La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 18.

– Tú bajas por este lado de la escalera, cuando suene la marcha. Y por el otro lado, bajará Ramiro. Os juntáis abajo y os dais un pico. Os miráis sonriendo y tal. Cara de merluzos enamorados. Luego miráis a la concurrencia, sonriendo, felices.

– Pura comedia – se quejó Jorge.

– Pues haz una buena interpretación. Abajo han 2384 invitados deseosos de que sea la mejor comedia del mundo. Y no te digo los periodístas que habrá, para que no te cagues por la pata abajo.

– No he visto a Carlos – Jorge a lo suyo, no hacía mucho caso a las instrucciones de los tres mosqueteros.

Óscar carraspeó y se hizo el loco.

– Óscar.

Sin respuesta.

– Óscar.

Fue a salir de la habitación.

– ¡¡Óscar!! o respondes o no bajo.

– Carlitos está enfadado. Piensa que no le quieres porque no le has hecho caso. Está muy triste. Dice que haces más caso al Presidente del Gobierno que a él.

– Porque no folla. Por eso está enfadado.

– Va, eso no es cierto del todo. Ayer se encontró de nuevo con el narrador.

– ¿Ya le ha engañado de nuevo? Pobre narrador.

– Dice que solo hablaron.

– ¿Mi hermano hablar? ¿Solo?

– Jorge, eres injusto – le espetó de repente el narrador desde el otro lado de la pantalla.

Jorge miró hacia la pantalla intentando ver al narrador. Al principio estaba un poco enfadado por la réplica del narrador. Pero poco a poco recapacitó y cambió su estado de ánimo.

– ¿No follásteis? – preguntó cauteloso.

– Eso es irrelevante. Eres injusto en lo de que no te quiere.

– Es cierto, me quiere.

– Estos días no ha hecho nada. No ha ido ni a baile. ¿Sabes que ha perdido un papel principal en el próximo estreno de la compañía? Y sabes que el baile es su vida. Lo ha dejado por ti, Jorge el camarero.

– Eso ha sido un golpe bajo, narrador.

– Díselo Óscar, yo me callo.

– El narrador tiene razón. No ha ido a ensayar, así que el director le ha quitado el puesto. Pòr eso y por no querer acostarse con él. Y eso que está de vicio.

– ¿No se habrá pillado de verdad del narrador?

Se quedaron todos callando a la espera de una respuesta del narrador. Pero van listos.

– Narrador, cobarde – picó Jorge. – Contesta.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Narrador, que ésta no es la historia de Carlos, sino la mía.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Pues hala, vamos a seguir con lo nuestro – dijo Manu para romper el silencio propiciado por la callada del narrador.

– Recuerda: “Somos muy felices”

– Joder, que no lo digo.

– Jorge, por favor.

– Somos muy felices – dijo a regañadientes.

– Así no cuela.

– ¡Somos muy felices! – ahora levantó la voz.

– No cuela chillar, sino sonreír.

Jorge puso su mejor sonrisa falsa.

– Esa no – le recriminó dulcemente Óscar, quizás demasiado dulcemente.

Jorge se conmovió con Óscar y puso su sonrisa de conquista. Manu y Fito se miraron preocupados compartiendo en silencio un ruido peligroso de tripas. “Este Óscar nos la lía, que sigue pillado por Jorge. Y como el Loca le ha dado plantón…”

– Esta está mejor. Ahora repite.

– Repito.

– No seas bobo. Repite “Somos muy felices”.

– Repito, somos muy felices.

– ¡¡Jorge, por favor!! – se quejó Fito desesperado de los nervios.

– Iros con Ramiro, ya me ocupo yo de Jorge.

