La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Interludio.

El narrador y Carlitos estaban en la cama. Cansados. Había sido una noche tremenda de sexo, amor y gin tonics sin medida.

– Se ha acabado la ginebra – se quejó Carlitos.

– Pero yo tengo algo para ti – y el narrador se señaló su nabo tieso, pero muy tieso.

– Y yo también tengo algo para ti – y Carlitos se señaló su no menos tieso calabacín.

Y sus labios se encontraron de nuevo, y volvieron a empezar por sexta vez esa noche. Ya no era muy de noche, que el sol salía ya y empezaba a bañar con su luz las copas de los árboles.

Y sus miembros duros, duros, pidieron que les hicieran caso. Y Carlitos y el narrador se instalaron en un placentero 69.

– ¡Unas fresas!

El narrador se levantó de repente y fue a la nevera. Sacó unas fresas relucientes y un bote de nata. Y sirope de chocolate.

– Me muero – gritó Carlitos al ver a aparecer al narrador con esos útiles. Sintió tanto placer Carlitos que casi se le escapa su leche, solo de pensar en el tema y la situación. Y es que además le gustaban las fresas y la nata, vaya que sí. Y el pedazo de calabacín del narrador, no nos pongamos puritanos.

– Aguanta, mi bailarín.

Las fresas ocuparon un lugar en la espalda de Carlitos. Y un poco más abajo. Y luego, las fresas y la nata, ocuparon otro lugar alrededor de su fierro y sus colgantes amigos. Flores de nata en la cresta del fierro y una fresa. Y la boca del narrador que lamía y relamía los restos de la nata, el jugo de la fresa y el chocolate del sirope.

Y Carlitos con los ojos desorbitados, emulando a su hermano y su cuñado, gritaba y gritaba.

Y luego cambiaron las tornas. Y fue la lengua del bailarín la que hizo los honores al fierro del narrador, y a su espalda, y a más abajo, buscando, horadando la mina para sacar todo el placer y hacer gemir al narrador por activa y por pasiva.

Y qué ricas las fresas, por Dios”, pensó Carlitos.

– Agggggggggggggg – gritó en un momento dado el narrador.

– Aggggggggggggggggggggg – volvió a gritar.

– Se me escapa – apretó los labios y las piernas.

– Se me ha escapado – susurró agotado el narrador.

– ¡¡Bien!! – gritó un eufórico Carlitos.

– He aguantado y tú no. ¡¡He ganado!!

El narrador recuperó fuerzas rápidamente. Se medio incorporó y miró fijamente a Carlitos. Éste puso su mejor sonrisa pillina, e hizo amago de salir corriendo. Pero el narrador lo agarró del tobillo y tiró hacia sí.

– No, no, por favor – Carlitos en modo afectado de mentirijillas, con una gotas de dramatismo llevándose las manos a la frente.

– No, no por favor – el narrador le dio la vuelta para enfrentarse al fierro ardiente. Y a fuer que era verdad que ardía, palpitaba y babeaba.

La lengua del narrador se posó suavemente en la fresa del fierro de Carlitos. Éste inclinó la cabeza hacia atrás. “Por favor”, suplicaba. Y “Por favor”, el narrador cerró su boca sobre el fresón del bailarín. Éste apretó también sus magníficos muslos de danzante, pero no pudo contenerse y aguantarse. Y de su fierro manaron litros y litros de leche, disparados como salvas de ordenanza, 21 salvas. Todas recogidas amorosamente por el narrador.

Las campanas sonaron en sus cabezas. Los tambores. Las trompetas y las trompas. El cielo era azul verdoso y la luna brillaba a las 12 del mediodía. Un piano tocaba una bonita melodía de amor. Y los cuerpos exhaustos de Carlitos y de “el narrador”, recogían fuerzas sobre la cama de este último.

– Tengo que acabar con tu hermano y Ramiro.

– Déjalo para mañana y sigamos jugando a los médicos.

– Vale – contestó eufórico el narrador, al que, ante las dos opciones, no pareció que las dudas se apropiaran de su espíritu.