Diario de un hombre sin nada que contar. 72ª entrada.

Otra vez de vuelta.

Las vacaciones se esfumaron. Halloween también. Ya vuelve a ser Navidad.

Otra vez el invierno, el trabajo.

No me apetecen.

Los chicos bien.

Didac, bien.

Yo fatal. Estoy de bajón.

Debería escribir todo lo que ha pasado en este largo período en el que casi no he escrito. Me alucina cuando empecé y llamé a este diario: Diario de un hombre sin nada que contar. Un hombre aburrido, trabajo, casa, fútbol y algún ocasional polvo, unos mal dados y otros no tan malos. Ocasionales y anodinos, en todo caso.

Empecé el diario, y la vida cambió. Parecía que todo se conjuraba para darme argumentos y escribir. Menos mal que el alojamiento de este diario empezó a fallar en constancia, cada uno con sus problemas, me refiero a Jaime, el dueño de este blog, y yo me vi con la escusa perfecta para no contar muchas de las cosas que pasan, pasaron y preveo pasarán.

Es complicado.

Hay cosas que no puedo decir, porque mi gente lee este blog. Son muy de Jaime y su rincón, siempre lo han sido. Yo no lo conocía, hasta que Didac me lo indicó. Didac si lo sigue. De siempre. Y es amigo de Jaime. Pocas bromas con Jaime, que si no, Didac me estrangula.

Necesito contarlas. Necesito ordenar la cabeza.

Los chicos.

Justin, aquel amigo de Pol que tuvo ese asunto con López.

Didac me va a pedir que nos casemos. Es serio casarse. Nunca creí que Didac me lo fuera a pedir. Yo no pensé en ello.

Tampoco pensé en adoptar a dos chicos, después de mi éxito como padre de mis hijos. Ahora es distinto, me llevo bien con todos. Algunos más que otros. Y tengo dos hijos más.

Mi ex-mujer sigue siendo mi mejor amiga. No está bien ahora. El amor la esquiva. Si hubiéramos seguido juntos, seríamos tan felices.

La vida es complicada. Ella fue detrás de aquel hombre que la sorbió el seso. Duró unos meses. Al menos la empujó a relanzar su carrera profesional. En eso perfecto. En lo otro, mejor conmigo.

Yo en cambio me quedé como siempre. Un tiempo dando tumbos hasta que lo de Didac y lo mío floreció. Y los chicos me dan alegrías y cariño. Y disgustos, que también.

Debo escribir.

No me lo pensaré mucho. Ni ordenaré las ideas. Que se ordenen solas. Si pienso y ordeno, no arranco. Necesito ver todo escrito y coger perspectiva.

Pol acaba de llegar. Tiene una brecha en la ceja. Sangra. Debo ir a curarlo.

Oriol viene detrás. Vaya estropicio en la ropa. Al menos él parece entero.

Debo atenderles.

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Néstor G.

Aarón y su fantasma. 2

Al volver a su ciudad, Aarón empeoró. Estuvo una semana sin salir ni comunicarse con nadie. Su madre alarmada por la imposibilidad de hablar con él y alertada de su ausencia total en la vida social de la ciudad por algunos de sus amigos, fue a verle. Entró con la llave que tenía de reserva por si acaso. Lo encontró en el sofá, desaliñado, oliendo a sudor, sin afeitar. Cuando encendió la luz, Aarón cerró los ojos; llevaba tanto tiempo sin ver la luz que ésta le molestaba. Su madre se echó a llorar desconsolada. Llamó a su marido. Llegó en apenas unos minutos. Entre los dos lograron convencerle de que volviera a casa. Le pusieron un abrigo que encontraron por ahí y se lo llevaron.

En casa de sus padres, naca cambió. O poco. Al menos iba al servicio a hacer sus necesidades. Y se duchaba de vez en cuando. Poco más. Nada parecía sacarle de esa suma tristeza. Su madre fue llamando a todo el que pensó que pudiera sacarle de su ensimismamiento. Fueron pasando por casa sus amigos del colegio, los del instituto, los de la catequesis; los amigos del baloncesto y los del barrio. Sus compañeros de su primer trabajo y los del segundo, sus primos, su tía Carola, su tía Luis. Nadie consiguió nada de él. Al contrario. Después de cada visita parecía hundirse más. Llamaron a un par de psicólogos amigos de Rosa, pero ni siquiera les saludó. Se quedó mudo mirando la pared de enfrente.

