Como un niño.

Emilio es un hombre serio, responsable. Por eso me gustó nada más lo conocí. Por eso lo perseguí hasta que me hizo caso. Todos me decían que me equivocaba, que no teníamos nada en común, que era mayor para mí. Pero yo insistí. Ese porte serio, su mirada inteligente. Su forma de preocuparse por mí sin parecer que lo hace, sin resultar pesado ni echártelo en cara a la menor ocasión.

Nos casamos cuando pudimos. Antes ya vivíamos juntos. Al principio tuve un poco de miedo por lo de la convivencia. Creía que a lo mejor, mis amigos tendrían algo de razón y que luego, a la hora de compartir vida, la cosa no serían tan sencilla. Sin problemas. Nos organizamos bien enseguida. La única sorpresa fue al acercarse la Navidad.

Ahí, la forma de ser de Emilio cambia radical. No es la misma persona. Y su Navidad empieza pronto, en octubre, el 1 en concreto: comienza el montaje de su Nacimiento. Un Nacimiento que ocupa la galería y parte del salón.

El primer año, me quedé ojiplático. Volví del trabajo y me lo encontré rodeado de cajas. Me sorprendió porque él suele llegar más tarde que yo, pero ese día no. Y los que siguieron tampoco. Pregunté sorprendido y él me contó pormenorizadamente lo que iba a hacer mientras me enseñaba figuras, casas, molinos, montañas… todo estaba en esas cajas, cuidadosamente guardado. No le había visto esa luz especial en sus ojos hasta aquel momento. Parecía otro hombre. Puso tanta emoción que me contagió y me ofrecí a ayudarlo. Entonces volvió a ponerse serio, y me dijo:

– Es algo que debo hacer solo.

Al principio me molestó. Compartíamos muchas actividades, aunque tenemos una parcela en la que cada uno sigue su vida aparte. Pero eso me pareció en aquel momento una buena cosa para acercarnos todavía más. Me dolió, pero al final me conformé. Era emocionante verlo construir poco a poco, con todo el cuidado del mundo el nacimiento. Yo lo miraba mientras hacía que leía. y lo sigo haciendo casa año. Es ya parte de nuestras tradiciones.

El día que lo acabó, me esperaba con una botella de cava y me invitó a brindar con él. Me enseñó todo con detalle. Era conmovedor sentir la pasión que ponía al hacerlo. Al final lo abracé y le di un suave beso en los labios. Al principio se quedó un poco parado, como sorprendido. Pero le gustó y me devolvió el beso, suave, en los labios y me abrazó él. A partir de ese año, eso forma parte de la parafernalia. El brindis, el abrazo, el beso. Y te juro que espero ese momento con ansia. Cada año. Y yo creo que él también.

Creí que una vez acabado el Belén, volvería todo a la normalidad. Pero no era así. Cada día dedicaba no menos de una hora a cambiar las figuras de sitio, las luces, los reyes magos avanzaban camino del portal. Ese rato, Emilio no existe. Me recuerda a mi sobrina de 5 años y el belén en casa su abuelo: es su juguete preferido, para desesperación de mi madre, que debe recoger el musgo por toda la casa.

Esos tres meses de Navidad, Emilio parlotea sin descanso, habla como si tuviera 10 años. Habla de regalos, de la magia, del amor. Me escribe una carta a los reyes magos, porque dice que yo soy su rey. La primera vez me derretí de placer. El caso es que todos los años, cuando me despierto y tengo en la mesilla su carta, me siento como el hombre más feliz de la tierra. Pensé en escribir yo otra carta, pero intuí que no era apropiado. Que eso rompería de alguna forma “su magia”.

La noche de Reyes, coloca las figuras de los reyes al lado del nacimiento. En un rincón, deja unas galletas para los reyes magos, una botella de cava en una cubitera; y tres copas. Me mira con los ojos muy abiertos y me dice que se va a la cama.

Espero a notar sus ronquidos y preparo todos los regalos al pie del belén. Todos bien envueltos con papel de colores. Abro la botella de cava y lleno las tres copas. Me como tres galletas y bebo de esas tres copas. Pongo unas luces de colores rodeando los regalos y las dejo encendidas. Y me voy a la cama, junto a él. Lo abrazo por detrás y dormimos hasta la mañana siguiente.

El día de reyes se despierta pronto. Me zarandea para espabilarme y tira de mí hacia el salón. Como un niño. Verle abrir cada regalo y ver su cara de asombro me emociona. Ahora mismo tengo la lágrima a punto. Lo que me sorprende cada año y no sé como lo hace, es que al lado de sus regalos, están los míos. Perfectamente envueltos. Cada noche de reyes duermo abrazado a él. Y cada mañana de reyes, me encuentro mis regalos junto a los suyos. Y faltan tres galletas más y la botella de cava está vacía. Seguro que mi mirada de asombro y gozo no tiene nada que envidiar a la suya. Ni mi felicidad. Algún año me he planteado quedarme a dormir en el salón, para pillarlo. Pero me arrepiento enseguida. Es mejor seguir con el misterio. A lo mejor, mi marido es uno de los Reyes Magos. Al menos el mío sí lo es.

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