La historia del fauno en el bosque.

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Me han contado que este atractivo fauno se pasea por el bosque que hay a las afueras de la ciudad. Se desplaza sigilosamente acechando a los hombres que se aventuran en las profundidades de la espesura a la búsqueda de flores, de mariposas o de leña. Incluso a los que con fines aviesos quieren cazarlo para exhibirlo en un circo o como simple trofeo de caza. O a los que lo consideran una alimaña peligrosa que hay que exterminar.

Sus padres le avisaron que su vida sería muy difícil. Intentaron convencerle de que su existencia estaba destinada a juntarse con uno de los suyos. No podía aspirar a seguir su corazón y encontrar un alma gemela que le quisiera como era, en un mundo que no estaba preparado para los seres como él, etéreos, mágicos, llenos de inocencia y amor. Diferentes.

Nuestro fauno tiene magia sí. Y es inocente, sí. Y quiere conseguir al hombre de su vida. Sí. Y es distinto, también.

Busca a un hombre que le ame sin prejuicios. Que no vea sus cuernos sino sus ojos. Que acepte su forma de vida, aunque estaría dispuesto a renunciar a ella por él.

Sus padres lo dejaron volar. Con dolor porque pensaron que su vida estaría llena de decepciones. Incluso temieron por su vida. Lloraron y le rogaron. Él los quiere con toda su alma, porque le educaron bien, le criaron con mucho amor. Pero sintió que debía seguir su camino. Sintió que era posible encontrar al hombre que le amara sintiendo los dictados de su ser. No podía evitar que el gustaran los humanos y machos.

Hace tiempo que no ve a los suyos. Sus padres se alejaron de él, pensando que volvería y contraería nupcias con la descendencia de los faunos que vivían en el cottage de al lado, y formaría una familia como era debido.

Muchos le tienen miedo o eso dicen; lo ven distinto, con sus cuernos, sin salir del abrigo del bosque, danzando continuamente. En realidad no saben como tratarlo. En todo caso, les asusta porque han escuchado las historias de lo que hace a las gentes que le quieren mal, que le quieren cazar. Es dulce y amoroso, pero eso no es incompatible con ser un fauno listo, valiente, decidido y resolutivo.

Me contaron la historia de un cazador que entró en el bosque decidido a llevar a su mansión la cabeza del fauno bailarín y colgarla en el salón, para presumir delante de las visitas. Quiso que le acompañaran algunos vecinos al grito de que era un animal peligroso que se llevaría a sus hijos y se los comería. O cuando menos, los convertiría en un engendro como él o les ensartaría con sus cuernos por el ano y los colgaría de cualquier árbol del bosque. Pero unos por miedo y otros porque sabían que el fauno era de buen talante, se negaron. Eso no amilanó al cazador, que cogió unos días de dispensa en su trabajo y se aventuró solo en el bosque, bien pertrechado de alimentos y municiones para su rifle. Cuando llevaba dos jornadas completas buscando por los parajes que contaban los lugareños que se le había visto, al final lo encontró. Le disparó con premura, pero sin éxito: nunca lograba apuntar antes de que desapareciera de su punto de mira, aunque volvía a mostrarse en otro lado: a la derecha, arriba, detrás. Era como una visión. Veía sus cuernos, veía su cuerpo desnudo y perfecto, una vez vio incluso sus ojos que lo miraban inexpresivo. Él apuntaba su rifle. Cuando iba a disparar, ¡zas! Ya no estaba. Se giraba raudo y lo veía a su espalda, levantaba el rifle y ¡zas!, volvía a desaparecer.

