Diario de un hombre sin nada que contar. 44ª entrada.

Ahora recuerdo con humor cuando conocí a Luis.

Iba con López.

De ligue.

Él me picaba para salir. Se tomaba dos copas y eso le desinhibía. Luego él se lanzaba al cuello de cualquiera. Hacía que hacía, se retiraba y luego contaba actividades increíbles. Como los cazadores.

Siempre hacía lo mismo.

Ahí me quedaba solo. Mirando. Unas veces acababa acompañado. Otras no.

Ese día, después de una racha triste, salimos. López desapareció. Y casi a la vez, apareció Luis. Apuesto, joven, insultantemente joven. Castaño claro. Ojos también claros, sin ser azules, sin ser verdes, sin ser grises, ni marrones. Pero penetrantes. Un poco más alto que yo. Un cuerpo agradable, trabajado en algún deporte. Ese día llevaba una medio melena que luego se ha recortado. Con una pose elegante, sin ser altiva. Barba de unos días.

Se acercó insinuante. Me recordó a alguna película de ligoteo. Me miraba fijo.

Empezamos a hablar.

Yo Luis, yo Néstor. Bonito nombre. Raro.

Y de repente dijo:

¿No serás el padre de Antonio G.?

Disimulé perfectamente cuando negué.

Insistió.

Volví a negar.

Pues te pareces.

Ah, pues no sé.

¿Y de qué conoces a ese Antonio G.? Pregunté a mi vez al cabo de otras 3 negaciones.

Porque nos liamos varias veces. Compañero de insti. Fue hace tiempo.

Ahí no disimulé tan bien. Él lo notó. Sonrió pero no dijo nada. Fui yo el que me descubrí:

Es mi hijo, sí.

Ya lo sabía. Te conozco de vista.

¿Por eso has venido a ligar conmigo? ¿Por tirarte al padre de un compañero de insti?

Eso es un plus. Me molas. Soy más sencillo.

Acabamos la copa. Invitó él. Me cogió de la mano, tiró de mí. Acabamos en su apartamento, a un par de calles del bar.

Lo pasamos bien. Fue intenso. Gritamos. Sudamos. Sexo animal.

No hice caso a los wasap de López.

No hice caso a la luz del amanecer que entraba por la ventana.

No hice caso a que Luis hubiera follado con mi hijo Antonio.

No hice caso a mis remordimientos por no conocer en absoluto a mis hijos.

Me fui de su casa sin despedirme. Un polvo más. Uno de una noche. O eso pensaba. Porque Luis se apareció en el trabajo al cabo de unos días.

Fue un vermuth torero y un polvo torero.

Ahí empezamos a follar de vez en cuando.

Hasta hoy.

Hasta hoy que, después de meditar sobre nuestros actos de amor en los últimos encuentros, ha decidido poner tierra de por medio, e irse a trabajar a Oslo.

Oslo.

Se le van a helar las pelotas.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 43ª entrada.

López llamó para venir de visita. Sería por lo del día del padre. No esperaría que sus hijos echaran cohetes.

Dijo de ir a comer con los chicos. Ningún problema por mi parte.

Luego dijo de llevárselos el fin de semana.

Ningún problema por mi parte.

A los chicos no les apetecía.

Creo que a pesar de todo, le echan de menos. Al final, cedieron. El viernes por la tarde, se fueron. Los tres. Una casa rural o algo así.

A López le gusta el campo. Antes iban mucho a casas rurales.

No le vi bien a López. Muy desmejorado. Ojeroso. No lo está pasando bien. Quise preguntarle si tiene a alguien. Ya no necesita ocultarse. Ya no está con Elvira. Vive lejos. No le ven los chicos. No encontré el momento cuando llegó. Luego, el sábado temprano me mandó un wasap de cortesía y aproveché.

No está con nadie, dijo.

No se lía con nadie, me respondió a la pregunta pertinente.

No está bien.

Dice que me echa de menos. Por lo del pino en pelota picada. O por lo del sexo telefónico. O por lo del sexo real, eso sí, con copitas de más.

Seguimos hablando por wasap.

Dijo que a lo mejor se llevaba a los chicos en Semana Santa.

Dijo que se avergonzaba de sí mismo.

Luego me he enterado que en el trabajo, le obligan a venirse de nuevo. Y viviendo en la misma ciudad, queda raro que los chicos no vivan con él.

Un poco tramposo por su parte. Pero no se lo echo en cara. No nacemos sabiendo hacer las cosas. Y para nosotros, no fue fácil. Muchas veces pienso si no nos hubieran pillado y nos hubiéramos ido juntos a estudiar fuera. ¿Hubiéramos seguido juntos? No seríamos igual que somos ahora. No hubiéramos estado todos esos años sin tener sexo con hombres. ¿hubiéramos sido una buena pareja?

Eso sí, no hubiéramos tenido a nuestros hijos.

Los chicos parecieron pasarlo bien. Me iban informando. Pensé que si estaban a gusto, no me echarían de menos, no se acordarían de mí. Me gustó que lo hicieran.