Manu y Fito miraron con recelo a Óscar. “Qué nos la lía, que nos la lía, que se lían y lo que faltaba para que Ramiro nos cuelgue por los cataplines”. Sabían de su antigua aventura y no las tenían todas consigo de que de repente, Jorge se quitara el smoking y acabara en la cómoda rodeando con sus piernas el tronco de Óscar “¡Y qué tronco!” pensó Manu que estaba enamorado en secreto de Óscar y que había disfrutado a tope de sus sesiones de sexo desenfrenado y sin compromiso, solos o en compañía de otros. Los tres mosqueteros, sexo sin compromiso, alegría y diversión. Pero ¿qué pasaba si uno de los tres mosqueteros “sexo sin compromiso”, se pillaba de otro? Pues a callar y a joderse, Manu querido.

– Vamos. – apremió Óscar al ver que no se movían.

– Óscar, que me fugo. Que no puedo. – explotó Jorge cuando se quedaron solos.

– Jorge, que sí que puedes.

– Esto es …

– No es nada, Jorge.

– Me largo.

– Están Jimmy y Juan fuera.

– ¿Con el ariete? – preguntó con precaución.

– ¿Les has visto los brazos?

– Sí. Lo difícil es no verlos.

– Para apretarte los huevos no necesitan el ariete.

– No voy a poder fingir.

– No finges.

– Sí lo hago.

– No.

– No puedo decir eso.

– Claro que puedes, porque es la verdad. “Quiero a Ramiro, mi marido con todas mis fuerzas”

– No lo es – ya no mostraba tanta seguridad al hablar.

– Si, lo es. Lo quieres. Otra cosa es que estés enfadado con él.

– Pero eso va lo uno con lo otro.

– No, y lo sabes.

– Te quiero a ti.

– Mentira.

– Tú me quieres.

– Sí, pero no.

– Fuguémonos.

– No.

– Por fa.

– No.

– Podríamos haber sido felices.

– Ya.

– Vayámonos.

– No.

– Vas a bajar con tu mejor sonrisa. Estás muy guapo. Muy delgado. Pero sigues estando guapo. Te ha quedado el culo un poco fino.

– Y la cara. Tengo muchos ángulos.

– Eso en un par de semanas, lo recuperas.

– Va, da igual.

– Vamos. Repite: “Quiero mucho a mi marido”.

– Quiero mucho a mi marido.

– No ha sonado convincente.

– Joder.

– Repite: “Quiero… “

– Quiero mucho a mi marido.

– Lo que nos ha pasado nos ha unido más. Nadie nos podrá separar nunca.

– Pero tío, eso sí que es un poco mentira.

– Solo un poco. Y si os volvéis a juntar, no lo será.

De repente entró el secretario del secretario de Óscar el secretario.

– 127 cámaras de televisión, 287 micrófonos y 874 plumillas. De todo el mundo – el secretario del secretario de Óscar el secretario estaba excitado.

– ¿Cómo te llamas?

– Ignasi.

– Ignasi – le dijo muy serio Jorge el camarero – eso son minucias. Ya te irás acostumbrando, si no te da un ataque de tanta emoción.

– ¡Ah!

– ¿Qué tal hablas francés?

– ¿Eh?

– Que si practicas mucho el francés.

El secretario Ignasi miraba alternativamente a su jefe y a Jorge, el marido de su super-jefe.

– No se me da mal, gracias.

Cualquier observador hubiera podido jurar que al secretario del secretario de Óscar el secretario, a la sazón conocido por sus padres como Ignasi, le había crecido un ligero bulto en la entrepierna.

– Ignasi, ¿Has visto lo atractivo que es Óscar?

– ¡¡Jorge!! No es momento para juegos.

– Me pone mucho – dijo en un ataque de sinceridad, del que se arrepintió enseguida al ver la cara de asesino en serie que se le acababa de poner Óscar el secretario. Su color de cara subió 5 grados de rojo, hasta alcanzar un tono próximo a la fresa en plenitud.

– ¿Y si te lo montas con él ahí, en el armario? Un sitio íntimo, con morbo, y con Óscar el secretario entre tus brazos. – Jorge empleaba un tono de lo más sugerente.

– Eres un capullo. A ver como le saco yo ahora ahí fuera con ese bulto.

