Loa calzoncillos de Rey.

El amigo Rey, sabedor de nuestro gusto por los chicos en calzoncillos, me suele mandar fotos para compartirlas aquí.

Estos son algunos de los últimos.

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Algunas quedarían bien como fondos de pantalla.

Podéis ver a la gran parte de los chicos en calzoncillos de este blog, si pincháis aquí.

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Diario de un hombre sin nada que contar. 54ª entrada.

Pasó el verano.

Estoy un poco perdido. Tanto tiempo sin escribir aquí a causa de la desaparición de tatojimmy.

El verano, bien.

Didac, lo ha pasado fuera, con sus cosas. De vez en cuando volvía y aprovechábamos a encerrarnos en la habitación.

Los chicos se fueron con su madre. Tres semanas.

Volvieron cabizbajos. No han contado gran cosa.

Su padre. No le entiendo. Sigue buscando desesperado una pareja. Sigue bebiendo. Una vez a la semana le entran remordimientos y quiere convertirse en el mejor padre. Esta familia mientras estaba junta, mal o bien avenidos, estaba en-nortada. Ahora, están perdidos. La madre me llamó un día, antes de llevarse a los chicos. Decía unas cosas incomprensibles. Al final le pasé a Didac, que tiene más mano con ella.

Mi hijo Sergio se quedó conmigo un par de semanas. Fuimos por ahí a pasear. Comíamos cada día en un sitio. Fuimos al campo, al teatro, a pasear en barca.

Hablamos.

Nos conocimos.

Me preguntó mucho por como viví mi homosexualidad en un matrimonio con su madre. Como se enteró ella. Como lo llevaba. Quería juzgarme a propósito de si la había mentido mucho o poco. Si les había querido a ellos. Me reprochó mi distancia.

Le expliqué.

Le conté.

¿Vas a ir a la boda de Anto?

Sí, le dije rotundo.

No sé por qué lo preguntó. Lo sabe porque iremos todos. Oriol se lo habrá dicho.

¿Y Oriol? Pregunté.

Oriol ¿qué?

Se puso a la defensiva.

Me quedé callado.

Somos amigos, dijo bajando la mirada.

Otro que lucha. Contra él.

Pensé que las cosas entre nosotros cambiarían radicalmente. Pero cuando se fue porque le reclamaban del trabajo, no fue efusivo ni cercano. No conseguí romper las barreras. No llegué del todo a él.

Hablé con Teresa. Me dijo que le había hecho mucho bien.

¿Que sabes de Oriol y él? Pregunté.

Son amigos, me dijo. Cambió de tema.

Ella parece que está mejor. Aunque no habla de su ruptura. Ha decidido seguir allí.

Oriol y Pol me apremian. Tenemos que ir de compras. No tenemos ropa para la boda.

Didac acaba de llegar de su enésimo viaje. Está agotado. Le he dicho de venir de compras. Ha abierto su armario y me ha señalado los 30 trajes que hay, todos en perfectas condiciones. Me he encogido de hombros. Pero cuando salíamos de casa, se ha acercado corriendo, con el pelo mojado todavía y se ha venido con nosotros.

No me fio de vuestro gusto, ha dicho.

Le hemos abucheado y empujado. Nos hemos reído. Ha besado a los chicos y me ha cogido de la mano. Así que hemos salido los cuatro, de compras. Como una familia.

Ya os contaré.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 53ª entrada.

Diario de un hombre sin nada que contar – Capítulos anteriores.

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Nadie me contesta cuando pregunto sobre Oriol y Sergio. Cercanos es poco. Didac solo me dijo que veo cosas raras en todo el mundo. Te pensarás que todos son maricas, me dice.

Le miré atravesado.

Me guiñó un ojo.

Me descolocó lo suficiente para no decir nada más.

No todo hay que etiquetarlo, me reconvino saliendo de casa y dejándome para mí recoger el desayuno.

Ahora sí, desde que nos trasladamos a la casa de Didac, los chicos no han vuelto con su padre. Tengo que hablar con López. Bebe mucho. Y sale de ligue. Como desesperado. Uno me contó que hace el ridículo.

Luis me mandó un wasap desde el fin del mundo. Le conteste con un emoticón.

Teresa… me preocupa.

Su ruptura con Alberto le ha roto. Dice que a lo mejor se vuelve. Yo la digo que no va a dejar un trabajo muy bueno, una oportunidad, solo porque ese Alberto no sepa hacerla feliz. Calla. Quiere decir que se lo piensa. Lo que pasa es que nos echa de menos, lo sé. Antes ya nos echaba de menos. Nos queremos. Quiere a sus hijos.

