La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 11.

– ¡¡Policía!!

No hubo “abran la puerta”. Los GEO directamente la derribaron. Entraron. Con sus cascos, sus chalecos antibalas, las armas apuntando a lo que pudieran encontrarse. Andaban con las piernas flexionadas, dispuestos a saltar cual tigres de Bengala a la yugular de la presa.

– ¡¡Quietos parados!! ¡¡Ni moverse!! ¡¡Ni pestañear, que te veo, julandrón!!

Otro grupo asaltó la casa por la ventana. Cristales rotos, los helicópteros a toda máquina, una maravillosa secuencia de acción de película con presupuesto.

– ¡¡Cuidadín!!

25 hombretones de 2 metros de altura y 1.25 metros de anchura, apuntaron con sus armas a todo lo que se movía y lo que no, en ese apartamento de 37,50 m2.

– ¡¡No he hecho naa, no he hecho naaaaa!! ¡¡¡¡¡¡Soy inocente!!!!!!! – gritó el amigo Pau con los calzoncillos en la mano y el teléfono con el que le sacaba fotos a Jorge en la otra, y una necesidad imperante de apretar el culo para que no se le escapara nada. El estómago le empezó a hacer unos ruidos preocupantes, la cabeza le empezó a dar vueltas de tanto girarla y mirar a todos esos macizorros que le apuntaban como si fuera un delincuente peligroso. Y se echó a llorar como un niño peque, mientras la orina se escapaba, que no era capaz de mantener todas sus necesidades fisiológicas sobrevenidas bajo control.

Jorge tirado en un colchón, con la mirada en “Mundo Maravilloso” y el cuerpo para el arrastre. Las pupilas le daban vueltas y vueltas como en un dibu animado.

Javi el policía, que entró el último con 7 miembros de su equipo, miró de arriba a abajo a Jorge. Hizo una señal a los médicos que les seguían. Luego centró su atención en Pau. Lo miró también de arriba a abajo, quedándose al final con sus ojos. “La verdad es que tiene un polvo el rubito éste; uno o dos, incluso”.

– Pues es cierto que tienes un polvo. Aunque con tu carácter… psss, todo se queda en un intento fallido. Porque lo de tu pilila así tan pequeñita, y el charco a tus pies… – lo señaló con pena – será por el cague. Yo estaría cagado en tu lugar, amigo Pau. A mí no se me levantaría de nuevo en la vida. Con los comentarios tan elogiosos que escuché en su momento respecto a la belleza y prestancias de tu miembro.

– ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! – repetía una y otra vez.

– ¡Soy inocente! – volvió a decir para romper el silencio de dos segundos que se había hecho en la estancia.

– ¿Y de qué piensas que te creemos culpable? – preguntó con cara de inocente Javi mientras se quitaba el chaleco antibalas y el casco. Agarró una silla y se sentó a horcajadas apoyándose en el respaldo frente a un Pau todavía de pie, pero que temblaba como si tuviera 45 de fiebre. La vista de Javi el policía estaba a la altura del miembro ahora poco viril del rubio de revista, que se movía para todos lados debido a la poca estabilidad de su dueño.

– No, de nada. ¡Soy inocente! – volvió a gritar. – Y no me mires la pilila, que se me asusta.

– Siéntate, que te están hablando – el jefe de los GEO lo obligó a sentarse en otra silla enfrente de Javi el policía. – Y miraremos lo que nos de la gana ¿Te enteras, güevón?

– No parece que tu amigo esté en buen estado – habló Koldo, uno de los hombres de Javi el policía.

– Está borracho. Siempre lo ha sido. En el instituto estaba todo el día por los suelos. No hacía más que tropezarse con la gente, con sus piernas, era un patán. Y lo sigue siendo. ¡Es un borracho, joder! Borracho, borracho, borracho. ¡¡Qué sí!! – gritó un desesperado Pau viendo que sus acusaciones no tenía mucha credibilidad por parte de Javi el policía ni de su gente que lo miraban con gesto de estar viendo una película de “El Gordo y el Flaco”.

– Me dicen que te lo has ligado en el bar “La Piltrafa”.

– ¿Yo ligármelo? Tengo mejor gusto. Todo es mentira.

– ¿Sabes quién es? ¿Lo conoces?

– Para nada. Se me pegó en la calle. Me seguía como si me quisiera robar o algo. Parece un pordiosero. Mira que calzoncillos lleva. Todo rotos, por favor. Sin nada de glamour.

– Sí, sí, rotos. Pero Armani – se mofó Koldo.

– Debo de estar mal porque me había parecido oírte que en el Instituto era no sé que, o no se cuanto. Bla, bla, bla. O sea que lo conocías. Que mala memoria, en dos minutos se te ha olvidado lo que dices. Anda. – Javi sacó su móvil – ¡Mira! Me acaba de llegar esta foto.

– ¿Puedo vestirme? – Pau intentó levantarse de la silla. – La silla está fría y se me está quedando el culo helado y me están esperando en casa para cenar. Los abuelos, ya sabes.

– Contesta a la pregunta, imbécil – el jefe de los GEO lo volvió a empotrar en la silla.

– No sé nada. ¡Soy inocente, inocente, inocente!

– Vaya. Ya que has tocado la pantalla del móvil, espera, voy a aprovechar a mandar tus huellas. Es un sistema muy novedoso. Para comprobar, ya sabes.

– No sé de que me habla.

– Si es que no te he dicho que venimos del “La piltrafa”. Y hemos encontrado allí a la matrona del lugar y su marido. Nos ha contado cosas. Y pues mira, hemos cogido una muestra de la mermelada de frutos del bosque que hacen allí. Y chico, tenía una droga, la KIOY 4756. Alguien ha echado unos polvitos en ella… ¡¡Anda, mira lo que me trae mi compañero Koldo!! Mira que sobrecito con estos polvitos… ahórrame el análisis.

– Es de Jorge. Me lo metió en el bolsillo. Se da a la droga dura.

– Pero si no lo conoces. – Javi el policía movió la cabeza de lado a lado, con pena – O sea que la bolsa tendrá sus huellas y no las tuyas.

– Lo habré encontrado en el bolsillo. Y lo habré sobado bien. Tengo esa manía.

– Vaya hombre. Está en tus pantalones.

– Esos pantalones no son míos.

– Yo no veo otros pantalones por aquí.

– Pues no son míos. Son de Jorge el camarero.

– Has venido desnudo.

– Se habrán perdido.

– ¡Anda! Mira, si me fijo en la foto ésta en la que estás intentado dar un beso a Jorge en el sitio ese… ¿Cómo se llamaba?

– La piltrafa – le ayudó Pau.

– Que buenas son las tortitas allí.

– Prefiero el chocolate con tostadas y mantequilla.

– ¡Vaya! Pues parece que si lo conoces.