Al final, su madre llamó a Juancho. Era la última bala. Podía haber sido, debía haber sido la primera, pero estaba lejos. “Se que siempre le has querido mucho, Juancho. No sabemos que hacer.” “No creo que pueda hacer nada, Rosa.” “Por favor, no se a quien recurrir, a ti siempre te ha hecho caso, al menos te ha escuchado siempre”.

Juancho cogió el primer AVE que encontró. Fue con lo puesto. Ni siquiera cogió una muda. Al fin y al cabo, pensó, tenía su antigua casa con algo de ropa. Y a malas, le robaría algo a su amigo. Cuando el taxi le dejó en la puerta de la casa de los padres de Aarón, se paró un instante. Debía prepararse. No iba a ser fácil, ahora se daba cuenta. Lo quería de verdad y le iba a doler verlo así. Por mucho que le había contado su madre, se imaginaba algo mucho peor. Al cabo de casi media hora se decidió y llamó al telefonillo. “¿Sí?” “Rosa, soy Juancho”.

Rosa le esperaba en la puerta. Llevaba un chal por encima de los hombros, chal que le servía de excusa para abrazarse ella misma, para darse fuerzas y calor. Abrazó a Juancho y le dio dos besos muy sentidos. Al fin y al cabo, ese hombre había sido casi como un primo, un hermano de Aarón. De jóvenes siempre estaban juntos. Muchas tardes iba a merendar a su casa. Los findes, muchos los pasaban los dos juntos un su casa o en la de él. Rosa siempre había querido mucho a ese amigo tan fiel de su hijo.

Juancho volvió a respirar profundo como para coger fuerzas. Había tantas cosas que podrían salir torcidas. Tantas conversaciones pendientes que podían aflorar y pqra las cuales seguía sin estar preparado. Tantas palabras nunca pronunciadas en voz alta. Tantos recuerdos olvidados o apartados. No sabía por dónde iba a ir el encuentro. Tenía miedo. A lo mejor entraba en esa habitación de salvador, y salía pidiendo a gritos alguien que le salvara a él. Anduvo por el pasillo hasta la habitación de su amigo. Como siempre hacía de pequeño, entró sin llamar. Era el único que tenía permiso para hacer eso. Aarón levantó la cabeza y al ver a Juancho se echó a llorar. Éste no dijo nada, solo se acercó a él y lo abrazó. Se sentó a su lado y le obligó a apoyar la cabeza en su hombro.

No se dijeron nada. Solo estuvieron así, los dos, abrazados. Aarón lloraba de vez en cuando, Juancho le acariciaba suavemente la cabeza.

Así pasaron toda la noche.

A la mañana siguiente, Aarón se fue a duchar. Juancho mientras fue a hablar con Rosa y Alberto. “Le he convencido que se venga a Málaga”. A Rosa se le humedecieron los ojos. Escuchaba los ruidos de su hijo en el baño. Solo eso ya era un triunfo. No dijo nada, solo apretó el brazo de Juancho y se volvió a abrazar con la excusa del chal. Alberto suspiró un poco más relajado, aunque por alguna causa se le vino a la cabeza la idea de que Juancho iba a cargar con una responsabilidad que no era la que le tocaba. Y eso tampoco le acababa de convencer, porque al igual que su mujer, quería a ese chico como si fuera de la familia. Pero no dijo nada. Era más cómodo así. Y al fin y al cabo, si lograba mejorar el estado de ánimo de su hijo, al menos sacarlo de ese pozo sin fondo, o mejor, si lograba desalojar al fantasma que habitaba en su alma desde hacía 3 años, mejor que mejor. Luego ya llegaría el momento de hablar con Juancho y arreglarlo.

Desayunaron y llamaron a un taxi. Una pequeña parada en casa de Aarón para recoger sus ordenadores y otros materiales de trabajo, y camino de la estación.