– Pues bájaselo.

– ¡¡Síiiiiiii!! – gritó esperanzado Ignasi, aunque se arrepintió, que la cara de Óscar no había mejorado y seguía pareciendo la de un asesino en serie.

– Óscar, Ignasi está muy guapo – insistió sugerente Jorge.

– Jorge, no tenemos tiempo.

– Tú ya has hecho tu trabajo.

– Jorge.

– Óscar.

– Jorge.

– ¿Ignasi?

– Sí, Jorge el camarero.

– ¿Quién soy?

– Jorge el camarero.

– ¿Y quién es mi marido?

– Ramiro el millonetis.

– Pues como un mandato especial de Ramiro el millonetis, te digo que te lances sobre el cuello de Óscar el secretario que lo hagas tuyo. Muéstrale de lo que eres capaz.

Miró de reojo a Óscar que miraba con los ojos desorbitados a Jorge el camarero.

– ¿De qué vas?

– ¡¡Vamos!! Que no tenemos todo el día – apremió Jorge.

Y Ignasi hizo un salto prodigioso, solo reservado a los grandes felinos de la estepa africana, con tanta precisión que su boca se juntó con la de Óscar a la primera. Y envolviendo con sus piernas la cintura de Óscar el secretario, lo fue dirigiendo hacia el enorme armario de la habitación en dónde estaban.

Óscar se resistió, pero solo los 0,005 segundos primeros. Después se dejó llevar porque a fin de cuentas le apetecía un polvo que, con la espantada de Locatis, se había quedado a dos velas. Y para que negarlo, el tal Ignasi era un ejemplar de hombre muy atractivo. Y era rubio, con lo que le ponían los rubios, aunque ya no se acordaba del último que tuvo como partenaire. Y en ese momento tampoco se acordaba de la plaga de rubios malos, malos, que había asolado su vida apenas unas semanas antes y su juramento en silencio y para sí mismo, de no juntarse con ningún rubio, por si las moscas.

Jorge el camarero se colocó la pajarita y fue hacia la puerta.

– Adiós, Óscar.

– Jorge, no hagas tonterías – recomendó Óscar el secretario a Jorge el camarero, apartando por un momento su boca de la de Ignasi, que todo sea dicho besaba que era un primor.

– Me fugo.

Abrió la puerta y se encontró con Juan y Jimmy, en lugar de vestidos con su traje de asalto, con un perfecto smoking aunque estaban un poco justos y sus músculos amenazaban con hacer saltar las costuras en cualquier momento.

– Te acompañamos a la escalera – y pusieron su mejor sonrisa de anuncio de dentífrico.

– ¡Ah!

Se sonrieron los tres.

– ¿No hay más remedio?

– Es un caso de emergencia nacional.

– Vale.

Y Jimmy hizo una serie de estiramientos con las manos, como si no quiere la cosa. Unos movimientos que parecían destinados a sus partes pudendas.

– ¿Te mola apretar huevos?

– Disfruta como un enano – contestó Juan – A veces me cuesta refrenarlo.

– Agggg.

Es la voz de Óscar.

– He encontrado un nuevo novio – dijo de forma enigmática Jorge.

– Me alegro por él.

– Ya, yo también – dijo resignado Jorge que veía que su estratagema para escaparse había fracasado estrepitosamente.

– Te escoltamos hasta el punto de salida. Te están esperando.

– Vale. Pero no hace falta. No os molestéis. Me se el camino – sonrisa embaucadora.

– No es molestia. Y sabes que nos encantas. Eres nuestro protegido preferido. Juan está deseando cogerte los huevos. Sueña con ello desde que le rechazaste una noche loca de hace dos años. – Jimmy sonreía y Juan no tanto – Nos han dicho que debes sonreír.

