No encuentro las palabras.

No encuentro las palabras.

Es un hecho que asumí hace unas semanas. Mi madre me puso en la encrucijada: o iba al pueblo por Navidad, o iba al pueblo por Navidad. Fue a verme a la Universidad solo para decírmelo a la cara. Seria como nunca la había visto antes. Acaso cuando se divorció de mi padre.

Desde ese momento, no dejo de darle vueltas. Hace ya mucho, fui consciente del mal que había causado a mi hermano. Durante algunos años de mi infancia, creí que Nacho tenía como única finalidad en la vida el fastidiarme. Una Navidad hace tiempo, nos acercamos de una forma increíble. Pero la cagué. Él se enamoriscó de un chico y yo me sentí incómodo. No sé por qué, y prefiero no ahondar en las razones: tengo miedo de descubrirlo.

El caso es que lo humillé. Lideré un grupo de acoso y derribo en el colegio. Le acosaron y le derribaron. Nacho es fuerte. Antes de esas Navidades en las que nos hicimos amigos, me hubiera machacado la cabeza sin dudarlo. Pero ahora sé que no me la machacó porque le parecía increíble que yo hiciera una cosa así. No a él, sino a cualquiera. Pasó de lobo a corderito. Recuerdo en una de las peleas que le provocamos, como me miraba a los ojos. Intentaba penetrar dentro de mi cabeza. Lo hacía tan bien, que aparté la vista y salí corriendo. No quería que notara que estaba acojonado.

Nacho no se rindió. El abuelo estuvo atento y se lo llevó al pueblo antes de que ocurriera algo irreparable. Lo engañó para darle una excusa y que no se sintiera perdedor: “Te necesitamos, la abuela y yo”. Cuando lanzas a una horda de gente contra algo o alguien, sabes cuando empieza. Luego pararlo, es casi imposible, si además, como en el caso de mi hermano, el objetivo no se rinde; muy al contrario, vende caro cada golpe que consiguen darle.

El abuelo supo enseguida lo que pasaba y vino a hablar conmigo.

Mi abuelo ha sido alguien muy importante en mi vida. Cuando yo era cordero era mi apoyo. Cuando era un marginado, él me hacía ver lo bueno que había en mí y conseguía la más de las veces hacerme sentir bien conmigo. Ahora que era yo el lobo, vino a hablar conmigo y le mordí. Todavía me acuerdo la cara de sorpresa, primero, de lástima, después, y la de desilusión suprema, para acabar.

Me sentí triunfante. Aunque al día siguiente me empecé a sentir mal. Cada día que pasaba me sentía un poco peor. Aunque muchos días conseguía apartar esos pensamientos de mi cabeza. Era un lobo y la gente me respetaba. Mi manada me aclamaba como líder indiscutible.

Mi madre me observaba como si fuera un desconocido. Un día tomó una decisión: estudiaría el curso siguiente en Dublín o en Boston. Elegí Boston. Estaba más lejos. Me fui muy dignamente. Aclamado por mis secuaces, ignorado por el resto de mi familia. Mi madre me despidió en el aeropuerto como lo podía haber hecho con un compañero de trabajo.

No volví en varios años. Siempre me las arreglaba para tener un curso especial, o alguna actividad extra-curricular. Me ennovié, lo cual me daba más excusas para no regresar ni por Navidad. Pero un día, las excusas se acabaron y hube de regresar.

Mi madre en el aeropuerto. Estaba más guapa que nunca. Tuve el impulso de abrazarla, aunque lo superé rápidamente. Pero ese impulso activó mi cabeza y ya no he podido pensar en otra cosa que en mis razones, en asumir mis actos y en sentir vergüenza de mí mismo. Pero soy muy orgulloso. Y me he tragado mis sentimientos de culpa hasta ahora.

Debo enfrentarme a mi abuelo. A mi abuela. A mi hermano. Podría hacer como que no ha pasado nada. Pero no es lo que me pide el cuerpo. Estas semanas he sido consciente todo lo que les he echado de menos, de cuánto los necesito para ser quien quiero ser. No quiero ser lo que soy ahora. Pero no sé como pedir perdón. No sé que decir.

El autobús enfila la calle Mayor del pueblo. Veo a mi abuelo y a mi hermano esperándome bajo los soportales. Llueve ligeramente. El abuelo lleva una cachaba. Mi hermano lo sujeta del brazo. Nacho no está cómodo, lo sé, lo conozco. El autobús se acerca a la acera. Estoy agobiado. Mi corazón late a mil. Cierro los ojos e intento acompasar mi respiración. En mi cabeza, sin invitarlos, aparecen los personajes con los que soñaba de pequeño: La Bailarina de la caja de Música, el cuarto Rey Mago, el Paje perdido, el Príncipe enamorado. El Príncipe valiente enamorado de un bello cortesano que tanto ayudó a Nacho. Todos ellos me saludan inclinando ligeramente la cabeza. Me rodean y me hablan al oído. Lo que pasa es que no logro entender lo que me dicen. Pero sin darme cuenta, me siento más tranquilo.

El autobús se detiene. El conductor grita el nombre del pueblo. Me levanto con la cabeza centrada en recoger mi equipaje. No sé que decirles. Sigo sin encontrar las palabras. Ensayo mentalmente aunque solo logro balbucear. Bajo las escaleras y los veo enfrente mío. Los ojos se empañan y empiezo a llorar. Me acerco a ellos y… Nacho suelta al abuelo, da ese paso que nos separa y que a mí me hubiera costado la vida darlo. Me abraza. Siento el impulso de besarlo y lo hago. En la mejilla, en la frente, en los ojos, decenas de besos seguidos, besos de abuela. El abuelo se acerca y nos abraza a los dos. No puedo parar de llorar. Lloramos todos.

Lo sé, ahora lo sé, son las personas más importantes de mi vida. Las he hecho daño, es cierto. Pero intentaré, a partir de ahora, compensarlas. Amarlas y asegurarme de que se den cuenta de ello. Va a ser la finalidad de mi vida.

Un pensamiento en “No encuentro las palabras.

  1. Dejémonos de orgullos. Todos nos equivocamos y podemos rectificar. Escuchemos al corazón nos dará buenos consejos. Gracias por esta narración post Navidad.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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