El estado de la casa de Aarón era deplorable. Ahora se imaginaba Juancho la conmoción que debió sentir su madre cuando entró. Y ver un bote de pastillas en una mesa, le hizo sentirse aún peor. “Seguro que Rosa las vio; pobre mujer”.

No tardaron ni cinco minutos. Aarón no dijo nada del estado de su casa, y Juancho tampoco.

Al menos Aarón parecía activo esa mañana. Y Juancho se había guardado las pastillas en su bolsillo, por si acaso.

Aarón y su fantasma. 1.

Aarón no paraba de ligar. Daba igual el medio: una de esas plataformas que hay para ello o en persona, en cualquier local, por la noche, por el día, en la calle… cada día llevaba un nuevo hombre a su cama. Por la mañana, una palmada en su culo y adiós. Nada le llenaba, nadie sacaba al fantasma de su corazón.

Hubo un hombre, Marcial, que durante un par de semanas le hizo olvidar. Le hizo disfrutar. Todo parecía ir bien, lo pasaban bien juntos sin tener que follar a todas horas. Se reían. Pero en esa cena del último día que estuvieron juntos, Marcial acarició suavemente con su mano el dorso de la de Aarón. Y ahí éste, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, la apartó bruscamente y sin pausa ni decir esta boca es mía, salió corriendo del establecimiento. No dejó de correr hasta llegar al parque que hay a la orilla del río, sentarse en el césped apoyando la espalda en un árbol, su árbol, y llorar.

Otra vez su ex. Otra vez ese fantasma. Otra vez esa melancolía. Ese hartazgo. Esa incapacidad de dar un paso más allá del sexo.

Marcial no hizo nada por retomar el contacto con Aarón. No entendía nada, pero estaba claro que había algo que impediría que su relación creciera. Y él quería que creciera. Esperó unos días una aclaración por parte de Aarón, pero ésta nunca llegó. Marcial pasó página sin dudarlo. No habían llegado a ese punto de verse empujado a luchar por ese idilio.

Aarón se quedó un poco triste. Durante un ese tiempo que estuvieron juntos, esos apenas 13 días, estuvo muy a gusto. Marcial le había caído bien. Pero no tanto, no estaba tan a gusto como para crecer como pareja. No como para ser eso, pareja. O como quisieran llamarlo. Y ese gesto, era el preludio seguro a una declaración del estilo: “Seamos novios”. O de: “¿Por qué no te vienes a vivir a mi casa? Estamos tan bien juntos…”. No quería hacerle daño, no se lo merecía. Pero Aarón no sabía decir que no. Nunca había sabido. Solo sabía correr y huir. Salvo con su ex.

Pasó un tiempo. Sus amigos, su familia no sabían como hacer que Aarón volviera a vivir. “No es necesario que se enamore otra vez para que sonría, joder”, decía su padre. “Debe vivir por sí mismo, sin necesidad de tener a alguien a su lado”, opinaba Mariola. “Por falta de sexo, no será: folla más que todos nosotros juntos”, contaba Guillermo, uno de sus mejores amigos desde el colegio, a su madre, que lo de follar lo escuchaba con los ojos cerrados y apretando los puños.

Su amigo Juancho decidió que era el momento de que cambiara de ambiente. Juancho se había ido a vivir por trabajo a Málaga. Allí tenía un casoplón que le pagaba la empresa, con cinco habitaciones de invitados, con un baño enorme cada una. Una piscina de ensueño y un jardín en el que se podía jugar al futbol. Decidió invitar esa semana un un montón de amigos, incluyéndole a él. Mucha bebida, mucha comida, teatro y museos. Y camadería.

Aarón llegó tal que un jueves por la noche. Fue el primero. Charlaron los dos amigos hasta bien entrada la madrugada. Lo pasaron bien. Estuvieron a gusto. Juancho pensó que todo hubiera sido más fácil si los dos se hubiera juntado. Pero eso no era posible. Eran los mejores amigos, pero no encajarían como pareja. Si hubiera tenido que estar con un hombre, sin duda, hubiera sido con Aarón. Incluso alguna vez pensó que, si en una noche apropiada se hubieran besado, él hubiera dado el paso. No le hubiera importado abandonar su heterosexualidad. Le quería de verdad, por eso le dolía que estuviera mal. Y él sabía que Aarón le quería también. Pero las circunstancias no se dieron nunca. Aarón buscando su hombre, Juancho buscando su mujer, pero sin éxito.

