Diario de un hombre sin nada que contar. 67ª entrada.

López es como su madre. Me repele. Oriol y Pol son de otra pasta. No sé a quién se parecerán. A su padre no, gracias.

López en el salón de su casa. No nos quería abrir. Didac se puso enérgico. Si Didac se pone serio, mejor no contrariarlo. López lo sabe. Al final, abrió.

Mejor no describir la casa. Desordenada, sucia. Hacía semanas que no ventilaba. Olía a sudor y a sexo. Con lo limpia que había estado siempre. Lo ordenada.

No puede ser. No entiendo esta caída al precipicio. Otra vez.

No lo entiendo.

No sé que me extraño. Pasó cuando se fue Elvira. Tocó fondo. Eso no quiera decir que despuntara y se recuperara. Soy un iluso, a veces. Me lo dice siempre mi mujer.

Desvarió un rato. Le dejamos hablar. Nosotros callamos.

Dijo algo de Justin. Sobre el sifonier del salón, vimos un calzoncillo azul, como el que dijo Justin a Didac que le había hecho ponerse. Disimuladamente me levanté y me lo guardé en el bolsillo de la americana.

Es un buen cachorro, dijo. Lástima que no sea mi tipo.

Pensamos que se refería a Justin.

Pues déjalo, dijo rotundo Didac, después de dejar durante unos instantes que el silencio se apropiara de la escena.

Es él. Lo juro. Me persigue.

Ni nos miró al decirlo. Pegó un trago de whisky.

Me quedé mirándolo. Ahora me daba asco. Desaliñado, en camiseta de tirantes de las cutres. Mal afeitado. Como algún día hace no tanto tiempo, me pude liar con ese espécimen. Que desesperado debía estar. Yo. O no. Él había cambiado mucho. O no. Desesperación. La huida de su mujer lo desarmó. No estaba preparado para volar solo y menos cuidar a sus hijos. No lo sé. Me siento tan lejos de él ahora. Nada de hacer el pino en el sexo. Ni de sexo telefónico. Como al principio de este diario. No hace dos años. Mi primer amor. Era mi confidente. Mi apoyo. Era mi refugio de sexo y compañía cuando acuciaba la añoranza por los sueños perdidos en aquel granero de nuestro pueblo. Por mis padres intransigentes. Lo que tardé en aceptarme. El miedo. Todo lo perdido en una vida falsa.

He tenido suerte, lo he pasado. No del todo. Tengo mis momentos. López ha tenido peor suerte. Se autodestruye. Quiere proteger a sus hijos de él. Por eso los echa. No sabe hacer bien ni eso.

Vamos a adoptar a Pol y Oriol. Didac se lo suelta sin anestesia. Es lo que querías desde un principio. Yo callé.

López discutió. Dijo que no, de eso nada. Sus hijos eran sus hijos. Presumió de amor de padre. De que los chicos me necesitan. Repitió y repitió la monserga.

Yo callé. Callamos los dos.

Se levantó de su butaca y paseó nervioso por la habitación. Encendió un cigarrillo. Movía mucho las manos. Llegó un momento en que me hartó tanta falsedad. Lo conocía. Quería salvar la cara. Protestar y poder decir que había sido en contra de su voluntad. Sus ojos decían otra cosa. Estaba feliz. Me levanté y me enfrenté a él.

Diremos que te has opuesto. Haremos el paripé. Pero calla. Te conozco. No me insultes. Y mañana le dirás a Justin que se acabó.

Fue a protestar. Le encaré con el dedo amenazante, a dos palmos de su jeta. Nos quedamos mirándonos un rato. Mi mano temblaba de rabia. De buena gana le hubiera dado de cachetadas. Por imbécil. Se iba a perder lo mejor que tenía en su vida. Había echado a sus dos mejores bazas en su vida. Ahora se quedaría solo de verdad. Con sus hijos despreciándole. Oriol y Pol tenían suerte. Otros casos acaban mal, porque no hay nadie para recoger los pedazos de los chicos. Durante un momento pensé que mis propios hijos podrían haber pasado por algo igual si no hubiera sido por su madre. Tuvieron suerte de que fuera Teresa y no Elvira. Me agobié pensando en la posibilidad de que las cosas hubieran sido distintas y haber sido yo el que cayera en el abismo.

Didac se acercó a mi por detrás. Me tocó suavemente el hombro. Tardé en darme cuenta. Me relajé. López hizo lo propio. De repente parecía mucho más pequeño. Pero liberado. Volvió a su butaca, volvió a su copa.

Nos dimos media vuelta y nos fuimos. Me costó ponerme el abrigo. Temblaba de rabia, de impotencia, de miedo. Estaba asustado. Por el pasado. Por lo que podía haber sido de mí y de mi familia. Si Teresa hubiera muerto en aquel accidente que tuvo, por ejemplo. Aquellas semanas de convalecencia casi acaban conmigo.

Ya en la calle me senté en un banco. Estaba nevado, pero no me importó. Didac se sentó a mi lado y rodeó mi hombro con su brazo. Fue pegándose a mí poco a poco. Hasta que hundió mi cabeza en su pecho. Cuanto ha cambiado Didac en poco tiempo. Antes tan parco en gestos así. Tan aparentemente desapegado de la gente. Carantoñas son pamplinas, parecía decir. Sexo y ya. Amigos y ya. Dejar correr el aire durante el día, salvo si se trata de un buen polvo. Ahora me acuna. Me abraza. Desde que empezamos a intimar, hace ya unos años, me demostró siempre su apoyo, su presencia, pero con una distancia. Cuando empezamos nuestra relación, fue poco romántico, dejando correr el aire salvo en el sexo, que ahí sí, estábamos bien pegados. Creo que me quiere de verdad. Me ama de verdad. Me ama. Que suerte tengo. Me ama tanto que ha ido cambiando sus costumbres por mí. Casi imperceptiblemente. Hasta ese momento no fui consciente de todo ello. De la suerte que tenía, que tengo, de que esté junto a mí en la vida.

Deberé darles las gracias a todas esas parejas frustradas que me dejaron. Si no hubieran huido de mi lado, ahora no estaría con él. A pesar de que es del Barça. Aunque quizás con el tiempo le cambie de acera en ese punto.

Me solté del abrazo de Didac. Le sujeté la cara con mis manos heladas y le di un beso en los labios. Le acaricié las mejillas. Le sonreí. Le dije “Gracias”. Le dije: “Te amo”. Y él me dijo: “Te amo, Néstor”. No dijo “Yo también”. Dijo: Te amo, Néstor.

Volvimos a casa caminando despacio. Nevaba y el suelo estaba resbaladizo. Pero Didac me sostenía.

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Néstor G.

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