Jorge sonrió de aquella forma. Pensaba en la afirmación de Jimmy. “Creo que me acordaría si un tío como Juan me hubiera entrado”. “¿De verdad me tiene ganas?”. “Joder, en esa manaza, mis huevos no tienen ningún futuro”. “Los dos me tienen ganas. Que por turnos el uno y el otro alaban las ganas que tiene el otro de machacarmelos a la menor ocasión; pero que vamos que si se tercia, hacemos un trío y así superamos el pasado”. Los miró alternativamente a los ojos, escrutando, penetrando en sus mentes. “Si en el fondo me quieren, pero de deshuevan, fijo”.

Jimmy volvió con sus ejercicios de manos. Jorge mejoró mucho su sonrisa. “Es mejor rendirse, lo tengo crudo”.

– Así mejor – aprobó Juan empujando delicadamente a Jorge hacia su destino.

– La suerte está echada – dijo Jimmy. – Lo iba a decir en latín pero no me acuerdo.

– Alea iacta est – apuntó Jorge.

Diario de un hombre sin nada que contar. 44ª entrada.

Ahora recuerdo con humor cuando conocí a Luis.

Iba con López.

De ligue.

Él me picaba para salir. Se tomaba dos copas y eso le desinhibía. Luego él se lanzaba al cuello de cualquiera. Hacía que hacía, se retiraba y luego contaba actividades increíbles. Como los cazadores.

Siempre hacía lo mismo.

Ahí me quedaba solo. Mirando. Unas veces acababa acompañado. Otras no.

Ese día, después de una racha triste, salimos. López desapareció. Y casi a la vez, apareció Luis. Apuesto, joven, insultantemente joven. Castaño claro. Ojos también claros, sin ser azules, sin ser verdes, sin ser grises, ni marrones. Pero penetrantes. Un poco más alto que yo. Un cuerpo agradable, trabajado en algún deporte. Ese día llevaba una medio melena que luego se ha recortado. Con una pose elegante, sin ser altiva. Barba de unos días.

Se acercó insinuante. Me recordó a alguna película de ligoteo. Me miraba fijo.

Empezamos a hablar.

Yo Luis, yo Néstor. Bonito nombre. Raro.

Y de repente dijo:

¿No serás el padre de Antonio G.?

Disimulé perfectamente cuando negué.

Insistió.

Volví a negar.

Pues te pareces.

Ah, pues no sé.

¿Y de qué conoces a ese Antonio G.? Pregunté a mi vez al cabo de otras 3 negaciones.

Porque nos liamos varias veces. Compañero de insti. Fue hace tiempo.

Ahí no disimulé tan bien. Él lo notó. Sonrió pero no dijo nada. Fui yo el que me descubrí:

Es mi hijo, sí.

Ya lo sabía. Te conozco de vista.

¿Por eso has venido a ligar conmigo? ¿Por tirarte al padre de un compañero de insti?

Eso es un plus. Me molas. Soy más sencillo.

Acabamos la copa. Invitó él. Me cogió de la mano, tiró de mí. Acabamos en su apartamento, a un par de calles del bar.

Lo pasamos bien. Fue intenso. Gritamos. Sudamos. Sexo animal.

No hice caso a los wasap de López.

No hice caso a la luz del amanecer que entraba por la ventana.

No hice caso a que Luis hubiera follado con mi hijo Antonio.

No hice caso a mis remordimientos por no conocer en absoluto a mis hijos.

Me fui de su casa sin despedirme. Un polvo más. Uno de una noche. O eso pensaba. Porque Luis se apareció en el trabajo al cabo de unos días.

Fue un vermuth torero y un polvo torero.

Ahí empezamos a follar de vez en cuando.

Hasta hoy.

Hasta hoy que, después de meditar sobre nuestros actos de amor en los últimos encuentros, ha decidido poner tierra de por medio, e irse a trabajar a Oslo.

Oslo.

Se le van a helar las pelotas.

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Néstor G.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 17.

– Joder, está todo por hacer. No tenemos nada, ni a los anfitriones. No se puede preparar una recepción de esa envergadura en 3 días, Óscar.

