Diario de un hombre sin nada que contar. 57ª entrada.

Echo de menos a Morata. He estado a punto de hacerme del Chelsea.

Didac tiene celos de Morata. No hablo de otra cosa cuando nos vamos al bar de abajo a ver los partidos. Podríamos verlos en casa, pero nos gusta verlos abajo. Ves a la gente como se enfada, como discuten por los penaltis o por los árbitros. Zidane arriba, Zidane abajo. Cristiano sí, Cristiano no. ¿Qué le pasa a Lucas Vázquez? O al mallorquín.

Es una mierda. Lo de Morata.

Y ahora el Madrid no acaba de carburar. Lo del Girona, deprimente.

Falta Morata, diréis.

Es lo que digo yo.

Es que está bueno el jodido. Me gusta esa cara de chico de no haber roto un plato. Esa sonrisa. Tiene dinero, o sea que es un buen partido. Da bien en los anuncios: yo uso la crema Nivea porque la anunció él. Por cierto, casi todos los que pasan por ese anuncio, salen del Madrid.

¿No os gusta el fútbol?

A Mi sí.

¿Gay y fútbol? Pegan estupendamente. Chicos corriendo en gayumbos. Chicos que se abrazan y se tocan el culo cuando marcan un gol. Y se colocan sus partes.

Ayer vi un anuncio de un canal de televisión femenino. Hablaban de la belleza de los hombres protagonistas de sus series. Ya me he apuntado a él.

Ha venido mi hijo a pasar un par de días. No se separa de Oriol. Le pregunté a Pol. Me hizo una larga cambiada que me quebró la cintura al intentar seguirle.

Lo intenté de nuevo en el desayuno, al día siguiente. Salió de casa con la tostada en la mano. Seguro ha sido el día que más pronto ha llegado al Instituto.

Oriol me miró y me dijo:

Déjalo estar. Cuando esté preparado y sepa algo, te diré.

Debía habernos oído.

Me fui al trabajo y Sergio seguía durmiendo. Entré a verlo. No pude evitarlo y me acerqué y le di un beso en la frente. Así le debo un beso menos, de los que no le di cuando era pequeño. Se los voy a ir dando ahora, a los veintitantos.

Hoy veré el fútbol. Solo. Didac se fue.

Son las dos de la mañana, y no puedo dormir. Tengo que trabajar mañana. Estoy por hacerle caso a Didac y dejarlo. Él me mantendrá.

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Néstor G.

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Diario de un hombre sin nada que contar. 56ª entrada.

Está siendo duro el trabajo.

La gente, asustada.

La bolsa loca. Sube y baja desbocada.

Me paso el día dando explicaciones. Lo de Cataluña y los bancos.

Algunos se han llevado el dinero a casa. Muchos, han vendido acciones.

Yo diciendo a todos que tranquilos. Vamos a tomar un café. Tranquilos. Vamos a tomar una caña. Tranquilos.

Confían en mí. Algunos. Otros, se llevan las perras.

Tú no decides, Néstor, me dijo uno. Eres un donnadie, con todos mis respetos, me soltó otro. No controlas la situación. Si por ti fuera, me arriesgo. El mundo se está volviendo loco. Me llevo el dinero.

Vamos a tomar una caña, que hoy dan paella.

Se llevó el dinero. Sería porque la paella no estaba todavía.

Llego a casa cansado. Con la boca seca. Sin apenas comer. No suele haber nadie. Me siento en mi butaca de leer y cabeceo.

Llega Didac. Se preocupa. Me chilla.

Ya estoy yo, Néstor. Deja el trabajo y que les den.

Lo miro agradecido.

Le cojo la mano. Noto que tiene trabajo y no lo retengo. Se encierra en su estudio. Yo sigo en la butaca. ¿Qué haría sin trabajo?

Me agobio.

No pasaría hambre, es cierto.

Me agobio.

Mañana otra vez. Ver las acciones. Ver las noticias. Volver a la oficina. Sonreír con confianza. No tengo confianza. El mundo se ha vuelto loco. Radicales. Por un lado, por otro. Tensando la cuerda. ¿Y si se rompe?

Llegan los chicos. Me miran de esa forma. Didac les ha alertado, lo sé. Vienen y me dan un beso. El pequeño se sienta a mi lado y parlotea de sus cosas del instituto. El profe de mate, un bobo. El de historia, es aburrido. La de Química, está buena. El de inglés: hubiera sido un buen partido para ti, me dice. Es buen profe, abunda en el tema. Está muy bueno, sentencia.

Te está tomando el pelo, dice el mayor.

Me río. Son bobos los dos. Pero me hacen reír.

¿Merendamos? Preguntan.

No me queda más remedio que levantarme y preparar algo. Unos sándwiches, que no hemos comprado el pan. Se me ha olvidado.

Sale Didac de su estudio. Me mira y me sonríe. Me acerco y le beso.

Merendamos.

Didac me coge de la mano y los chicos parlotean.

Llama López, para hacer de padre telefónico durante dos minutos.

Todos contentos. La labor hecha.

