Lo recuerdo sentado, en el parque.

Lo recuerdo sentado, en el parque, mirando a cualquier parte, sin esperanza, casi sin vida. Me sentaba en un banco enfrente del que solía utilizar él. Me llamó la atención porque me parecía incomprensible que un hombre tan joven como él pareciera tan… viejo. Sin esperanza. Sin vida en su mirada.

Me hubiera gustado acercarme a él y decirle: “Tío, eres bobo; vive, joder.” Tienes la vida por delante. Si te has tropezado, levántate. No hay nada en la vida que merezca la pena tanto como para hundirte de esa manera.

No me atreví. Recuerdo que un día hablamos brevemente. Fue por casualidad. Nos tropezamos y no nos quedó más remedio. Tenía una voz cálida, embriagadora, que me enamoró. No tengo noción de lo que comentamos. Nada. Ni un mísero recuerdo. Pero tengo grabado en mi memoria cada cadencia, la música de sus palabras. Podría reconocer su voz en cualquier sitio.

Los días siguientes a aquel del tropezón, fue como siempre. Quizás un movimiento por su parte, un ligero movimiento de cabeza. Un esbozo casi imperceptible de sonrisa. Un segundo, cuando uno o el otro llegaba el último a su posición.

Me recordó a una historia que leí una vez en un blog. Se trataba de que dos desconocidos celebraban el cumpleaños de uno de ellos en el parque. Se habían enamorado. Me enterneció esa historia. Era muy triste y tan esperanzadora a la vez…

Así que, cuando me enteré de su muerte, no me extrañó. Pensé inmediatamente que se había quitado la vida. Por su propia mano o por simple dejadez. Dejarte helar de frío, dejarte atropellar por un coche, dejarte caer por un desnivel.

Estoy muy confuso sobre lo que pasó a continuación. Las cuidadoras de los niños hablaban, los jubilados cuchicheaban, los pájaros observaban desde las ramas de los árboles. Los jardineros miraban desde una distancia prudencial, sin saber muy bien si seguir con sus labores de poda y segado del césped o por el contrario, desaparecer para no verse comprometidos por la investigación de la policía. Porque la policía estaba en el parque.

Quizás no se ha suicidado, pensé en algún momento. No por dejadez ni por su propia mano, empuñando un revolver del 9 milímetros. ¿O era una automática? ¿Cuál es mejor? Me fijaré más cuando vea series policíacas. Es una opción que fuera asesinado. Tanto revuelo si no… no tenía sentido.

Un joven apuesto, con pantalones vaqueros y una sudadera amarilla con la leyenda: “Texas Rancho”, en letras como muy americanas, se sentó a mi lado. Llevaba una medio melena de un castaño claro, sin llegar a ser rubio. Ojos incalificables, de un color indefinido, aunque pudiera ser que fuera producto de que me hechizaron en cuando nuestras miradas se cruzaron y no fui capaz de ver nada. Solo sentí su mirada y lo deseé de inmediato. Como un día deseé al chico del banco de enfrente. Posiblemente fuera porque era joven, guapo, y yo hacía tanto que no ligaba, que no me encontraba con alguien con quien partir piñas, o piñones, o lo que fuera, o simplemente irnos a la cama, o como dice mi amigo Reynaldo: te hace falta un polvo. Así, simplemente, un polvo. Un polvo.

Así que me imaginé de inmediato follando detrás de un seto cercano con ese chico que se había sentado a mi lado y que, ahora me fijaba, llevaba un bulto en la cadera. No era que me hubiera equivocado al situar el bulto, sino que era otro bulto, no el que hubiera sido de vital importancia en el caso que que hubiera sido cierta mi ensoñación y hubiéramos acabado detrás de los setos, bajo la atenta mirada de los jardineros que se habían refugiado en un recodo cercano, con sus azadas y segadoras a mano, por si le daba por aparecer al encargado. Eso era poco probable, porque el susodicho estaba retozando en una habitación cercana con la señora del panadero, de la que estaba enamorado desde el instituto, aunque ninguno de ellos se diera cuenta hasta que el uno se casó con la señora Martina y tuvieran trillizos y la mujer del panadero se casara con el panadero y tuviera dos niños y dos niñas, por parejas, para que la guerra de sexos en la familia estuviera equilibrada. Aunque al panadero, algunos le había tachado de un poco afeminado y alguno lo seguía diciendo, aunque estuviera casado con una señora imponente y tuviera cuatro churumbeles, que de alguna forma se habían concebido, digo yo.

