Qué pasó con lo nuestro.

Miro atrás en el tiempo y pienso. Lo mío con Kike ¿cuando pasó a ser una buena amistad a ser una relación de profundo amor? ¿Y cuando cambiamos el amor por el odio?

Me gustaría recuperar al menos el aprecio profundo que nos teníamos. La fraternidad, el colegueo. La cercanía. Pero cada vez que lo intento, el odio entre nosotros crece unos centímetros más.

¿Qué tiene distinta esta historia de otras cientos? Que es la mía, claro.

Nos conocimos en la cola del cine. Uno de esos días del cine, que las entradas están tiradas de precio. Yo me había apuntado y pensaba ir a ver unas cuantas en los tres días que duraban. Él al parecer solo le interesaban dos películas. Pero para una de ellas no había entradas y de repente, se dio la vuelta y hete que me encontró a mí.

– No me des las gracias pero te voy a recomendar una película que no debe perderte – me dijo de repente.

Yo levanté las cejas y lo miré a la cara. De esto que oye, me gustó. Y él siguió a lo suyo con lo de la película. Yo estaba pensando en revolcarme con él en el hall del cine pero a él estaba claro que le apetecía más en ese momento que le recomendara una película. Y la taquillera también estaba por ese tema mas que por lo de que nos revolcáramos por el suelo.

– Yo voy a ver la de los X-men. ¿Vienes solo?

– Sí.

– La vemos juntos.

De repente me veo con un tío que no conozco de nada para ver una película, la de X-men, que a mí me gustan bastante y que me suelo ver solo por lo de pensar a gusto sin tener que decir al de al lado cosas ni contestar a lo que me dicen. Lo malo es que teniéndole al lado, aunque fuera mudo, es de carne y hueso y ya he dicho que me sobraron 9,30 minutos de los 10 desde que lo conocía para querer follar con él.

Guau.

– Me llamo Kike – me dice cuando salimos de la cola. Y me planta dos besos.

– Oye ¿vas dando besos a todos los chicos que conoces?

– Cuando me gustan sí.

Y se me quedó mirando con cara de … no sé de qué, pero … joder, que sí parecía que le había gustado. Esa sensación me dio y fue cierta.

Él me gustó y yo le gusté a él. ¡¡flechazo!! Quién me lo iba a decir, salvo Guille, mi ex. Y Omar, el anterior. Y Tomás, otro del que me prendé así, en un chasqueo de dedos. Esos affaires no duraron mucho, aunque es cierto que duraron algo más que lo que tardé en prendarme de ellos.

– No me has dicho como te llamas.

– ¿Eh? ¡Ah! Peter.

– ¿Pedro?

– No, Peter. – se quedó parado extrañado – Mi padre es canadiense. Me llamo Peter.

– ¡Que bien! Así me enseñarás inglés.

No le enseñé inglés. Pero le enseñé a follar, que no andaba muy ducho. No fue esa tarde, ni las de los siguientes días que quedamos. Incluso meses.

Salíamos por ahí, íbamos al cine y hablábamos. Mucho. Él hablaba por los codos y yo cuando me incitan, tampoco soy de callarme. Se me fue pasando la calentura sexual y la cambié por algo… no se como expresarlo. Estábamos a gusto juntos, hablábamos, y leíamos juntos. Íbamos a bailar, íbamos de camping, yo iba a buscarle al trabajo y caminábamos despacio camino de una de nuestras casas en dónde veíamos la tele, o hacíamos limpieza o poníamos la lavadora. Cada día en casa de uno.

Sí, tardamos en tocar nuestros cuerpos desnudos y sentir palpitar nuestros miembros sin ropa de por medio. Muchos meses. Y cuando dimos el paso fue como algo normal, sin grandes algarabías.

Lo dicho, le enseñé un par de cosas. Del sexo. Y aprendió, sí. Vaya que sí. Luego nos dedicamos a investigar. Pero eso es otro tema.

Nos fuimos a vivir juntos. Era el paso siguiente. Parecía que todo iba estupendo. Nos caíamos bien, congeniamos y lo pasábamos bien teniendo sexo. Y empezamos, o por lo menos a mí me pasó, a enamorarme de él. Pero de verdad.

Eso de enamorarme no me había pasado casi nunca. Salvo con Ramiro, con el que nunca llegué a nada, porque él no quiso. No logré conquistarlo. Le asedié, le comí la oreja, me hice el encontradizo, le invité al cine… él como si nada. Luego me enteré que tenía un rollo con un señor de Murcia, una cosa muy seria aunque intermitente por la distancia. Una cosa secreta, que él era de buena familia y casado con toda la pompa y circunstancia de la Iglesia. O sea con mujer y varios hijos estupendos. Por cierto, eso me recuerda que tengo que llamar a Ramiro. Debe estar echo polvo. El señor de Murcia falleció hace un par de semanas, aunque él se enteró antesdeayer. Es lo que tiene el ser “el otro” en una relación secreta y a distancia.

