Flores y libros.

Flores y libros.

Hoy es el día de las flores y los libros.

En realidad hoy es el día de muchas cosas.

Es San Jorge, el Día de Aragón.

Es el día de los Comuneros, o sea el Día de Castilla y León.

Es el aniversario de Cervantes y de Shakespeare.

Es el día del libro.

Es Sant Jordi.

Como puedo tener el día de fiesta, que lo tengo por eso del Día de Castilla y León, como luego iré a comprar unos libros como corresponde, pues voy a celebrar fotográficamente lo de los libros y las flores de Sant Jordi.

Empiezo por las flores.

Esta, para ti.

El chico de la foto es Patricio Sauc, modelo, bailarín, actor.

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Esta otra flor es para ti, amigo.

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Esta otra flor, querido, es para ti.

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Hola, hacía tiempo que no nos veíamos. Ten esta flor. Por los viejos tiempos.

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Ten esta flor, y perdóname.

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Y para ti, esta última.

El modelo es Simone Nobili.

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Como no sé que libros os apetece leer ahora, os pongo todos estos, para que elijáis.

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Retazos de vida imperfectos 05. He sentido tu piel en mis dedos, Mi Príncipe.

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Frank Liszt: Sueño de amor.

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Esta noche he sentido tu piel. Esta noche. Mientras intentaba conciliar el sueño.

Hace tanto tiempo que no acaricio tu piel que parece que eso no ha sucedido nunca, mi Príncipe. Esa piel sedosa, blanca, esa piel que tanto gustaba de mis dedos. Que se llenaba de calor y color solo con que estuviéramos tumbados al lado, en la cama, en la arena de la playa, en el césped de los jardines del Emperador.

Hace tanto tiempo que no estamos juntos, mi Príncipe, que parece que no nos hayamos conocido. Que nunca hubiéramos entrelazado nuestras manos para pasear por las calles de Lisboa, que nunca nos hubiéramos abrazado en aquella pensión de mala muerte de Cádiz. Hace tanto tiempo, mi Príncipe que no estamos juntos, que aquella vez, aquella primera vez que hicimos el amor en Brujas, parece que no hubiera sucedido nunca. Ni aquella primera vez que hicimos el amor en Madrid. O aquella de casa, tu casa. O aquella vez en casa, mi casa. Aquella vez que nos amamos en aquel barco sobre el Sena.

Hoy, mi Príncipe, hoy, he sentido tu piel en mis dedos. La acariciaba, y te juro que la he sentido. La acariciaba, mi Príncipe, y te juro, que me ha recorrido una descarga eléctrica de excitación y placer. Luego, me he llevado los dedos a mi boca y te he besado, como se besa a un amante, a un amado.

Ahora, desvelado por tu recuerdo, pienso que la vida no tiene sentido sin ti, sin tu amor, sin tu consuelo, sin tu apoyo, sin tus necesidades. Nadie me necesita, mi Príncipe, desde que te fuiste.

No seré capaz de dormir hoy en nuestra cama. Debería haberla vendido. Debería haberla tirado. Mañana lo haré, mi Príncipe.

Y hoy dormiré en el suelo. Acurrucado. Deseando que llegue el amanecer para que la luz esparza tu sombra en el abismo del olvido y así, poder recuperar mi vida.

O eso, o vuelve, mi Príncipe. Y deja que las yemas de mis dedos acaricien tu piel y mis labios, acaricien los tuyos.

Retazos de vida imperfectos 04.

Son casi las tres de la mañana y he sentido la necesidad imperiosa de levantarme de la cama y ponerme a escribir. Era algo como un ataque de ansiedad de escribir. Nada concreto. Ninguna historia, o a lo mejor se me ha perdido en el camino.

Son las tres y cinco de la mañana y estoy mirando la pantalla. El camión de la basura se acaba de ir y ha dejado en silencio la noche.

Es de noche.

Es hora de dormir.

¿Qué hago levantado?

Ya he escrito, aunque no haya escrito nada. Pero escrito está.

Me voy a dormir.

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Mi amigo imaginario, Pancho, se viene conmigo. Otro día os cuento cosas de él. Pancho tiene una historia. Se ha empeñado en que la cuente esta misma noche, pero no va a ser posible. La niebla me empaña el entendimiento y la vista. O no es la niebla sino el cansancio. Es que llevo cuatro días durmiendo apenas un par de horas.

Pancho es un tío elegante, con su pajarita de rombos y su camisa verde camel. Corre por los tejados recabando información para los servicios secretos. Es como el pequeño Nicolás, pero en serio. Aunque no te creas, que tiene gracia contando chistes y anécdotas graciosas. Y sí, existe, no como ese Nicolás, que es un producto de lo servicios de espionaje rusos para despistarnos y evitar que cojamos a los verdaderos espías del ejército rojo de Stalin.

Stalin ya murió ¿no?

Una pena. Lo del Nicolás, no lo de Stalin.

El otro día me dijo un amigo que había soñado que se lo montaba con el Nicolás ese. Le di la tarjeta de mi psicólogo.

Me voy a la cama. Ahora sí.

Son las 3 y veinte. Y no pasa un alma por la calle. Todo en silencio.

4 grados de temperatura y sin viento.

Retazos de vida imperfectos 03. Chúpate esa.

Estaba sentado en la taza del váter. Era el baño del trabajo, un cubículo limpio pero apretado.

Ni se había bajado los pantalones. Solo quería escaquearse unos minutos y perder de vista a Julián y a Helga. No los soportaba.

El silencio lo embargaba todo. Cerraba los ojos y podía creer que estaba en cualquier sitio. En el pueblo, en la casa de sus abuelos. En la playa, paseando con las olas mojando sus pies. Solo, siempre solo, sin esa gente que le producía tanta zozobra.

De repente, en el reservado de al lado, escuchó un estruendo grandioso. Pegó un salto y apenas pudo contener una exclamación de sorpresa. En la vida había oído un cuesco semejante. Ni los de Guillermo, su amigo de la infancia, podían competir con eso.

Escuchó el ruido de la bomba, la tapa bajando, el roce de la ropa, el pestillo de la puerta, ésta que se abre.

El ruido del agua al abrirse el grifo y se imagina al dueño del cuesco lavándose las manos.

En esto que vuelve a escuchar otro estruendo de origen flatulento. Y un suspiro de satisfacción. Hasta creyó escuchar un “chúpate esa”.

No pudo contenerse y sin hacer ruido, entreabre la puerta de su cubículo y miró. Casi se le cae la mandíbula de la sorpresa: era D. Enrique, el jefe de su departamento. Un hombre elegante y estirado. Un hombre serio, que no daba pie a la mínima intimidad personal.

Cierra la puerta corriendo. Se sienta de nuevo y se tapa la boca con la mano, la cual no podía cerrar de otra forma, ante el peligro de que salieran ruidos indeterminados por ella, como carcajadas o suspiros admirativos.

Nunca volvería a ver a D. Enrique de la misma forma. La próxima vez que se pusiera chulo, recordaría ese momento flatulento. Quizás si se ponía demasiado chulo podría decirle entre dientes: “Chúpate esa”, y hacer un gesto como de explosión nuclear. Seguro que lo entendería.