– Lo habré oído en los anuncios de la radio.

– ¡Hostia, Koldo! – le dijo con todo su sarcasmo – que el hombre éste escucha la radio y se aprende los anuncios de sitios dónde nunca ha estado.

– Ni va a estar – siguió Koldo con la farsa.

– Ni va a estar.

– No sé de que me hablan.

– Espera que ahora se va a hacer el tonto por ver si cuela luego lo de que es tonto y no entiende lo que es la responsabilidad de los actos.

– Esto es un secuestro ¿No, Javi? – preguntó con voz inocente el jefe de los GEO.

– Tiene toda la pinta. Y posiblemente con chantaje añadido, con petición de rescate, envenenamiento y alevosía.

– ¿Nocturnidad? – propuso Koldo.

– Pues sí.

– Era de día. No me joda.

– ¡Ah! ¿Cuándo era de día?

– Ahora.

– No, nosotros nos referíamos a antes. Además ¿No has dicho algo de que ibas a cenar con tus abuelos? Cena es por la noche. Noche, es nocturnidad.

– La nocturnidad son 10 años más ¿verdad?

– 10 años y un día. Es importante el día.

– Así ya hacen – Koldo sacó una calculadora del bolsillo – 37 años y un día.

– Así que suma, 25 años que tiene el amigo Pau y 37 años que va a cumplir, dan un total de… ¡¡Hostia, que viejo!! Ya no va a poder ligar con nadie por las noches cuando salga. Con lo que le gusta zascandilear de cama en cama.

– Pues tú no me vas a la zaga. Que te conozco de vista.

– ¿Me conoces? Ahora dime que hasta hemos pasado una noche de pasión y lujuria. Tú y yo juntos.

Pau bajó la cabeza.

– Me rechazaste.

– Vaya por Dios. No te acuerdas de los polvos pero te acuerdas de éste menda que te rechazó. No sé como pasó eso, con lo que me pones. Si no tuviera que meterte en la cárcel, le diría a mis compis que nos dejaran ahora mismo y nos lo montábamos juntos. Así además animaba a tu cosita, que sige sin coger color la pobre.

– Pues nos lo montamos. Que me pones mucho. ¿Hace? – Pau miraba implorante a Javi mientras el jefe de los GEO tenía su manaza apoyada en su hombro. “¡¡Hostia que manaza!!”, pensaba Pau.

– ¡El chico está bien! Solo necesitará descansar un montón de horas. E hidratarlo – informó el médico de la ambulancia.

– Pues ya sabes, lo montas en la ambulancia y al hospital. Tino, vete con Juani y cuidad de que no le pase nada. Poned celo en el tema, que me huele a chamusquina.

Koldo se acercó a Javi y le dijo al oído.

– ¿No es demasiado para tan poca chicha?

– ¿Sabes quién es?

– Pues uno que te dio calabazas a ti hace años. Cada vez que nos lo encontramos, me lo cuentas.

– Vaya, hombre, yo contando mis tristezas. Pues es Jorge el camarero, el marido de …

– ¡¡Hostias!! Si le pasa algo nos cortan la picha.

– Si quieres que te la corten, yo digo que ha sido idea tuya y…

– No, no. Casi mandaría a los GEO para que cubran el hospital entero.

– Es buena idea. No sabemos lo que puede abarcar la conspiración. ¡¡Conspiración para delinquir!! otro delito. Eso son 3 años y dos meses y 12 días. Koldo, suma, por favor.

Así son 40 años, 2 meses, 13 días. Bueno, 14, que el 13 da mal fario.

– Jubilata ya. Ya no hay ligues en los bares. Se te va a pasar el arroz. Cuando salgas no te van a poder embarazar, querido Pau.

– No he hecho nada – voz suplicante, llorosa, implorante.

Javi suspiró.

– Jefe – Paca se acercó con el móvil de Pau – este móvil es una mina. Mira lo que hay aquí. Y acaba de llamar Henar, que ya tiene los correos electrónicos.

– Borro todo. No vais a encontrar nada. Os jodéis. – le salió así de repente un pronto chulito. Pero la pilila seguía sin coger cuerpo.

– Ya hijo, pero todo está en los servidores. Una pena. Ahora veremos quien te ha dado estas instrucciones y que os proponíais. Y como no has colaborado ¡¡Koldo!! que no hemos sumado lo de obstrucción a la justicia. ¡¡Toma ya!! Otros 2 años y pico.

– Me da pena el chico.

– Ya. Es cierto. Pero sabes, es que Jorge el camarero me cae bien. Aunque me diera calabazas. Y míralo ahí tirado. Y es buen tío, que conste, y lo ha pasado mal, que sé que estuvo a punto… bueno, eso es otra historia.

– No tienes suerte en el amor – se burló Koldo.

– Ni en el amor ni en el folleteo. Le dije a Hernán el otro día y me dijo que no era su tipo.

– A Hernán no le gustan los hombres.

– Es un pequeño detalle sin importancia. El caso es que me dijo que no.

– Vaya – dijo Koldo moviendo la cabeza de lado a lado.

– Ya hemos localizado las escuchas que había instaladas y hemos detenido a dos maromos de esos de cara marcada y mala hostia.

– ¿Marcada por la mala hostia, dices?

– Eso también. No se han tomado muy bien lo de la detención. Han intentado agredir a dos de mis compañeros – explicó el jefe de los GEO.

– Vaya por Dios. Complicidad en atentado a funcionario público.

– Oye, oye que no he hecho nada de eso.

– Por eso es complicidad, porque no has cantado a la primera y no nos has dicho de que va esto.

– Yo soy inocente.

– Y dale.

– Henar me está mandando los correos. Es de alucinar lo que habían montado en este tema. Y todo para joder a Ramiro el millonetis y al pobre Jorge éste, tu amigo. – lo de “tu amigo”, lo dijo con un poco de rintintín.

– No te equivoques. No somos amigos. Me gustaba.

– ¿Ya no?

– Está casado. Y con Ramiro el millonetis. ¿Sabes tú la mala baba que se gasta ese hombre?

– Si ahora lo único que hace es recorrer todo el país follando a grito pelado.

– Pues ya verás cuando se entere de que estos – señaló despectivamente a Pau – han secuestrado a su amado Jorge y lo han drogado. Y querían fotografiarlo desnudo manteniendo relaciones sexuales con su antiguo compañero de clase Pau Molar de las Ruidades.

– Esto está quedando largo Javi. Deberíamos trasladar al detenido a comisaría y interrogarlo con todas las de la ley. Y cerrar el capítulo. El narrador está cansado.

– Vale. ¿Están preparados los electrodos en la sala especial?

– Por supuesto.

– Si eso le vais afeitando los huevos para que luego se pueda poner mejor y tal para las descargas.

