Lo recuerdo sentado, en el parque.

Lo recuerdo sentado, en el parque, mirando a cualquier parte, sin esperanza, casi sin vida. Me sentaba en un banco enfrente del que solía utilizar él. Me llamó la atención porque me parecía incomprensible que un hombre tan joven como él pareciera tan… viejo. Sin esperanza. Sin vida en su mirada.

Me hubiera gustado acercarme a él y decirle: “Tío, eres bobo; vive, joder.” Tienes la vida por delante. Si te has tropezado, levántate. No hay nada en la vida que merezca la pena tanto como para hundirte de esa manera.

No me atreví. Recuerdo que un día hablamos brevemente. Fue por casualidad. Nos tropezamos y no nos quedó más remedio. Tenía una voz cálida, embriagadora, que me enamoró. No tengo noción de lo que comentamos. Nada. Ni un mísero recuerdo. Pero tengo grabado en mi memoria cada cadencia, la música de sus palabras. Podría reconocer su voz en cualquier sitio.

Los días siguientes a aquel del tropezón, fue como siempre. Quizás un movimiento por su parte, un ligero movimiento de cabeza. Un esbozo casi imperceptible de sonrisa. Un segundo, cuando uno o el otro llegaba el último a su posición.

Me recordó a una historia que leí una vez en un blog. Se trataba de que dos desconocidos celebraban el cumpleaños de uno de ellos en el parque. Se habían enamorado. Me enterneció esa historia. Era muy triste y tan esperanzadora a la vez…

Así que, cuando me enteré de su muerte, no me extrañó. Pensé inmediatamente que se había quitado la vida. Por su propia mano o por simple dejadez. Dejarte helar de frío, dejarte atropellar por un coche, dejarte caer por un desnivel.

Estoy muy confuso sobre lo que pasó a continuación. Las cuidadoras de los niños hablaban, los jubilados cuchicheaban, los pájaros observaban desde las ramas de los árboles. Los jardineros miraban desde una distancia prudencial, sin saber muy bien si seguir con sus labores de poda y segado del césped o por el contrario, desaparecer para no verse comprometidos por la investigación de la policía. Porque la policía estaba en el parque.

Quizás no se ha suicidado, pensé en algún momento. No por dejadez ni por su propia mano, empuñando un revolver del 9 milímetros. ¿O era una automática? ¿Cuál es mejor? Me fijaré más cuando vea series policíacas. Es una opción que fuera asesinado. Tanto revuelo si no… no tenía sentido.

Un joven apuesto, con pantalones vaqueros y una sudadera amarilla con la leyenda: “Texas Rancho”, en letras como muy americanas, se sentó a mi lado. Llevaba una medio melena de un castaño claro, sin llegar a ser rubio. Ojos incalificables, de un color indefinido, aunque pudiera ser que fuera producto de que me hechizaron en cuando nuestras miradas se cruzaron y no fui capaz de ver nada. Solo sentí su mirada y lo deseé de inmediato. Como un día deseé al chico del banco de enfrente. Posiblemente fuera porque era joven, guapo, y yo hacía tanto que no ligaba, que no me encontraba con alguien con quien partir piñas, o piñones, o lo que fuera, o simplemente irnos a la cama, o como dice mi amigo Reynaldo: te hace falta un polvo. Así, simplemente, un polvo. Un polvo.