Y Didac tira de mi para ir a tomar algo por ahí. Nos encontramos con algún cliente del banco. Se ponen intensos pero Didac les corta. A alguno, con brusquedad. No entienden.

Es nuestro aniversario, le suelta al más pesado.

¡Ah!

Ha puesto mala cara. No sé si por no atenderle o porque celebremos un supuesto aniversario. No le pegará un director de banco con otro hombre. Seguro que mañana viene a verme. Vamos a tomar una caña, diré. Y me escrutará por ver si tengo pluma o se me nota. Y yo romperé la muñeca un par de veces, para convencerlo. Y luego le diré que se lleve su dinero, sí, que va a ser mejor.

Bobos.

Didac se da cuenta de que nos observan desde el otro lado del local. Me acerca a él y me pega un beso de impresión. Por el espejo, veo como le hace una peineta al bobo ese. Luego cierra el puño, para dejarle claro que si sigue con tonterías, es mejor que vaya pidiendo hora al cirujano plástico. Su nariz peligra.

Me echo a reír.

Didac me mira, haciéndose de nuevas. Cierro el puño y se lo enseño. Nos reímos. Se encoje de hombros.

Nos invitan.

Les saludamos antes de irnos.

Me parece que mañana, esos no irán a verme. Me ahorraré una caña. Caña que gastaré ahora con Dídac.

Y unos pinchos.

Y unos besos.

Les mando un wasap a los chicos para que no nos esperen.

De repente, Didac tira de mí. Me lleva a un hotel cercano. El conserje parece conocerlo. Le da una llave. Yo no digo nada. Le dejo hacer asombrado. Luego se me ocurre preguntarme a cuantos habrá llevado a ese hotel. Pero me da igual. Sé que ahora, es mío. Aunque de vez en cuando, folle con otros.

Y a eso nos dedicamos en la habitación.

A las 10, nos traen la cena. No he visto pedirla.

No pienso.

Cenamos. Desnudos.

Y después. Seguimos con la actividad anterior.

Fuimos un poco escandalosos. Por lo de no estar los chicos.

Didac se irá mañana de viaje. Varios días. Tengo que coger fuerzas para aguantar su ausencia.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 55ª entrada.

Antonio, mi hijo, se ha casado. Con Adela.

Parecían contentos.

Teresa estaba esplendorosa. Mi mujer. Siempre será mi mujer.

Didac iba muy guapo. Es guapo. Me agarró de la mano y no me soltó. Sabía que lo necesitaba. La gente nos miraba con envidia. Algunos con asco. Otros, no entendían. Al salir del hotel, Didac nos pasó revista. Traje, camisa, corbata. Los chicos se fueron a encontrarse con sus padres. A nosotros nos entró un apretón. Tuvimos que cambiarnos de ropa. Salimos y me agarró de la mano. Y no me soltó. Sabía que lo necesitaba: el apretón y su mano agarrando la mía.

López vino con Elvira. Siguen haciendo buena pareja, aunque se hayan separado.

Oriol y Pol iban muy elegantes. De traje. La primera vez que se ponían uno. Les tuvimos un par de días vestidos así en casa, para que se acostumbraran. No me gusta notar la incomodidad de la gente cuando se lo pone por primera vez. En la boda parecía que hubieran nacido con uno puesto. Estoy orgulloso de ellos. Parecían de la familia, por su naturalidad. A mis hijos les noté sorprendidos de que alguien, Dídac y los chicos, se mostraran tan cariñosos conmigo. No creían que yo pudiera despertar ese sentimiento en nadie.

Teresa vino unos días antes. Se instaló en casa, la nuestra, la de siempre. Pasamos mucho tiempo juntos. Hicimos las cosas que solíamos cuando estábamos casados. Comimos en nuestros restaurantes preferidos, fuimos al teatro, al cine, a pasear por la alameda. Comimos perritos, que la chiflan. Didac nos dejó a nuestro aire y los chicos también.

El día antes de irnos a la boda, me contó. Estaba triste, derrotada. Su pareja la había abandonado por otra mujer, sin más. Un día llega y le dice: Ya no te quiero, Teresa. Sigamos como amigos. Néstor, me decía, se dio media vuelta, fue a la habitación y sacó las maletas con sus cosas: ¡lo tenía todo preparado! Me fui al fin del mundo por él y ni un año. Me siento tan derrotada. Tan culpable. Estaba acostumbrada a ti, que siempre me has querido, a tu forma, pero sabía lo que había. Contigo me siento querida, Néstor.

No supe decirle nada. Solo la abracé en el parque, frente al lago, donde nos dimos los primeros besos. Y así estuvimos un buen rato. Ella sollozaba de vez en cuando. Me tenía que haber quedado contigo, Néstor. Quise más y lo perdí todo.

No me has perdido, Teresa. No has perdido nada. Ocupas tu sitio en mi corazón y en mi vida. Y tus hijos te adoran, lo sabes. No has ganado, pero tampoco has perdido.

Me escuchó, pero no sirvió de mucho. Seguía acongojada, triste. Esa noche lloraría. Se abrazaría a una almohada en nuestra antigua cama, lo sé, la conozco. Seguramente buscaría mi olor, nuestro olor. A pesar del tiempo, yo lo seguía notando a veces.