– ¿Qué me van a hacer? ¡Ah! No, eso es de coña. Que estamos en un país civilizado.

– ¿Ves? La propaganda del Estado funciona. La gente se ha creído eso de que no usamos la tortura genital en los interrogatorios.

– Joder, Javi. Me acaba de llegar esta foto de uno al que violaron el otro día en la cárcel de Jienpocuelos. ¡¡Mira como lo han dejado!!

Javi abrió mucho los ojos al ver lo que le enseñaba Koldo.

– Tenías un buen culo, Pau. Es cierto, es uno de los culos más bonitos que he visto en mi vida. Por el voley, seguro. ¡Te lo juro, de verdad! Tu culo me pone a cien. Que digo a cien ¡¡A mil!! Pero… siento decirte que… lo siento, será inevitable que, míralo tú mismo.

– Es que después de esto, por mucho que quiera, cuando salga dentro de 41 años 5 meses y 34 días, ufff, es que no habrá forma de que pueda… ya me entiendes.

– ¡¡No!! confesaré todo. – Pau sudaba asustado sin dejar de mirar la pantalla con la boca muy abierta, un estertor incontrolable en su ano y los ojos moviéndose desbocados, como si fuera la niña del exorcista. – Lo confieso. He drogando la mermelada. Y he traído aquí a Jorge el camarero. Quería follar con él, pero no ha querido quitarse los calzoncillos esos rotos que lleva. ¡¡Son una cutrez!! Pues no ha habido forma. No he podido hacer nada.

– ¿Y quién es tu jefe?

– Lo organizó todo Enrique, en del Club de Tenis. El de la fiesta. Odiaba a Jorge el camarero. Dijo que le jodió un ligue, una tal Jimena a la que quería beneficiársela. Y un negociete. Ramiro el millonetis no quiso ayudarlo por culpa de Jorge el camarero. Y además, no hace más que repetir que le huelen los sobaco y los pies, pero te juro que en la vida le han olido. En el instituto se duchaba dos veces al día. Y te juro que he metido la nariz por comprobarlo, y no le huelen. Jorge siempre ha sido muy limpio. Yo se lo decía al tal Enrique, pero no me hacía ni caso. Y quería que un tal Hernando se quedara con el puesto de Jorge. Una prima en quinto grado del tal Ramiro el Millonetis, también está implicada. Y la hermana de Jorge el millonetis, que no le puede ni ver. Todos a una, como en Fuenteovejuna, gritaban en las reuniones. Yo no quería. Les decía que Jorge era majo. Me caía bien, siempre. Eramos íntimos en el instituto. Les decía que lo dejaran en paz, que con lo que le iban a hacer a Ramiro el millonetis en Moscú, bastaba para joderles el matrimonio, la vida y todo y que sacaran tajada del tema.

– ¿Que ha pasado? – Carlos entró como un vendaval en la casa – ¿Donde está mi hermano? Estoy muy preocupado.

– Si, si, Carlitos. Preocupadísimo. Por eso te has echado el tercer polvo de la mañana con el hijo de la matrona del bar. ¿Cómo se llamaba, que se me ha olvidado?

– La piltrafa.

– Gracias, Pau. ¿Ves como si te sabías el nombre? Si es que no hay como ponerse a declarar y colaborar con los amigos. Una pena que no podamos tener un affaire tú y yo.

– Me gustas Javi el policía. ¿Me irás a ver a la cárcel? Me han dicho que lo haces con algunos presos que has detenido.

– No te engañaré. No iré a verte. Solo he ido a ver a mi amigo Ghillermo. ¿No te he dicho? Nos hicimos novios hace un par de días. Hemos estado conociéndonos 3 años. Pero ya nos hemos decidido.

– Y otros 6 de noviazgo, 15 de preparativos, 25 de preparación al matrimonio. Así os casáis a los 56 – bromeó el jefe de los GEO.

– Que majo eres Edelmiro. La boda será pronto, pero no te voy a invitar.

– Menos mal que Ghillermo es buena persona y sé que me va a invitar.

– Pues no decías lo mismo cuando meneabas la cabeza al enterarte que iba a verlo a la cárcel.

– No me lo perdonarás en la vida.

– Nop.

– Precintad el escenario, recoger todas las pruebas y nos vamos. Llevad a este joven tan apuesto a comisaría.

– ¿Me puedo vestir?

– Es que me gusta verte desnudo. Me pones tanto… – dijo Javi levantándose y enfilando la puerta para irse.

Una vez en la calle, Javi cogió el móvil y marcó.

– ¡Fito! Misión cumplida. Jorge está a salvo.

– No, no, no ha pasado nada. Lo han drogado.

– Sí, sí, está en el hospital durmiendo.

– No. Aún drogado, no ha dejado que le quiten esos andrajosos calzoncillos que lleva puestos. ¿Por qué suspiras?

– ¡Ah, es una prueba de amor! Vaya. Se lo diré a Ghillermo.

– Por cierto, ojito, que hay algo con Ramiro el millonetis. ¿Qué está con un rubio despampanante? Es la conspiraciónm de los rubios. Ufffffff, pues yo entraría pero ya. Creo que debéis poneros el traje de super héroe recordando viejos tiempos.

– Ya me contarás. Solo te recuerdo que estáis en Rusia.

– Un beso Fito. A ver que regalo de boda me haces.

– Te aviso con tiempo.

– Chao.

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La noche del tomate frito en el cementerio.

O una noche de zumo de tomate y muerto viviente, que dice Lorién.

Para ambientarnos, pongamos un poco de música, la primera de la  noche. Empecemos suavemente, Sam.

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.(Marcha fúnebre – Chopin.)

Es que he pensado en que deberíamos hacer un algo por la noche esta de Halloween. Ya, fue la semana pasada pero… ¿Y qué? Tampoco vamos a celebrar todo el día que toca, sería si no, un aburrimiento. Seamos originales. No sé si celebremos aquí San Valentín el día de Navidad. Es una idea.

Para los que penséis que si es una fiesta americana y tal, pues mira, pensad que todas las fiestas tienen un origen más ancestral. El origen suele estar en los celtas, tanto en fiestas paganas como religiosas.  Algo de celtas tenemos en Iberia, así que pues eso, tomemos por ahí el tema.

Y claro, meditando sobre que hacer en tan memorable fiesta, pues he pensado que traer aquí algunas músicas del tema, pues no estaría mal. Ahora que me doy cuenta, Chopin ya ha acabado, vamos con la segunda.

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. (Una noche en el Monte Pelado – Mussorgsky)

Hacer este homenaje a la “fiesta del tomate en el cementerio”, no implica que despreciemos las castañas típicas en algunos sitios, u otras manifestaciones de la Fiesta de Todos los Santos. Por favor, que alguien me acerque unas castañas asadas…

Hasta ahora hemos tenido aquí dos músicas creo que muy conocidas, de dos compositores fundamentales. Que nos  muestran en su desarrollo una cierta inquietud, desasosiego, o tristeza en homenaje a los espíritus. Esto casi sería el “Dulce” del “Dulce o broma”, o del “Truco o trato”. He cambiado el orden en el Dulce o Broma, será porque soy muy dulce.