Estaba contando como poco a poco, el flechazo súbito de Kike, transformado en una relación de colegueo y que en un momento determinado adquirió derecho a roce se fue convirtiendo en amor de verdad. Y justo fue entonces cuando las cosas se torcieron.

Ahora que medito en ello para escribir esta “mi historia”, todo cambió el día que, estando sentados en una terraza tomando un “Valenciano”, le insinué algo de casarnos. Se lo tomó a chunga, a risas, reímos con algunas ideas locas para la boda, pero… sí, le pillé mirándome de una forma rara. Y ya sé lo que es. Me acabo de dar cuenta. Era miedo.

No lo entiendo. Es decir: ahora lo entiendo todo. Pero no entiendo que diferencia había, hay, entre vivir juntos como un matrimonio y ser un matrimonio. Es solo una visita al juzgado, decir un “sí, quiero” y volver a comer a casa. Pero bueno, que tampoco había necesidad de casarse. Él me dijo que no, y ya está. Es cierto que me obsesioné con el tema y lo volví a intentar un par de semanas después, pero sin darle importancia. Y es cierto que en esa época fue cuando empezaron los desencuentros, las discusiones. Por tonterías. Lo juro. Por tonterías. Por “has dejado el cepillo de dientes sobre el lavabo”. “¿Por qué me has cogido mis calzoncillos preferidos?”, cuando además nos intercambiábamos la ropa. “¿Gayumbos preferidos? ¿En serio?”. “¿follamos?” “Me duele la cabeza”.

Pues tómate una aspirina, no te jode.

Es curioso. En realidad lo de casarnos me daba igual. Me da igual de hecho. Nunca he deseado hacerlo. Fue una posibilidad que planteé. Nunca lo habíamos hablado y no sabía si a él le gustaría. Pensé que a lo mejor no se atrevía a decirlo. Alguna vez le hablé de unos amigos que acabaron como el rosario de la aurora. O de mi tía Nuria, que tuvo muchos problemas con el divorcio de su marido, y los niños y tal. Recuerdo que también saqué el tema de los niños. Pero para hablarlo. Para saber que pensaba del tema. Yo no tengo pensado tener niños. Pero a lo mejor él sí. A lo mejor planteé todos estos temas con demasiada vehemencia. Pero si yo solo quería hacerle feliz. Ser feliz. Saber lo que pensaba de la vida. Saber si queríamos avanzar más o no. Tampoco creo que eso sea avanzar. O sea, que si te quedas siendo una pareja que se ama y convive y demás, necesites dar el paso de casarte y luego buscar los hijos. Puedes sentirte muy realizado así, amando a tu amado sin más.

El caso es que todo esto ha ido a más. Me enroqué en la defensa de mi cepillo de dientes sobre el lavabo y él lo hizo en la necesidad de tener la tapa del váter levantada. Le devolví sus calzoncillos preferidos y yo le pedí que me devolviera la cazadora de los Queen, que le molaba mucho y usaba mucho, pero que era mía. Ya sabes, cuando empiezas a discutir, todo es campo minado.

Al final nos hemos dado un respiro. Firmamos una tregua aprovechando que me iba a ir unos días a Coruña.

A la vuelta, yo guardo el cepillo de dientes en el armario y él baja la tapa del váter. Aunque la cosa sigue tensa y seguimos sin follar.

He estado dándole muchas vueltas. Podríamos reconducir el tema. No hemos llegado a ser como en la peli “La guerra de los Rose”. El caso es que siento que el enamoramiento profundo que nacía en mí, ha quedado abortado. Pero hasta ese momento, vivíamos felices. Hacemos una buena pareja. No sé. No sé que hacer. Reconducir el tema o dejarlo aquí.

Ya no habla. Kike. Es un parlanchín incansable. Ahora todo es silencio. Ayer intenté hablar con él, pero no se dejó. ¿Lo intento de nuevo? No sé lo que siento. Ya no hablamos en inglés, para que Kike practique. Si le hablo en inglés, se hace el sordo, como si estuviera escuchando la tele. Pero tampoco está bien romper nuestra relación por algo que ninguno de los dos quiere, aunque yo lo planteara como una posibilidad. Desde luego no estuve acertado en la forma, está claro. Él pensó que le asediaba. Pero eso se soluciona diciendo: “no quiero”, no saliendo por peteneras.

Acabo de darme cuenta que faltan muchas de sus cosas. Sus cajones están casi vacíos y sus armarios, igual. Las ha recogido mientras estaba en Coruña.

