Con dos Orgullos.

Estaba ahí en la jamba de la puerta del salón. Con los ojos cerrados.

La mochila a su lado. La de las acampadas. Repleta.

Su padre frente a él. Lo miraba con los puños cerrados. Tenso. Gesto crispado. Iracundo. Levantó la mano para darle un guantazo. Empezó a bajar el brazo con fuerza, pero se detuvo. Sentía como su hijo esperaba el golpe. Cuando era pequeño y le regañaba, hacía lo mismo: cerraba los ojos y esperaba la torta. La mayor parte de las veces, José se arrepentía y solo le abroncaba.

José tenía el carácter fuerte. Sus convicciones eran profundas. Creía que debía inculcar a sus hijos sus valores firmemente asentados. Inflexible. “Esto es bueno, aquello malo”. “Debes ser así, porque sé lo que es mejor para ti”. “Soy tu padre”. “No sabes nada”. “Las cosas son así. Punto”. Una torta a tiempo, ayudaba. O dos.

Ahora la furia le embargaba. Volvió a levantar la mano. Ahora le dolería; más adelante, se lo agradecía. ¿Gay? En la puta vida. Un hijo homosexual no era una opción.

Nunca.

Sintió el sabor de su propia sangre. De la cólera que sentía se había mordido el labio. Sangraba. Su pequeño seguía ahí, en la puerta. Con los ojos cerrados. Ahora se encogía un poco de hombros, como si supiera que era inminente el golpetazo de su padre.

José cerró los ojos. Como su hijo: el pequeño. Su mujer se lo advirtió: “ten paciencia con él, José, es distinto”. Distinto. Su mujer no se atrevió a decírselo. Ella lo sabía, como sabía todo. “Son tus hijos, cuídalos a todos”. Él pensaba que ella estaría siempre a su lado para guiarle, pero… se fue. Demasiado pronto. Y le dejó solo con ellos. Tres hijos. Tres misterios insondables, cada uno a su manera. Mario, el mayor, cuadriculado. Estudioso pero no brillante. Duro. Hugo, el mediano, deportista. Futbolista. Acaba de firmar por un equipo de 2ª B. Independiente. Se ha ido y él sabe que nunca volverá. Con él, a principio ejerció de padre de futbolista. Creía que era lo que se esperaba. Ahora está seguro que eso no era lo que su hijo quería. Es tarde para rectificar. Lo perdió.

Saúl. El pequeño. Estudioso y brillante. Distinto. Deportista. Amante de la naturaleza. Gay.

Volvió a levantar el puño.

Fue distinto desde que salió del vientre de su madre. El único parto al que asistió. Lloró lo indecible. Era pequeño, apenas tres kilos. Arrugado. Recuerda como la enfermera se lo puso en los brazos. Él empezó a susurrarle al oído, incómodo. Tonterías sin sentido. Le acarició el mentón y al poco, dejó de berrear. Y se durmió. La enfermera le sonrió. “Tienes mano con los niños”, le dijo dándole una palmada. Él miró a su mujer y esta sonrió también, aunque un poco socarronamente. Parecía decir “si ella supiera la mano que tienes con los niños…”

“Esos maricas de mierda”, su frase favorita cuando veía en la televisión las charangas del Orgullo, como él las llamaba. “¡Qué asco!”. Todos callaban frente al televisor. “Si alguno de vosotros es marica, lo mato”, les decía con la cerveza en la mano.

Dejó la cerveza cuando su mujer se fue.

Saúl seguía frente a él, encogido, expectante.

En el funeral, Saúl fue el único que no lloró. Frente al nicho, como ahora, cerró los ojos. Durante un momento, parecía que estaba hablando con su madre. Sus hermanos, le abrazaron y lloraron cada uno en un hombro. Los fuertes, los hombres, lloraban en el hombro del delicado. Del marica. Los mayores se apoyaban en el pequeño.

José se relajó. Abrió las manos y bajó los brazos. Se le hundieron los hombros. Miró a su hijo. Era guapo, había salido a su madre en casi todo. Los ojos eran de él. Y el mentón. Había cogido lo mejor de cada uno.

No pudo evitarlo: ahora era él el que lloraba. En silencio.

Dio un paso para acercarse más a su hijo. Saúl hizo una mueca al sentir el movimiento de su padre. Éste alargó la mano para acariciarle la cara, pero no se decidió. No era de dar esas muestras de cariño a los chicos. Saúl ya tenía 18 años. El día anterior había sido su cumpleaños. No lo habían celebrado. Le parecía bobadas. Antes se encargaba su mujer. Cosas de mujeres.

Aún conociendo a su padre, se lo había dicho. Aún sabiendo lo que pasaría. Eso le rompía el alma. Cuantas cosas se había perdido de sus hijos por ese temor que tendrían a contárselo. Pero ahí tenía al pequeño, al marica, afrontando el tema. Con dos orgullos.

Dio otro paso hacia él. Estaban casi pegados. Abrió los brazos y lo rodeó. Él estaba tenso, no sabía como abrazar. Su hijo estaba tenso, no sabía como abrazar a su padre. Le hubiera gustado besarle en la cabeza, como hacía de pequeño, pero era más alto que él. Así que le dio un torpe ósculo en la mejilla. Y sin poder evitarlo, volvió a llorar.

– ¿Te vas de acampada? – le preguntó señalando la mochila.

El chico se encogió de hombros.

– ¿Nos vamos a cenar fuera por tu cumpleaños?

Saúl miró a su padre con los ojos muy abiertos. Asintió con la cabeza.

José cogió la chaqueta y las llaves de casa. Saúl estaba parado, sin saber que hacer. De todo lo que había imaginado para ese momento, era la única situación que no había considerado. Su padre volvió a abrazarlo.

– Eres un orgullo para mí, Saúl. A pesar de lo bocazas que soy, de lo burro, me has contado lo peor que hubiera querido escuchar de uno de mis hijos. Perdóname. Espero corregirme. Ten paciencia. Aprenderé.

Se miraron, incómodos. José carraspeó. Debía decir algo que le rondaba la cabeza, aunque le pasaba igual que con los abrazos: no sabía como hacerlo.

– Te… joder, te quiero, hijo. Y quería que lo supieras. Y lo haré siempre. Te… quiero.