Por favor, alguien que me mande unos pasteles. No temáis quedaros largos con la ración, con los pasteles no tengo límite. Gracias.

Esto es una locura.

Ahora vamos a incluir una música menos conocida. Es una pieza compuesta por Juan Cristóbal Meza, un compositor chileno, que la escribió para la Banda sonora de una película chileno-argentia que se llama “Fuga”. Es inquietante… porque  en la película, el que interpreta esta “Rapsodia macabra”, muere.

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. (Rapsodia Macabra – Juan Cristóbal Meza)

No os asustéis que Lorién la ha tocado, y está vivito y coleando.

No tenía que haber dicho eso… le quito morbo al tema… no voy a hacer mucho miedo hoy, ya veo.

Pues casi que vamos a caminar hacia un miedo musical más… contundente. Grandilocuente o espectacular. De cine.

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. (BSO de Drácula de Coppola – Compuesta por Wojciech Kilar)

Me contaba Dídac cosas interesantes que comparto con vosotros. El autor de Drácula, Bram Stoker, parece que era homosexual. Ya entiendo yo lo erótico, incluso sexual que me parecía eso de los mordiscos en el cuello. Un hombre que estaba casado, que tuvo un hijo incluso, pero que siempre  le acompañó el rumor de que no era demasiado feliz en su matrimonio. Por cierto, casualmente Stoker nació un 8 de noviembre, como hoy.

Otro tema que me comentó Dídac y que es muy interesante, es el de la estructura de la música de terror.

Vamos con la siguiente, otra banda sonora de una peli de “Tomate en el cementerio”:

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.(BSO de Sleepy Hollow de Tim Burton – Compuesta por Danny Elfman)

Si os fijáis, como me explicó Dídac, estas músicas de terror, empiezan con instrumentos de cuerda tocando en su escala más grave. Lentamente. Vamos acelerando y subiendo las escalas, hasta terminar con unos movimientos muy rápidos y mucho más agudos. Los trombones se incorporan, las voces, percusión… y al sangre ya  está corriendo  en el camino al cementerio.

Esto, Dídac  me lo explicó mucho mejor, pero bueno, uno hace lo que puede. El caso es que según me lo explicaba, me acordé del tema característico que siempre acompaña a los orcos en “el Señor de los anillos”.

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. (BSO de El Señor de los Anillos” – Compuesta por Howard Shore)

He puesto el vídeo para que empiece justo en el tema de los Orcos. fijaros en los trombones. Luego, podéis escuchar la pieza completa, que me parece estupenda, como toda la banda sonora de la trilogía.

Y ya no me queda nada. quizás… pondría una calabaza. Pero una calabaza… ejem. No que aquí no ponemos desnudos. Aunque eso… a lo mejor no se considera desnudo. Ahora me lo pienso.

Este post lo he escrito yo y está en mi blog. Pero todo el mérito lo tienen Dídac y Lorién. A ellos quiero agradecérselo y quiero darles, a parte de las gracias, un carro de besos envueltos en un gran y apretado abrazo. Ahora toca que a alguno de los músicos que también pasan por aquí, o los aficionados, o los amantes del terror, o mis amantes, o mis príncipes, incluyan en los comentarios sus propuestas o sus aportaciones.

Musicalmente acabamos con algo español. Falla. “La Danza ritual del fuego” de su Amor brujo.

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. (Amor Brujo – La Danza ritual del Fuego – Manuel de Falla)

Y ahora me voy a buscar una… “calabaza”. Recatada, eso sí.

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Al final yo no quería, pero estos chicos se han colado. Pero llevan algo alusivo al tema.

 

 

I Semana de la música: Hoy le dedicamos el día al piano.

Sí, porque me he dado cuenta que hasta que preparo este post, no hemos tratado el piano como se merece. Y encima que por aquí creo que pasan de vez en cuando algunos pianistas. Hoy les dedico este post a uno de ellos: Lorién.

Empecemos calentando los dedos. Con preludio de Chopin.

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Maravilloso ¿Eh?

Es un instrumento que a mí particularmente me encanta. Es tan dúctil, sirve para tantas misiones… alegrarte, hacerte llorar, soñar… hacerte bailar o relajarte. El piano se utiliza para tantas cosas, para acompañar, como protagonista de muchos conciertos, como acompañamiento y apoyo para enseñar. Se usa para componer, funciona muy bien solo, sin necesidad de otros instrumentos, pero aún así, combina muy bien con el violín, el chelo, el arpa. Y en jazz, con un contrabajo y un saxo o una trompeta… y es una combinación maravillosa. Jazz, Clásica, Moderna, rock…

Pero no estamos dedicando en esta semana más a la clásica, así que, y en honor a ese pianista al que le dedico hoy este post, un concierto para piano. Y como  Tchaicovsky es un tipo que componía como los ángeles, no me importa repetir con él después de su 1812, y poner su Concierto para piano nº 1.

El pianista es Stanislav Ioudenitch.

Es un concierto maravilloso.

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Espero que te haya gustado.

 

Incomprensión.

Caminaba despacio calle arriba. Durante un momento no supo ni dónde estaba, ni apenas quién era ella. Miraba sin ver, completamente ausente.

Carmen, 47 años. Rubia teñida desde los 20. Trabajadora. Alegre. Siempre dispuesta a recibir a sus amigos en casa, dispuesta a cocinar para ellos. Enamorada hasta las trancas de su marido Juanjo. Y madre por encima de todo: Juan, el mayor, 24 años; Lander de 21; Nuño, de 18.

Un escupitajo la situó en el presente en un momento. Levantó la mirada y se encontró con una cara conocida. Hubo suerte, esta vez fue en el suelo, a sus pies. Se lo quedó mirando un buen rato.

La primera vez que Carlos le escupió le dolió. Algo se rompió dentro de ella. Carlos había sido su amigo desde el instituto. Incluso durante unos meses se miraron de una forma especial. Tontearon. Tenía 15… no, 16 años, como ahora Nuño. Un buen día Carlos quedó con ella en el bar de Eutimio, que tenía unos futbolines y una máquina de petaca, que si la golpeabas en un punto suavemente te daba partidas gratis. La miró muy solemne y le dijo:

– Carmen, tengo que decirte algo – y bajó la mirada como avergonzado, cogiendo aire para seguir – Eres… te quiero un huevo, pero… – volvió a callarse unos instantes largos, casi eternos; Carmen quería ayudarle, pero debía decirlo él para que le sirviera de liberación. Al final, se decidió, aunque lo dijo muy bajito, pero muy bajito, y luego se bebió el chato de casera naranja de un trago – Soy marica. Lo nuestro… perdona el haberte dado… me gustas un huevo, pero… eres mi mejor amiga…

Carmen sonrió para sus adentros. Le hubiera querido decir que ya lo sabía, que se había dado cuenta hacía un tiempo de cómo miraba a hurtadillas a Antón, y a José Luis. Pero no dijo nada de eso, solo lo abrazó, le dio un sonoro beso, y le dijo que no importaba, que serían amigos y que lo seguía queriendo mucho. Él sonrió de esa forma que solo Carlos sabía hacer, con los ojos iluminados de una forma especial, mágica.

