El sobre amarillo.

– Cómprate algo por Navidad, David.

Ernesto su jefe, le tendió un sobre amarillo. Tuvo la tentación de abrirlo inmediatamente, como si no hiciera ya muchos años que dejó de ser un niño y todavía estuviera ante el árbol de Navidad en casa de sus padres y que éstos lo miraran con expectación para ver su cara de alegría al descubrir lo que le habían dejado los Reyes Magos. Pero se contuvo. Sonrió con parquedad como un hombre adulto agradecido, sin hacer ningún aspaviento. Solo una leve inclinación de cabeza y en un arranque, le tendió la mano. El camino de la vida que le había deparado el destino, le había desacostumbrado a los presentes inesperados; no sabía muy bien como reaccionar.

Caminó hacia su casa. Con los cuellos del abrigo subidos y un poco encogido. Hacía frío ese día de diciembre. Los niños canturreaban los números de la lotería mientras pasaba por delante de los bares y las tiendas de televisores curvos, con muchos colores y un sonido envolvente que prometían vivencias inenarrables.

Llegó a casa entumecido. Encendió el viejo y ruidoso calefactor de su habitación y se sentó enfrente del chorro de calor. “¿En que me gasto el dinero?”

Se levantó de un impulso y abrió el armario. Tenía un abrigo de entretiempo. Un par de chaquetas de punto algo ajadas. Una americana, que reservaba para alguna ocasión especial. Un par de vaqueros. Otros de felpa y unos de pana, que reservaba para los días más fríos.. “Un abrigo más gordo; o unas botas de invierno, eso es”.

Estaba concentrado en esos pensamientos cuando la estufa dio un chispazo y dejó de funcionar. Salía un poco de humo. Se agachó rápidamente para apagarlo. “¡Mierda! A lo mejor tendré comprar otro”. Se sintió frustrado, porque las botas habían ganado enteros. Su calzado estaba en un estado lamentable. Seguro llegarían las lluvias y las nieves y lo necesitaría. Se levantó lentamente, mirando fijamente al aparato, como si así fuera a funcionar. “¡Maldito cacharro!”

Un ruido de la calle llamó su atención. Miró por la ventana. Camila llegaba a casa con sus hijos, Jairo y Ramón; por el gesto de la mujer, supo que su ex-marido andaba por allí. Justo, ahí estaba. No se lo pensó y salió de casa corriendo. Le había parecido ver que el hombre llevaba un palo escondido en la espalda y se acercaba a ella amenazante.

Antes de que pudiera salir del portal, varios vecinos se habían arremolinado alrededor de Camila, interponiéndose entre el ex-marido y la mujer y sus chicos. La policía llegó en ese momento. David pensó en volverse, pero observó a los chicos desbordados. Se decidió a acercarse a ellos. Le caían bien y creía que él a ellos también. A lo mejor podía hacer algo.

Los chicos le vieron y se acercaron. Su madre los miró intranquila, pero al ver que estaban con él, se relajó. Rodeó sus hombros con sus brazos y los apartó de allí. El mayor callaba, pero el pequeño era un hervidero de nervios que matizaba hablando sin parar. Su padre, el palo, su madre, “le pega, David, le pega”. “No lo entiendo”.

Se alejaron del tumulto. Caminaron sin rumbo hasta que llegaron a la altura de una hamburguesería.

– ¿Comemos? – les ofreció.

Callaron. Por la hora, estaba seguro de que no habrían comido. Sin decir más, los invitó a pasar. Pidieron y se sentaron.

Los chicos parloteaban, cada vez más tranquilos. David los escuchaba atentamente. Llegó un momento en que el silencio se apropió de la mesa. Ya se habían desahogado. Notó que empezaban a pensar en su madre. En su padre.

– ¿Y los Reyes? ¿Qué habéis pedido?

– Mamá nos ha dicho que no pidamos nada. Papá no le pasa pasta.

Se quedó mirándolos un momento. Ya eran mayores para creer en la magia de la Navidad. Y la suerte les había deparado un despertar a la realidad muy brusco. Eso no evitaba que doliera ver su resignación.

– Pero eso no es del todo cierto – dijo David en un arranque . – Tengo aquí un sobre que me han dado para compraros algún regalo.

Mientras hablaba sacó el sobre amarillo que le había dado su jefe.

– Habrá al menos 100 euros.

– ¡¡Ábrelo!! – exclamó el pequeño

Así lo hizo. Para su sorpresa, había 300 euros. Debería darle efusivamente las gracias a Ernesto.

Rápidamente hicieron una lista. Unas deportivas nuevas, un chándal, un abrigo, y… así pasaron la tarde, de compras. Pero pensó que eso no eran unos Reyes de unos chicos. Así que se acercó al cajero y sacó 300 euros que tenía reservados para las rebajas. Sin decirles nada, los guió hacia una tienda de informática.

– ¿Y si os traen una tablet?

Abrieron mucho los ojos. Se les notaba azorados, pero a la vez, ansiosos.

– Pero tendréis que compartirla.

Volvieron a casa caminando despacio, con las bolsas de la compra. Según se acercaban a casa, David los notaba inquietos ante lo que pudieran encontrar allí.

– ¿ Y si os quedáis conmigo esta noche? – les propuso.

– ¿Y mamá?

La llamaron y no puso pegas. Casi se sintió aliviada. Necesitaba descansar y pensar. David mientras abría la puerta se acordó de que no tenía calefacción. Pero ya no quiso decepcionarles más. Abrió la puerta de casa. Para su sorpresa, notó calor. Fue corriendo a la habitación y el calefactor estaba funcionando a toda potencia. Hubiera jurado que lo dejó apagado, estropeado.

No lo entendió, pero prefirió no pensar en ello. Hace calor y es lo que importa.

– Vamos a probar la tablet.

Se pusieron a ello. Pero al poco, les notó cansados.

– Un vaso de leche y a la cama.

Les preparó la cama y se acostaron. Dormían como unos benditos. Él se fue al salón, al sofá.

Tendría que dejar para mejor ocasión su cambio de vestuario. Pero estaba contento. Verles la cara mientras dormían, tranquila, feliz, bien valía pasar frío otro invierno más. Habría de esperar al próximo sobre amarillo.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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