Bueno, está claro que él ha tomado una decisión. Como el día que nos conocimos, en el cine. Ha elegido la película y con quien verla. Está claro que no es conmigo. Al menos la siguiente.

Algún día quizás podamos hablarlo con calma. Cuando pase el tiempo. Si es que se da las circunstancias.

Llamaré a Ramiro, a ver como está con lo suyo. No lo he hecho antes por no incomodar más a Kike. Ramiro no le cae bien, aunque solo sea porque sabe que fue mi amor platónico. Y hablaré con Kike. Si se ha llevado sus cosas… es tontería. Cortamos y punto. Hay que ver las minucias que llevan a veces a romper una relación. Me siento tan vacío…

El caso del enamoramiento súbito de Alejo.

Alejo no creía en los amores a primera vista. Ni en esos ni en casi ninguno.

Buena prueba de ello la tenía en su madre, que tras pasar casi veinte años de su vida junto a su padre, cantando las delicias del amor verdadero y diciendo a todo el que la quería escuchar que su historia con su padre era para toda la vida, “casi como el primer día que nos conocimos”, un buen día, con sol y temperatura primaveral, se dio cuenta que todo era una mentira. Miedo. ¿a estar sola? Porque él definitivamente no estaba solo. Al menos aquella noche que le vio besándose con aquella fulana en la calle 13.

– Era una fulana – repetía una y otra vez a Alejo, cuando se lo contaba medio llorosa y escondiendo su cara en el pecho de su hijo.

Fue duro para Alejo a sus quince años tener que hacer de consejero y limpiamocos de su madre. Y más cuando le dijo eso de:

– No sabes lo que te van a hacer sufrir los hombres, mi niño. Son todos unos cabrones.

¿Cómo sabía ella que le gustaba los hombres? Se preguntó una y otra vez, en silencio, porque su madre no parecía preparada para darle la respuesta. Ni esa ni ninguna. Tampoco quería que le contestara a sus preguntas no fuera a ser que por un casual le dijera que lo había pillado en alguno de sus escarceos amorosos con el vecino de enfrente.

Al final se armó de valor y preguntó. Y ella, poniéndose seria durante un par de minutos, y tomando la pregunta por dónde le interesaba, le miró fijamente y le dijo.

– Es una pregunta retórica, hijo, no hace falta contestar. Los hombres son todos unos cabrones.

Seguido volvió a hundir la cabeza en el pecho de su hijo y siguió llorando el resto de la noche. Alejo callado. Pensando. “Nunca me enamoraré de nadie, mamá”. Pero sin abrir la boca.

El caso es que su padre no volvió a aparecer por casa. Se iría a vivir con la fulana esa de la calle 13. Alejo no supo más de él. Tampoco es que se perdiera mucho.

Su madre no volvió a mencionar nada de todo lo que pasó ese día. Un par de veces intentó Alejo sacar el tema, pero acabaron hablando del pájaro carpintero y su musical repiqueteo en la madera del árbol de turno. Incluso un día hablaron de política. Pero poco. Casi nada. De hecho solo lo suficiente para cambiar de tema y dejarle mamá claro al chico que no debía preguntar nada sobre aquella noche ni las circunstancias de su padre. Día en realidad, que a la fulana y a su chulo los vio a plena luz del día, le dijo. Aunque Alejo estaba seguro haberla oído hablar de “noche”.

La madre de Alejo tuvo muchos pretendientes. Era agraciada y era una mujer con estilo. Y tenía un buen trabajo y dinero. Muchas moscas merodeaban la miel.

Alejo tuvo muchos amantes también. De casta le viene al galgo, le decía su mamá por las mañanas cuando se cruzaban con sus amantes en gayumbos en el pasillo de casa camino del baño. Son muy modernos, ya.

Sea por la experiencia de su madre o por aquel aviso tan dramático del día de autos, el caso es que Alejo, era un descreído en esto del amor y el compromiso. Solo le gustaba ligotear, conquistar rendir la fortaleza y seguir camino en busca del siguiente. Su amiga Juliana le decía siempre que debía buscar el amor. Ella no era un buen ejemplo tampoco. Ella buscarlo, lo buscaba. Pero solo encontraba cabrones.

– Para encontrar lo que encuentras chica, mejor haz como yo. Si sale, pues sale. Pero para esos tipejos de los que te cuelgas, querida… no es plan.

Juliana también lloraba en el hombro de Alejo. Su hombro debía ser muy apetitoso para ello, estaba visto. Y una vez también lloró en él su profesor de Psicología del comportamiento. Pero aquello fue después de un polvo por despecho. Despecho el del profesor, que le acababa de dejar “ese”, que le he visto besándose con ese fulano, en la puerta del 34 de la calle 15. porque es un fulano.

