¿Me esperarás? (2ª parte)

“Te esperaré”.

Un mes, nada.

Dos, nada.

Pregunté por el barrio, pero nadie parecía saber nada.

– Rodrigo, el del 6, – me dijo la del primero, que era la cotilla oficial del barrio.- Ni idea. Ya se quien dices, el hijo de Genoveva y de Pablo. Ese chico estaba un poco desmejorado últimamente. Ese yo creo que le da al orujo, fíjate lo que te digo. O a algo peor. Eso no había en mis tiempos.

El caso es que cada día que pasaba estaba más intrigado por Rodrigo y por ese mensaje críptico de: “¿Me esperarás?”.

Claro, no fue una espera de esas de novela, de esas de cada miembro de la pareja enclaustrado en sus habitaciones, solos, sin ver a nadie ni conocer a hombre o mujer.

Porque además. Esa espera ¿A qué se refería? ¿A echar otra siesta de una hora, él sobre mi regazo? ¿Que lo espere para llevar el coche a lavar? Bueno, en eso le he sido fiel. No he quitado ni una mota de polvo. Ni una miga de pan. Es más, he procurado que el polvo aumente y las migas de pan ocupan ya un lugar predominante en el asiento del copiloto.

Yo he tenido mis rollos. Pero rollos de nada, de una semana acaso. Que digo una semana, de un par de días, lo que pasa es que ese par de días fueron dos sábados seguidos.

Además. Pensaba yo. “Si ese chico es hetero, lo de la novia”. Y abundaba en el pensamiento: “Si hemos pasado juntos un par de horas y una de ellas ha sido dormidos, otra media hora haciendo la compra, y media más comiendo. A lo mejor fueron dos horas y media, y alargamos la media hora de la comida a un poco más. Si contamos el Mercadona y demás, otros veinte minutos.

Chico, pero el caso es que sí que se me apareció un ángel bajado del cielo en forma de hombre rubio, con una media melena de infarto, una sonrisa de las de “tierra trágame”, y un estilo de revista de moda. Tener una noche de sexo con él en su hotel fue algo inenarrable. Como folla el tío. Tuve la ocasión de… ocasión no, la sensación. Si fue una sensación de que aquello podía ir a más. Que solo con una palabra mía, aquello podía repetirse, consolidarse. Que a ese ángel bajado del cielo, que además se llamaba Ángel, estaba esperando una mueca por mi parte para besarme los pies el resto de nuestras vidas.

Pero chico, mi hombre de la siesta se apareció en mi imaginario, con sus pies desnudos, sentado en mi regazo, echando la siesta y preguntándome: ¿Me esperarás?

No hice esa mueca. Aunque hice trampas, porque le pedí su teléfono y le puse ojitos. Y entre las brumas del desayuno que nos llevaron a la habitación, los dos en bata, y esas cosas tan románticas, creo que le dije una frase del tipo: “ahora no es el momento, viejas historias no acabadas, pero quizás, dentro de un tiempo…”. Puse toda la carne en el asador, en mi tono insinuante, largamente ensayado en las noches de soledad e insomnio del invierno.

Seis meses y el Rodrigo ese, sin aparecer. Pensé en ir a comprarle las deportivas que le había prometido, por ver si así aparecía. A lo mejor, alguien en el lugar en donde se vigilan el cumplimiento de los destinos de la gente, le hicieran llegar el mensaje: “Jaime se está hartando”.

Miré mi cuenta corriente y vi que no tenía cash, así que pasé de las zapatillas. Y de renovar mi vestuario. Una lástima.

Tampoco me compré un par de libros que me apetecían. Las cosas no van bien en el trabajo. ¿Alguien sabe algo para mí? Algo relajado y que se cobre mucho. Ejem.

La señora del primero, aquella que os dije que estaba al corriente de todo lo que sucedía en la vecindad, me paró un día en la calle, dándole al tema mucho misterio. Miró alrededor, por si había alguien que pudiera escucharnos y me dijo bajo, muy bajo:

– Ese chico por el que preguntabas, lo vi ayer.

Me puse en guardia. Más en concreto, todos los pelos de mi cuerpo. Y otras cosas. El corazón me empezó a latir más deprisa, la emoción me embargó así de lleno, de repente.

– Bajó de uno de los coches que lleva. Ese chico cambia mucho de coche, no sé si te habías fijado.

Algo me había fijado, sí, pero no lo reconocí ante mi vecina del 1º. No quería parecer maleducado, pero al final la apremié para que siguiera.

– Se volvió a ir. Rápido. Tenía mala cara. Ha adelgazado mucho.

