Diario de un hombre sin nada que contar. 55ª entrada.

Antonio, mi hijo, se ha casado. Con Adela.

Parecían contentos.

Teresa estaba esplendorosa. Mi mujer. Siempre será mi mujer.

Didac iba muy guapo. Es guapo. Me agarró de la mano y no me soltó. Sabía que lo necesitaba. La gente nos miraba con envidia. Algunos con asco. Otros, no entendían. Al salir del hotel, Didac nos pasó revista. Traje, camisa, corbata. Los chicos se fueron a encontrarse con sus padres. A nosotros nos entró un apretón. Tuvimos que cambiarnos de ropa. Salimos y me agarró de la mano. Y no me soltó. Sabía que lo necesitaba: el apretón y su mano agarrando la mía.

López vino con Elvira. Siguen haciendo buena pareja, aunque se hayan separado.

Oriol y Pol iban muy elegantes. De traje. La primera vez que se ponían uno. Les tuvimos un par de días vestidos así en casa, para que se acostumbraran. No me gusta notar la incomodidad de la gente cuando se lo pone por primera vez. En la boda parecía que hubieran nacido con uno puesto. Estoy orgulloso de ellos. Parecían de la familia, por su naturalidad. A mis hijos les noté sorprendidos de que alguien, Dídac y los chicos, se mostraran tan cariñosos conmigo. No creían que yo pudiera despertar ese sentimiento en nadie.

Teresa vino unos días antes. Se instaló en casa, la nuestra, la de siempre. Pasamos mucho tiempo juntos. Hicimos las cosas que solíamos cuando estábamos casados. Comimos en nuestros restaurantes preferidos, fuimos al teatro, al cine, a pasear por la alameda. Comimos perritos, que la chiflan. Didac nos dejó a nuestro aire y los chicos también.

El día antes de irnos a la boda, me contó. Estaba triste, derrotada. Su pareja la había abandonado por otra mujer, sin más. Un día llega y le dice: Ya no te quiero, Teresa. Sigamos como amigos. Néstor, me decía, se dio media vuelta, fue a la habitación y sacó las maletas con sus cosas: ¡lo tenía todo preparado! Me fui al fin del mundo por él y ni un año. Me siento tan derrotada. Tan culpable. Estaba acostumbrada a ti, que siempre me has querido, a tu forma, pero sabía lo que había. Contigo me siento querida, Néstor.

No supe decirle nada. Solo la abracé en el parque, frente al lago, donde nos dimos los primeros besos. Y así estuvimos un buen rato. Ella sollozaba de vez en cuando. Me tenía que haber quedado contigo, Néstor. Quise más y lo perdí todo.

No me has perdido, Teresa. No has perdido nada. Ocupas tu sitio en mi corazón y en mi vida. Y tus hijos te adoran, lo sabes. No has ganado, pero tampoco has perdido.

Me escuchó, pero no sirvió de mucho. Seguía acongojada, triste. Esa noche lloraría. Se abrazaría a una almohada en nuestra antigua cama, lo sé, la conozco. Seguramente buscaría mi olor, nuestro olor. A pesar del tiempo, yo lo seguía notando a veces.

A la mañana siguiente vino a casa a desayunar. Preparó un desayuno de hotel cinco estrellas. Los chicos la achucharon. Didac la abrazó y la dio un beso en la frente. Ella lo miró, su mirada tierna, la que solo dedica a sus cariños, y le dijo que me cuidara. Se me nublan los ojos de lágrimas al recordarlo. Mis dos amores. Juntos. A mi lado.

Me fijé en que le dedicó una caricia extra a Oriol. Ella sabe pero calla. Él no me cuenta. Sergio, mi hijo, tampoco me cuenta, a pesar de que mantenemos el contacto por wasap. Nunca pensé que eso fuera posible. Ahora que lo pienso, tengo que preguntar a Pol. Él me dirá.

Al día siguiente, todos a la boda. Fuimos el día antes. De hotel. López y Elvira dijeron a los chicos que se fueran con ellos. Pero declinaron la invitación. Dídac les dijo que habíamos pensado de ir todos juntos, para que no se molestaran. Estuvo al quite y efectivamente, fuimos juntos.

La boda.

Como todas las bodas. Si no lo hubiera sabido, no me hubiera dado cuenta de que los novios no se amaban. Hacían buena pareja. Congeniaban bien. Se mostraron cercanos, alegres. Parece que Antonio y Adela tienen un buen acuerdo. Espero que les dure. Lo malo que es algún día el amor llamará a la puerta de alguno de ellos. ¿Qué pasará entonces?

Teresa estaba esplendorosa como madrina.

Me eché a llorar con el sí quiero de mi hijo.

Os declaro marido y mujer, dijo el cura.

Arroz, pétalos de flores. Risas.

¡Vamos a comer!

Comimos.

Me puse tristón. Me aparté de todos. Me fui al hotel.

Me senté en el sofá y me puse la tele. Lloré. No se decir por qué.

Tengo que pensar en ello.

Al rato vino Didac y se sentó conmigo. Me obligó a recostar la cabeza en su hombro. Así se llora mejor, dijo.

Tenía razón. Así lloré mejor.

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Néstor G.