Así que Alonso no gustaba de amores. Menos a primera vista. Eso de los flechazos no sabía que era. Reía a carcajadas cuando alguien sacaba el tema. Le trataba de loco y demás… y le auguraba una temporada de sufrimiento y caída al abismo.

Y sí, después de la locura y las risas llegó el castigo.

Esa noche de ese día en el que salió de marcha con Juliana para matar las penas por su enésimo desengaño, en llegando a casa y cerrando la puerta, se fraguó la tragedia. Resulta que el vecino de abajo, el de muy abajo, más bien, se le vino el sueño con el cigarrillo encendido. Tan mala suerte que prendió la mantita con la que se tapaba las canillas viendo los asaltos de “La Voz”. Todo empezó a arder. Una cosa de película. El humo subió rápidamente por todos los huecos imaginables y algunos otros inimaginables. Alonso no se dio cuenta y se quedó medio grogui después de una buena esnifada de humo. Cuando todo parecía perdido, un hacha rompió la puerta de la casa y ahí estaba él, con su máscara, con su traje de bombero, con sus músculos, que no se le veían, que el traje de faena era muy abultado y pesado, y la bombona de aire no ayudaba, y el casco y la máscara y los guantes, y las botas… pero esos ojos a través de la máscara… se cruzaron las miradas. El tipo le sonrió, que sí, que le sonrió, aun que no fue posible que Alejo viera la sonrisa, que no. Pero da igual, él la vio. Y el bombero algo vio, que sí, porque después de sacarle en brazos con todo cuidado, como si lo acunara. De compartir con él el oxígeno de su bombona. De bajar pisos y pisos con él a cuestas. Después de todo eso, lo dejó suavemente sobre la camilla de la ambulancia y prometió solemnemente volverlo a ver cuando acabara el servicio.

Cumplió la promesa. Y allí estaba camino del hospital sentado a su vera. Alejo estaba inconsciente pero sentía su mano que le agarraba con fuerza la suya y le daba ánimos.

– Me salvó la vida – le contó a Juliana con mucho dramatismo en cuanto ella le fue a ver al hospital.

No puede ser esto cierto. Debo estar muerto y en el paraíso, pensaba en su inconsciencia el amigo Alejo. A todo esto, no sabía siquiera que jeta tenía el bombero en cuestión ni siquiera lo de la sonrisa, que no, que era imposible que la viera. Los ojos, vale, pero con el humo y demás y teniendo en cuenta que en la realidad no se les ve la cara como en las pelis que le ponen un led arriba para que se le vea la jeta en la cámara.

Que bonita escena en el hospital cuando Alejo abrió los ojos y le vio al susodicho bombero salvador. Los violines sonaron de fondo. Pétalos de flores diversas caían cual copos de nieve sobre ellos. Unos corazones rosas, de diversos tamaños revoloteaban por allí, dando ambiente. Se miraban con embelesamiento. Alejo cayó prendado de la belleza del bombero, una vez quitado sus aperos de trabajo. Juro que no era para tanto, que guapo, así como guapo, no era… es. No. pero el amor es así: Los feos se convierten en guapos y los guapos en adonis. Los adonis en dioses y éstos en… nada más que no hay nada más que un Dios, por favor.

Como Alejo no era muy de violines y el bombero por lo que sabemos ahora, que antes no sabíamos nada, claro, no lo conocíamos, que íbamos a saber, pues decía que como ninguno de los dos eran muy de corazones y románticos y tal, cambiaron la música de violín por la de peli porno. Y los corazones por los preservativos. El caso es que allí mismo, en la habitación del hospital, tuvieron su primera noche de pasión desenfrenada. Alejo entonó bien los jadeos propios de la acción mientras el bombero… bombeaba. Esa primera vez fue un poco urgente. Pero nada que no se pudiera mejorar el día siguiente, y al siguiente… incluso esta mañana, unos meses después de estos sucesos.

Alejo el descreído ahora va pregonando la existencia de los flechazos y del amor verdadero. Un amor que le ha llevado junto a un bombero que le saca un metro de altura y no menos de 20 años. Y treinta centímetros de brazo y cuarenta de muslo. No es muy agraciado de jeta, aunque músculos… los tiene todos bien puestos y muy desarrollados. Casi todos. En algún caso gana Alejo. No en los citados anteriormente. En otros. En otro en concreto.

Pero eso no es importante. Lo importante es que hay dos convencidos más del amor. Hasta la madre de Alejo está medio convencida. Aunque se lamente que ella no hubiera visto antes al bombero, porque en su delirio piensa que ella le hubiera seducido de tal forma que le hubiera conquistado y quitado esas veleidades con su mismo sexo.

En fin.

De ilusiones también se vive.