Aarón se levantó un poco melancólico por la mañana. A veces la pasaba después de pasar largo tiempo con Juancho. Se fue a la ducha. Se sentó en el suelo y dejó que el agua resbalara sobre su cuerpo. De repente, un hombre entró y se preparó el baño, ajeno a que él estaba en la ducha. Se cruzaron alguna mirada esquiva, pero sin hacerse mucho caso. Ignorándose. Pero algo en ese chico, hizo que Aarón se incorporara y se pusiera a tocarse como el sabía hacer, con sensualidad y desparpajo. Ese chico le había despertado algo olvidado dentro de él.

Al final empezaron a mirarse ya sin ningún complejo. Aaron se acercó despacio a la bañera… y allí ocurrió todo. Aarón y ese chico nuevo recién llegado a la casa de su amigo Juancho, que luego supo que respondía al nombre de Vinny, juntaron sus cuerpos por primera vez y disfrutaron, sí, vaya que si disfrutaron. Y lo hicieron muchas más veces en ese fin de semana largo.

Pero el domingo, el día en que cada uno volvía a su casa, Aarón se fue sin despedirse. No era su hombre. Y si lo era, le daba igual. Él y su fantasma. Ese era su destino.

Diario de un hombre sin nada que contar. 71ª entrada.

Una vez conocí a un futbolista profesional. No diré su nombre.

Era famoso.

Fue algo del banco. Un acto promocional.

Charlamos. Fue curioso.

Hablamos sin decir nada. Diciendo todo. Yo estaba con Teresa. El estaba con una modelo, súper modelo. Le hablé con medias palabras de mí situación. Él me habló de la suya. Sin decir nada. Por si nos escuchaba alguien. Había mucha gente. Del banco, sus representantes, gente de su equipo. Me recordó a un preso acompañado por su escolta.

Nos despedimos. Me dio su teléfono a escondidas.

Le llamé. No me contestó. Al cabo de unas horas me llamó desde otro número. Uno secreto. Como si fuéramos espías.

Nos vimos.

Follamos.

Hablamos.

Nos vimos un par de veces más. Follamos. Hablamos.

Me caía bien.

Yo a él también.

No era mi tipo.

Yo tampoco el suyo. Pero no teníamos tantas oportunidades como para rechazarlas por minucias como que no éramos de nuestro tipo.

Al final dejamos de follar. Él se fue lejos. De vez en cuando hablamos por teléfono.

No acabó de triunfar. Creo que su vida secreta no le dejó explotar. La cabeza es una parte importante del deportista. Su cabeza estaba dividida: su vida ante las cámaras, su vida real. Muchos otros futbolistas parecía que se iban a salir, pero la cabeza les pudo. A otros el agotamiento nervioso, la tensión de ser todos los días un crack.

Seguimos hablando de vez en cuando.

La semana pasada me llamó. Quedamos a comer. Hablamos. Ahora juega muy lejos, muy lejos. Gana dinero. No es feliz. Se ha separado, me contó. Era todo mentira, reconoció, aunque eso ya lo sabía.

Follamos.

Luego, los dos desnudos, juntos, en la cama, seguimos hablando. Le conté de mi vida. Se alegró por mí, aunque se puso triste. Yo no he podido escapar, dijo. No sé hacerlo, reconoció. Estoy aterrado de que se sepa, confesó.

No supe decirle. Me dio pena. Me puse triste. Le abracé.

Se lo conté a Didac.

No puedes hacer nada, me dijo.

Ya lo sé. Es una lucha suya.

Y del dinero. Y del miedo. Y de la gente. Todo parece muy fácil, pero para algunos no lo es. Ha tenido que follar con alguien, yo, que no le gusta.

Didac me abrazó. Y me susurró: seguro que le pones un montón, aunque no te lo diga.

¿A ti te pongo? Rogué.

Mucho, confesó. Casi nadie me pone a parte de ti, dijo.

No le creí, pero le agradecí la mentira.