Me fije (Un poco más, que ya me había fijado en muchas cosas de él) en que el chico sentado en mi banco, al lado del bulto de la cadera, que era un pistolón del 22 por lo menos, llevaba una esposas. Quise imaginarme que eran para tener a mano un utensilio para practicar un juego erótico, pero abrió la boca y supe que solo era un policía que estaba interrogando a todo el mundo, hasta a una colonia de grillos que habitaban al lado de la fuente del ángel enfadado, porque al autor de la misma le había salido su cara con unos morros, que ni la señora de la tienda de ultramarinos del barrio cuando su marido llegaba a las tantas oliendo a vino barato. “Si al menos fuera buen vino”, se decía ella.

– ¿Conocía al hombre que se sentaba ahí? – me preguntó con voz dulce, con una cadencia lenta, casi embriagadora.

Me quedé mirándolo unos instantes, en silencio. Valoraba la respuesta. Conocer, conocer, no. de vista, sí. Conocer de intimar, no. De hablar, no. De mirarlo, sí. De intentar penetrar su mente, también. De seguirlo a hurtadillas algún día, con la esperanza de que lo que decía mi amigo Reynaldo sobre lo de que “necesitaba un polvo”, se solucionara, pues sí. Incluso en alguna ensoñación sí había ocurrido. Pero eso no se lo iba a contar al policía del pistolón en la cadera, cuyos ojos seguro conseguían lo que quisieran de quien deseara, madre mía, que mirada.

– De vista – contesté rotundo, seco, sin esperanza. Me había dado cuenta de que el policía era inalcanzable para mí. Como el chico del banco de enfrente, ahora asesinado vilmente. – ¿Por qué lo pregunta?

– No sabemos que ha sido de él – dijo mirando para otro lado, como si dejara caer un pañuelo cual damisela del siglo XVIII.

Estuve tentado de recogerlo del suelo y tendérselo. Pero no me atreví. Por contra, contesté de forma lo más impersonal posible:

– Lamento no poder ayudarle, agente.

El policía se levantó sin decir nada más. Ni siquiera se giró para despedirse. Ni un gesto con la cabeza, o con la mano. Nada. Fue hacia el banco dónde se colocaba el chico del banco, redundemos, vaya que si. Creí que se pararía a recoger pruebas o algo. Pero no. siguió adelante, caminando despacio. Me quedé observándolo, hipnotizado por el movimiento de su culo. Ya lo sé, es poco poético, es poco… no sé definirlo. Es poco todo, ya lo sé. Pero es la verdad.

Cuando le perdí de vista, me quedé triste y cabizbajo, mirando al suelo. Entonces lo vi, un papel de color amarillo chillón. ¡No era un pañuelo! Un post-it. Me agaché intrigado, estaba seguro que no estaba allí antes. A mí me había parecido un pañuelo. Habrá sido magia y se ha convertido en un post-it. Lo desdoblé y allí, apareció un teléfono: 555-5564930

Me pareció intrigante. Un teléfono en un post-it a mis pies, en el parque, en mi banco, en dónde se había sentado hasta hacía bien poco el policía cuyo caminar había seguido, mientras me imaginaba una serie de actos impuros a desarrollarse entre sus piernas y brazos, con su lengua muy protagonista, y con la mía con igual papel principal. Y nuestros miembros alegres y cantarines, dispuestos a darlo todo por la paz de espíritu.

No me lo pensé. O sí, pero poco. Saqué mi teléfono y marqué. Las cuidadoras de los infantes me miraban de reojo. Cuchicheaban. Siempre lo hacían cuando sacaba mi teléfono. Parecía que estaban muy interesadas en mis conversaciones. Sobre todo desde aquel día que me llamó un bromista fingiendo ser mi novio caliente y tuvimos un encuentro sexual telefónico. No, no me toqué, era consiente que estaba en público. Lo que pasaba es que, con la emoción que le pusimos al tema, subí el volumen de mi voz, sin percatarme del tema. Con lo que las cuidadoras habituales de los niños habituales del parque, sintieron algunos gemidos de placer y alguna que otra expresión procaz.