Así que me imaginé de inmediato follando detrás de un seto cercano con ese chico que se había sentado a mi lado y que, ahora me fijaba, llevaba un bulto en la cadera. No era que me hubiera equivocado al situar el bulto, sino que era otro bulto, no el que hubiera sido de vital importancia en el caso que que hubiera sido cierta mi ensoñación y hubiéramos acabado detrás de los setos, bajo la atenta mirada de los jardineros que se habían refugiado en un recodo cercano, con sus azadas y segadoras a mano, por si le daba por aparecer al encargado. Eso era poco probable, porque el susodicho estaba retozando en una habitación cercana con la señora del panadero, de la que estaba enamorado desde el instituto, aunque ninguno de ellos se diera cuenta hasta que el uno se casó con la señora Martina y tuvieran trillizos y la mujer del panadero se casara con el panadero y tuviera dos niños y dos niñas, por parejas, para que la guerra de sexos en la familia estuviera equilibrada. Aunque al panadero, algunos le había tachado de un poco afeminado y alguno lo seguía diciendo, aunque estuviera casado con una señora imponente y tuviera cuatro churumbeles, que de alguna forma se habían concebido, digo yo.

Me fije (Un poco más, que ya me había fijado en muchas cosas de él) en que el chico sentado en mi banco, al lado del bulto de la cadera, que era un pistolón del 22 por lo menos, llevaba una esposas. Quise imaginarme que eran para tener a mano un utensilio para practicar un juego erótico, pero abrió la boca y supe que solo era un policía que estaba interrogando a todo el mundo, hasta a una colonia de grillos que habitaban al lado de la fuente del ángel enfadado, porque al autor de la misma le había salido su cara con unos morros, que ni la señora de la tienda de ultramarinos del barrio cuando su marido llegaba a las tantas oliendo a vino barato. “Si al menos fuera buen vino”, se decía ella.

– ¿Conocía al hombre que se sentaba ahí? – me preguntó con voz dulce, con una cadencia lenta, casi embriagadora.

Me quedé mirándolo unos instantes, en silencio. Valoraba la respuesta. Conocer, conocer, no. de vista, sí. Conocer de intimar, no. De hablar, no. De mirarlo, sí. De intentar penetrar su mente, también. De seguirlo a hurtadillas algún día, con la esperanza de que lo que decía mi amigo Reynaldo sobre lo de que “necesitaba un polvo”, se solucionara, pues sí. Incluso en alguna ensoñación sí había ocurrido. Pero eso no se lo iba a contar al policía del pistolón en la cadera, cuyos ojos seguro conseguían lo que quisieran de quien deseara, madre mía, que mirada.

– De vista – contesté rotundo, seco, sin esperanza. Me había dado cuenta de que el policía era inalcanzable para mí. Como el chico del banco de enfrente, ahora asesinado vilmente. – ¿Por qué lo pregunta?

– No sabemos que ha sido de él – dijo mirando para otro lado, como si dejara caer un pañuelo cual damisela del siglo XVIII.

Estuve tentado de recogerlo del suelo y tendérselo. Pero no me atreví. Por contra, contesté de forma lo más impersonal posible:

– Lamento no poder ayudarle, agente.

El policía se levantó sin decir nada más. Ni siquiera se giró para despedirse. Ni un gesto con la cabeza, o con la mano. Nada. Fue hacia el banco dónde se colocaba el chico del banco, redundemos, vaya que si. Creí que se pararía a recoger pruebas o algo. Pero no. siguió adelante, caminando despacio. Me quedé observándolo, hipnotizado por el movimiento de su culo. Ya lo sé, es poco poético, es poco… no sé definirlo. Es poco todo, ya lo sé. Pero es la verdad.

Cuando le perdí de vista, me quedé triste y cabizbajo, mirando al suelo. Entonces lo vi, un papel de color amarillo chillón. ¡No era un pañuelo! Un post-it. Me agaché intrigado, estaba seguro que no estaba allí antes. A mí me había parecido un pañuelo. Habrá sido magia y se ha convertido en un post-it. Lo desdoblé y allí, apareció un teléfono: 555-5564930

Me pareció intrigante. Un teléfono en un post-it a mis pies, en el parque, en mi banco, en dónde se había sentado hasta hacía bien poco el policía cuyo caminar había seguido, mientras me imaginaba una serie de actos impuros a desarrollarse entre sus piernas y brazos, con su lengua muy protagonista, y con la mía con igual papel principal. Y nuestros miembros alegres y cantarines, dispuestos a darlo todo por la paz de espíritu.

