El himno del Orgullo: “A quién le importa”. Toma 2.

Este año han decidido convertir a “A quién le importa” como himno del Orgullo. En realidad bajo mi punto de vista, era ya un himno desde el mismo momento en que se compuso.

Como pasa en estas ocasiones, un montón de gente canta. Es bonito.

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La ventana abierta.

Aquel día creí haber cerrado la ventana. Estaba nublado y amenazaba tormenta. No me gustan las borrascas sobre todo si me encuentro en medio de ellas. La lluvia te empapa hasta el tuétano y los rayos te atraviesan arrasando tus entrañas. Los truenos te dejan sordo hasta para hablar contigo mismo con un mínimo de cordura.

Me quedé traspuesto leyendo alguna de las novelas de vida que tengo pendientes de acabar. Roto por dentro y por fuera, viviendo las vicisitudes de sus protagonistas. En ese mundo entre la ficción y la ensoñación me creí la estrella de la misma. Era tan real el sueño que estaba angustiado por las agonías del héroe, un hombre enamorado que no podía asumir el amor que le había tocado el corazón.

Una luz cegadora, sin duda por la caída de un rayo no lejos de mi hogar, seguido de un estruendo ensordecedor, me despertó. Entonces lo vi, sentado en el dintel de mi ventana, sonriéndome como nadie lo había hecho hasta entonces. Creí percibir sus labios pintados, carnosos, su melena rubia cayendo por sus hombros. Pensé que era la criatura más embriagadora que había conocido jamás. Alargué el brazo para rozar su piel, pero no la alcanzaba. Parecía que la distancia que nos separaba era algo insondable. Por mucho que me acercaba, esa criatura parecía guardar las distancias. Siempre con la ventana en medio. ¡Puta ventana!

Una diosa, pensé. Una diosa rodeada de una nebulosa iridiscente, inalcanzable para los simples mortales como yo.

Cerré los ojos pensando que al abrirlos, ese ser sin duda proveniente del Olimpo, desaparecería dejándome un vacío indecible.

Los abrí de nuevo y, como esperaba, dicho ser se había desvanecido.

Volví a cerrarlos y a abrirlos. Para mi sorpresa ahí estaba de nuevo.

Y esta vez me habló.

Cerré y abrí los ojos tantas veces como fue posible a lo largo de un tiempo que a mi me pareció una eternidad. Cada una de las veces hablábamos. Me tenía hechizado con la cadencia de su voz, con la fluidez de sus palabras, con su buen humor.

Caí rendido, enamorado. Prendado de una diosa.

Estaba tan seducido que el entendimiento se me nubló. Vivía para ella, por ella. No la veía con los ojos, solo la disfrutaba con el alma. Era lo que flechaba mi corazón.

Un día ocurrió lo inopinado: la tuve frente a mí, sin ventanas de por medio, sin neblinas ni nebulosas, sin halos que pudieran distorsionar su imagen. En carne mortal.

Quedé desconcertado, hundido más bien. Sus labios no estaban pintados, su melena era más corta de la que me había figurado por su reflejo. Su sonrisa seguía siendo maravillosa. Pero no era una Diosa, era un Dios. ¡Un Dios!

Mis entrañas se abrieron en canal. Cerré los ojos y mis manos querían arrancar la piel de mi rostro. La congoja invadió mi espíritu.

No podía ser. ¡Un hombre!

La tormenta estaba al acecho. Los rayos caían a mi alrededor afinando la puntaría para atravesarme y destruirme por dentro y por fuera.

Él me hablaba, Dios me hablaba. Sí, Dios, mi Dios, porque sin duda, aunque yo luchaba contra mis sentimientos, por inadecuados y perturbadores, sentía en algún lugar dentro de mí que era mi Dios, igual que durante un tiempo, a través de la ventana, pensé que era mi Diosa. Luché incansable durante otra eternidad contra él,contra mí, contra la tormenta y sus elementos.

Pero perdí.

Y mi derrota a la vez, fue mi triunfo.

Sin poder evitarlo, el rechazo, los cantos escuchados durante tanto tiempo advirtiéndome del pecado y de la perversión de la situación, fueron derrumbados por las trovas del amor, la comprensión y la tolerancia. El amor prevaleció sobre el odio.

La lucha fue encarnizada. No fue sencillo.

El día que conseguí romper las ligaduras de la aversión a la vida y al amor, adheridas a mi conciencia y abracé a mi Dios, alcancé el éxtasis, solo con el roce de su piel. Me maldije por haber perdido todos los días precedentes de mi vida. Maldije mis luchas internas contra mí mismo. Por un instante me imaginé que las voces que preconizaban el odio hubieran prevalecido en mí intelecto. Casi perezco de la ansiedad y la tristeza. Perderme la belleza del amor, derrotarme a mí mismo, hubiera sido como enterrarme en vida.

En cambio ahora, camino por la vereda de la vida de la mano de mi Dios, con orgullo, con pasión, lleno de vida. Ahora todo lo que veo, es de color. Lo que escucho, me suena a música celestial. Mi tacto se ha acostumbrado al terciopelo y a la seda. Y el gusto se ha enganchado al sabor de su boca, de sus ojos, de su piel.

Erradiqué las tormentas de mi vida. Los miedos. La tristeza, la soledad profunda. La vergüenza y el temor. Los abrazos, los besos, las caricias, las sonrisas tomaron su lugar. Y lo más importante: me encontré a mí mismo, que sin ser consciente de ello, había estado perdido en un bosque oscuro, lleno de alimañas y brujas malignas.