No tardó en contestar.

– Sígueme – dijo antes de colgar con la misma rapidez que había contestado.

Salí disparado. Como un resorte. Las cuidadores meneaban la cabeza de lado a lado, como si supieran. “¿Supieran el qué?” Pensé de repente. Pero lo medité escasamente un par de segundos. Mi preocupación era alcanzar el punto en donde había perdido de vista al chico del bulto, por ver si desde ese punto veía por dónde había seguido. Llegué y paré. Miré en todas direcciones. Recibí un mensaje: “a la derecha”.

Fui a la derecha.

Otra encrucijada de caminos. “de frente”.

Seguí de frente.

Al pasar por unos setos altos, agitado, mirando a todos sitios, buscando la cadencia de los lóbulos del culo de policía de mirada hipnótica, una mano tiró de mí. Fui a gritar, de la sorpresa, pero su mano tapó mi boca. Su pistola me apuntaba a la sien.

– Cuidadito y en silencio – me susurró con los ojos muy abiertos.

Me empujó al suelo y me arrastró hasta un árbol. Me hizo abrazarlo y me esposó mirando al cielo. Sin mediar palabra me arrancó el calzado, los calcetines y mis pantalones. Arrancó mis calzoncillos. Tuve un pensamiento absurdo en ese momento: menos mal que no eran de los nuevos, que me había comprado la semana anterior. Buscó mi boca con la suya y me dio un soberano beso.

No recuerdo todo lo que me hizo. Sé que me puso de medio lado, que me subió la camisa y el jersey. Que me lamió todo el cuerpo, con prisa, sin pausa. Que me puse a cien, joder. Que luego sentí su miembro dentro de mí y que se corrió casi enseguida. Que luego cogió mi pene y se lo metió en su boca y que yo no pude aguantar mucho más que él. Recuerdo que me besó de nuevo, aunque prefiero no entrar en detalles, ya me entiendes.

Quedé exhausto y feliz. Estuve un rato con los ojos cerrados. Sentí como me liberaba de las esposas y se iba, sin decir nada. Abrí los ojos y vi a los jardineros mirándome. Juraría que uno de ellos se pasaba la lengua por sus labios, con ganas de acercarse y seguir la fiesta. Pero su compañero tiró de él y se fueron. Al menos no veía a ninguna de las niñeras habituales del parque.

Me vestí despacio. La camisa estaba pegajosa, seguramente de la resina del árbol. Mis pantalones, manchados de verdín. No encontré mis calzoncillos ni mis calcetines.

Salí al camino. Una señora me miró con gesto serio. Un ligero movimiento de cejas dirigido a mi cabeza, me hizo pasarme la mano por el pelo y quitarme las briznas de hierba que había en él. Miré mi reloj y me apresuré: había quedado a comer.

Corrí para llegar a tiempo.

Allí estaba, en nuestra cafetería de siempre. Me senté apresurado, sin apenas saludar. Me disculpé torpemente.

– No me das un beso – preguntó.

– Sí, dije sonriendo, tímido.

Nos trajeron los platos del día. Pedimos. Hablamos del trabajo, de la mañana, de la noche anterior. De repente, Timi me tendió la mano cerrada.

– Amor, me traje esto por error.

Recogí lo que me tendía. Eran mis calzoncillos viejos. Y mis calcetines. Solo sentirlos en mi mano, me hizo ponerme caliente de nuevo.

– ¿Y si la próxima lo hacemos en los servicios de aquí? – me propuso juguetón.

– Vale. Si te traes la pistola, que me ha puesto a cien.

– La traeré. Y probarás una cosa que se me ha ocurrido mientras venía hacia aquí.

Nos trajeron la comida. Comimos y hablamos. Aunque sé que él de vez en cuando pensaba en nuestra próxima aventura, como yo. Llevábamos 8 años juntos, y todavía no nos habíamos aburrido nunca.

Anuncios

Orgullo, Orgullo.

Orgullo, orgullo.

La de veces que habré escrito sobre ello.

Lo de la fiesta, lo del desfile, lo de las reivindicaciones versus jolgorio, los cuerpos mostrándose, el cuero y los taconazos.

