Diario de un hombre sin nada que contar. 58ª entrada.

Didac se fue de viaje.

Algo pasó. Lo supe cuando me llamó.

No me dijo nada. Lo noté por su respiración. En el tono. En la forma.

Lo llamé de nuevo al poco. Hablamos. Intentó escabullirse. Me callé y entendió que no me convencía.

¡La puta madre que los parió a todos!

Voy, contesté escueto.

Me fui.

Estaba mal. Algo le había salido torcido. Echaba espumarajos por su boca. Le dejé desahogarse. Cuando calló, me acerqué a él. Me daba la espalda. Le di la vuelta, me puse de puntillas y le di un beso. Pensé que me iba a rechazar, siempre lo hace cuando está enfurruñado. No lo hizo. Lo abracé. Estaba rígido. Pero al poco, se fue relajando.

Cuéntame.

Me contó. Uno de sus negocios. Sus socios. Los números.

Dame, le dije.

Trabajamos juntos.

Me detalló. No suele contarme nada de sus cosas. Eso me asustó. Estaba mal. Muy mal.

Trabajamos.

Hablamos. Vimos otras posibilidades.

Llamó a uno de sus socios.

Vino. Hablamos.

Nos estás engañando, le dije al cabo de un rato.

Le dio la patada. Ten, y le firmó un cheque.

El otro fue a protestar, pero se calló a tiempo.

Al día siguiente, nos fuimos al local. Reunimos al personal. De ellos, me gustaron dos. Sara y Paulo.

¿Os interesa ser socios?

Se quedaron asustados. Paulo miraba a Didac de soslayo. Supe que se habían acostado. Me daba igual. Yo también me lo hubiera tirado.

Le dije a Didac que se fuera a dar una vuelta.

Me los cogí por separado. A ella la convencí rápido. ´
El me costó más.

Al final le solté: me da igual que folles con Didac. Y a él también. Los negocios son los negocios. Eres bueno y tienes arranque. Didac te necesita aquí al mando. Que seas sus ojos y sus manos.

Se sorprendió. Quiso preguntarme como sabía lo de que se acostaban. Y como era que no me importaba. No se atrevió, pero le contesté:

Crees que lo amas. Se te nota. Lo entiendo, cualquiera con algo de sensibilidad se prendaría de él. Él no te ama a ti. Lo conozco. Es solo sexo.

Se quedó pensativo. Al final aceptó.

Nos fuimos a comer por ahí.

Él sabía que yo sabía. Yo sabía que él sabía que yo sabía. No dijimos nada. Me tendió la mano y se la agarré. Nos miramos y sonreímos.

Era la primera vez desde que estábamos juntos que yo había sido el fuerte. Hasta ese momento, él era quien me había sacado siempre de mis sombras. Me sentía a gusto conmigo. Y noté que él también. Didac es muy orgulloso, muy suyo, muy de llevar la voz cantante. Eso era una novedad que creo que le relajó. Le hizo sentirse bien.

Sabes como soy, me dijo en el postre.

Se que se refería a su necesidad de conquista, de sexo con el que se cruzara en su camino y le gustara.

Lo sé, contesté. También sé que me quieres. Mucho. Desde hace mucho. Desde que nos conocimos, casi. Había hecho tantas cosas por mí que eran contrarias a su forma de ser, que podía considerar eso un hecho cierto. No hacía falta que me lo dijera con palabras a todas horas. Aunque a veces, escucharlo, sentaba bien.

Se calló.

No añadí más.

Salimos a la calle.

Me rodeó con su brazo por la cintura. Otra cosa más que no iba con él. Pero conmigo lo hacía.

¿Y si nos casamos?, soltó a los pocos metros del restaurante.

Eso sí que no iba con él.

Sonreí picarón.

Deberás trabajarte una pedida de mano en condiciones.

Se quedó parado, sorprendido. No dijo nada, pero noté como su mente bullía.

Por si acaso, tendré que pensarme mi respuesta si me prepara esa declaración. Eso sí sería una sorpresa para mí.

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Néstor G.