El sábado aproveché e invité a Luis a cenar en casa. Pedí algo al restaurante de mi calle. Estaba incómodo. Él estaba incómodo. Debió pensar en una cena romántica. Menos mal que me arrepentí de poner una vela en la mesa. Para romper el hielo, le hice desnudarse. Curioso, así estuvo más a gusto. Como si su desnudez alejara el compromiso y acercara la cena al sexo y la alejara del compromiso emocional. Me sorprendió ver, cuando se desnudó, que se había depilado. Una vez le dije que me ponía cachondo no ver un solo pelo en el cuerpo. Tonterías, me decía. Pero al final, me había dado gusto.

No llegamos al postre.

Mejor dicho, el postre lo tomamos en la cama. Las natillas las tomé sobre su cuerpo desnudo.

Volvimos a ser delicados.

Fue bonito. Y esta vez no se quejó de nada.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 42ª entrada.

Es mi decisión, respétala.

Lo dijo de pie. A Luis ni le miró.

Intenté desdramatizar la situación. Le pedí que se sentara. No me hizo caso.

Solo quiero entender, pregunté levantándome para estar a la misma altura que él.

No tengo que darte explicaciones. Tú no me las diste.

Lo sé. Y lo siento. No te exijo nada. Solo pido.

No tengo nada que explicarte.

Es obcecado, lo sé.

Sientate, por favor.

No.

Luis se levantó y se fue sin decir nada. Entendió que podía ser un estorbo.

No te lo perdonaré en la vida.

Me encogí de hombros. Medité ponerme digno, pero no tenía fuerza moral.

Haz lo que quieras. Lo tendré merecido. No lo he hecho bien. Lo sé.

Pobres de esos chicos, los de López.

Volví a encogerme de hombros.

Ellos están contentos, dije sin darle importancia.

Yo no, escupió.

Recibí con resignación el lapo. Casi literal. Del ahinco que puso en decirlo, me llovió saliva en la cara.

Me senté sin decir nada. Noté como me miraba desde arriba. Debía esperar que lo insultara, que me defendiera. Que lo atacara. Tardó casi cinco largos minutos, eternos minutos en sentarse. Ahí fue cuando le miré de nuevo.

Y le conté.

Cuando acabé, no dijo nada. Otra vez silencio.

Solo quiero que seas feliz. Que hagas lo que sientas, dije al cabo de un rato.

Pensé en dar por terminada la reunión. Él no decía nada y yo no quería decir nada más.

Me voy a casar con ella, papá. Decidí renunciar al sexo. Me vuelve loco. Soy esto, soy aquello. No soportaba el estrés. Tenemos intereses comunes y por eso nos casamos. A ella tampoco le interesa el sexo. Nos llevamos bien, nos gustan las mismas cosas. Es mi mejor amiga. Nos hacemos compañía.

No me gustó el argumento. Pero no es el peor para decidir casarse. Conozco personas que lo han hecho para heredar. Para no estar solos. Por imposición de la familia. Por un ataque de locura. Para huir de la familia. Por un embarazo. Para ascender en la escala social.

No tenía nada que decir.

Luego pensé, mientras Luis conducía de vuelta a casa, que podía haberle dicho que viviera su sexualidad. Que fuera marica sin complejos. Pero no soy nadie para dar consejos. Un psicólogo le podría ayudar. No tengo peso moral para aconsejarle. Ha apartado su discusión interna sobre lo que es. Me imagino que por lo que ha vivido en mi caso, por lo que le metieron en la cabeza mis padres en sus visitas al campamento, lo ve como algo abominable. Eso le crea ansiedad. Ha decidido apartarlo.

Cuando me iba preguntó si iría a la boda. Por supuesto, le dije. Iré con Pol y Oriol, si no te importa. Me dijo que bien.

También pensé, mientras volvía a casa que no sabía que Adela era amiga de siempre, su mejor amiga. Teresa me dijo que sí. No sé nada de mis hijos. Que mal lo he hecho.

No debía haberme dejado influir por mis padres. Debería haber superado mis miedos antes. Mis hijos no tienen la culpa.

Al despedirnos nos dimos un apretón de manos. Nos miramos a los ojos. Al menos no sentí su desprecio.

Casi habíamos llegado cuando le pedí a Luis que parara en un hotel de carretera. Pedimos habitación y subimos. Follamos. Con ternura. Nunca lo había hecho así con él. Lo necesitaba. Fue la cosa tan delicada que Luis me dijo que no me pillara con él.

Estamos bien así, sin rollos de parejas y tal. No soy de esos, me dijo. Como si esos que se pillan fueran abominables.

Me sonreí. Le tranquilicé al respecto.

Luis va de duro. Pero como ese día, no ha disfrutado en ningún otro. Tenía los vellos de punta. Temblaba de placer.

Otro que tendrá que luchar contra sus miedos. El de él, es comprometerse.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 41ª entrada.