Y allí estuvo Carmen cuando intentó ligar con José Luis, después de debatirlo durante semanas entre los dos, y el tal José Luis le dio un puñetazo en la nariz y sangró como un cerdo, y luego le dio una patada en semejante parte, y Carlos estuvo doblado en el suelo. Ella fue corriendo desde la otra acera y le apartó al tal José Luis y se enfrentó a él y le agarró de sus partes y apretó hasta que el tipo aquél gritó clemencia. Y salió corriendo. Luego pensó que tuvo suerte que no le partiera la cara. “No se lo esperaba, seguro”. Y pensar que el José Luis ese ahora canta travestido en algunos locales de noche de Barcelona…

Y allí estaba ella cuando Carlos lo intentó con Álvaro y todo salió bien, y se liaron, y luego… ella estaba allí para guardarle las espaldas, para disimular, para darle coartada…

Empezó a andar de nuevo, despacio, midiendo sus pasos. Contándolos quizás. O esperando a todos los que hoy le mostrarían su desprecio. Incluso asco. No quería perderse a ninguno, quería mostrarles que, aunque jodida y desmoralizada, podía con todos ellos, con el del cuarto, con Helena, con Martín, con Lester… con el desconocido 1, y con el 2, con la rubia teñida… hasta con la peluquera que le tenía con cara de asco y odio.

Hacía ya más de un año que todo esto había empezado. Casi dos ya. Ella siempre había pensado que la gente la apreciaba, que tenía suerte por las personas que se había encontrado en la vida. Bueno, también pensaba que lo estaba haciendo bien con su familia, con sus hijos. Y aquella noche del mes de mayo, el día de la fiesta de la primavera, todo se fue derrumbando.

Fue muy poco a poco… no, no, en realidad fue de golpe, pero ella, en su interior tuvo que asimilar este estado nuevo de la vida, de su vida. Y lo tuvo que hacer poco a poco… era todo tan brusco… tan horrendo… tan radical…

Esa noche, después de volver a casa de bailar con Juanjo, de estar con sus amigos, Rodrigo, Irene, Matilde, Pili, Alberto, María, también se pasó Carlos del brazo de su nuevo novio, Aitor se llamaba creía recordar, un hombre estupendo le pareció, aunque apenas tuvo tiempo de conocerlo. Y la orquesta tocó aquellas canciones de verbena, “el tractor amarillo”, y esa de la escoba que nunca se acuerda, y una de Manolo Escobar… “¡Qué cutre!” le decía Juanjo al oído, pero disfrutando como un enano, bailando y riendo, con un cachi en la mano “Si te ven tus hijos, a ver que les decimos”, le tomaba el pelo ella. Volvieron a casa riendo, y muy acaramelados, “Esta noche toca” decían los ojos de Juanjo… él se pegó una ducha, y mientras ella echaba un vistazo a sus hijos; Juan estudiando para un examen que tenía el lunes “Pero hijo, descansa un poco” “Enseguida mamá; hueles a choto” “no jodas”, se dijo husmeando la ropa, “es que había mucha gente y el calor…”, “Sí, sí” le dijo sonriendo su hijo… ella se olió la ropa otra vez y era cierto, olía a sudor, a humanidad… “A la lavadora la ropa y yo a la ducha” le revolvió el pelo y le dio un beso en la coronilla. Fue a la habitación de Lander, pero no estaba. “Donde se meterá este chico a estas horas”. Lo dijo mirando el reloj, “Son las 5 de la mañana”. “Bueno calla, que nosotros acabamos de llegar” se dijo para sí. “Pero no estás de exámenes”. Entonces arrugó un poco el morro. Entró sigilosa en la habitación de Nuño “Esto si que es olor” se dijo sonriendo y recogiendo la ropa del suelo para llevarla a la lavadora también. Se quedó mirando a su hijo que dormía como siempre, casi boca a bajo. Lo empujó ligeramente para que se pusiera bien “éste no se despierta ni a tiros”, le puso bien la sábana cubriendo su cuerpo, y le besó en la frente. “tengo que aprovechar que está dormido” sonrió y le dio otro beso. “Si al capullo le gusta” porque su hijo en sueños, sonreía después de cada beso.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de casa. Le dio un vuelco el corazón. Volvió a mirar el reloj y fue corriendo para cogerlo y que no se despertara Nuño. Pero Juanjo ya lo había cogido. Ella lo miraba fijamente, y estudiaba cada gesto, cada reacción… pero solo había una, la de sorpresa mezclada con la desorientación más absoluta. Él al principio la miraba a ella, pero rápidamente apartó su mirada y la dejó revoloteando por el salón.

Colgó.

– ¿Qué? – preguntó Carmen ansiosa.

– Lander.

– ¿Qué? – casi fue un grito. Juan, su hijo mayor estaba detrás de ella. Respiraba agitado también, mirando a su padre.

– Le han detenido.

Carmen suspiró aliviada. “Alguna pelea”, pensó. Era mejor eso a que estuviera muerto, o en el hospital lleno de tubos, que era lo primero que se había imaginado.

– ¿Qué? – volvió a preguntar pero un poco más relajada, porque la cara de su marido era muy preocupante.

– Ha matado a Belén.

La vista se le nubló. Buscó donde apoyarse y encontró a su hijo que seguía a su lado.

– Y a Lorenzo y Esteban, sus hermanos.

Su marido de repente la miró. Nunca le había visto esa expresión de incredulidad, de… quiso ir a abrazarla pero no le dio tiempo: le dio un vahído y cayó sobre su hijo. Ella no lo recuerda pero dio un grito tal, que hasta su hijo pequeño se despertó sobresaltado y salió corriendo de la habitación, asustado.

Fueron a la comisaría pero no les dejaron verlo. Un policía les informó de los detalles que podía contar… “el juez, ya sabe”. Llamaron a Fernando, un amigo que era abogado. Fernando llegó y entró a verle, y le acompañó en todas las diligencias.

– Está bien, Carmen – le tranquilizaba Fernando – dentro de unos días lo veréis – miraba a Juanjo – Tenéis que ser fuertes.