Lo que sí sé, es que a nadie quiere como a mí. Y eso es lo importante.

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Néstor G.

Dijo que sí.

Recuerda aquella tarde como si fuera la de ayer.

Era domingo. Guille había salido pronto de casa a dar un paseo, tomar un café y leer un libro. Aunque era su plan preferido para los domingos por la mañana, en raras ocasiones lo podía llevar a cabo. Después de una hora caminando sin rumbo a buen paso, entró en un bar y se pidió un café con leche y un zumo de naranja. Estaba feliz, tranquilo.

Ni siquiera le había dado tiempo a echarse el azúcar al café y pegarle un sorbo al zumo, cuando apareció Lucas. Llegó apresurado y fue directo a dónde estaba Guille. Y sin mediar palabra, se agachó y le dio un beso en la boca.

Guille lo miró extrañado. Hacía casi dos meses que no se veían. Lucas decidió un día poner distancia entre ellos. Hasta ese momento habían sido medio novios o algo así.

– Te echo de menos – le espetó mientras se sentaba a su lado, poniéndole la mano en el muslo, cerca de su miembro. Empezó a masajearle suavemente mientras lo miraba directamente a los ojos. Guille no le devolvía la mirada y quería apartarle la mano, pero no se atrevió.

– Quiero follar contigo. Hoy. Ahora mismo.

A Guillermo se le ocurrieron muchas cosas, lo había pasado mal con Lucas. Sus amigos decían que no lo respetaba y él sentía que era cierto. Pero lo suyo con él era algo… irracional. Lo necesitaba. Era como una droga. Le tenía cogido por los huevos. Y él pensaba que esos dos meses de ausencia habían servido para algo: olvidarle, volver a relacionarse con sus otros amigos. Incluso volver a tener buen sexo con otros. En realidad con otro, Kike, y solo una vez. Pero fue un comienzo. No muy bueno, pero era un paso.

– ¡¡Vamos!! – urgió Lucas.

Estaba tan pillado por Lucas, ahí lo tuvo claro, que no fue capaz de decirle que no, como siempre.

Llegaron a casa de él, que vivía más cerca y sin más, estaban desnudos sobre el suelo de la cocina. No fue nada romántico. Fue salvaje, totalmente físico. Los besos, las caricias, todo fue salvaje.

En un momento dado, mientras Guillermo le lamía su miembro, Lucas propuso con toda normalidad:

– Sacamos unas fotos mientras follamos, me pones a cien. Nadie me pone así.

Guille dijo que sí de inmediato. Con la cara iluminada y todo. Será un bonito recuerdo, pensó. Ha dicho que nadie le pone a cien, como le pongo yo.

Guay. Bonito recuerdo sí.

Un bonito recuerdo de él, sumiso ante Lucas, cuyo rostro no sale en ninguna foto. Como una buena perra, como le llamaba en pleno fragor del sexo. Ojos de deseo y desesperados por tener otra vez el miembro de Lucas en su boca. O mientras le penetraba a caballito y le cogía del pelo, como si fuera un caballo y le daba cachetadas en el culo con la otra mano. Y sus tatuajes de la espalda bien visibles. Para que no hubiera dudas de quién era.

Unos días después, bastantes días de hecho, cuando empezó a recibir decenas de mensajes en todas sus redes sociales mientras estaba trabajando, no se podía imaginar el desastre que le aguardaba al final de su jornada. Encontrarse  aquellas fotos del polvo de aquella tarde, publicadas en una página porno y corriendo por wasap entre todos sus amigos fue de lo más humillante. Hasta su madre las vio. Y su hermano Ignacio. Decenas y decenas de fotos con él de protagonista. Su cara, su lengua, su deseo. Todo en primer plano.

Pero la foto  que más lo destrozó, no fue un primer plano de su culo lleno con la polla de Lucas, ni siquiera una foto en la que él le apretaba el cuello mientras le enculaba violentamente. Ni la de los azotes en el culo. La que más le humilló fue en la que le miraba con arrobamiento a los ojos, mientras le comía la polla. Esa mirada de amor profundo, de sumisión total, lo decía todo. Decía lo desesperado que estaba para amar a un ser tan despreciable como Lucas.