Tatojimmy se retrasa. Eso me da ánimos.

Me creo está cansado. O enfermo.

Me he saltado lo de Antonio, mi hijo.

Vuelvo a ello.

Pasó antes de volver Elvira y al drama de los chicos.

Le preparé una encerrona.

Mi hijo anunció que se casaba. En verano. Con Adela.

El tema me reconcomió. Yo creía que era gay.

Luis lo atestigua con experiencias en la cama.

Mente abierta, me digo a veces. Puede ser bisexual. Puede ser que siendo gay se enamore de una chica. Open mind.

Mi hijo no tiene mente abierta. Es cuadriculado.

Le llamé varias veces para allanar. Un fin de semana le dije que iba a visitarlo. Los chicos se quedaron con Didac. Son mayores, pero prefiero un cierto orden.

Le dije a Luis que fuera conmigo. Dijo no.

Insistí. Dijo no.

Volví a insistir, un sábado en la cama.

Dijo no.

No me gustan los dramas. Antonio es buen tío.

Por eso, le contesté.

Dijo no.

Volví a la carga. Al final dijo sí.

Allá fuimos.

Luis nervioso. Yo nervioso.

Quedé en una cafetería del centro. Es de las pocas que conozco en la ciudad donde vive ahora mi hijo. Luis se sentó en otra mesa.

Antonio llegó tarde.

Yo iba a darle un beso y un abrazo. Él me tendió la mano. Me quedé descolocado. Le di la mano.

No es su culpa. No le he besado desde que era pequeño. Menos un abrazo. Ahora, con Oriol y Pol, he cambiado. Les beso. Les abrazo. Ellos a mí. Ya no tengo miedo. Maté las semillas de mis progenitores. Las semillas del odio y del miedo. Oriol y Pol las mataron, de hecho. Ver lo que los intolerantes han hecho en López y su mujer, me ha hecho pisotear la tierra en donde ellos lanzaron su semilla de infelicidad.

Para mis hijos, mi determinación llegó tarde. Es difícil que eso cambie. Ellos lo tienen marcado a fuego. Un padre ausente, aparentemente despreocupado. Distante. Eso es lo que he sido con ellos.

Nos sentamos.

Fue difícil hablar. Al final rompimos el hielo. De todas formas, aquello no fluía.

Decidí meterme en harina.

¿Por qué? Pregunté.

Porque nos amamos, me dijo indignado.

Eres gay.

Debí ser más suave en mi afirmación. Le indignó. Se levantó echando fuego.

Yo no soy de esos maricas, como tú. Lo sé todo. Los abuelos me contaron.

¿Los abuelos?

Otra grieta en mi determinación de apartar a mis padres de mi familia. Teresa me dijo luego que no sabía nada.

Fue en los campamentos de verano. Ellos le visitaban. Le comieron la cabeza.

Pero has estado con hombres.

Mentira, me dijo con la mirada cargada de odio.

Has estado con hombres.

Mentira, volvió a afirmar, no tan rotundo. Veía mi determinación. Imagino que se temió que sabía algo.

Hola Anto, dijo Luis detrás de mí.

Antonio se levantó y salió corriendo.

Luis amagó con salir detrás de él. Se lo impedí.

Estaba seguro que volvería. Tardaría un rato. Volvería.

Tardó un rato.

Volvió.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 40ª entrada.

Caí enfermo.

Ansiedad. Gripe. El virus más famoso: el estomacal. Limpieza. Arriba y abajo. Hecho polvo. Los chicos de viaje con el colegio. Solo en casa.

Solo.

Cuando estás enfermo es cuando notas más la soledad.

Un desastre.

Adelgacé esa semana 5 kilos.

Dídac venía a traerme Acuarius para beber. Ponía su mano en mi frente.

Tienes fiebre, decía.

Me quedo, ordenó.

Se quedó un par de noches. En silencio. Trabajaba mientras me miraba de reojo. Estaba preocupado, se lo noté. No dijo nada. No dije nada.

No tenía ganas de nada. Ni de fútbol. De tele. De libros.

Me llamó Luis. Se había enterado. Se preocupó por mí.

Teresa llamó.

Los chicos a cada rato un wasap. Quería volver a cuidarme.

Yo con ganas de nada.

Solo.

Pesaba la soledad. Pero no quería a nadie. Me molestaban hasta las charlas de mis vecinos que escuchaba nítidamente por el silencio de mi casa.

Eduardo, mi compañero de trabajo y aquel proyecto de pareja, no dijo nada.

El viernes me recuperé un poco. Volvieron los chicos. Me prepararon un consomé para cenar. Y una tortilla francesa.

Me sentó bien.

Me hicieron sentir bien.

De coña, dijo Pol que me había puesto malo porque se habían ido ellos.

Negué hasta cinco veces.

¿Y si tienen razón?

Anda que, a cualquiera que le cuente que tengo más conexión con estos chicos que con mis propios hijos.

Una cosa tengo que agradecerles: que espantaran a Eduardo.

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Néstor G.