– Nosotros podemos.

– Sí, una mierda. Cuatro Reyes. Dieciseis Presidentes de gobierno, treinta Primeros Ministros y treinta y cuatro ministros. Cuarenta y ocho secretarios de estado, alcaldes, presidentes de comunidad, ricachones y proletarios. Todos juntos y todos dispuestos a hablar con todos. Escritores y pintores varios, actores y directores. Hasta viene Ernesto el escritor y sus hijos y Adri Kilmer, el famoso porno star y su pareja, que para mí son más VIP que todos los anteriores, todo sea dicho.

– Y encima, la excusa es una pareja de casi recién casados que llevan 15 días separados. Y uno de los cónyuges, por cierto, no sabe que dentro de dos días, saludará al Presidente de Estados Unidos como el maridito de Ramiro el millonetis. Es más, a ver quién es el listo que va a convencerlo con la mínima posibilidad de que no le salte los ojos con un sacaojos.

– ¿Sacaojos?

– No se me ocurría otra cosa – dijo Fito mesándose la cabeza, que el cabello no, que se había rapado al cero después de la operación Rusia.

– ¿Quién va a ir a convencer a Jorge?

– Yo no, desde luego. Amo a mis ojos – explicó Fito.

– Pues habrá que hacerlo cuanto antes. Con lo de la droga, ha adelgazado un huevo y el smoking no le sentará bien.

– Ni los calzoncillos rotos.

– Por favor, dejemos las frivolidades. El juego de los calzoncillos rotos es historia. Fue divertido mientras duró.

Llegó el jefe de protocolo del Gobierno de la nación. Y el de la comunidad autónoma. Y llegó el de la embajada de USA. Y el de la embajada de Inglaterra, que su Primer Ministro se había apuntado, para saludar a la pareja de moda, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. También hicieron acto de presencia el de la Unión Europea y el de la República Francesa. Y el de la italiana. Y el de Mónaco, que el Príncipe también asistía, eso sí, sin novio ni esposa.

En realidad todo era una excusa para tratar el tema del ataque a Ramiro el millonetis en suelo ruso y las implicaciones políticas que eso conllevaba. Alta política de la buena. Los de protocolo sentaban las bases de convivencia. O sea, se pegaban ellos primero; que si mi Presidente a la derecha, que si el mío en la cabecera, que si nos sentamos, que si de pie, que no, que el mío es bajito, pues el mío es alto, que si el mío es gordo, que si tal, que si cual… el mí saluda antes a Ramiro, no el mío, pues el mío lo hace con Jorge el camarero, pues el mío va antes al servicio, pues… que si tal, y cual y vuelta al tal.

Su separación había sido silenciada absolutamente. Algún periodista se había olido algo raro, pero le habían dado una exclusiva sobre la búsqueda de Enrique, el oledor de sobacos y nombrado intrigante mayor del Reino.

– Viene el Rey – anunció de repente Manu, colgando el teléfono.

– Uno más. La reunión de los de protocolo puede pasar a los anales del boxeo.

Ramiro el millonetis estaba en su habitación. Solo miraba por la ventana.

– Ramiro, debes ir a la oficina. Hay multitud de cosas que debes decidir.

– Suspende todo. Di la verdad: he engañado a mi marido y éste me ha dejado.

– No digas sandeces.

– No va a ir.

– Déjalo de mi cuenta. Vamos, vístete.

– No Óscar. Esta vez no me vas a convencer. Estoy desolado, hundido – e hizo un gesto dramático de lo más teatral llevándose la mano a la frente y mirando al cielo.

– Debes decidir… todo va a ir adelante.

– Hazlo tú. No tengo cuerpo.

– Pero yo no sé…

– Lo harás bien. Los tres mosqueteros sois invencibles.

– Ramiro.

Pero éste cerró los ojos y se puso el auricular para escuchar por enésima vez el Requiem de Mozart.

