Diario de un hombre sin nada que contar. 51ª entrada.

Didac ha tenido mala semana.

Mucho trabajo.

El miércoles me fui de viaje. Trabajo. Reuniones de zona. Objetivos.

El viernes por la tarde, al volver, me encontré mi casa vacía. Oriol llegó corriendo. Me sonrió. Cara de pillo.

Vamos, nos esperan.

Cogí el porta-trajes y lo seguí. No abrí la boca. Me temía lo peor.

La casa de Didac.

Mucho trabajo y una mudanza, pensé. O ese era el mucho trabajo. Luego lo pagará, pensé. Tendrá que recuperar y estará histérico.

Una mudanza.

Estaban Pol y Didac, esperando. Unos amigos. Sergio, mi hijo pequeño, que anunció su llegada y justo, había llegado en ese momento. Nadie me había avisado. Ni su madre. Estaría en el ajo de todo. Teresa no se pierde un guiso.

Mi hijo me dio la mano y un abrazo de hombre.

Pol me dio un beso.

Llamó mi ex-mujer. En el ajo de todo, ya lo decía antes. Parloteó. No me preguntó por mi ánimo. Ni siquiera preguntó si había llegado Sergio. Didac le habrá informado. O los chicos. Los de López, no los nuestros. Y los nuestros. Todos la informan.

Me gustó hablar con ella. Siempre me gusta hablar con ella. La quiero. Mejor dicho, me gustó escucharla.

Muchos días me pregunto si no hubiera podido hacer algo para que ella, una vez liberada de los chicos, se quedara conmigo. Nos comprendíamos. Nos queríamos. Nos queremos. A nuestra forma. A mi forma. No, hubiera sido injusto. Ella merecía vivir una relación completa, con su sexo en casa, no buscado fuera. Ahora pienso que hubiera podido prescindir del sexo con hombres y centrarme en vivir con ella al lado.

La echo de menos.

Ella vive en pareja ahora, lejos. Yo he vivido el sexo, con muchos. Ella tuvo muchas aventuras hasta que apareció Alberto. Siempre volvíamos los dos a casa, y nos sentíamos bien. Juntos. No preguntábamos, pero intuíamos.

Al colgar, tuve un pálpito. La volví a llamar. Sabiendo que estaba mal, no me había llamado. No me había dado cuenta de ello hasta ese momento. No era propio de ella. Ella sabía como llevarme.

¿Qué ha pasado Teresa?, le dije a bocajarro.

Se echó a llorar. Alberto y ella lo han dejado.

Hablamos. Ella habló, mejor dicho. Yo preguntaba de vez en cuando. Sigue, le decía. Te escucho, le decía.

En un momento dado, calló.

Habla con Sergio. Te necesita. Adiós, Néstor.

Didac había encargado un ágape. Llegaban los del catering.

Pensé que me agobiaría. No pasó. Me sentí a gusto.

Didac se acercó a mí en un momento dado, y me agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los míos. Le miré sorprendido. Me dio un beso en la mejilla. Sentí como raspaba sus labios contra mi barba si afeitar. Ahora solo me la recorto de vez en cuando. Se que le gusta. Le miré extrañado. No es de gestos de cariño, menos en público.

Sergio nos miraba. Pensé que no le gustaba. Se lo dije a Didac en un aparte, soltándome. Me reconvino y me volvió a agarrar.

Hazme caso, me susurró. Y me besó en los labios.

Pol y Oriol se acercaron. Sin venir a cuento, me dieron un abrazo y besos de abuela. Mi hijo había desaparecido. Estaría en el baño.

Me sentí bien.

López vino tarde. Venía desarreglado, un poco beodo.

Pol se escondió en la cocina. Oriol se fue a hablar con Sergio. Siempre se han llevado bien. Su padre se dio cuenta y se hizo el ofendido, pero poco.

Didac fue a hablar con López. Yo con los amigos.

Vino Eduardo. No me lo podía creer. Cercano, amigable, con buena onda.

Que le den.

Fue una bonita fiesta de inauguración de mi nueva casa. Mi nueva casa, la casa de siempre de Didac.

Habitación para nosotros. Otra doble para los chicos. Otra que ocupará ahora Sergio.

No, Sergio y Oriol ocupan la doble. Pol la otra. Eso los días que se queden a dormir aquí. Sobre el papel, siguen en casa de su padre. Si echara cuentas, están más tiempo conmigo.

Pensé que tenía que hablar con Didac. No sé si esto es lo que quiere de verdad.

Se acercó un momento cuando se fue López a dormirla. Me besó de nuevo.

Tenías razón, Néstor. Debíamos habernos juntado antes. Estoy feliz.

Es un cabrón. Me conoce. Sabe que le esperaba una charla. Así, la ha liquidado de un plumazo. Me ha dejado claro que está a gusto.

¿Me quieres?, le pregunto. Se me escapó.

Arrugó la nariz. Sonrió.

Siempre te he querido. Tenía miedo de destruirte. Todos los que están conmigo acaban asolados. Estos días estabas tan mal que me dije: no puede ir a peor. Me lancé y te dejé hacer.

Me guiñó un ojo.

Me eché a reír.

Sergio y Oriol parecen muy amigos. Mucho más amigos que lo que yo recordaba. Si es que recordaba algo de mis hijos.

Algo se me ha escapado de Oriol. Algo que parecen saber los demás.

El Madrid campeón, ra, ra, ra.

No lo puedo evitar, lo siento.

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Néstor G.

Bruno y Pol, de Merlí. 23ª parte.

2ª temporada, capítulo 10.

Capítulo muy interesante.

La tormeta que se preveía en la vida de Pol con su aventura con la madre de Iván, estalla.

Pol quiere liarse con Bruno, pero este dice que no. Interesante conversación.

Y Bruno… se va a Roma.

Joder, lo que le vamos a echar de menos.

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Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

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Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.