El dinero, la mercantilización de todo ello.

La imagen que da de un colectivo que es tan diverso como la sociedad. Que si la pluma, que si no pluma, que si eres más gay o menos gay, o que si eres así es como si no fueras gay y si eres asá, pues ni idea de lo que eres, y tal y cual.

El otro día vi un trozo de un documental. Seguía la historia de unas personas y su interacción con la manifestación-desfile de Madrid. Una pareja de chicos rusos, una chica ugandesa.

Eso es lo que se nos olvida a veces. Lo que supone para algunos-algunas que en sus vidas normales no pueden vivir su vida. Que son lo que son y no pueden mostrarlo. Por miedo a los demás, pero también por miedo a sí mismos.

Mirad. Verlos disfrutar de la música subidos a una carroza. Verlos mirar con los ojos muy abiertos a todo ese gentío que sin conocerlos los aplaudían. Verlos mostrar una pancarta en ruso y que la gente, sin saber lo que ponía, los apoyaba, los acompañaba era emocionante. Era emocionante verlos a ellos emocionados. La chica ugandesa se reía un poco porque decía que no entendía nada de lo que decían, ellos solo hablaban ruso, pero que los veía tan enamorados, tan tiernos… y decía una cosa: ¿Cómo ante esa muestra de amor tan verdadero, se puede mirar a otro lado?

Para esas personas ese desfile de Madrid no era un desfile, ni era una manifestación. Era la demostración palpable, de que había gente que los quería, que no los rechazaba por como eran. Se sentían emocionados. Miraban a la gente con los ojos muy abiertos, apenas conteniendo las lágrimas. No eran bichos raros, eran muchos los que eran como ellos, los que son como ellos. Su amor tenía sentido y su forma de ser, que seguro en algún momento sintieron que era anormal, rara, casi única, no era cierto. No están solos.

Lo que pasa es que al día siguiente volverían a Rusia.

Y esa chica ugandesa, emocionada por sus nuevos amigos rusos, aunque no lograba entender casi nada de lo que decían, miraba al futuro. Sabía que para ella, en su país no había un futuro cercano, pero creía que quizás para sus hijos, si hubiera esperanzas.

Eso es lo que significa para muchos los grandes desfiles, las carrozas, la música atronadora, los torsos desnudos.

Esa gran manifestación madrileña, como la de Nueva York o San Francisco, o esas otras grandes manifestaciones en ciudades emblemáticas, nos hacen olvidar que el día del Orgullo es el 28 de junio. Aunque debería ser todos los días. Aunque como esos chicos del documental atestiguan, para ellos es el día de la manifestación.

Esos protagonistas de hoy son de fuera. No olvidemos la cantidad de personas aquí, hoy, jóvenes y mayores, que no se atreven a vivir. Que tienen miedo de los demás y de ellos mismos. Así que mi reflexión de este año, mi voto es por la continuación de la fiesta orgullosa.

El Mundial de Rusia.

Empezó el mundial.

¿Qué mundial?

El de fútbol, hombre. Menuda pregunta también la tuya. El de Neymar, Messi, Piqué y Lopetegui. Y el de Hierro, también.

Muchos hombres atractivos sobre el campo. Podríamos hacer una clasificación de los más atractivos. Si eso me decís vuestras preferencias. Al final del mundial, nombramos al futbolista cañón.

Muchos hombres y mujeres en las gradas. Millones frente a las pantallas de televisión de sus casas, de las de sus amigos y familiares, en los bares. Incluso en las calles.

El mundial es en Rusia.

El fútbol gusta a todo el mundo. Es un tópico que los gays no siguen el fútbol. Conozco a algunos hinchas fervientes de sus equipos y que no se pierden un partido, que gustan de personas de su mismo sexo para su disfrute. El mismo Didac, nuestro amigo del diario. El fútbol no vamos a negarlo, mueve pasiones, da igual condición, procedencia o riqueza. Nivel cultural o situación familiar. Pasiones que a su vez, resultan para algunos incomprensibles. Pero es un hecho.

Los mandatarios de ese deporte deberían tenerlo en cuenta a la hora de tomar sus decisiones. No es cuestión solo de dinero. Podrían utilizar el fútbol para buenos fines, mejor dicho, para mandar mensajes de tolerancia, de amor, de fraternidad, de comprensión, de respeto. Esos valores al fin y al cabo, se propugnan con el deporte.

