mundo.

– Agggggggggggggg – gritaron de nuevo Jorge el camarero y Ramiro el millonetis al alimón.

– Aggggggggggg – gritó Ojos Iván.

– Ese es el que os intenta engañar – señaló con saña el tal Enrique.

– Ese – lo señalaron los hermanos de Jorge maloliente, deseosos de tomar un poco de protagonismo en la acción.

– Ese – señalaron también los primos lejanos de Ramiro el alitosis, luchando por su cuota de “Aquí estoy yo”.

– Agggggggggggg – este grito sí era de Ojos Iván, que empezó a girar a su alrededor la mirada, buscando a los asaltantes, y dejándoles KO con solo posar sus ojos en ellos.

– Agggggggggggggg

Éstos últimos volvían a ser Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

– Es mentira.

Unas pantallas de vídeo estratégicamente dispuestas, bajaron repartidas por todo el salón. Y en ellas aparecieron Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero en plena acción en los servicios del ala oeste de la mansión. La gente empezó a aplaudir con entusiasmo. Los miedos empezaron a diluirse y los valientes empezaron a creer que la victoria era posible y que los asaltantes, acabarían a cuatro patas como los perros que eran.

A partir de aquí, el caos se adueñó de la situación.

Todo fue muy deprisa. Confuso. No sé si este narrador será capaz de enfrentarse a contar los sucedidos del resto de esa noche que fue fundamental para el devenir de nuestra sociedad.

Descanso un rato, y miro de ordenar las ideas e intentar contarlo todo.

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