Diario de un hombre sin nada que contar. 53ª entrada.

Diario de un hombre sin nada que contar – Capítulos anteriores.

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Nadie me contesta cuando pregunto sobre Oriol y Sergio. Cercanos es poco. Didac solo me dijo que veo cosas raras en todo el mundo. Te pensarás que todos son maricas, me dice.

Le miré atravesado.

Me guiñó un ojo.

Me descolocó lo suficiente para no decir nada más.

No todo hay que etiquetarlo, me reconvino saliendo de casa y dejándome para mí recoger el desayuno.

Ahora sí, desde que nos trasladamos a la casa de Didac, los chicos no han vuelto con su padre. Tengo que hablar con López. Bebe mucho. Y sale de ligue. Como desesperado. Uno me contó que hace el ridículo.

Luis me mandó un wasap desde el fin del mundo. Le conteste con un emoticón.

Teresa… me preocupa.

Su ruptura con Alberto le ha roto. Dice que a lo mejor se vuelve. Yo la digo que no va a dejar un trabajo muy bueno, una oportunidad, solo porque ese Alberto no sepa hacerla feliz. Calla. Quiere decir que se lo piensa. Lo que pasa es que nos echa de menos, lo sé. Antes ya nos echaba de menos. Nos queremos. Quiere a sus hijos.

Elvira viene de visita. Los chicos están nerviosos. Temen algún intento de ella para llevárselos.

La otra noche se fueron todos por ahí. Nos quedamos Didac y yo solos.

Les he dicho que no tengan prisa. Tenemos hasta las cuatro, me susurró mientras leía en el ventanal, mirando la calle.

Se me cayó el libro al suelo y me levanté de un salto para pegarme a sus labios. Nos desnudamos como quinceañeros con poca práctica y muchas ganas y pegamos nuestros cuerpos. Hacía calor. No le dejé dar el aire acondicionado.

Quiero sudar, que sudemos. Quiero lamer tu sudor, le dije insinuante.

Guarro, me dijo.

Me encogí de hombros y sonreí.

Sudamos pegados.

Lamí su sudor. Él el mío.

Nos lamimos enteros.

Bailamos pegados.

Follamos pegados sobre el piano.

A las cuatro en punto, volvieron.

Nos tocó correr a escondernos en la habitación.

Huele a sexo, gritó Pol desde el salón.

Me puse rojo.

Didac se puso nervioso. Es muy pulcro.

Eso lo arreglamos enseguida, le dije.

Le agarré de la mano y tiré de él camino del baño.

Que nos van a ver.

Me encogí de hombros. No suelo ser así. Me imagino que el alcohol tendría la culpa. Nos metimos en el baño y di al agua de la ducha.

Salimos de allí un poco arrugados. La cosa se alargó. Mucho.

A las 8 de la mañana, llamaron a nuestra puerta. Sergio y Pol traían unas bandejas.

¡El desayuno!, gritaron.

Nos tapamos con las sábanas como pudimos. Didac se lo tomó a risa, pero esta vez era yo el que los hubiera estrangulado. Pol se agachó y me dio un beso en la mejilla. Y mi hijo le siguió e hizo lo mismo.

Se me pasó la incomodidad. El primer beso de mi hijo.

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Néstor G.

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