Ya hemos hablado algunas veces del tema. Si alguien piensa que no hay futbolistas de primer nivel que sean homosexuales, está en la inopia. ¿Los conocéis? No. Alguno ha reconocido su condición, pero no son de los grandes, ni de aquí. No son de primera división. ¿Os imagináis a Morata, a Neymar, a Ronaldo diciendo que son gays? ¿A Piqué? ¿A Sergio Canales? ¿Os pensáis que todos esos matrimonios con bellas damas son todos reales, y no hay algunos de ellos que son orquestados por sus representantes? Diréis que alucino. A lo mejor es verdad. Pero recordad lo que se hacía en el cine hace no tantos años con las estrellas que eran gays. En cuanto asomaban rumores insistentes, se les casaba con la primera mujer que estuviera disponible. Recordad esos rumores sobre la sexualidad de Cristiano Ronaldo, como fueron mitigados por aquellas noticias sobre todas las mujeres con las que había estado ese verano, un montón, por cierto, y aquella escapada conveniente a París, con su nueva novia. Sus escapadas en su jet privado a Marruecos para estar con su amigo boxeador y sus amigos, quedaron rápidamente en el olvido. No estoy diciendo que Ronaldo sea gay ni estoy diciendo lo contrario. Solo que sus representantes se cuidaron muy mucho de que no se hablara de Ronaldo como homosexual.

Ahí tampoco podemos meternos mucho. Son decisiones de cada futbolista. Eso sí, empujados por todo lo que rodea al deporte. Al fútbol al menos. Dinero, poder mediático, influencia. Eso es lo que dicen sus representantes que perderían si se supiera que son homosexuales. Y que la estructura del mundo del fútbol, sus dirigentes no son nada proclives al tema.

Hay algunos futbolistas que se han significado en campañas en favor de los homosexuales. Recuerdo a Neuer, por ejemplo, el portero de la selección alemana de fútbol. Recuerdo también una campaña hecha por la Federación inglesa de fútbol en defensa de los jugadores gays y animándoles a salir del armario. No recuerdo que hubiera ningún resultado. Y si recuerdo que los protagonistas de esas campañas se apresuraban a asegurar al mundo que, ellos, no eran gays.

Recuerdo a algunos entrenadores de fútbol, indicando poco menos que nunca habían sabido de un gay en alguno de sus equipos, y comentando que el fútbol no es cosa de afeminados. Vamos, que eran cosa de hombres. Me imagino que tampoco es cosa de mujeres. Digo yo. A esos entrenadores no se les espera entrenando al Atlético de Madrid femenino.

El caso es que, la FIFA lleva el mundial a Rusia. Rusia es conocida por su gran apego a los homosexuales y la defensa de sus derechos y condición. Y aquí tenemos ahora, a muchas federaciones nacionales de fútbol, recomendando a sus hinchas gays que si van a Rusia, vale, que vayan, pero sin carantoñas. Les quedaba decir algo así como: “Las manos quietas”. Sí, porque no vaya a ser que vayáis a animar a Inglaterra y con la euforia del gol deis un piquito a vuestra pareja y a la salida os den de hostias, por maricas. O que toméis una cerveza en una terraza en la Plaza Roja de Moscú y os vean rozándoos las manos y acabéis con las jarras incrustadas en el ano. Venga, que sí. En lugar de aprovechar un Mundial para promocionar el respeto, el amor, la concordia, cosas que son inherentes al deporte, o eso dicen, nos llevamos el mundial a un país intolerante con parte de la población, ofensiva incluso con ellos y fomentamos el miedo. Les hacemos la ola durante un mes, les hacemos promoción gratis. Qué más da que demos alas a los intolerantes en otros países y demos visibilidad a un país que no respeta a una parte de su población. Me parece un mensaje muy poco constructivo y que no tiene nada que ver con el deporte y su espíritu. Son mensajes que enviamos para una situación determinada pero que no sé hasta que punto algunos aprovecharán para que se traslade a otros escenarios. Y otros dejarán de sentirse cómodos en sus sitios de origen. Porque también algunos insistirán en convertir las calles de Londres en las de Moscú. Y el miedo de Moscú, en el de París.