Óscar montó en el coche y se fue a ver a Jorge el camarero, que había alquilado un apartamento en el centro para él solo. Apartamento que apenas abandonaba. Carlitos le llevaba comida una vez al día, que apenas probaba.

– Jorge, abre la puerta.

– Jorge. – insistió al cabo de cinco minutos sin respuesta.

– Joder, deja de aporrear la puerta. ¿No entiendes que no quiere verte? – gritó un vecino que quería dormir un poco.

Óscar respiró hondo y se fue.

Jorge estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Miraba al frente, pero sin ver nada. Tampoco había nada que ver, que enfrente solo había una pared desnuda, matizada de vez en cuando por desconchones debidos sin duda a los niños de el anterior inquilino.

– Eran unas bestias – le dijo el dueño del piso.

– Puedes pintar la casa, si quieres, te dejo – le comentó magnánimo.

Jorge asintió despacio, empujando al dueño fuera de su casa. Solo quería quedarse solo y en silencio. “Las paredes las va a pintar Santa Rita, no te jode”.

Lo del silencio, a los cinco minutos, se dio cuenta de que era una quimera. Se escuchaba todo lo que pasaba en los pisos de arriba y abajo. No eran precisamente silenciosos los habitantes de esa casa. Pero en realidad, como le importaba una mierda lo que los demás hicieran, pues no le molestaba en exceso, salvo cuando el niño de tres pisos más arriba, se ponía frenético a chillar a las 4 de la mañana y nadie en esa familia parecía saber que hacer con la criatura para que se callara. Luego empezaban a despertarse el resto de los vecinos y unos a despotricar contra los padres, otros llamaban a Herodes, y otros requerían la presencia de un médico para que le aplicara la eutanasia a ese niño. Al final, llevaban los defensores del aborto a ultranza y se preguntaban por qué no abortaron los padres de los padres de la criatura, que al fin y al cabo, eran los culpables de todo.

– Los padres al paredón.

– Repitamos los fusilamientos del dos de mayo, aunque sea 3 de marzo.

Los días pasaban sin nada reseñable. Carlos llegaba sobre las dos con unos taper de comida. Intentaba charlar con su hermano, pero como éste le daba tan poca coba, se iba echando leches. Le desesperaba la actitud de Jorge. Y no soportaba verlo así. No sabía que hacer y eso le desesperaba más si cabe. Y encima, había vuelto a la sequía sexual. El chico de la matrona había desaparecido y nadie había llegado para sustituirlo. Y el narrador estaba ofendido con él, justamente ofendido, reconocía para sí Carlitos, y ya no le daba coba. Y encima le hacía parecer como un pasota en el relato, así que procuraba no enfadarlo más, no fuera a ser que lo convirtiera en un asesino a sueldo, en cómplice de Enrique el oledor de sobacos o algo peor. “En amante de Putin, no será capaz”.

Tenemos a Ramiro en su habitación, escuchando al Requiem de Mozart a todas horas y mirando por la ventana.

Tenemos por otro lado a Jorge, tirado en el suelo, mirando la pared de enfrente, sin música ni nada que hacer. Nos informan los servicios secretos que lo más apasionante que pasa son los pedos que se tira el vecino del 5º, que se oyen en todo el edificio.

– ¿Y huelen?

– No me han informado al respecto.

Tenemos a los tres mosqueteros organizando una recepción con los mandamases mundiales, que querían venir a postrarse ante los novios del siglo. Novios que ya no lo eran. Aunque eso era el secreto mejor guardado del reino. Qué digo del reino, de universo. Las escuchas de los servicios secretos estaban atentos a cualquier dicho al respecto, para atajarlo en cuanto se produjera. Eran tantos los intereses económicos y políticos de esa reunión, que la excusa para celebrarse no podía evaporarse. Los rusos estaban maquinando para que alguno de los representantes político se borraran del evento. Pero todos querían presenciar el amor incondicional que había traspasado fronteras entre Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

– El presidente de USA se queda a dormir el en casoplón de Ramiro.

– No, eso no puede ser.

