Diario de un hombre sin nada que contar. 61ª entrada.

En circunstancias normales, estas entradas en mi diario hubieran sido hablando del Madrid, mi Madrid. De las rebajas. De los viajes de Didac. De mi trabajo. Aburrido. De los partidos en el bar de abajo. Las rebajas. De la lotería del Niño. Me tocó una pedrea. 100 euros. Millonario. He pensado mucho si escribir sobre esto. Preferiría seguir siendo alguien que no tiene nada que contar.

Pol.

Justin.

Noche vieja.

Oriol.

López.

Al llegar a casa en noche vieja, con Pol, me di cuenta de que tenía un ojo morado. Otro golpe en el pómulo que estaba enrojecido. ¿Ha sido López? Le dije. Se encogió de hombros. Saqué del congelador una bolsa de hielo y la envolví bien en un trapo limpio. Se la puse.

Oriol y Sergio trajeron a Justin. Llegó con la ropa descompuesta y medio rota. Cuando vio a Pol con la cara marcada, se echó a llorar. Sergio lo empujó ligeramente y se acercó a Pol. Se abrazaron. Justin se sentía culpable. Pol se sentía culpable. Lloraron.

Vamos a urgencias, dije. Quería asegurarme que los dos estaban bien.

No hace falta, exclamó asustado Justin.

Hasta donde ha llegado López, pregunté quizás un poco bruscamente.

Prefiero no…

Entendí.

Me lo llevé a mi habitación. Cerré la puerta. Nos sentamos en el borde de la cama. Sentí que llegaba Didac. Se coló suavemente en la habitación y se arrodilló delante de Justin.

Cuéntanos, le dijo delicadamente, mientras le acariciaba suavemente la pierna, para relajarlo. Didac había conectado siempre bien con Justin. Será por la música. Justin toca el piano.

Ha sido culpa mía, dijo gimoteando.

No, dijimos los dos a la vez, rotundos. Nunca, dijo igual de rotundo Didac.

Madre mía. Que situación más incómoda.

Llamo a tu madre, dije, aunque en realidad quería preguntar.

No.

Tienes que contárselo.

No, dijo más suavemente.

Cuéntanos, tenemos que saber, le animó Didac. Estamos de tu lado.

Después de que llegara Pol y que López se lo quitara de en medio a puñetazos, le volvió a acorralar. Estaba petrificado, dijo, desesperado. Me metió la mano en el calzoncillo. Me empezó a masturbar mientras me besaba con muchas babas. Me decía guarradas del tipo que me estaba gustando. Buscó mi mano y la puso en su miembro. Estaba duro, sí. Y … yo también.

Se echó a llorar.

Me fijé en las manchas de sus pantalones. No era difícil aventurar que se había corrido. Los dos quizás. López no se habría rendido hasta sentir que el chico lo hubiera hecho.

Me dijo que a partir de ese momento éramos novios. Nos miraba desesperado, mientras nos lo contaba. Le tranquilizamos.

¿Y Pol? Preguntó angustiado.

No te preocupes, le dije.

Le pedí a Pol que trajera ropa de su armario, para que se cambiara Justin. Guardamos la que llevaba puesta en bolsas, como en las películas de policías. Nunca se sabía. Sergio preparó un baño de espuma para Justin. En el otro cuarto de baño, Oriol lo hizo para su hermano.

Sergio dijo que el cuerpo de Justin estaba lleno de moratones. Oriol dijo lo mismo de su hermano. Didac aprovechó para contarme que no había encontrado a López.

Tenemos que ir a la policía. No podemos dejarlo así, le dije a Didac. Justo salía Justin del baño, vestido con la ropa de su amigo. No, por favor. No quiero.

Por favor, suplicó.

Una víctima más que se siente culpable. Una víctima más que no quiere sentir la vergüenza de que le juzguen. Un agresor más que se va de rositas.

Yo tampoco voy a denunciar, papá.

Me di la vuelta al sentir la mano de Pol tocándome el hombro. ¿Papá? Me había llamado papá. Quiero que lo seas, dijo. Quiero cambiarme los apellidos. No quiero volver a saber nada de mi padre. Y a mi madre que la den, por darse el piro.

Por un lado me emocionó. Lo abracé. Pol buscó el abrazo de Didac y de su hermano y nos abrazamos los cuatro. Les hice una seña a Sergio y a Justin y acabamos todos hechos una piña. Sergio por primera vez en su vida me abrazó de verdad y me dio un beso en la mejilla. Por primera vez en su vida, sentí que estaba cerca de mí, que me había ganado su respeto, su cariño. Todo eso estaba muy bien.

No podía dejar las cosas así. De alguna forma debía parar a López. Debía conseguir que pagara sus actos. Tenía rodeado con mis brazos a dos víctimas. Dos víctimas a las que debería prestar toda mi atención, nuestra atención, para que eso no les supusiera un quebranto en su vida presente y futura.

Dejamos a Justin que durmiera en nuestra cama. Para sorpresa de Didac y mía, cayó redondo. Oriol se metió en su cuarto. Me acerqué a darle las buenas noches pero sentí sus sollozos a través de la puerta. Le dejé hacerlo a solas. No había podido proteger a su hermano pequeño. Eso le atormentaba, seguro. Sergio se sentó en el sofá, sin saber que hacer, abrumado por todo lo que había pasado.

Cuida de ellos, le dijimos. Vamos a ver a la madre de Justin. No digas nada.

Pedimos un taxi y nos fuimos al hospital. Debía saberlo. Debía decidir.

.

Néstor G.

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