El siguiente mundial ¿No era en Qatar? Bien, allí casi será mejor. Los derechos y el respeto a los homosexuales, el respeto y consideración a la mujer… allí las federaciones recomendarán a sus hinchas femeninas que lleven velo. Y a a los gays, directamente les recomendarán que no vayan.

Nos conformaremos con ver a chicos guapos sudados corriendo por el campo. Los que sean aficionados, sintiendo la pasión de sus colores. Eso es lo que hay. Otra vez perdimos la oportunidad de abrir caminos, no de cerrar puertas.

Diario de un hombre sin nada que contar. 67ª entrada.

López es como su madre. Me repele. Oriol y Pol son de otra pasta. No sé a quién se parecerán. A su padre no, gracias.

López en el salón de su casa. No nos quería abrir. Didac se puso enérgico. Si Didac se pone serio, mejor no contrariarlo. López lo sabe. Al final, abrió.

Mejor no describir la casa. Desordenada, sucia. Hacía semanas que no ventilaba. Olía a sudor y a sexo. Con lo limpia que había estado siempre. Lo ordenada.

No puede ser. No entiendo esta caída al precipicio. Otra vez.

No lo entiendo.

No sé que me extraño. Pasó cuando se fue Elvira. Tocó fondo. Eso no quiera decir que despuntara y se recuperara. Soy un iluso, a veces. Me lo dice siempre mi mujer.

Desvarió un rato. Le dejamos hablar. Nosotros callamos.

Dijo algo de Justin. Sobre el sifonier del salón, vimos un calzoncillo azul, como el que dijo Justin a Didac que le había hecho ponerse. Disimuladamente me levanté y me lo guardé en el bolsillo de la americana.

Es un buen cachorro, dijo. Lástima que no sea mi tipo.

Pensamos que se refería a Justin.

Pues déjalo, dijo rotundo Didac, después de dejar durante unos instantes que el silencio se apropiara de la escena.

Es él. Lo juro. Me persigue.

Ni nos miró al decirlo. Pegó un trago de whisky.

Me quedé mirándolo. Ahora me daba asco. Desaliñado, en camiseta de tirantes de las cutres. Mal afeitado. Como algún día hace no tanto tiempo, me pude liar con ese espécimen. Que desesperado debía estar. Yo. O no. Él había cambiado mucho. O no. Desesperación. La huida de su mujer lo desarmó. No estaba preparado para volar solo y menos cuidar a sus hijos. No lo sé. Me siento tan lejos de él ahora. Nada de hacer el pino en el sexo. Ni de sexo telefónico. Como al principio de este diario. No hace dos años. Mi primer amor. Era mi confidente. Mi apoyo. Era mi refugio de sexo y compañía cuando acuciaba la añoranza por los sueños perdidos en aquel granero de nuestro pueblo. Por mis padres intransigentes. Lo que tardé en aceptarme. El miedo. Todo lo perdido en una vida falsa.

He tenido suerte, lo he pasado. No del todo. Tengo mis momentos. López ha tenido peor suerte. Se autodestruye. Quiere proteger a sus hijos de él. Por eso los echa. No sabe hacer bien ni eso.

Vamos a adoptar a Pol y Oriol. Didac se lo suelta sin anestesia. Es lo que querías desde un principio. Yo callé.

López discutió. Dijo que no, de eso nada. Sus hijos eran sus hijos. Presumió de amor de padre. De que los chicos me necesitan. Repitió y repitió la monserga.

Yo callé. Callamos los dos.

Se levantó de su butaca y paseó nervioso por la habitación. Encendió un cigarrillo. Movía mucho las manos. Llegó un momento en que me hartó tanta falsedad. Lo conocía. Quería salvar la cara. Protestar y poder decir que había sido en contra de su voluntad. Sus ojos decían otra cosa. Estaba feliz. Me levanté y me enfrenté a él.

Diremos que te has opuesto. Haremos el paripé. Pero calla. Te conozco. No me insultes. Y mañana le dirás a Justin que se acabó.