Elvira viene de visita. Los chicos están nerviosos. Temen algún intento de ella para llevárselos.

La otra noche se fueron todos por ahí. Nos quedamos Didac y yo solos.

Les he dicho que no tengan prisa. Tenemos hasta las cuatro, me susurró mientras leía en el ventanal, mirando la calle.

Se me cayó el libro al suelo y me levanté de un salto para pegarme a sus labios. Nos desnudamos como quinceañeros con poca práctica y muchas ganas y pegamos nuestros cuerpos. Hacía calor. No le dejé dar el aire acondicionado.

Quiero sudar, que sudemos. Quiero lamer tu sudor, le dije insinuante.

Guarro, me dijo.

Me encogí de hombros y sonreí.

Sudamos pegados.

Lamí su sudor. Él el mío.

Nos lamimos enteros.

Bailamos pegados.

Follamos pegados sobre el piano.

A las cuatro en punto, volvieron.

Nos tocó correr a escondernos en la habitación.

Huele a sexo, gritó Pol desde el salón.

Me puse rojo.

Didac se puso nervioso. Es muy pulcro.

Eso lo arreglamos enseguida, le dije.

Le agarré de la mano y tiré de él camino del baño.

Que nos van a ver.

Me encogí de hombros. No suelo ser así. Me imagino que el alcohol tendría la culpa. Nos metimos en el baño y di al agua de la ducha.

Salimos de allí un poco arrugados. La cosa se alargó. Mucho.

A las 8 de la mañana, llamaron a nuestra puerta. Sergio y Pol traían unas bandejas.

¡El desayuno!, gritaron.

Nos tapamos con las sábanas como pudimos. Didac se lo tomó a risa, pero esta vez era yo el que los hubiera estrangulado. Pol se agachó y me dio un beso en la mejilla. Y mi hijo le siguió e hizo lo mismo.

Se me pasó la incomodidad. El primer beso de mi hijo.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 52ª entrada.

Orgullo.

Me gusta y me aterra.

Macizos, plumas, cuero, normalidad.

Algarabía. Fiesta.

Tantos años escondido. Tantos años apesadumbrado. Acojonado. El rechazo de mi familia.

Influido por las atrocidades que se decían de los homosexuales. Aunque sabía que eran patrañas. No lo podía evitar. Me afectaba. Me condicionaba. Pensaba en lo que pensaría la gente. A todos me los imaginaba como mis padres.

Escondiéndome para tener breves encuentros sexuales que ahora me avergüenzan. Por escondidos, por breves, por el engaño.

Desatendiendo a mis hijos.

Ahora es distinto.

Tanta gente que vive su vida con normalidad. A la vez, tantos otros que no la viven. Por miedo, por el entorno, porque como yo un día, se dejan influir por las cosas que dicen los intolerantes. Tienen miedo de sí mismos. No se gustan. No confían en ellos. No se quieren como son.

Me gusta por los que salen con desenfado y viven. Me aterra por los que lo miran a escondidas, pobres. Su vida frustrada. El tiempo pasa y no se puede recuperar el amor de los 16, de los 20, a los 40. ni el de los 40, a los 60.

Me ilusiona porque alguno puede decidirse al ver personas como ellas. No están solos. Hay muchos como ellos, como nosotros. Y lo mejor de todo es que cada uno puede vivir como quiera su homosexualidad. Puede ser de esta o de aquella forma. Puede casarse o no. Puede vivir la noche, o el día. De flor en flor, o una para siempre prendida en el ojal.

Deberíamos hacer algo especial por el Orgullo. Orgullo de ser. Le diré a Didac. Les diré a los chicos.

Todos.

Le diré a López, que me dirá que no, seguro.

Frente a la vergüenza, orgullo.

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Néstor G.

Calzoncillos para el Orgullo, por Rey.

Calzoncillos para el Orgullo, por Rey.

De nuevo esta semana dejo en manos de mi amigo Rey la selección de calzoncillos. Unas propuestas que son muy adecuadas para estas fechas, que siempre conviene ir bien vestido para el orgullo.

Que a lo mejor hace calor y hay que quitarse el resto de la ropa.

Que a lo mejor ligas y… unos calzoncillos sexis hacen mucho.

Hombres que visten calzoncillos. Para el orgullo.

Y yo mientras tanto, pienso si escribo algo al respecto. ¿Alguna idea?

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