El cazador en uno de estos movimientos bruscos dispuesto a cobrarse su trofeo, se enredó en unas raíces y cayó al suelo con tan mala suerte que se rompió la rodilla. Fue a levantarse para coger el rifle, ajeno al dolor punzante en su pierna, obsesionado por matar al fauno. No pudo. Escuchó un ruido a sus espaldas y se giró. Allí estaba el fauno. Desnudo. Con mil collares de perlas y esmeraldas rodeando su cuello. Intentó arrastrarse para huir de él. Recordó algunas historias de que el fauno ensartaba con sus cuernos a sus víctimas, enganchándolos por alguno de sus orificios. O los violaba con su miembro enorme y duro. Y luego les sacaba las entrañas del cuerpo y el alma. Otras historias contaban que rodeaba el cuello de sus víctimas con sus collares y los estrangulaba lentamente, sin dejar de mirarlos a los ojos. Por un instante pensó que eso no era posible, porque si eso hacía a los paisanos que se cruzaban con él, todos estarían muertos y no hubieran podido contarlo. Luego lamentó no haber sido más diestro en la caza y pasar de cazador a cazado. Mentalmente se despidió de su mujer y de sus hijos. De sus amigos. Intuyó que los comentarios de éstos no serían muy compasivos. Él que siempre presumió de su virilidad empalado por un fauno. Que muerte tan denigrante. Cazado por su presa.

Rezó unas oraciones y se preparó para la muerte. “Yo siempre he sido bueno”, dijo al Todopoderoso.

El fauno se inclinó sobre él. Rostro serio. Lo miro con curiosidad. El cazador tuvo la certeza de que el estaba leyendo la mente, conociendo hasta el más mínimo recuerdo ya olvidado de su infancia. Él mismo empezó a recordar episodios que tenía enterrados en su memoria. Quiso cerrar los ojos para no ver al fauno, pero sobre todo, para no ver su vida pasada. Creyó escuchar en la lejanía a un grupo de personas que lo llamaban a gritos. El fauno le puso la mano sobre los ojos y se los cerró. Luego sintió su mano en su rodilla maltrecha. Aulló de dolor. Pensó que el fauno lo iba a torturar antes de destruir para siempre su virilidad primero y luego, su vida.

Se desmayó.

Al despertar estaba en su mansión. En la cama. Estaba desnudo. Miró a su alrededor creyendo que estaba muerto y eso era el cielo. Vio a su alrededor a su mujer. A sus hijos. A varios vecinos y a algunos amigos. Todos pendientes de él. Su mujer se acercó a verle abrir los ojos. Sus hijos respiraron aliviados, hasta Andrés, el pequeño, que no se llevaba muy bien con su padre. Díscolo y rebelde, lo calificaba el padre. Cabrón era el calificativo más suave que Andrés dedicaba a su progenitor.

Su mujer le dijo que temieron por su vida. Tantos días fuera, sin noticias, le dijo ella. “Si solo fueron dos”, pensó el cazador.

– Mi rodilla – se quejó el cazador.

– Tu rodilla está perfecta – le contestó extrañada ella. – ¿Te duele? – preguntó solícita.

– No estoy muerto – dijo en un susurro, palpando su cuerpo. Y estoy entero, pensó para él. No sentía nada extraño en ninguno de sus orificios, salvo quizás un poco de sequedad en la boca. Respiró aliviado.

Nunca más pensó en volver a cazar al fauno. Paseó por el bosque, con otras intenciones. Quería saber, conocer, hablar. Pero el fauno, aunque algunas veces sintió su presencia, nunca se dejó ver.

Indagó en esa historias que contaban del fauno, y no encontró a nadie al que directamente le hubiera desaparecido un padre, un hijo, ni siquiera un primo segundo. Todas eran historias que la gente contaba que le habían contado.

El fauno sigue en la floresta, según me cuentan. Sigue buscando y esperando al hombre que lo ame y lo acepte como es. Lleva muchos años en el empeño. Y aunque hay días que se le hace cuesta arriba no pierde las esperanzas. Dicen que a veces se escuchan llantos de desesperación en el bosque. A pesar de su belleza, de su bonhomía, de su magia, no es capaz de encontrar su amor. Ni siquiera unos amigos que le hagan la vida más agradable. Es distinto para los suyos y para los demás, también. Está solo y así se siente.

 

2 pensamientos en “La historia del fauno en el bosque.

    • No fastidies, Francesc, a ver si te vas a resfriar, que no está el tiempo para esas desnudeces y menos en el bosque.
      Tranquilo, que el fauno te rondará y si eso, ya te desnudará él.
      😉

      Graccias.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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