Ahora fue el estómago el que se dio la vuelta. ¿Mala cara? ¿Adelgazado mucho? Pero si ese chico no tenía de dónde adelgazarse… salvo que se hubiera comido los huesos…

Durante los siguientes días volví a indagar sin levantar la liebre. Me hice el encontradizo con los vecinos, me paraba a charlar con las mujeres al venir de la compra, a los hombres los asaltaba al salir a trabajar o al volver, corrillos en la calle, a pie de portal y a la salida del Mercadona, que estaba a unos minutos, pero que era un centro de reunión del barrio, que al fin y al cabo era el único supermercado cercano. Pero nadie sabía nada. El portero estaba de vacaciones, así que… volví a la rutina. Aunque la semilla de la intranquilidad había germinado en mi estómago.

Pero era todo un poco irracional. Porque no sabía nada de ese hombre. Solo su aspecto joven, que era hermoso a mis ojos, que me gustaba más allá de su físico sin poder definir las razones de todo eso. Esas escasas horas que pasamos juntos estuve a gusto con él… pero a parte de eso, no sabía nada. Si que al final me enteré de sus apellidos y de alguna aventurilla amorosa que había tenido, porque a alguna de sus novias se las había presentado a la vecina del primero, la cotilla.

Un día me dio por pensar que lo de “Esperarle”, era para lavar el coche.

Barajé la idea de llamar al rubio rutilante, al Ángel bajado del cielo. No me decidía. Pero mira, un día lo hice, con tan mala suerte de que estaba en Japón, abriendo una sucursal de su empresa. Quedamos que en cuando volviera en un par de meses, quedaríamos.

Otra vez esperar. Tócate los cataplines. En Japón además. Podía haber estado a orillas del río Misouri, que estaba más cerca. Australia está más lejos. No mucho, eso también es cierto.

Al menos me quedó la sensación de que al amigo Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, le había agradado mi llamada.

Yo a mi curro sin glamour, a mi vida sin alma, a mi vida de espera. Toda la vida esperando, maldita sea.

Y aquí es cuando… apareció Pablito.

Joder con el Pablito. Lo del diminutivo es de coña marinera. El Pablito me saca dos cabezas de altura y medio metro de espalda. Lo de la espalda es un poco exagerado, pero es de espaldas anchas. Un tiarrón. Bonachón. Un amante pésimo, todo hay que decirlo, pero te juro que en la vida me he reído follando como con él.

Es adorable.

Y he de reconocer que las esperas que tenía pendientes de Rodrigo el misterioso y de Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, dejaron de ser prioritarias para mí. Desde lo de Rodrigo, no hacían más que aparecerme hombres interesantes.

Y el tío bobo me dice que no soy su hombre. Que soy guay y demás, pero que él busca algo más… eterno. Sí, dijo eterno.

– ¿Matusalén? – pregunté con retintín y un poco de enfado.

Y él se rió. Me dijo que era muy gracioso y tal. Ja, ja, ja. Pero que no. Ja, ja, ja. Que además llevaba tiempo tonteando con otro hombre que le hacía más gracia.

Ja, ja, ja,

Bueno. ¿Que le hacia más gracia? No podía ser. NO debió puntuar el chiste de Matusalén.

Dos “espérames” y un “vete a tomar gárgaras al Himayala”.

Que triste es mi vida. Antes de Rodrigo y el Mercadona y el año nuevo, no tenía a nadie y estaba más tranquilo emocionalmente. Pero siempre pensando en positivo, creí que eso era que iba a encontrar al hombre de mi vida a la voz de ya.

Así que a esperar.

Sin lavar el coche, por si las moscas.

Las deportivas nada, que ni siquiera sabía su talla. Y yo seguía arruinado, con mas mismas malas perspectivas en el trabajo. Si alguien sabe de algo para mí… (creo que eso ya lo he dicho antes).

Aprendiendo por si acaso de la cultura japonesa. No fuera a ser que el Ángel de los cojones dijera: ven. Y yo lo dejaría todo y me iría al Japón para ser un mantenido.

¿Lo dejaría todo?

Ahora es cuando me detuve a reflexionar con meticulosidad. ¿De verdad lo hubiera dejado todo? Seamos un poco serios al respecto. Al Ángel de Japón, solo lo conocía de un fin de semana de sexo intenso y de otras cosas, es cierto. Pero dos días.

A Rodrigo “espérame que soy misterioso”, solo lo conocía de una siesta y de cruzarnos durante años en el barrio. Es verdad que conecté con ambos como no lo he hecho con nadie. Pero… eso no es suficiente como para dejarlo todo e irte tras sus pasos.

Otros dos meses de tristeza. Ya no esperaba. Al menos no esperaba a esos tipos. En realidad me sumí en un proceso autodestructivo. No me afeitaba, no salía de copas ni salía con los amigos. El trabajo me hastiaba, estuve a punto de dejarlo. Lo único que me retuvo es un hilo de cordura que me decía que no tenía dónde caerme muerto.

Sí, es verdad. Estaréis pensando que esto tiene un final feliz. Mi vecina la enterada, me dio la noticia:

– Ese chico ha vuelto de verdad.