Ella dudó de que su hijo pudiera hacer tal fechoría. Que alguien que había salido de sus entrañas pudiera ensañarse con esa chica y con sus hermanos. Lorenzo era amigo de Nuño además, aunque se había peleado unos días antes: “cosas de chicos”, se dijeron los padres, los del uno y los del otro cuando se encontraron la noche de autos en la verbena. Fue la última vez que se hablaron. Aunque Carmen lo intentó… quería mostrarles su tristeza, su desolación… pero ellos no querían que se la mostrara.

A partir de ese momento todo cambió de repente. No fue sencillo asimilarlo. Las cámaras de televisión en la puerta de su casa, periodistas siguiéndolos a todas partes, a ellos, a los chicos… al día siguiente empezaron a agolparse grupos de personas insultándolos, tirando piedras a las ventanas… los vecinos dejaron de saludarles, siquiera de mirarles al pasar… los primeros días dejaban en el aire los “Buenos días”, con ojeras pero los dejaban… al tercer día ya se cansaron, total ellos eran los que no tenían buenos días, ni los tendrían nunca más.

Los amigos al principio les acompañaban. Les apoyaban… al fin y al cabo “ellos no habían hecho nada malo”. Carmen se sonreía pensando en que si lo hubieran hecho, sus amigos les hubieran dejado de lado. Pero al final acabaron igualmente dejándolos. “Debe pagar, no tienes la culpa, pero tu hijo deba pagar” “Es mi hijo, Mapi, es mi hijo. Claro que debe pagar, pero no querrás que lo deje de lado, debo defenderlo, y debo estar con él, yo lo parí”; “pero es un asesino”; “pero es mi hijo, y lo es hasta el día que me muera, no es un cargo del que pueda dimitir si no me gusta”; “Debe morir”; “Pero Mapi, como piensas que puedo desear la muerte de mi hijo”… Mapi dejó de… luego fue Irene, Rodrigo, hasta llegar al escupitajo de Carlos.

Empezó a discutir con su marido. Juanjo… no podía soportarlo, no… empezó a rechazar a su hijo… empezaron las discusiones, y fueron aumentando… hasta que un día, después de una agarrada tremenda entre los dos, con sus hijos de testigos mudos, decidieron separarse. Él se iba, se iba hasta de la ciudad. Ella se quedaba. Claro que se quedaba. No dejaría a su hijo.

– Mejor será que los niños se vengan conmigo.

– Los niños pueden decidir, son mayorcitos – le dijo secamente dándole la espalda y sentándose en una butaca, mirando por la ventana. Ese día había poca gente a las puertas de su casa con lo que había pocos insultos.

– Tus otros hijos te necesitan – intentó convencerla.

– Y me tienen – Carmen se levantó iracunda – ¿O no me tienen? ¿Te has ocupado acaso de acompañar a Nuño estos días al Instituto? ¿Has ido al Instituto para que tomaran medidas de ese pequeño conato de linchamiento que tuvo el otro día? ¿Has hablado con él de ese rumor que se ha propagado y que le convierte en la causa de todo por el enfado que tuvo con Lorenzo unos días antes? ¿Te has levantado por la noche cuando gritaba en sueños, para tranquilizarlo? No me des – lo dijo marcando cada sílaba – clases de madre. ¿Sabes acaso si Juan duerme o no por la noche? ¿Has estado hablando con él horas y horas para que se relajara?

– Por eso deben irse de aquí, alejarse…

– Eso es huir, Juanjo, eso es huir. Eso no es afrontar las cosas, los problemas. Eso a la larga los convierte en el hazmerreír de la gente. En unos cobardes. Y sobre todo eso es dejar a Lander solo.

– Es un asesino.

– Es nuestro hijo. Y sea lo que sea, nos necesita.

– Debe pagar.

– Y pagará. Claro que pagará. Pero sigue siendo nuestro hijo. Y será lo que sea, pero lo quiero. Y nos necesita.

Juanjo se dio la vuelta y se fue a hablar con sus otros hijos. Juan se quedó con su madre; Nuño se fue con su padre. Montaron en el coche, y se fueron a casa de los abuelos, en Salamanca. Carmen y Juan les despidieron con la mano, viéndolos alejarse en el coche.

– No te enfades con Nuño – intercedió Juan.

Carmen le rodeó la cintura y le apretó hacia ella.

– No seas bobo, como me voy a enfadar. Si es mi preferido. ¿No decíais eso tú y Lander?

Juan enrojeció mientras su madre le daba un codazo.

Tantas veces había repasado todo el proceso, buscando otra manera de afrontar las cosas que le hubiera causado menos problemas. Pero nunca había encontrado otra forma, salvo renunciar a su hijo. Nadie entendía que ella era la primera a la que le dolía que su hijo fuera un asesino. Que era la primera que repasaba una y otra vez cada momento de su hijo buscando indicios, buscando errores… que le dolía tener un hijo al que iban a juzgar en unos días por asesinar a tres personas. Pero que por eso, no dejaba de ser su hijo y aunque sabía que debía pagar, ella debía estar con él, ayudarle, apoyarlo, y quererlo.

En una semana empezaría el tinglado. Las televisiones ya habían hecho ofertas para llevarlos a los platós. Se habían recrudecido las vigilancias, aunque todavía eran ocasionales. Sabía lo que le esperaba. El abogado le había dicho que todo iba a ser muy difícil. Que a lo mejor no era bueno para ellos que fueran al juzgado, por los insultos, y demás. Pero ella iba a ir. Y su hijo Juan la iba a acompañar. El abogado, por cierto, ya no era su amigo Fernando. Al cabo de una semana se disculpó y les recomendó a un colega. Tampoco volvió a saber nada de él. Al menos les perdonó la minuta, seguramente por no verlos.

Estaba cansada. Otra vez sumida en sus cavilaciones. Retomó el camino de su casa despacio. Echaba de menos hablar con alguien, contar sus problemillas, cotillear sobre lo que decía el Hola o sobre la película que habían ido a ver al cine en la que Juanjo, como siempre, se había dormido. “Roncaba, no sabes como roncaba”, contaba mientras Irene reía.

– ¡Mamá!

Levantó la cabeza. Sonrió… y echó a correr.

– ¡Nuño!

Abrió los brazos y apretó contra si a su hijo. Casi año y medio sin verlo. Nuño lloraba y besaba a su madre una y otra vez, parecía que quería recuperar todos esos besos furtivos que ella no le había dado por la noche, mientras dormía – perdóname por haberte abandonado…

– Estás muy guapo y alto – le dijo ella mientras se separaba un poco para verlo con perspectiva con sus ojos llorosos haciendo como si no hubiera oído sus disculpas, porque nada tenía que disculparle – ¡Felicidades!

Se volvieron a abrazar llenándose de besos llorosos y felices.

– 18 añazos. ¿Vienes a celebrarlo con esta loca que tienes por madre?