Fue a protestar. Le encaré con el dedo amenazante, a dos palmos de su jeta. Nos quedamos mirándonos un rato. Mi mano temblaba de rabia. De buena gana le hubiera dado de cachetadas. Por imbécil. Se iba a perder lo mejor que tenía en su vida. Había echado a sus dos mejores bazas en su vida. Ahora se quedaría solo de verdad. Con sus hijos despreciándole. Oriol y Pol tenían suerte. Otros casos acaban mal, porque no hay nadie para recoger los pedazos de los chicos. Durante un momento pensé que mis propios hijos podrían haber pasado por algo igual si no hubiera sido por su madre. Tuvieron suerte de que fuera Teresa y no Elvira. Me agobié pensando en la posibilidad de que las cosas hubieran sido distintas y haber sido yo el que cayera en el abismo.

Didac se acercó a mi por detrás. Me tocó suavemente el hombro. Tardé en darme cuenta. Me relajé. López hizo lo propio. De repente parecía mucho más pequeño. Pero liberado. Volvió a su butaca, volvió a su copa.

Nos dimos media vuelta y nos fuimos. Me costó ponerme el abrigo. Temblaba de rabia, de impotencia, de miedo. Estaba asustado. Por el pasado. Por lo que podía haber sido de mí y de mi familia. Si Teresa hubiera muerto en aquel accidente que tuvo, por ejemplo. Aquellas semanas de convalecencia casi acaban conmigo.

Ya en la calle me senté en un banco. Estaba nevado, pero no me importó. Didac se sentó a mi lado y rodeó mi hombro con su brazo. Fue pegándose a mí poco a poco. Hasta que hundió mi cabeza en su pecho. Cuanto ha cambiado Didac en poco tiempo. Antes tan parco en gestos así. Tan aparentemente desapegado de la gente. Carantoñas son pamplinas, parecía decir. Sexo y ya. Amigos y ya. Dejar correr el aire durante el día, salvo si se trata de un buen polvo. Ahora me acuna. Me abraza. Desde que empezamos a intimar, hace ya unos años, me demostró siempre su apoyo, su presencia, pero con una distancia. Cuando empezamos nuestra relación, fue poco romántico, dejando correr el aire salvo en el sexo, que ahí sí, estábamos bien pegados. Creo que me quiere de verdad. Me ama de verdad. Me ama. Que suerte tengo. Me ama tanto que ha ido cambiando sus costumbres por mí. Casi imperceptiblemente. Hasta ese momento no fui consciente de todo ello. De la suerte que tenía, que tengo, de que esté junto a mí en la vida.

Deberé darles las gracias a todas esas parejas frustradas que me dejaron. Si no hubieran huido de mi lado, ahora no estaría con él. A pesar de que es del Barça. Aunque quizás con el tiempo le cambie de acera en ese punto.

Me solté del abrazo de Didac. Le sujeté la cara con mis manos heladas y le di un beso en los labios. Le acaricié las mejillas. Le sonreí. Le dije “Gracias”. Le dije: “Te amo”. Y él me dijo: “Te amo, Néstor”. No dijo “Yo también”. Dijo: Te amo, Néstor.

Volvimos a casa caminando despacio. Nevaba y el suelo estaba resbaladizo. Pero Didac me sostenía.

.

Néstor G.

Bruno y Pol, con música: Ed Sheeran – Photograph

No somos los únicos que amamos a esta pareja que tento nos ha hecho disfrutar en la serie Merlí. Merlí nos ha hecho disfrutar toda ella, no solo la línea argumental que sigue a estos personajes.

No sé cómo hacer para acabar con la historia de estos personajes. Ya sabéis que en la 3º temporada y última, Bruno vuelve al final, y revoluciona todo. Fue un giro muy interesante, un guionista que supo hacer de la falta virtud, y que ante la decisión de David Solans de dejar la serie y solo volver para el final, supo encarrilar la historia de una forma muy atractiva y acabar sorprendiendo.  ¿Cómo hubiera sido la historia si Bruno no hubiera marchado para estar con Nicola en Roma? Sería interesante imaginarlo. Y quizás escribirlo, por qué no.

No me enrollo. El caso es que un/una fan de Bruno y Pol ha hecho esta recopilación de sus momentos más emocionantes con la banda sonora de ed Sheeran y su Perfect.

Disfrutadla.

.

.

Os recuerdo que Pol es el actor Carlos Cuevas y a Bruno lo interpreta David Solans.