– Ramiro les invitó en su entrevista en la Casa Blanca.

– Joder, que marrón . Eso sí que no podemos disimularlo. Jorge no va a volver a la casa, ni de coña. Y sin sus famosas sesiones de sexo…

– ¿Y si les pedimos a los de la radio del obispo la grabación aquella que hicieron para animar a la cópula y la procreación?

Óscar suspiró.

– ¿Y si los drogamos con la droga de la sonrisa tonta?

– Sí, no te jode. Mira como están con su última dosis de droga.

– Ufffffff. Mejor ni tocar.

Todo iba adelante. Todo estaba casi perfilado y preparado. Javi el policía se encargaba de organizar la seguridad. El mismísimo ministro del interior había delegado en él.

– Confío en tí, Javi el policía. Eres joven pero con una intuición de campeonato. Llevas sangre de policía y cabeza de policía.

– Y Javi el policía se rascó suavemente encima de la oreja, rezando mentalmente porque ese marrón no se convirtiera en un barullo capaz de sepultarlo de por vida.

Y por fin llegó el día de la recepción.

Quedaban tres horas.

Por la puerta de la casa de Jorge habían pasado todos los que podrían haber convencido de algo a Jorge. Hasta encomendaron al subdirector del banco a que fuera, por ver si el asco que le producía, lo hacía reaccionar. Pero nada. Locatis organizó un numerito en la escalera, sin ningún resultado. Óscar se pasó cada dos horas, por ver si lo pillaba en un momento bajo de defensas. Carlitos hizo guardia en el rellano, pero sin atreverse a entrar más que la visita de la comida, pero nada. Y Jorge seguía sin casi probar bocado.

Al final Óscar tuvo una idea. Desesperada, pero idea.

– Vamos a ello.

– Los GEO tomaron el edificio. Dos corpulentos hombretones echaron la puerta abajo.

Jorge el camarero, los miró con indiferencia.

– Hola Jimmy y Juan. ¿Cómo estáis?

– Jorge el camarero, no nos gusta verte así. Nos jode que te salváramos la vida para esto.

– La vida es así de cruel.

En un plis plas revisaron la casa. Javi el policía entró entonces para dar el visto bueno. Y detrás, llegó el presidente del Gobierno.

– Jorge el camarero.

– Presi, que honor. No soy un buen anfitrión, ya me perdonarás.

El presidente del gobierno entró despacio y se sentó en el suelo al lado de Jorge el camarero. Su asistente vino a la carrera detrás, con unas bolsas de comida.

– Quería comer una hamburguesa a gusto, y me he dicho: voy a ver a Jorge el camarero. Me he comido las mejores hamburguesas en tu compañía.

– ¿Quiere ligar conmigo?

– Ya me gustaría, pero ya sabes que lo mío es la discreción y las saunas.

– Así que eras tú.

– Pero no lo digas a nadie.

– Ten te he traído tu burguer con queso y beicon.

– De verdad…

– No seas así, que no me gusta comer solo. Y el ministro de sanidad no me deja comer estas cosas. Así que ya que me escaqueado, acompáñame.

– Está bien. Pero no le voy a votar, que conste.

– Ni falta que hace. Comamos una burguer y dejemos los votos para otro momento.

Y empezaron a comer. Se pasaron los sobres de ketchup y hablaron de esto y aquello. Se pasaron los sobres de mostaza y rieron sobre aquella vez que el Presidente se pegó un traspiés que dio con sus morros en el suelo.

– Te juro que me sentí ridículo, todo el mundo mirando, las cámaras grabando. Al día siguiente en el Congreso pedían mi dimisión por patoso.

– Me acuerdo que saliste en todas las noticias.

– Mi mujer me hizo la prueba de alcoholemia al llegar a Palacio. ¿Tu te crees?

– ¿Y habías bebido?

– Qué va. Si no bebo nada.

Y bla, bla, bla.

Óscar en el rellano, señalando el reloj disimuladamente.