– No digas eso, mama, vengo a quedarme contigo.

– Pero ¿Y tu padre? Esto… ¿estás seguro? Esto va a ser duro…

– ¿Me echas? – le retó con una sonrisa y entornando los ojos.

– ¡Enano! – Juan venía por el otro lado de la calle; aceleró el paso al ver a su hermano pequeño.

Se abrazaron también.

– ¡Al final has venido!

– Veo que algo te habías olvidado de contarme. Secretos de hermanos, supongo.

– No, mamá, en todo caso iba a ser una sorpresa.

– ¡Hasta luego! – saludó Nuño a un hombre que pasaba por su lado – Era Manolo Cuesta, mi antiguo profesor de matemáticas – explicó a su madre y a su hermano que lo miraban extrañados – Sabéis que, venía pensando en el tren… que debíamos saludar a todos nuestros antiguos amigos y conocidos. Si ellos son unos siesos, pues que les den canela por el orto.

– ¿Canela por el orto?

Se miraron los tres y rieron.

– Vamos a casa que os voy a hacer un pastel de crema y arándanos acojonante.

– Cocinillas que se nos ha vuelto, y mamá no sabes lo bien que lo hace.

– Sí, porque os habéis quedado en los huesos, y eso va a cambiar. ¡Vamos! A casa. Por cierto… mañana voy a ver a Lander a la cárcel.

Carmen sonrió.

– ¡Vamos!

– ¡Hasta luego Irene! – saludó Carmen a su antigua mejor amiga con energía.

Irene puso cara de susto y murmuró algo mientras aceleraba el paso. Y ellos se echaron a reír.

– Vamos, a casa. A ver ese pastel.

 _____

Este relato fue un encargo que me hizo Saiz. Así que se lo dedico con todo mi cariño.

París: el día en el que todo pudo ser distinto.

Banda sonora del relato a cargo de Dídac.

Dale al play.

Ese día todo pudo cambiar.

Levanté la vista. Quise mirar por la ventana, pero no la encontraba. Miraba hacia ella, pero… no la veía. Sostenía esa foto antigua en las manos. La giré un momento y vi la fecha del reverso: 28 de octubre del 2010.

Suspiré. Intentaba con ello controlar ese algo que salía de dentro, que me removía… pero no lo conseguí y el llanto acabó por descontrolar mi pose y acabó por llenar mis ojos de lágrimas.

– ¡Joder!

No debía haberlo hecho. No. No debía haber sacado esa caja de fotos. Esa misma caja de fotos que estuvimos mirando los dos, justo el día antes.

Esa foto le hizo llorar a él también aquel día.

– ¡París! – dijo con esa cara de soñador ilusionado con la mirada perdida en ningún sitio, pero en dirección al cielo – siempre quisimos ir a París.

Miró el calendario y suspiró.

– 28 de octubre.

Otra vez la cara. Otra vez esa luz en su mirada. Impotencia en la mía.

– 28 de octubre – repitió.

Y lo volvió a decir después, al cabo de unos instantes que parecieron horas. O a lo mejor fueron horas, y la vida pasó sin dejar huella.

– Hace 37 años – dijo al fin para dar por terminado un silencio que amenazaba con volverme loco.

Esa mirada, esa luz… tan pocas veces se la vi…

Aunque quizás no sea justo. Porque se la vi el día que nos conocimos. Yo era joven, muy joven, un poco loco, muy loco, dispuesto a poner al mundo a mis pies y pisarlo si fuera necesario.

Él no era joven ya, al menos eso decía su DNI. Qué bobada, porque él en realidad era tan joven como yo, tan loco, tan ilusionado. Y con tantas ganas de amar como las que tenía yo.

Nos miramos. Estaba nublado. Empezaba a nevar.

Sí, me miraba con esa luz, con esa ilusión, con esa… vida. Y en lugar de poner al mundo a mis pies, solo pude ponerme a los pies de Fran.

Hablaba siempre de ir a París. Tenía esa foto vieja, ajada, en la mesilla, sujeta por una pequeña rendija en la madera. La mirábamos a veces al levantarnos los domingos, perezosos y juguetones, sin prisas…

– Un día iremos, amor.

Yo lo miraba y no me atrevía a preguntar por qué no cogíamos un avión y nos íbamos en ese momento, sin problemas. No había ningún impedimento. De hecho habíamos viajado por medio mundo… viajes organizados y de ”vamos al aeropuerto y cojamos un avión, el primero que salga”. Pero nunca era un vuelo a París, y París quedaba relegado al tema de conversación, de queja o planes de futuro del domingo por la mañana, juguetones y remolones al levantarnos de la cama, y desayunar a las 3 de la tarde. Y volvernos a la cama para simplemente estar.

Me gustaba estar recostado en su pecho. Él jugueteaba con mi cabello, yo rozaba con mis dedos su pecho. De vez en cuando me apretaba más a él, lo abrazaba… y así pasábamos la tarde, los dos en la cama, con la foto de París en la mesilla. Quizás una suave música de fondo.

Un día la foto desapareció de allí. Quizás desaparecieron muchas más cosas que al igual que la foto, tardé en darme cuenta. Quizás porque no quería darme cuenta. Otras muchas cosas aparecieron, pero… tampoco quise darme cuenta.

Miento. Supe todo desde el principio. Fui consciente de todo. Pero no quería saber e hice todo lo posible porque no fuera así, porque no penetrara en mi ser, en mi ánimo. No lo conseguí aunque fingí hasta el final. Él tampoco se lo creyó, lo leí cientos de veces en esos ojos expresivos que me enamoraron una tarde de enero, en aquella cafetería, nevaba fuera.

Cuando Fran estaba ya muy enfermo, un día sacó esa caja. La caja de las fotos.

Las miró despacio, paladeando su esencia de vida.

Recuerdo que le traje un caldo caliente que había preparado Sara. Apenas lo probó.

– París – dijo despacio. Tenía la boca seca.

– 28 de octubre – bebió un trago del caldo, quizás porque tenía la boca seca.

– Hoy es 28 de octubre. – miraba a la foto, no me miraba a mí – Hace 37 años que la vi y me enamoré de ella. Viajé en el tren nocturno. Llegué a la estación de Orly. Llovía y había una ligera niebla. Ella estaba allí. Esperaba pero no a mí.

Fran se calló.

– Aunque fue a mí a quién encontró – sonrió triste.

Otra vez esa luz en sus ojos, como aquel día que renuncié al mundo para estar junto a él. Me sentí romper un poco, porque esta vez no era yo su destinatario.

– Pasamos unos días maravillosos – seguía contando, despacio, le costaba hablar, o a lo mejor, le costaba recordar – no existía ni el día, ni la noche, ni la gente, ni nada. No existía París aunque correteáramos por sus calles, incansables, o nos refugiáramos cada noche en un hotel distinto, o una pensión, o en la cama de un amigo, los dos juntos, pegados.

