Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

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Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.

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