A la mañana siguiente vino a casa a desayunar. Preparó un desayuno de hotel cinco estrellas. Los chicos la achucharon. Didac la abrazó y la dio un beso en la frente. Ella lo miró, su mirada tierna, la que solo dedica a sus cariños, y le dijo que me cuidara. Se me nublan los ojos de lágrimas al recordarlo. Mis dos amores. Juntos. A mi lado.

Me fijé en que le dedicó una caricia extra a Oriol. Ella sabe pero calla. Él no me cuenta. Sergio, mi hijo, tampoco me cuenta, a pesar de que mantenemos el contacto por wasap. Nunca pensé que eso fuera posible. Ahora que lo pienso, tengo que preguntar a Pol. Él me dirá.

Al día siguiente, todos a la boda. Fuimos el día antes. De hotel. López y Elvira dijeron a los chicos que se fueran con ellos. Pero declinaron la invitación. Dídac les dijo que habíamos pensado de ir todos juntos, para que no se molestaran. Estuvo al quite y efectivamente, fuimos juntos.

La boda.

Como todas las bodas. Si no lo hubiera sabido, no me hubiera dado cuenta de que los novios no se amaban. Hacían buena pareja. Congeniaban bien. Se mostraron cercanos, alegres. Parece que Antonio y Adela tienen un buen acuerdo. Espero que les dure. Lo malo que es algún día el amor llamará a la puerta de alguno de ellos. ¿Qué pasará entonces?

Teresa estaba esplendorosa como madrina.

Me eché a llorar con el sí quiero de mi hijo.

Os declaro marido y mujer, dijo el cura.

Arroz, pétalos de flores. Risas.

¡Vamos a comer!

Comimos.

Me puse tristón. Me aparté de todos. Me fui al hotel.

Me senté en el sofá y me puse la tele. Lloré. No se decir por qué.

Tengo que pensar en ello.

Al rato vino Didac y se sentó conmigo. Me obligó a recostar la cabeza en su hombro. Así se llora mejor, dijo.

Tenía razón. Así lloré mejor.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 54ª entrada.

Pasó el verano.

Estoy un poco perdido. Tanto tiempo sin escribir aquí a causa de la desaparición de tatojimmy.

El verano, bien.

Didac, lo ha pasado fuera, con sus cosas. De vez en cuando volvía y aprovechábamos a encerrarnos en la habitación.

Los chicos se fueron con su madre. Tres semanas.

Volvieron cabizbajos. No han contado gran cosa.

Su padre. No le entiendo. Sigue buscando desesperado una pareja. Sigue bebiendo. Una vez a la semana le entran remordimientos y quiere convertirse en el mejor padre. Esta familia mientras estaba junta, mal o bien avenidos, estaba en-nortada. Ahora, están perdidos. La madre me llamó un día, antes de llevarse a los chicos. Decía unas cosas incomprensibles. Al final le pasé a Didac, que tiene más mano con ella.

Mi hijo Sergio se quedó conmigo un par de semanas. Fuimos por ahí a pasear. Comíamos cada día en un sitio. Fuimos al campo, al teatro, a pasear en barca.

Hablamos.

Nos conocimos.

Me preguntó mucho por como viví mi homosexualidad en un matrimonio con su madre. Como se enteró ella. Como lo llevaba. Quería juzgarme a propósito de si la había mentido mucho o poco. Si les había querido a ellos. Me reprochó mi distancia.

Le expliqué.

Le conté.

¿Vas a ir a la boda de Anto?

Sí, le dije rotundo.

No sé por qué lo preguntó. Lo sabe porque iremos todos. Oriol se lo habrá dicho.

¿Y Oriol? Pregunté.

Oriol ¿qué?

Se puso a la defensiva.

Me quedé callado.

Somos amigos, dijo bajando la mirada.

Otro que lucha. Contra él.

Pensé que las cosas entre nosotros cambiarían radicalmente. Pero cuando se fue porque le reclamaban del trabajo, no fue efusivo ni cercano. No conseguí romper las barreras. No llegué del todo a él.

Hablé con Teresa. Me dijo que le había hecho mucho bien.

¿Que sabes de Oriol y él? Pregunté.

Son amigos, me dijo. Cambió de tema.

Ella parece que está mejor. Aunque no habla de su ruptura. Ha decidido seguir allí.

Oriol y Pol me apremian. Tenemos que ir de compras. No tenemos ropa para la boda.

Didac acaba de llegar de su enésimo viaje. Está agotado. Le he dicho de venir de compras. Ha abierto su armario y me ha señalado los 30 trajes que hay, todos en perfectas condiciones. Me he encogido de hombros. Pero cuando salíamos de casa, se ha acercado corriendo, con el pelo mojado todavía y se ha venido con nosotros.

No me fio de vuestro gusto, ha dicho.

Le hemos abucheado y empujado. Nos hemos reído. Ha besado a los chicos y me ha cogido de la mano. Así que hemos salido los cuatro, de compras. Como una familia.

Ya os contaré.

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Néstor G.