– Una noche, me lo dijo: “mañana me voy, Ryan”.

Me miró. Yo bajé la mía, no quería que viera mis celos, mi dolor. Estaba dolido, celoso por un amor de hace más de 40 años… es que no sabes como amé a Fran…

– Me llamaba Ryan. Yo a ella Minerva. No sé como se llamaba, no lo recuerdo, quiero decir.

– Y yo, ¿como me llamo? – me levanté furioso conmigo por muchas cosas, por los celos tontos, por el dolor, por no controlar mis tonterías, por necesitar ser la única persona a la que Fran hubiera amado…

Intenté alejarme pero él se estiró y me rozó la mano. Fue suficiente para retenerme a su lado. Ese roce tenía tanta vida…

– Mi vida. Así te llamo… Mi – hizo una pausa mirándome a la cara – Vida.

Y lloré, sin girarme, no quería que me viera… lloré… ese roce suave de sus dedos huesudos, maravillosos…

– Así te siento, como Mi Vida…

Tuve un impulso y me giré, me agaché y lo besé. Lo besé una y otra vez, una y otra vez… una y otra vez… Él me miraba de esa forma, con tanto amor… jodido… cuando amor vi en esa mirada… y yo dudando, celoso como un bobo… por no ser la única persona que había amado, o… por algo que había sucedido veinticinco años antes de que yo naciera.

– Acaba, por favor – dije recostando mi cabeza en su pecho, como las tardes de domingo que enlazaban con las mañanas de lunes, los dos en la cama, abrazados, desnudos, sin otra cosa que hacer que sentirnos juntos, uno parte del otro…

– Me asusté. No podía concebir la vida sin ella. Me partió el alma aquella noche. Un día me quedaba con ella. Después…

“El destino, Ryan, el destino nos juntará de nuevo si estamos hechos el uno para el otro”, me decía juguetona.

Silencio.

– “Bobadas”, pensé. Pero tras una ducha fría y un par de puñetazos en la pared, decidí vivir el día que me quedaba junto a ella.

Silencio.

– Pasamos por un puente, corriendo como siempre. De repente me paré y… “Saquémonos una foto, Minerva, aquí los dos, un marco perfecto”. Nos colocamos y cuando un señor aceptó sacarnos la foto, ella se arrepintió.

Fran jugueteaba con mi pelo. Yo volvía a tener la cabeza en su pecho. Él la mirada perdida en aquella mañana de un 28 de octubre.

– “Saquemos solo el marco”. Me lo dijo con esa ilusión tan… como si fuera una niña de 15 años, o de 10. “Si el destino nos llama a juntarnos, nos pondremos nosotros en la foto”. “Si no, vendremos y nos sacaremos la foto con nuestro amor”.

Suspiró mientras tuvo un pequeño ataque de tos. Un trago de caldo, ya templado.

– Y sacamos la foto. Qué podía hacer – dijo resignado.

Yo… no quería pensar. Volvían m is celos infundados, mi dolor… quizás porque sabía que lo iba a perder… que no había remedio

– Pasaron los años, volví cada uno de ellos… cada 28 de octubre…

Silencio.

– Y un día te conocí. Un día te… vi y supe que ella había tenido razón. Que… el destino nos tenía preparado otro amor, el verdadero. Aquel duró apenas 6 días, o a lo mejor fueron 8, pero el tuyo, mi amor por ti, durará una eternidad. No sabes hasta qué punto me has dado la vida, Amor, mi Amor, mi Príncipe. Y no quisiera que tu vida se acabara conmigo.

Yo no podía decir nada… lloraba en silencio ocultando mi cabeza en su regazo.

– No debes, sé que amarás de nuevo…

Silencio apenas roto por mi llanto. Negaba con la cabeza.

– Por un lado me apetecía ir a ese sitio y sacarnos una foto en ese punto. Porque es la foto de mi amor, de mi vida. Contigo, cogidos de la mano, sonriendo como bobos, con esas farolas flanqueándonos. Con la torre al fondo. Pero… hubiera sido injusto, porque… hubiera sido tenerla a ella de alguna forma en la foto, y sabes, mi Vida, mi Amor, mi Príncipe, tú has sido mi amor por ti mismo, solo tú, por ti, y has llenado cada instante de la vida que hemos tenido juntos, y cada instante de mi vida anterior, cada instante de mi eternidad.

Cogió un lápiz y escribió la fecha: 28 de octubre de 2010.

– Hoy empieza tu nueva vida – y me sonrió, tendiéndome la foto.

Al día siguiente, murió.

Guardé sus cosas. Busqué un guardamuebles y las escondí. Me dolía cada retazo de él que veía en cada objeto que habíamos compartido. Pero ayer me di cuenta de que sin él, sin sus cosas, me siento vacío. Qué él está dentro de mí y necesito tener nuestras cosas cerca. Hasta esta foto. Si aquel 28 de octubre de hace 39 años ella hubiera dicho sí, yo quizás hubiera puesto al mundo bajo mis pies, pero… no hubiera encontrado estos 18 años de amor profundo, único.

Iba a guardar la foto de París, pero no, creo que su lugar está en mi mesilla. Los demás no ven nada más que un puente, dos farolas, una foto vieja y estropeada, con la Torre al fondo… yo veo a mi amor, nuestro amor y al destino.

Llaman a la puerta.

Abro despacio.

– Buenas tardes, mi nombre es Néstor, de Iberdrola, venía… que bonita foto… perdón, no quería… – ha sido un impulso y se ha arrepentido.

Nos hemos quedado mirándonos. Yo desconcertado, él incómodo.

He girado la cabeza y él ha bajado los ojos.

Yo he bajado los ojos, y él los ha subido.

Bajando y subiendo al final hemos coincidido.

– Quizás tengas ganas de comer conmigo.

Ilusión, un sí, miedo, esperanza. Todo en sus ojos.

– Vamos, Néstor de Iberdrola – digo decidido.

He cerrado la puerta, él ha cerrado la carpeta, y sin tenerlo previsto, a la altura del primero, mis dedos han acabado entrelazando los suyos.

Me he guardado la foto en el bolsillo de la camisa.

Y me he guardado su mirada en mi cabeza.

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Dedicatoria: A Dídac, Dedicar algo es… no sabes bien que decir. Pero esta historia parte de una foto hecha por él, de un paseo un día de niebla y lluvia. La música, como tantas en este blog en los últimos tiempos, ha sido elegida por él, y como casi todas, ésta también se amolda perfectamente al ritmo del relato. Son bandas sonoras, como las de una película. Y eso no es tan fácil. Pero él lo hace. Así que Dídac, este relato  es en tu honor. Gracias por tu complicidad. Gracias por todo.