Orgullo, Orgullo.

Orgullo, orgullo.

La de veces que habré escrito sobre ello.

Lo de la fiesta, lo del desfile, lo de las reivindicaciones versus jolgorio, los cuerpos mostrándose, el cuero y los taconazos.

El dinero, la mercantilización de todo ello.

La imagen que da de un colectivo que es tan diverso como la sociedad. Que si la pluma, que si no pluma, que si eres más gay o menos gay, o que si eres así es como si no fueras gay y si eres asá, pues ni idea de lo que eres, y tal y cual.

El otro día vi un trozo de un documental. Seguía la historia de unas personas y su interacción con la manifestación-desfile de Madrid. Una pareja de chicos rusos, una chica ugandesa.

Eso es lo que se nos olvida a veces. Lo que supone para algunos-algunas que en sus vidas normales no pueden vivir su vida. Que son lo que son y no pueden mostrarlo. Por miedo a los demás, pero también por miedo a sí mismos.

Mirad. Verlos disfrutar de la música subidos a una carroza. Verlos mirar con los ojos muy abiertos a todo ese gentío que sin conocerlos los aplaudían. Verlos mostrar una pancarta en ruso y que la gente, sin saber lo que ponía, los apoyaba, los acompañaba era emocionante. Era emocionante verlos a ellos emocionados. La chica ugandesa se reía un poco porque decía que no entendía nada de lo que decían, ellos solo hablaban ruso, pero que los veía tan enamorados, tan tiernos… y decía una cosa: ¿Cómo ante esa muestra de amor tan verdadero, se puede mirar a otro lado?

Para esas personas ese desfile de Madrid no era un desfile, ni era una manifestación. Era la demostración palpable, de que había gente que los quería, que no los rechazaba por como eran. Se sentían emocionados. Miraban a la gente con los ojos muy abiertos, apenas conteniendo las lágrimas. No eran bichos raros, eran muchos los que eran como ellos, los que son como ellos. Su amor tenía sentido y su forma de ser, que seguro en algún momento sintieron que era anormal, rara, casi única, no era cierto. No están solos.

Lo que pasa es que al día siguiente volverían a Rusia.

Y esa chica ugandesa, emocionada por sus nuevos amigos rusos, aunque no lograba entender casi nada de lo que decían, miraba al futuro. Sabía que para ella, en su país no había un futuro cercano, pero creía que quizás para sus hijos, si hubiera esperanzas.

Eso es lo que significa para muchos los grandes desfiles, las carrozas, la música atronadora, los torsos desnudos.

Esa gran manifestación madrileña, como la de Nueva York o San Francisco, o esas otras grandes manifestaciones en ciudades emblemáticas, nos hacen olvidar que el día del Orgullo es el 28 de junio. Aunque debería ser todos los días. Aunque como esos chicos del documental atestiguan, para ellos es el día de la manifestación.

Esos protagonistas de hoy son de fuera. No olvidemos la cantidad de personas aquí, hoy, jóvenes y mayores, que no se atreven a vivir. Que tienen miedo de los demás y de ellos mismos. Así que mi reflexión de este año, mi voto es por la continuación de la fiesta orgullosa.

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