El Presidente asiente.

– Debo pedirte algo, querido amigo.

– ¿El voto?

– Eso ya te he dicho que te lo perdono. De momento.

– A ver. – dijo resignado.

– Necesito que vengas a una recepción y que hagas de marido feliz de Ramiro. El mundo te necesita.

– Eso no es posible. Ramiro…

– Ya sé la historia, Jorge el camarero. Y lo siento. Porque me caes bien y quieres con locura a Ramiro, lo sé.

– Pero no puedo renunciar a mi orgullo, a…

– Yo renuncio todos los días a un montón de cosas, incluido mi orgullo. Anda que no tengo que dar mi brazo a torcer, y eso que dicen que mando en la nación. Y se ríen de mí y me engañan, y yo engaño. Es la vida.

– Tú eres político.

– De momento. Mañana vete tú a saber. Pero te necesito. Es la puta verdad. Ramiro y tú sois la razón por la que tanta gente ha dicho que venía a la reunión. Porque además sois los damnificados por aquella operación de la mafia y de los servicios secretos rusos. Todos vienen para saludaros y daros un abrazo y las gracias.

– Ramiro no va a querer.

– De Ramiro ya me ocupo yo. Te necesito de mi lado.

– ¡¡Qué alguien cierre la puerta joder!! – gritó el vecino del cuarto – A ver quien paga luego la factura del gas.

– ¡¡Cállate majadero!!

– ¿Como puedes aguantar…?

– Huy, tranquilo presi – el Presidente miraba asustado hacia la escalera – es mucho peor otros días. Hoy porque hay mucha policía y muchos estarán escondidos debajo de la cama, rezando porque no haya un registro y le pillen el costo.

– ¿Vamos Jorge el camarero? Estoy en tus manos. Van a ir amigos tuyos, Ernesto el escritor, con Arturo y Tomás. Adri Kilmer. Tu hermano Carlitos. Alex Monner. Pablo Rivero.

– Vale acepto. Pero mañana me dejas invitarte a otra hamburguesa en nuestro burguer preferido.

– Hecho. Tú y yo solos.

El Presidente se levantó e hizo una señal a Óscar el secretario.

Y en un plis plas, entraron maquilladores, manicuras, sastres, con una remesa de calzoncillos rotos y unos cuantos smoking para vestir a “novio Jorge”.

– Joder, Óscar. No, esto no.

El Presidente sonrió.

– El protocolo, ya sabes. Las cámaras de televisión, y un chico guapo como tú que tiene que lucir sus atractivos.

El Presiente levantó las manos y todo el mundo se paró. Se acercó a Jorge el camarero y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias.

Jorge el camarero sonrió.

Y todo el mundo volvió a ponerse en marcha.

– ¡¡¡Óscar!!! Hay un tío que se ha metido en la ducha conmigo. Me dice que me frota la espalda.

Óscar se sonrió.

– ¿Quieres que vaya yo?

– Joder, no, que tú seguro que me violas por los viejos tiempos.

– Pues no te quejes.

– ¡¡¡Óscar!!! ¡¡Qué estoy en los huesos!! ¡¡¡Joder!!! No puedo ir así a la recepción. ¿Quién se ha quedado mis carnes? Llama a la policía para que las busque.

– ¿Llamo a los armarios, esos amigos? Recuerdo que te serenan el ánimo.

– Ya están ahí Jimmy y Juan, los GEO del ariete. Esos son peores.

– Aquí estamos, para lo que gustéis – contestaron sonriendo.

– Ni se te ocurra. ¡¡Joder!! Que me está frotando el culo.

Elevó la mirada al cielo, agradeciéndole la vuelta de las quejas continuas de Jorge el camarero.

– ¡Hay esperanza! Ahora solo ayúdame a organizar un plan para que esos dos bobos se junten de nuevo y nos den una serenata esta noche. Si me das ese deseo, te prometo que … no sé que prometerte… ya se me ocurrirá algo.