No me lo pensé. O sí, pero poco. Saqué mi teléfono y marqué. Las cuidadoras de los infantes me miraban de reojo. Cuchicheaban. Siempre lo hacían cuando sacaba mi teléfono. Parecía que estaban muy interesadas en mis conversaciones. Sobre todo desde aquel día que me llamó un bromista fingiendo ser mi novio caliente y tuvimos un encuentro sexual telefónico. No, no me toqué, era consiente que estaba en público. Lo que pasaba es que, con la emoción que le pusimos al tema, subí el volumen de mi voz, sin percatarme del tema. Con lo que las cuidadoras habituales de los niños habituales del parque, sintieron algunos gemidos de placer y alguna que otra expresión procaz.

No tardó en contestar.

– Sígueme – dijo antes de colgar con la misma rapidez que había contestado.

Salí disparado. Como un resorte. Las cuidadores meneaban la cabeza de lado a lado, como si supieran. “¿Supieran el qué?” Pensé de repente. Pero lo medité escasamente un par de segundos. Mi preocupación era alcanzar el punto en donde había perdido de vista al chico del bulto, por ver si desde ese punto veía por dónde había seguido. Llegué y paré. Miré en todas direcciones. Recibí un mensaje: “a la derecha”.

Fui a la derecha.

Otra encrucijada de caminos. “de frente”.

Seguí de frente.

Al pasar por unos setos altos, agitado, mirando a todos sitios, buscando la cadencia de los lóbulos del culo de policía de mirada hipnótica, una mano tiró de mí. Fui a gritar, de la sorpresa, pero su mano tapó mi boca. Su pistola me apuntaba a la sien.

– Cuidadito y en silencio – me susurró con los ojos muy abiertos.

Me empujó al suelo y me arrastró hasta un árbol. Me hizo abrazarlo y me esposó mirando al cielo. Sin mediar palabra me arrancó el calzado, los calcetines y mis pantalones. Arrancó mis calzoncillos. Tuve un pensamiento absurdo en ese momento: menos mal que no eran de los nuevos, que me había comprado la semana anterior. Buscó mi boca con la suya y me dio un soberano beso.

No recuerdo todo lo que me hizo. Sé que me puso de medio lado, que me subió la camisa y el jersey. Que me lamió todo el cuerpo, con prisa, sin pausa. Que me puse a cien, joder. Que luego sentí su miembro dentro de mí y que se corrió casi enseguida. Que luego cogió mi pene y se lo metió en su boca y que yo no pude aguantar mucho más que él. Recuerdo que me besó de nuevo, aunque prefiero no entrar en detalles, ya me entiendes.

Quedé exhausto y feliz. Estuve un rato con los ojos cerrados. Sentí como me liberaba de las esposas y se iba, sin decir nada. Abrí los ojos y vi a los jardineros mirándome. Juraría que uno de ellos se pasaba la lengua por sus labios, con ganas de acercarse y seguir la fiesta. Pero su compañero tiró de él y se fueron. Al menos no veía a ninguna de las niñeras habituales del parque.

Me vestí despacio. La camisa estaba pegajosa, seguramente de la resina del árbol. Mis pantalones, manchados de verdín. No encontré mis calzoncillos ni mis calcetines.

Salí al camino. Una señora me miró con gesto serio. Un ligero movimiento de cejas dirigido a mi cabeza, me hizo pasarme la mano por el pelo y quitarme las briznas de hierba que había en él. Miré mi reloj y me apresuré: había quedado a comer.

Corrí para llegar a tiempo.

Allí estaba, en nuestra cafetería de siempre. Me senté apresurado, sin apenas saludar. Me disculpé torpemente.

– No me das un beso – preguntó.

– Sí, dije sonriendo, tímido.

Nos trajeron los platos del día. Pedimos. Hablamos del trabajo, de la mañana, de la noche anterior. De repente, Timi me tendió la mano cerrada.

