Aarón y su fantasma. 1.

Aarón no paraba de ligar. Daba igual el medio: una de esas plataformas que hay para ello o en persona, en cualquier local, por la noche, por el día, en la calle… cada día llevaba un nuevo hombre a su cama. Por la mañana, una palmada en su culo y adiós. Nada le llenaba, nadie sacaba al fantasma de su corazón.

Hubo un hombre, Marcial, que durante un par de semanas le hizo olvidar. Le hizo disfrutar. Todo parecía ir bien, lo pasaban bien juntos sin tener que follar a todas horas. Se reían. Pero en esa cena del último día que estuvieron juntos, Marcial acarició suavemente con su mano el dorso de la de Aarón. Y ahí éste, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, la apartó bruscamente y sin pausa ni decir esta boca es mía, salió corriendo del establecimiento. No dejó de correr hasta llegar al parque que hay a la orilla del río, sentarse en el césped apoyando la espalda en un árbol, su árbol, y llorar.

Otra vez su ex. Otra vez ese fantasma. Otra vez esa melancolía. Ese hartazgo. Esa incapacidad de dar un paso más allá del sexo.

Marcial no hizo nada por retomar el contacto con Aarón. No entendía nada, pero estaba claro que había algo que impediría que su relación creciera. Y él quería que creciera. Esperó unos días una aclaración por parte de Aarón, pero ésta nunca llegó. Marcial pasó página sin dudarlo. No habían llegado a ese punto de verse empujado a luchar por ese idilio.

Aarón se quedó un poco triste. Durante un ese tiempo que estuvieron juntos, esos apenas 13 días, estuvo muy a gusto. Marcial le había caído bien. Pero no tanto, no estaba tan a gusto como para crecer como pareja. No como para ser eso, pareja. O como quisieran llamarlo. Y ese gesto, era el preludio seguro a una declaración del estilo: “Seamos novios”. O de: “¿Por qué no te vienes a vivir a mi casa? Estamos tan bien juntos…”. No quería hacerle daño, no se lo merecía. Pero Aarón no sabía decir que no. Nunca había sabido. Solo sabía correr y huir. Salvo con su ex.

Pasó un tiempo. Sus amigos, su familia no sabían como hacer que Aarón volviera a vivir. “No es necesario que se enamore otra vez para que sonría, joder”, decía su padre. “Debe vivir por sí mismo, sin necesidad de tener a alguien a su lado”, opinaba Mariola. “Por falta de sexo, no será: folla más que todos nosotros juntos”, contaba Guillermo, uno de sus mejores amigos desde el colegio, a su madre, que lo de follar lo escuchaba con los ojos cerrados y apretando los puños.

Su amigo Juancho decidió que era el momento de que cambiara de ambiente. Juancho se había ido a vivir por trabajo a Málaga. Allí tenía un casoplón que le pagaba la empresa, con cinco habitaciones de invitados, con un baño enorme cada una. Una piscina de ensueño y un jardín en el que se podía jugar al futbol. Decidió invitar esa semana un un montón de amigos, incluyéndole a él. Mucha bebida, mucha comida, teatro y museos. Y camadería.

Aarón llegó tal que un jueves por la noche. Fue el primero. Charlaron los dos amigos hasta bien entrada la madrugada. Lo pasaron bien. Estuvieron a gusto. Juancho pensó que todo hubiera sido más fácil si los dos se hubiera juntado. Pero eso no era posible. Eran los mejores amigos, pero no encajarían como pareja. Si hubiera tenido que estar con un hombre, sin duda, hubiera sido con Aarón. Incluso alguna vez pensó que, si en una noche apropiada se hubieran besado, él hubiera dado el paso. No le hubiera importado abandonar su heterosexualidad. Le quería de verdad, por eso le dolía que estuviera mal. Y él sabía que Aarón le quería también. Pero las circunstancias no se dieron nunca. Aarón buscando su hombre, Juancho buscando su mujer, pero sin éxito.

Aarón se levantó un poco melancólico por la mañana. A veces la pasaba después de pasar largo tiempo con Juancho. Se fue a la ducha. Se sentó en el suelo y dejó que el agua resbalara sobre su cuerpo. De repente, un hombre entró y se preparó el baño, ajeno a que él estaba en la ducha. Se cruzaron alguna mirada esquiva, pero sin hacerse mucho caso. Ignorándose. Pero algo en ese chico, hizo que Aarón se incorporara y se pusiera a tocarse como el sabía hacer, con sensualidad y desparpajo. Ese chico le había despertado algo olvidado dentro de él.

Al final empezaron a mirarse ya sin ningún complejo. Aaron se acercó despacio a la bañera… y allí ocurrió todo. Aarón y ese chico nuevo recién llegado a la casa de su amigo Juancho, que luego supo que respondía al nombre de Vinny, juntaron sus cuerpos por primera vez y disfrutaron, sí, vaya que si disfrutaron. Y lo hicieron muchas más veces en ese fin de semana largo.

Pero el domingo, el día en que cada uno volvía a su casa, Aarón se fue sin despedirse. No era su hombre. Y si lo era, le daba igual. Él y su fantasma. Ese era su destino.

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