– Amor, me traje esto por error.

Recogí lo que me tendía. Eran mis calzoncillos viejos. Y mis calcetines. Solo sentirlos en mi mano, me hizo ponerme caliente de nuevo.

– ¿Y si la próxima lo hacemos en los servicios de aquí? – me propuso juguetón.

– Vale. Si te traes la pistola, que me ha puesto a cien.

– La traeré. Y probarás una cosa que se me ha ocurrido mientras venía hacia aquí.

Nos trajeron la comida. Comimos y hablamos. Aunque sé que él de vez en cuando pensaba en nuestra próxima aventura, como yo. Llevábamos 8 años juntos, y todavía no nos habíamos aburrido nunca.

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Orgullo, Orgullo.

Orgullo, orgullo.

La de veces que habré escrito sobre ello.

Lo de la fiesta, lo del desfile, lo de las reivindicaciones versus jolgorio, los cuerpos mostrándose, el cuero y los taconazos.

El dinero, la mercantilización de todo ello.

La imagen que da de un colectivo que es tan diverso como la sociedad. Que si la pluma, que si no pluma, que si eres más gay o menos gay, o que si eres así es como si no fueras gay y si eres asá, pues ni idea de lo que eres, y tal y cual.

El otro día vi un trozo de un documental. Seguía la historia de unas personas y su interacción con la manifestación-desfile de Madrid. Una pareja de chicos rusos, una chica ugandesa.

Eso es lo que se nos olvida a veces. Lo que supone para algunos-algunas que en sus vidas normales no pueden vivir su vida. Que son lo que son y no pueden mostrarlo. Por miedo a los demás, pero también por miedo a sí mismos.

Mirad. Verlos disfrutar de la música subidos a una carroza. Verlos mirar con los ojos muy abiertos a todo ese gentío que sin conocerlos los aplaudían. Verlos mostrar una pancarta en ruso y que la gente, sin saber lo que ponía, los apoyaba, los acompañaba era emocionante. Era emocionante verlos a ellos emocionados. La chica ugandesa se reía un poco porque decía que no entendía nada de lo que decían, ellos solo hablaban ruso, pero que los veía tan enamorados, tan tiernos… y decía una cosa: ¿Cómo ante esa muestra de amor tan verdadero, se puede mirar a otro lado?

Para esas personas ese desfile de Madrid no era un desfile, ni era una manifestación. Era la demostración palpable, de que había gente que los quería, que no los rechazaba por como eran. Se sentían emocionados. Miraban a la gente con los ojos muy abiertos, apenas conteniendo las lágrimas. No eran bichos raros, eran muchos los que eran como ellos, los que son como ellos. Su amor tenía sentido y su forma de ser, que seguro en algún momento sintieron que era anormal, rara, casi única, no era cierto. No están solos.

Lo que pasa es que al día siguiente volverían a Rusia.

Y esa chica ugandesa, emocionada por sus nuevos amigos rusos, aunque no lograba entender casi nada de lo que decían, miraba al futuro. Sabía que para ella, en su país no había un futuro cercano, pero creía que quizás para sus hijos, si hubiera esperanzas.

Eso es lo que significa para muchos los grandes desfiles, las carrozas, la música atronadora, los torsos desnudos.

Esa gran manifestación madrileña, como la de Nueva York o San Francisco, o esas otras grandes manifestaciones en ciudades emblemáticas, nos hacen olvidar que el día del Orgullo es el 28 de junio. Aunque debería ser todos los días. Aunque como esos chicos del documental atestiguan, para ellos es el día de la manifestación.

Esos protagonistas de hoy son de fuera. No olvidemos la cantidad de personas aquí, hoy, jóvenes y mayores, que no se atreven a vivir. Que tienen miedo de los demás y de ellos mismos. Así que mi reflexión de este año, mi voto es por la continuación de la fiesta orgullosa.